jueves, 24 de septiembre de 2026

LO QUE EL LÍBERO NO PUBLICÓ


El Líbero no quiso publicar la réplica de la abogada Carla Fernández Montero a la carta que el cardenal-arzobispo Chomalí envió a ese periódico, en respuesta a un artículo de dicha abogada en El Líbero sobre el rechazo cardenalicio a la idea de un indulto en favor de los Presos Políticos Militares. Pero es de interés público conocer esa réplica y por eso la reproduzco a continuación:

RESPUESTA A CARTA DEL CARDENAL FERNANDO

CHOMALI

Señor Director:

Agradezco al cardenal Fernando Chomali su carta y celebro que

coincidamos en algo: exigir un acto consciente a quien no puede

ejecutarlo es absurdo. Ese absurdo, sin embargo, no lo redacté yo. El

17 de septiembre Su Eminencia declaró que para la clemencia “tienen

que darse ciertas condiciones”, que “tiene que haber arrepentimiento”,

y en la misma entrevista puso a los enfermos de alzhéimer entre

quienes debieran volver a su casa. Una regla enunciada sin salvedades

alcanza a todos los casos que su autor nombra a continuación. Me

limité a leerlo con la atención que merece un cardenal. Lo que hoy

llama aclaración es una salvedad que se le ocurrió cinco días tarde,

cuando alguien le mostró adónde conducía su frase.

Lo que ahora ofrece como ideal tampoco es suyo. El artículo 687

del Código de Procedimiento Penal dispone que el condenado que cae

en enajenación mental no siga cumpliendo la pena y sea entregado a

su familia bajo fianza de custodia y tratamiento. Su Eminencia no

propone nada: describe la ley, y la describe tal como suena en el

papel, que es la única versión que parece conocer. Un hombre que

defendí pasó tres años hospitalizado mientras se resolvía esa solicitud;

los peritos iban hasta el hospital a examinar a un paciente que

necesitaba cinturones para no caerse de la cama y no siempre

reconocía a quienes lo visitaban, y cuando, al quinto informe del

Servicio Médico Legal, una ministra por fin aplicó el artículo, a los

querellantes les bastó apelar para que la Corte de Apelaciones

ordenara un sexto. La demencia también se litiga, y mientras se litiga,

se muere. Ese trámite, y no otra cosa, es el ideal que Su Eminencia

nos ofrece.

De los reparos que le formulé respondió uno, el que no tenía

defensa, y eligió hacerlo a propósito de las únicas personas que no

podrán leer su respuesta. Para los demás la exigencia sigue en pie, y

ahora se entiende su alcance. Al que ya no sabe dónde está, Su

Eminencia lo manda a su casa; al que lo sabe demasiado bien y

sostiene su inocencia, lo deja donde está. Un hombre que asegura no

haber hecho lo que se le imputa sólo puede arrepentirse mintiendo, de

modo que lo que se le pide a un moribundo es una mentira útil, y se le

ofrece a cambio su cama. En los tribunales que frecuento eso tiene

nombre, comprar una confesión, y dudo que en la Curia tenga otro.

San Juan Crisóstomo, doctor de la Iglesia y arzobispo de

Constantinopla, cuyo enfrentamiento con una emperatriz le costó el

destierro en que murió, había predicado antes en Antioquía que el

pobre tiene un solo título, su necesidad; que no se le exija nada más;

que aunque fuera el peor de los hombres se lo socorra sin pedirle

cuentas de su vida pasada; que la misericordia lleva ese nombre

precisamente porque da también al indigno, y que quien exige

explicaciones a sus consiervos las tendrá que rendir él mismo ante

Dios. Lo predicó hace mil seiscientos años, sin condiciones. No le

pido al más alto representante de la Iglesia chilena que el Papa dio a

esta generación que muera en el destierro. Me bastaría con que no

corrigiera a un santo.

Le formulo entonces una sola pregunta, para que su aclaración

quede completa. Un hombre de noventa años, lúcido, con un cáncer

terminal, que ha sostenido su inocencia desde el primer día de su

proceso, ¿debe morir en la cárcel por no arrepentirse de lo que asegura

no haber hecho? Si la respuesta es sí, dígalo con esas palabras y con

su firma, porque esos hombres tienen derecho a conocer la mano que

les cierra la puerta. Si es no, retire la condición con la misma firma

con que la puso. Y si prefiere el silencio, no se lo reprocharé. Me

quedaré con las palabras que Cristo pronuncia en la escena del juicio

final y que Su Eminencia conoce de memoria: “estuve en la cárcel y

vinisteis a mí”. No dice “estuve en la cárcel arrepentido”. Cuando el

propio Cristo no puso esa condición, quien la agrega tendrá que

explicar con qué autoridad lo hizo, y a esa pregunta el silencio

tampoco responde.

Carla Fernández Montero

Abogada penalista.

4 comentarios:

  1. Hermogenes, solo para los que entienden:

    "Jesús entraría a la celda sin pedirle al preso que confesara ni que se declarara culpable; se sentaría junto a su cama, le tomaría la mano, lo llamaría por su nombre y le ofrecería consuelo, pan, compañía y dignidad. No le exigiría una mentira útil a cambio de misericordia, ni condicionaría su visita a un acto de arrepentimiento que el enfermo quizás no puede o no quiere hacer; lo trataría como a un hermano, porque en ese hombre vería su propia presencia: “estuve en la cárcel y vinisteis a mí”.

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  2. Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id pues y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio.
    Mateo 9:13

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  3. Jesus dijo... "obra bien y no temas, porque solo Judas te mio"

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