Con motivo de este 11 de septiembre un catedrático español se ha hecho esa pregunta... y la ha respondido de la siguiente manera:
Aunque lo pregonen a los cuatro vientos los interesados voceros de la falsa libertad, siga muda la amplia y congelada meseta austral, y se marchite cada otoño la roja flor del copihue; la pregunta para el pueblo racional chileno seguirá siendo la misma, después de cincuenta y tres años de haber salvado al pueblo de la tiranía marxista, aún vigente en nuestro hemisferio en Cuba y Nicaragua: ¿era Pinochet un dictador?
Los griegos elogiaron siempre las dictaduras, y los romanos tuvieron que acudir a ellas para salvar el Imperio del caos y la molicie; ambos pueblos distinguieron claramente entre dictaduras y tiranías. Plutarco y Cicerón fueron los primeros en dar carta de naturaleza al pueblo para resistirse a los tiranos que gobernaban en contra de sus intereses. Tomás de Aquino, Francisco Suárez o el padre Mariana avanzaron sobre la licitud del tiranicidio; sobre aquellos usurpadores del poder, ejercido sin título alguno; o contra el “dictador soberano” que, accediendo legítimamente al poder, lo ejerce de manera despótica y en detrimento del interés general.
De estas y otras enseñanzas debían haberse valido los gobernantes revanchistas de laizquierda más blanqueada y abyecta, Bachelet y Boric; y la derecha más ayuna deprincipios y cobarde, Piñera, para no mantener a los defensores de la libertad en Chile en 1973, prisioneros, ad eternum, como delincuentes sin ningún derecho exigiblecomo al resto de los ciudadanos.
Punta Peuco es, cada día que pasa, un mayor atentado al estado de derecho, una injusticia lacerante, una ignominia colectiva irreparable, una impiedad manifiesta con personas que, además de salvar a Chile del comunismo, tienen una edad que no admite la permanente venganza. Descubrir las profundas razones por las que Pinochet dejó el poder, de forma procesal y plebiscitaria, y mantuvo la neutralidad del ejército, ayudaría. ¡El odio y la ceguera no pueden soslayar esas evidencias!
La figura política de Augusto Pinochet ha sido objeto de intensas controversias, en el hipócrita universo del liberalismo democrático, porque su dictadura no era de izquierdas, progresista. Porque procuraba el progreso de su pueblo, salvaguardando la integridad de la nación. Porque no admitía el juego partitocrático siempre divisor y corrosivo.
Un mínimo, pero riguroso examen sobre la naturaleza del poder ejercido por el jefe del Estado Chileno entre 1973 y 1990, nos debería llevar al convencimiento de que su régimen militar distó mucho de ser una dictadura. Abordó el concepto técnico de dictadura; el modo en que Pinochet accedió al mando; la estructura jurídica de su mandato; el proceso constituyente que éste generó y la dimensión psicológica del propio Pinochet. El resultado, analizando esas variables, nos lleva al convencimiento de que no fue una “dictadura soberana”, querida y buscada por él, por un grupo social o un partido. Bien al contrario, su poder fue un mandato esencialmente “comisorio, autolimitado, que deriva de un mandato histórico y moral”, refrendado ampliamente por los chilenos en todo el período constituyente, en que se convirtieron sus diecisiete años de paz y progreso”. Lo comprendieron pronto los intelectuales comunistas de entonces, y de ahora, que esperaron que el tiempo dinamitara la gratitud, el respeto y el valor de aquella generación de chilenos fundantes.
Conviene acotar lo que se entiende, en filosofía política, por dictadura, siguiendo el racionalismo europeo, dónde se afirma, “es una magistratura suprema, personal y excepcional”. Suprema, porque actúa con capacidad decisoria última; personal, porque se concentra en un individuo dotado de carisma o autoridad militar; y excepcional, porque no constituye una forma política ordinaria, sino que aparece en momentos críticos de la vida nacional.
