jueves, 27 de agosto de 2026

KAST NO INDULTA NI PRIVATIZA

José Antonio Kast ha adoptado una estrategia de no-confrontación con la izquierda, pero tomando medidas que permitan combatir mejor la delincuencia y el terrorismo y que disminuyan los obstáculos que dicha izquierda, nacional e internacional (ONU), ha instalado en Chile para dificultar la creación de empleo y el crecimiento. Está bien. Son políticas positivas para salir del marasmo. Pero Chile va a crecer sólo 1,8 % este año.

Miremos cuarenta años atrás para saber qué se hizo entonces para salir del marasmo de la crisis de la deuda de esa década ("la década perdida de América Latina") y empezar a crecer tres veces más que hoy. 

Dos cosas: se combatió a la delincuencia y el terrorismo con toda la fuerza del Estado, como se había venido haciendo desde 1973, hasta pacificar completamente al país. Eso se logró derrotando a los subversivos en combates y apresándolos tras procesos ante la justicia ordinaria, que era independiente. La Junta y el presidente siempre respetaron al Poder Judicial y acataron sus fallos.

Con esa justicia despolitizada, había en 1990 más de 900 delincuentes y subversivos presos. Y nunca el ambiente de seguridad y tranquilidad había sido tan pleno. Sobre todo en las poblaciones populares. ¿De dónde creen ustedes que venían los miles que hicieron cola toda la noche para despedir los restos del presidente Pinochet? ¿De las señoras "empingorotadas" de que hablaba Aylwin II, némesis de Aylwin I, que defendía a los militares? Pero Aylwin II inició el declive en la seguridad indultando ¡a todos! los delincuentes y terroristas presos. Y sentó en el banquillo de los acusados a los militares que los habían derrotado. Entonces no pregunte por qué aumentó la inseguridad y se llegó a perpetrar finalmente un golpe subversivo totalitario en 2019 con el lumpen en primera línea y 600 cubanos y venezolanos organizando el caos.

La dupla Pinochet-Büchi, entre 1985 y 1989, privatizó: disminuyó el tamaño del Estado. La electricidad, la telefonía, el gas, el acero y el salitre pasaron a manos privadas. De ser empresas estatales con pérdidas, pasaron a ser empresas particulares con utilidades y que pagaban impuestos. Éstos fueron bajados y se dio especiales garantías de invariabilidad tributaria a los inversionistas extranjeros en el DL600, después derogado por Bachelet II.

Todo eso "cambió de pelo" a Chile, que dobló su PIB en una década. El mundo lo llamó "milagro chileno". Joaquín Lavín (hoy un incomprensible "arrepentido") escribió "Chile: Revolución Silenciosa" explicando lo logrado.

Entre 1985 y 1989 Chile pasó a crecer 6,4 % anual, según cifras del Banco Central. Y después Bill Clinton, antes de venir en los 90, le escribía a Eduardo Frei Ruiz-Tagle que nuestro país era "la joya más preciada de la corona latinoamericana".

Ahí está la diferencia. La estrategia actual de José Antonio Kast sólo promete disminuir los problemas. La estrategia de la "derecha a secas" (Pinochet-Büchi, Johannes) consiste en erradicar los problemas.

Y Kaiser será imposible de derrotar, porque hará al pueblo una oferta que no podrá rechazar. 

Para empezar indultará a todos los hoy ancianos presos sobrevivientes que combatieron a la guerrilla y el terrorismo marxistas. Quedan alrededor de 400, pues han muerto cien, pero cada día aumentan los "juicios de derechos humanos" que, atropellando el debido proceso, sustraen ilícitamente y por ya más de una década recursos fiscales. 

Pienso que la prevaricación con fines de lucro de los juicios de derechos humanos es el mayor atentado a la legalidad que se ha cometido en la historia del país. Fue agudizado por Sebastián Piñera, que tenía una legión de abogados de izquierda para perseguir militares y no tenía ninguno para apresar a los marxistas que intentaron derrocarlo mediante el golpe de 2019.

Entonces, por fortuna en Chile habrá, dentro de tres años, alternancia en el poder, pero hacia la derecha. Johannes Kaiser ha señalado que indultará a los presos políticos militares y privatizará Codelco, con cuyo precio se podrá pagar a sus dueños (todos los chilenos, la mitad de los cuales nunca ha tenido un millón de pesos), dos millones a cada uno. Y sólo para empezar.

Tal vez pueda ser más. Es una cifra prudencial. Y, por añadidura, el Estado mantiene una treintena de empresas que desarrollan negocios particulares. Bajo un régimen de "Estado Subsidiario" no tienen por qué estar en manos de la burocracia estatal. También serán privatizadas. Oportunamente se les irá anunciando a sus dueños, "todos los chilenos", cómo y cuándo recibirán el precio de las que se licite al mejor postor.

Será una oferta que el pueblo no podrá rechazar. Por tanto, habrá alternancia en el poder, pero hacia la derecha y desde un régimen que, en busca de acuerdos con la izquierda, no indulta ni privatiza. 

Tal nuevo régimen será perfectamente democrático y todos estaremos mejor: el Estado, más pequeño, será más eficiente y barato de financiar. Los particulares verán sus patrimonios aumentados. Chile, creciendo a un ritmo más de tres veces superior al actual, difícilmente va a volver a cambiar de conducción, porque el auge hará que haya menos envidiosos que en 1988, 1989 o 2021, cuando mayorías jubilosas de tarados celebraron haber matado a la "gallina de los huevos de oro".

martes, 25 de agosto de 2026

TRIUNFO SEGURO DE LA DERECHA

En este momento, según las encuestas, el 73 % de los chilenos se opone a privatizar Codelco. Y por una sola razón: porque la izquierda domina el relato, la agenda política, y vende sus eslóganes. Como el de que "Codelco es de todos los chilenos" y, por tanto, sería un pecado entregar a unos pocos privados algo que es de todos.

Pues se presenta la privatización como una pérdida para todos en beneficio de unos pocos. Pero si se lograra probar que representaría una ganancia cuantiosa para todos y una pérdida sólo para unos pocos, el veredicto popular sería el opuesto. Más del 90 % votaría a favor de ella. Primero, porque el 100% de los chilenos, cada uno, recibiría un beneficio (calculado en dos millones de pesos per cápita, en principio).

¿Le gustaría a usted recibir dos millones de pesos por la venta de una empresa estatal mal manejada, en cuya administración usted no tiene arte ni parte? La utilidad que dio en 2025 Codelco fue, en su casi totalidad, proveniente de su sociedad con otra empresa, privada, que produce litio. En la producción de cobre Codelco es un desastre: entre 2022 y 2025 entregó al fisco US$ 7.029 millones, pero aumentó su endeudamiento en US$ 8.734 millones (Juan Pablo Vargas, U. de Santiago, Mercurio 21.08.26). 

En cambio, con la privatización todos ganarían: el Estado, porque la experiencia indica que las cupríferas privadas le pagan en impuestos y royalties más de mil millones de dólares anuales, y eso haría Codelco privatizada. El año pasado entregó US$388 millones.

Los particulares chilenos, los dueños de Codelco, recibirían dos millones de pesos cada uno --cifra conservadora, podría ser más-- por el precio de venta, que el gobierno les pagaría después de aprobarse la ley de privatización y materializare ésta. Ganarían todos los chilenos.

¿Creen ustedes que la mayoría va a votar a favor o en contra de recibir dos millones de pesos?

"¡Cohecho!" van a gritar algunos. Pero ¿cómo va a ser cohecho que al dueño de algo que se vende se le pague el precio? ¿O es que no éramos tan dueños?

Ganamos todos. Un win-win.

¿Quiénes pierden? Los que hoy medran de Codelco. Los que perciben sus dineros "no destinados a la producción de cobre", por 353 millones de dólares anuales, dados a conocer en mi blog de 13 de agosto; pierden los que inflaron artificialmente la producción para cobrar "bonos de desempeño", siendo que la producción estuvo un 20 % por debajo de la de 2018 (Varqas, op. cit.)

Como los nacional libertarios son los únicos que apoyan la privatización, una mayoría votará en 2029 por su candidato presidencial y sus postulantes a parlamentarios.

¡Qué grata perspectiva: un nuevo gobierno de derecha, como lo hubo hasta 1990!

sábado, 22 de agosto de 2026

CARLA FERNÁNDEZ ESCRIBE A MAQUIAVELO

Niccolò:

Esta vez no llamo a la puerta de un santo.

A los santos se les pide un milagro. A ti se acude por un motivo

menos piadoso. Las cuatro sílabas de tu apellido, con los siglos, dejaron

de designar a una persona y pasaron a nombrar un método:

"maquiavélico", el rótulo con que se bautiza la frialdad calculada, el

dominio sin piedad. Se busca, en fin, al único a quien nada de cuanto un

Estado hace con sus condenados podría escandalizar. Al autor que cada

tirano guarda en el velador.

La divisa con que te resumen —"el fin justifica los medios"—

nunca salió de tu pluma. No figura en El príncipe ni en lugar alguno de

tu obra: la acuñaron después, para tener a mano un veredicto portátil. Lo

tuyo fue algo más incómodo y más exacto: que en las acciones de los

hombres, y sobre todo de los príncipes, si guarda al fine —se mira el

resultado—. De acuerdo. Mirémoslo. Cuando lo obtenido es un

moribundo en su celda, tu regla no exculpa a quien manda; lo desnuda.