Pero dentro de ese marco, deben distinguirse dos modalidades: La dictadura soberana, en la que la voluntad del gobernante es fuente creadora de todo el ordenamiento y poder público. Y la dictadura comisoria, limitada por un mandato histórico, en circunstancias de emergencia que afectan tanto a su misión como a su duración. Esta segunda modalidad es la que encaja con el gobierno de Pinochet, que crea un orden nuevo, ex nihilo, como un mandato requerido por unas circunstancias críticas y asumido como una obligación limitadora.
En segundo lugar, resulta necesario explicar, que tanto la elección de Pinochet, como su legitimación, no fue una autoproclamación, sino la asunción de su obligación como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, garantes de la independencia y soberanía de su nación. En dicha excepcionalidad se le otorgan “todos los poderes del Estado”, sin limitación temporal, para la gobernanza y la paz, tras el colapso de la legalidad de Allende, y como respuesta a un vacío de poder efectivo. De ahí que Pinochet no se impusiera a la sociedad, sino que fue “alzado por ella”; una apreciación evidenciada por la sociedad que sostuvo la responsabilidad histórica de su ascenso, compartido “por una fracción mayoritaria del pueblo y la nación”.
En tercer lugar, desde el punto de vista estrictamente jurídico e histórico, el gobierno de Pinochet fue un poder regulado, incompatible con la voluntad creadora absoluta.
No puede considerarse, la magistratura de Pinochet, como una dictadura soberana,aunque recibiera plenos poderes; pues éstos se fueron progresivamente autolimitando, mediante la creación de un orden constitucional propio, articulado a través de las leyes y los gobiernos en sus mandatos, que configuraban una estructura política estable, previsible y reglada.
Ello acredita el proceso autolimitador y constituyente de Pinochet, a medida que la situación nacional se estabilizaba. Lejos de perpetuar una concentración ilimitada de poder, construyó gradualmente un entramado jurídico-político que fijaba competencias, definía instituciones y permitía la continuidad histórica de Chile, más allá de su persona. Esto resulta innegable, hoy. Este proceso había culminado en 1990, dando paso al nuevo orden, donde se precisan las funciones del Estado, del Gobierno, de las Cortes y del propio jefe del Estado, creando una separación de poderes funcional que reducía la discrecionalidad personal. Pinochet pretendió ser el fundador de un orden temporal, muy beneficioso para el pueblo chileno; no el gestor arbitrario de un régimen personalista.
La finalidad de la acción política de Pinochet, en el ejercicio del poder, estuvo guiada por un principio de servicio público, entendido como un deber moral. Pinochet vivió su responsabilidad “como un compromiso”, orientado al restablecimiento del orden, la reconstrucción económica y la continuidad histórica de Chile. No hubo voluntad de dominio personalista o mesiánico, sino una actitud de “protector o procurador”.
El perfil psicológico de Pinochet, dado por quienes lo conocieron bien y lo trataron durante años, conviene traerlo a colación, ahora. Pinochet era, por su carácter, la contrafigura del prototipo dictatorial. Los dictadores clásicos - desde Pisístrato a Sila, desde Napoleón a Mussolini, Stalin, Fidel Castro o Chávez - se caracterizaban por voluntades fuertes, impetuosas, egocéntricas y marcadas por un talante autoritario.
En cambio, Pinochet, poseía un temperamento “abierto, respetuoso, bonachón y extraordinariamente dúctil”, que lo situaba “en las antípodas del arquetipo autoritario” identificado por la psicología política contemporánea. Ello también explica su capacidad de escucha, la serenidad en la toma de decisiones y su sentido del deber, favoreciendo una estabilidad institucional que evitó las tensiones propias y externas del tiempo que le tocó gobernar.
Jaime Alonso García, abogado, expresidente de la Fundación Nacional Francisco Franco, España.
Un nuevo y necesario recordatorio:
ResponderEliminar¿Cuáles son los principales síntomas de la esquizofrenia?
a) El delirio, (Repetir falsedades y aferrarse a demenciales e irrealizables fantasías sobre “reivindicaciones” y “nuevos pronunciamientos” de milicos asesinos)
b) Las alucinaciones, ("Recordar" y “añorar” supuestas “epocas doradas” que solo existen en mentes desquiciadas)
c) Las alteraciones cognitivas, (Insistir que repetitiendo constantemente las mismas falsedades, estas se convierten en verdades).