La leyenda miente de raíz, y tu propia vida fue la primera en

desmentirla.

Antes de ser un insulto fuiste un servidor público. Catorce años en

la República de Florencia: secretario de la segunda cancillería,

secretario de los Diez que conducían la guerra y la diplomacia. El poder

no lo aprendiste en los libros; lo miraste de frente. Negociaste ante el

rey de Francia, ante el emperador, ante el papa. Seguiste a César Borgia

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por la Romaña y registraste, sin apartar la vista, la mañana en que aquel

duque exhibió a su lugarteniente, Remirro de Orco, partido en dos sobre

la plaza de Cesena, un cuchillo ensangrentado al lado. Aquel pueblo

amaneció —son tus palabras— "satisfecho y atónito" a la vez.

Conociste el teatro del castigo mucho antes de teorizar sobre él. Lo

llamaste un "espectáculo feroz" y consignaste su eficacia. Por páginas

así te llaman monstruo; por páginas así conviene leerte, porque nadie

describió mejor la maquinaria desde adentro.

Desconfiabas de los mercenarios, que pelean por la paga y

desertan por la paga, y armaste en su lugar a los ciudadanos.

Administraste dineros del erario y saliste sin fortuna: de tu honradez,

afirmaste, daba fe tu pobreza. Nada del cínico de la caricatura: un

patriota y un republicano, formado al servicio de un orden político que,

mudada la mano que lo regía, después habría de devorarte.

La República cayó en 1512. Los Medici regresaron tras el saqueo

de Prato, donde tu milicia se desbandó ante el asalto español. Y bastó

que, en febrero siguiente, figurara tu nombre garabateado en un papel

—una lista de unos veinte nombres vinculada a la conjura de Boscoli y

Capponi— para que el nuevo régimen de la ciudad a la que habías

servido no perdiera un minuto. Sin prueba. Sin más vínculo con la

conjura que la tinta de ese renglón. La culpa por asociación: un invento

que no ha envejecido.

Vino la cuerda: el tormento que alza al preso por los brazos atados

a la espalda y lo suelta a medio caer, hasta descoyuntarlo. Seis veces lo

soportaste, sin confesar. Desde la celda le enviaste a Giuliano de'

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Medici un soneto que aún se conserva: sei tratti di fune in su le spalle —

seis tirones de soga sobre los hombros—, y anotabas, con sorna dolida,

que así se trata a los poetas. A los cabecillas los decapitaron; a ti te salvó

el azar de un cónclave, la amnistía con que se festejó la elección de un

papa nuevo, un Medici. Y tú, cuyo apellido el mundo escupe como

sinónimo del oficio del verdugo, fuiste entonces quien quedó

suspendido de esa cuerda.

Después, el destierro. Una granja en el campo toscano, la

estrechez, el tedio. De día cazabas tordos y jugabas, entre disputas a

gritos, con el carnicero y el molinero de la taberna; de noche —lo

contaste en la misiva más célebre que desterrado alguno haya escrito—

te despojabas de la ropa embarrada, vestías panni reali e curiali, paños

dignos de una corte. Entrabas a conversar con los antiguos en tus libros;

durante cuatro horas no temías la pobreza ni la muerte. En aquel

escritorio compusiste el opúsculo que habría de condenarte y de hacerte

inmortal. Te habían quitado el cargo, el sueldo, la ciudad. La dignidad

no supieron confiscarla, y el régimen, en tanto, te daba por acabado.

Nada de esto se cuenta para compadecerte: lo habrías detestado.

Tampoco para levantarte un pedestal. Redactaste líneas que todavía

hielan la sangre y elogiaste espantos con pulso de cirujano; no hace falta

absolverte para escucharte, ni convertirte en mártir para reconocer lo

que te hicieron. Basta mirarte sin recortes. Así, sin absolución y sin

bronce, comprendes como ninguno lo que vengo a denunciar.

Defiendo a quienes envejecen y mueren tras las rejas de mi país,

en causas que, por una regla de vigencia temporal, siguen sometidas a

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un procedimiento ya reemplazado: un rito escrito, secreto en su fase

sumaria, donde un mismo juez instruye, acusa y falla. Aprenden los

rostros de sus bisnietos por fotografía. Lo que padecen no lo suavizo

con eufemismos: es la muerte previsible y evitable de ancianos bajo

custodia estatal, la extinción lenta entre muros. El daño no lo inflige el

tiempo, que carece de voluntad; lo inflige quien lo administra. El poder

que los retiene se cree duro, realista, implacable: se cree, en una palabra,

maquiavélico. No te ha leído.