El Instituto Psiquiátrico Dr. José Horwitz Barak (antes conocido como “Casa de Orates” y “Manicomio Nacional”) cuenta con las más seguras y cómodas instalaciones y los mejores especialistas a nivel nacional para atender a nuestro querido anfitrión don Hermógenes Pérez de Arce ante el grave y avanzado deterioro mental que lo aqueja.
Definitivamente de gente urgida de atención psiquiátrica el pensar que los ladridos de un psicópata defensor del fascismo español encarnado por el asesino hijo de puta de Francisco Franco pudieran convertirse en legítima defensa del aprendiz criollo y sudaca por excelencia.
ResponderEliminar¡Hágase ver Hermógenes!
No tan estimados lectores:
ResponderEliminarAntes de discutir el fondo, conviene atender a la procedencia. El texto que don Hermógenes nos ofrece como hallazgo intelectual viene firmado por el expresidente de la Fundación Nacional Francisco Franco. Es decir, por un hombre cuya vida institucional ha consistido en administrar la memoria de otro dictador. Preguntarle a él si Pinochet fue dictador equivale a consultarle al sommelier de la casa si el vino está picado. La respuesta viene servida antes que la pregunta.
Y ahora vamos a la erudición, que es donde el asunto se vuelve francamente incómodo.
Escribe el caballero que "los griegos elogiaron siempre las dictaduras". Esto es sencillamente falso, y de una falsedad que no admite matiz. La dictadura no fue jamás una institución griega. Fue una magistratura romana, la dictatura, y quien haya abierto alguna vez a Tito Livio lo sabe. Los griegos conocieron la tiranía, que combatieron, y conocieron a Pisístrato, a quien el propio autor cita líneas más abajo como ejemplo de dictador clásico sin advertir que acaba de contradecirse en el mismo párrafo. Confundir tyrannos con dictator es el equivalente jurídico de confundir un recurso de protección con una demanda ordinaria, error que, como sabemos, en Chile ya tiene precio de mercado.
Sigue el autor: los romanos acudieron a la dictadura "para salvar el Imperio del caos y la molicie". Aquí el desastre se completa. La dictadura romana fue una institución republicana, no imperial. Existió precisamente durante la República y desapareció con ella. Su rasgo esencial, el único que le daba legitimidad, era el plazo: seis meses improrrogables. Cincinato es venerado no por tomar el poder sino por devolverlo y volver a su arado. Cuando Sila y luego César se declararon dictadores perpetuos, Roma entendió de inmediato que la República había muerto. La dictadura sin plazo no era una variante de la institución. Era su negación.
Diecisiete años, señor Alonso. Treinta y cuatro veces el plazo romano. Si el modelo es Roma, su cliente no es Cincinato: es Sila, el de las proscripciones, el de las listas de enemigos, el del terror administrado desde el Foro. Y Sila, conviene recordarlo, también se retiró voluntariamente al final. También murió en su cama. Nadie escribió jamás que por eso no hubiera sido un tirano.
Luego invoca a Tomás de Aquino, a Suárez y al padre Mariana sobre la licitud del tiranicidio. Notable elección. Porque esos tres teólogos distinguen al tirano ex defectu tituli, el que carece de título, del tirano ex parte exercitii, el que gobernando ejerce despóticamente. Y resulta que Pinochet califica en ambas categorías simultáneamente, hazaña que ni Suárez imaginó. Carecía de título, porque nadie lo eligió. Y ejerció despóticamente, porque disolvió el Congreso, proscribió los partidos, clausuró los registros electorales, censuró la prensa y gobernó por decreto ley durante casi dos décadas. Invocar a Mariana para defender a Pinochet es como citar a Beccaria para justificar la picana.
Por último, la joya: Carl Schmitt sin nombrarlo. Toda la arquitectura de "dictadura comisoria" versus "dictadura soberana" proviene de Die Diktatur, de 1921, escrita por el jurista que después redactaría la cobertura doctrinal del régimen nazi. Usted, señor Alonso, no cita a Schmitt. Se limita a decir "el racionalismo europeo", que es una manera elegante de esconder el cadáver bajo la alfombra. Comprendo el pudor. Pero permítame informarle que en Chile también sabemos leer, y que el préstamo se reconoce a la primera frase.
De modo que su tesis, resumida, es esta: un jurista alemán que legitimó al Tercer Reich proporciona la categoría, un hagiógrafo del franquismo la aplica, y un columnista chileno la difunde. Tres generaciones de apologética autoritaria encadenadas con una pulcritud casi conmovedora.
Sempronio Graco
Continúa.
Su columna tiene una particularidad que merece registro. En más de mil palabras dedicadas a evaluar el carácter del régimen militar, no aparece un solo muerto. Ni uno. Es una hazaña de composición. Como publicar la historia de Pompeya omitiendo el volcán.
EliminarPermítame entonces llenar ese silencio, porque los hechos tienen la impertinencia de existir aunque no se los mencione.
El general Carlos Prats, antecesor de Pinochet en la comandancia del Ejército y hombre que renunció para evitar el quiebre institucional, fue asesinado junto a su esposa Sofía Cuthbert en Buenos Aires, el 30 de septiembre de 1974, con una bomba bajo su automóvil. La justicia chilena condenó por ese crimen a Manuel Contreras, director de la DINA, organismo que respondía directamente a Pinochet. Un general chileno y su mujer, volados por los aires en territorio extranjero por orden de su sucesor. A eso, don Hermógenes, la doctrina lo llama terrorismo de Estado. Usted lo llama "temperamento bonachón".
Bernardo Leighton, democratacristiano, exvicepresidente de la República, fue baleado en Roma el 6 de octubre de 1975 junto a su esposa Anita Fresno. Sobrevivieron. Ella quedó con secuelas de por vida. La operación se ejecutó con la extrema derecha italiana, coordinada por la DINA. Leighton no era marxista. Se había opuesto a Allende y después se opuso a la dictadura. Su delito fue la coherencia democrática, que en ese Chile se cobraba con plomo en el extranjero.
Orlando Letelier, excanciller de la República, fue asesinado el 21 de septiembre de 1976 en Sheridan Circle, a pocas cuadras de la Casa Blanca. Con él murió Ronni Karpen Moffitt, ciudadana norteamericana de veinticinco años que iba en el mismo automóvil y que no tenía nada que ver con la política chilena. Fue el peor atentado terrorista cometido por un Estado extranjero en suelo estadounidense hasta septiembre de 2001. Townley confesó. Contreras y Espinoza fueron condenados. Los tribunales norteamericanos establecieron la responsabilidad del Estado chileno, que terminó indemnizando a las familias.
Y eso es apenas el capítulo internacional. Dentro del país operó la Caravana de la Muerte, que recorrió Chile en helicóptero fusilando prisioneros ya sometidos a proceso, muchos entregados voluntariamente. Operaron Villa Grimaldi, Londres 38, Tejas Verdes, Colonia Dignidad, el Estadio Nacional. Operó el Cóndor, la sociedad criminal entre dictaduras del Cono Sur para secuestrar y matar opositores cruzando fronteras. El Informe Rettig documentó más de dos mil cien muertos y desaparecidos, cifra que las comisiones posteriores elevaron sobre los tres mil doscientos. El Valech registró cerca de cuarenta mil víctimas de prisión política y tortura.
Usted sostiene, citando a su español, que este régimen "distó mucho de ser una dictadura". Le ofrezco entonces una definición de trabajo. Si un gobierno que hace estallar a su antecesor militar, que ametralla a un democratacristiano en Roma, que asesina a un excanciller y a una joven norteamericana en Washington, que tortura a cuarenta mil personas y desaparece a miles, no es una dictadura, entonces la palabra quedó sin contenido y corresponde retirarla del idioma.
Hay además un detalle que usted, abogado, no puede alegar desconocer. En 1998 Pinochet fue detenido en Londres a requerimiento de un juez español. Español, don Hermógenes. Del mismo país de su catedrático. La Cámara de los Lores resolvió que no tenía inmunidad porque la tortura no constituye función soberana de un jefe de Estado. Eso es jurisprudencia del common law, no propaganda de Radio Moscú.
Usted habla de "los defensores de la libertad". Yo hablo de los cuerpos de Prats, de Sofía Cuthbert, de Letelier, de Ronni Moffitt, de los degollados de marzo, de los quemados de julio, de los que fueron lanzados al mar con rieles amarrados a los tobillos.
Elija cuál de los dos vocabularios resiste mejor una audiencia.
Cuando los muertos ya no se pueden esconder, siempre queda la economía. Es el último refugio, y usted lo ha usado durante cuarenta años. Revisemos las cifras, que es precisamente lo que sus lectores nunca hacen.
EliminarEl crecimiento promedio del producto durante los diecisiete años del régimen se ubica en torno al tres por ciento anual, y bastante menos por habitante. Para que se entienda: eso es inferior al desempeño chileno de los años cincuenta y sesenta, las mismas décadas que ustedes describen como el páramo estatista previo a la redención. El milagro consistió en crecer menos que el período que vino a corregir. Notable milagro. Hay santos menores con mejor hoja de servicios.
Pero el promedio oculta lo esencial, que es la volatilidad. Ese régimen produjo dos de las tres peores contracciones del siglo veinte chileno. En 1975 el producto cayó más de doce por ciento. En 1982 y 1983 se desplomó de nuevo, con el sistema financiero completo en quiebra. Y ahí ocurrió lo que la mitología jamás recuerda: el Estado, ese Estado que los Chicago Boys habían declarado enemigo del progreso, intervino la banca y absorbió las pérdidas privadas. Se llamó deuda subordinada y la pagamos todos los chilenos durante décadas. En castellano corriente: estatismo para los banqueros, mercado para los trabajadores.
El desempleo se mantuvo en dos dígitos durante casi todo el período y superó el veinte por ciento en los peores años, sin contar los programas de emergencia. Porque hubo que inventar el PEM y el POJH, esos eufemismos administrativos donde profesionales titulados barrían calles por una fracción del salario mínimo. Cientos de miles de chilenos pasaron por ahí. Eso también fue el milagro: un ingeniero limpiando veredas por una propina estatal, mientras usted escribía columnas celebrando la disciplina fiscal.
La pobreza, al término del régimen, alcanzaba a cerca del cuarenta por ciento de la población. Fueron los gobiernos democráticos que usted llama abyectos los que la redujeron a menos de la mitad en una década, creciendo además a tasas superiores. Si el criterio de legitimidad es el resultado económico, su propio criterio absuelve a quienes desprecia y condena a quien venera.
Y falta la ironía mayor. La empresa que sostuvo financieramente todo el experimento, la que aportó las divisas, la que evitó el colapso terminal en cada crisis, fue Codelco. Es decir, la gran minería del cobre nacionalizada por Salvador Allende en 1971, por acuerdo unánime del Congreso Nacional. Pinochet no la devolvió jamás. No podía. La necesitaba. El régimen que predicaba la sacralidad de la propiedad privada vivió diecisiete años del acto de estatización más grande de la historia de Chile, y encima le agregó una ley reservada que desviaba el diez por ciento de sus ventas a las Fuerzas Armadas sin control parlamentario alguno.
Esa es su epopeya de la libertad económica, don Hermógenes: crecimiento mediocre, dos depresiones, rescate estatal de la banca, cuarenta por ciento de pobreza, y todo financiado con el cobre que nacionalizó el presidente al que derrocaron.
Cuando quiera seguimos con los números. Tengo bastante más material del que usted tiene paciencia.
El texto que usted reproduce sostiene que Pinochet actuó guiado por "un principio de servicio público entendido como deber moral", con la actitud de un "protector o procurador". Enmarquemos la frase, porque probablemente sea la afirmación más rápidamente refutable jamás publicada sobre el personaje.
EliminarEn 2004 el Subcomité de Investigaciones del Senado de los Estados Unidos, indagando en el Riggs Bank de Washington, encontró algo que no buscaba: una red de cuentas secretas a nombre de Augusto Pinochet Ugarte y de variantes deliberadamente alteradas de su nombre. Sociedades pantalla en jurisdicciones offshore. Un patrimonio que las investigaciones posteriores situaron por sobre los veinte millones de dólares, repartido en más de un centenar de cuentas.
Conviene subrayar quién hizo el hallazgo. Un organismo del Senado norteamericano, bajo la presidencia de George W. Bush, en el país que había sido el principal aliado del régimen. No fue el Partido Comunista. No fue Teitelboim desde Moscú. Fue el establishment financiero de la potencia occidental que ustedes invocan cada vez que necesitan una autoridad moral. El Riggs terminó multado y absorbido. Ese fue el destino comercial de administrar el deber moral del procurador.
La justicia chilena lo procesó por delitos tributarios y uso de pasaportes falsos. Su viuda y varios de sus hijos enfrentaron causas. Murió en diciembre de 2006 sin condena firme, no por inocente, sino porque la longevidad combinada con buenos abogados es la forma más antigua de impunidad que conoce el derecho. Usted, que es abogado, sabe exactamente a qué me refiero.
Mida ahora la magnitud del ridículo. Diecisiete años predicando austeridad. Exigiendo sacrificio. Justificando el PEM y el POJH en nombre del esfuerzo nacional. Explicándole a un país con cuarenta por ciento de pobres que había que apretarse el cinturón por la patria. Y simultáneamente sosteniendo una arquitectura financiera internacional de identidades falsas y sociedades interpuestas diseñada por especialistas en ocultamiento patrimonial.
Usted publicó hace poco un cálculo verdaderamente antológico según el cual Pinochet resultaba noventa y nueve veces más honrado que los gobernantes de la Concertación, porque habría sustraído una cifra comparable en más tiempo. Es una teoría moral admirable. De ella se deduce que el ladrón paciente es virtuoso y el apurado es un criminal. Que quien desfalca un banco en cuotas mensuales durante veinte años merece una estatua ecuestre, y quien lo hace en una tarde merece presidio perpetuo. Ignoraba que el Código Penal contemplara una atenuante por lentitud. Habrá que avisarle a la Fiscalía.
Pero lo verdaderamente revelador no son las cuentas. Es su silencio. Durante décadas usted ha denunciado cada peso mal habido de la izquierda con estridencia de predicador. Sobre el Riggs, nada. Sobre los pasaportes falsos, nada. Sobre las sociedades offshore, nada. Ha construido una ética de geometría variable donde la corrupción no se mide por el monto ni por el método, sino por el carnet del infractor.
Eso, don Hermógenes, no es filosofía política. Es contabilidad tribal.
Cierro con el pasaje más audaz de cuanto usted ha publicado: aquel donde se describe a Pinochet como hombre de temperamento "abierto, respetuoso, bonachón y extraordinariamente dúctil", situado "en las antípodas del arquetipo autoritario".
EliminarEl mismo que declaró que en Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera. El que advirtió que el día que tocaran a uno de sus hombres se acabaría el estado de derecho. El que ordenó el ejercicio de enlace y el boinazo, dos despliegues militares destinados a intimidar a un gobierno democrático cuando la justicia se acercó a las cuentas de su familia. El que se hizo nombrar senador vitalicio para blindarse. Ese es su hombre dúctil. Una ductilidad notablemente acorazada.
Vamos ahora al centro: la salida "procesal y plebiscitaria" y la "neutralidad del ejército".
Hubo un plebiscito en 1988, es cierto. Lo que su columna omite es todo lo demás. Que estaba escrito en las disposiciones transitorias de una Constitución redactada a puertas cerradas y aprobada en 1980 mediante una consulta sin registros electorales, sin padrón, sin tribunal calificador independiente, sin partidos legales y sin campaña opositora. Que Pinochet lo convocó porque estaba seguro de ganarlo. Que disponía del aparato completo del Estado, de la televisión, del presupuesto y de quince años de miedo acumulado.
Y perdió. Perdió con cuarenta y cuatro contra cincuenta y seis. Perdió el plebiscito que él mismo diseñó, con las reglas que él mismo escribió, en la cancha que él mismo rayó.
Sobre lo ocurrido esa noche hay testimonio abundante y concordante: el intento de desconocer el resultado, la llegada del general Matthei a La Moneda declarando ante las cámaras que el No había ganado, y la negativa del resto de la Junta a respaldar una salida de fuerza. Si eso es neutralidad y voluntad autolimitadora, entonces el idioma ha perdido toda relación con los hechos. La transición no fue un regalo del dictador. Fue una derrota electoral que el derrotado intentó desconocer y no pudo.
Y aun así se retiró negociando. Dejó senadores designados. Dejó inamovilidad de comandantes en jefe. Dejó un Consejo de Seguridad Nacional con presencia militar. Dejó un sistema electoral diseñado para que la minoría empatara con la mayoría. Y dejó, sobre todo, una ley de amnistía dictada por él mismo en 1978 para cubrir los años más sangrientos, que es el acto jurídico más miserable que puede concebirse: el criminal legislando su propio perdón. Chile tardó treinta años en desmontar esos cerrojos. A eso no se le llama transición ordenada. Se le llama retirada con rehenes.
Termina usted lamentando Punta Peuco. Le respondo con precisión, de abogado a abogado. Sus internos fueron juzgados por tribunales chilenos, con defensores de su elección, con derecho a prueba, con apelación, con casación, con todas las garantías del debido proceso. Recibieron exactamente aquello que negaron a sus víctimas. Ninguno fue arrancado de su cama de madrugada. Ninguno fue trasladado con la vista vendada a un recinto clandestino. Ninguno desapareció mientras su familia lo buscaba durante cuarenta años en fosas y en el mar.
Y ya que insiste en la amnistía y la prescripción: los crímenes de lesa humanidad no prescriben ni se amnistían, y eso no lo resolvió la izquierda chilena. Lo estableció el derecho internacional después de Núremberg, donde también se alegó que no existía ley previa, y se respondió lo obvio: que hay conductas cuya ilicitud no depende de que el verdugo haya tenido la gentileza de tipificarlas. Honecker fue procesado en la Alemania reunificada bajo el mismo principio. Y la razón última es transparente: las leyes de autoperdón no valen porque las dicta quien necesita ser perdonado, ante tribunales que él mismo controla. En 1978 el Poder Judicial chileno no era un poder independiente. Era una notaría.
Usted lleva medio siglo convenciendo a sus lectores de que los cadáveres eran necesarios, que las cuentas de Washington eran administración y que los verdugos son mártires.
Toda esa diarrea para fundamentar al Ejército Popular para el Poder Total y Tiránico que se aprestaba a atacar y matar chilenos entre el 17 al 19 de septiembre de 1973.
EliminarPinochet fue un dictador y luego un Presidente de la República que nos dio las bases para el surgimiento.
Mejor hubiera sido para usted que hubieran atacado las hordas de Atila del Ejército Popular causando miles o millones de muertos. ¡Así usted estaría contento, feliz por su diosa de la antidemocracia!
Tres párrafos me dedicó usted. En el primero llama diarrea a un texto que no refutó. En el segundo admite que Pinochet fue dictador. En el tercero me desea muerto junto a millones de chilenos. Es un progreso desordenado, pero progreso al fin: ya reconoció usted lo que su columnista lleva media columna negando. Don Hermógenes sostiene que no hubo dictadura. Usted escribe que sí la hubo. Arreglen eso entre ustedes antes de volver a escribirme, porque no pienso discutir con dos personas que no se han puesto de acuerdo sobre el sustantivo.
EliminarAhora, el fondo, aunque sospecho que le interesa poco.
Ese Ejército Popular que iba a exterminar chilenos entre el 17 y el 19 de septiembre tiene nombre técnico: Plan Zeta. Apareció publicado en el Libro Blanco del Cambio de Gobierno, editado por la Junta a semanas del golpe. Nunca se presentó el documento original. Nunca se estableció su autoría. Nunca se acreditó en un tribunal, ni en 1973 ni en cincuenta y tres años de instancias judiciales, incluidos los procesos en que los propios defensores de los militares tuvieron todo el interés del mundo en probarlo. La Comisión Rettig lo examinó y concluyó que no existió como plan operativo. El arsenal que supuestamente iba a masacrar al país jamás apareció, pese a que quienes lo buscaban tenían allanamiento libre, tortura disponible y diecisiete años para encontrarlo.
Piénselo un segundo, si no le incomoda demasiado. Un régimen que controlaba el Ejército, la Armada, la Aviación, Carabineros, los tribunales, la prensa y las fronteras, que disponía de la DINA y de todos los medios de persuasión que la historia registra, fue incapaz durante casi dos décadas de exhibir una sola prueba material de la conspiración que justificaba su existencia. O eran extraordinariamente incompetentes, o no había nada que exhibir. Elija usted cuál de las dos hipótesis honra más a sus héroes.
Y aquí está lo que verdaderamente lo delata. Usted no defiende lo que ocurrió. Defiende lo que no ocurrió. Su argumento entero descansa en un futuro imaginario donde los muertos son hipotéticos y millonarios, para poder descontar de esa cifra inventada los tres mil doscientos muertos reales, con nombre, con apellido, con sentencia judicial y con fosa. Es contabilidad de ficción aplicada a cadáveres verificables. Le resta a la realidad una cifra que usted mismo inventó y presenta el saldo como ganancia nacional.
Ese método tiene un problema: sirve para todo. Con él se justifica cualquier crimen del pasado y cualquiera del futuro, porque siempre se puede postular una catástrofe mayor que nunca ocurrió. Es exactamente el razonamiento que usaron los mismos regímenes que usted detesta cuando les tocó a ellos fusilar. Usted y sus adversarios comparten el silogismo. Solo discrepan sobre quién debe apretar el gatillo.
Sobre la última línea, esa donde imagina que yo estaría feliz con millones de chilenos muertos: es un recurso viejo y cansado. Atribuirle al adversario el deseo de la matanza para no tener que explicar la matanza propia. Le respondo sin adornos. Yo condeno el asesinato de Jaime Guzmán. Condeno el crimen de los Chicago del Frente. Condeno el gulag, el paredón cubano y el Muro de Berlín. Condeno toda muerte política, venga de donde venga. Usted, en cambio, todavía no ha logrado condenar ninguna de las suyas. Esa es la diferencia entre nosotros, y no es de erudición.
Finalmente, sobre mi supuesta diosa de la antidemocracia. Mi diosa, si acepta la figura, es una señora bastante aburrida que se llama debido proceso. No tiene estatuas. No la celebran los 11 de septiembre. Solo exige que a nadie se le mate sin juicio, incluidos ustedes.
El Ejército Popular para el Poder Popular lo dijo Allende en un discurso en una universidad en México en forma implícita, pero lo dijo.
EliminarClaro que usted celebraría los millones de muertos que hubiera acarreado la guerra interna, una guerra en la que hubieran intervenido también los ejércitos del Perú y Argentina para borrarnos del mapa. Usted aún la desea como buen comunista que es; es su religión la sangre de la antidemocracia, es la sangre de esa diosa antidemocrática que se ha llevado más de 100 millones de almas para su deleite.
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EliminarPuros cuentos pinocheteros sacados del Plan Z....Cenutrio no aprende ni tiene remedio.
EliminarSi uno sigue la tesis del Sr. Axel Kaiser, formulada en su panfleto "Nazismo = Comunismo", tendría que concluir que el caudillo Francisco Franco era comunista.
ResponderEliminarEsa tésis es de auténticos retrrasados mentales como mi muy estimado Crispín Muñoz Poblete que nos juraba de guata que los nazis eran "socialistas" porque el nombre de su partido "nacional socialista" asi lo decia.
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ResponderEliminarExtraordinario comentario, lúcido, y por cierto, verídico, pues retrata de cuerpo entero no solo a Pinochet sino también a toda una época y a su historia, la mas tergiversada de la HISTORIA . . . . no me extrañaría para nada unas evacuaciones pútridas y expectoraciones ampulosas por parte de la misma clase odiosa y resentida que repite como ecos lejanos la misma mentira millones de veces repetida pero que jamás se transformará en verdad, los que aman la violencia y la depravación . . . los mismos de siempre, . . . ya sabemos quienes son . . . .hombrecitos pequeños y vacíos
ResponderEliminar!Apareció el facho ordinario!!!!
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