Trazaste una línea que tus imitadores ignoran. Distinguiste la

crueldad bien usada de la mal usada: la primera se ejerce de una vez, por

necesidad, y se agota; la segunda se agranda a medida que dura. No

hago mía esa distinción. La vuelvo contra quienes la invocan. Aun

medida con tu vara, la que cae sobre mis defendidos es crueldad mal

usada: no un golpe, sino un desgaste suministrado gota a gota, década

tras década, contra quienes agonizan. Enseñaste que le iniurie si

debbono fare tutte insieme —las ofensas, todas juntas— y que los

favores, en cambio, debían dosificarse. Aquí se perfeccionó la fórmula

inversa: la ofensa interminable, la clemencia jamás.

Hay en tus páginas una advertencia que debería desvelar a

cualquier autoridad: el bien concedido a destiempo, arrancado por la

necesidad, no se agradece, porque se juzga forzado. Ahí cabe toda la

causa. No es raro que, cuando por fin se dicta el fallo que dispone la

libertad o el traslado, el preso ya se apague o ya no esté; y la tutela tardía

no redime: certifica que arribó después de aquello que debía impedir.

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Formulaste además la regla de oro del manual: ser temido puede

convenir; ser aborrecido, nunca, porque el odio es lo único que ningún

trono resiste. Sostuviste que los hombres olvidan antes la muerte del

padre que la pérdida del patrimonio; imagina entonces qué rencor

siembra quien despoja a un anciano de lo poco que aún conserva —las

visitas, la honra, la casa donde alguien le cierre los ojos—. Quien lo

borra de la mesa familiar, quien lo deja consumirse entre rejas, cosecha

justamente ese odio del que, según tu aviso, ningún dominio sale

indemne. Y lo cosecha a cambio de nada: ningún fin legítimo de la pena

exige que un anciano agonice entre rejas, y un cuerpo que apenas se

sostiene difícilmente amenaza a nadie.

Añadiste que a un príncipe no le hace falta poseer todas las

virtudes: le basta aparentarlas. Esa lección sí fue aprendida. Se aparenta

justicia: se exhiben códigos y comisiones; se prometen condiciones

dignas sobre el papel. Pero tú mostraste cómo mirar la verità effettuale

della cosa —la verdad efectiva de las cosas—, no su figuración; y esa

verdad no habita en el expediente, sino en el catre, en la enfermería sin

médico de guardia, en la respiración que se acorta. Reconocerías el

truco al primer vistazo: fuiste tú quien retrató el disfraz de la virtud

sobre la sustancia del abandono.

El balance, dicho en tu propia moneda, resulta demoledor. En los

Discursos sobre la primera década de Tito Livio sentenciaste que un

príncipe sciolto dalle leggi —exento de las leyes— es más ingrato, más

voluble y más imprudente que el pueblo al que gobierna. Así funciona

este engranaje: ni siquiera acierta a ser lo que finge. Feroz sin cálculo,

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severo sin provecho, temido tal vez y repudiado con certeza, todo para

nada. Reprueba el examen del autor cuyo nombre cree encarnar. Mal

maquiavelismo: la saña torpe que despreciaste.

No comparo la soga con la demora: comparo la lógica que las

vuelve posibles, el instante en que se deja de ver a la persona y se ve

apenas un renglón en una lista, un uniforme, un expediente. Mis

defendidos conocen ese instante. No vengo a zanjar en esta carta la

disputa sobre el pasado —no es esa la cuestión—; sostengo algo

anterior a ella: ninguna condena autoriza a administrar una agonía.

Cambiar la forma de cumplirla no borra la condena ni extingue la pena.

Impide que su ejecución imponga una muerte que la sentencia no

ordenó. Lo que está en juego no es un favor, sino dos exigencias

elementales: un proceso con garantías y, para quien se apaga, una forma

de cumplimiento compatible con la dignidad, bajo techo propio.

He aquí la diferencia. De un altar se esperan milagros; de ti, un

espejo. Santo no fuiste —el encargo te daría risa— y sabías, mejor que

cualquier confesor, que ese aparato no responde ante el cielo sino

ante sí mismo. Por eso no se pide intercesión: se pide tu mirada, esa

lucidez sin ternura que rehúsa la palabra amable y le arranca la máscara

a la razón de Estado. Y a quien la misericordia no ablanda, quizá lo

avergüence todavía su reflejo.

Moriste rechazado por la República restaurada, sospechoso ahora

de haber servido a sus adversarios: la rueda completa. Pocos meses

antes le confiaste a un amigo que amabas a tu patria más que a tu alma:

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amo la patria mia più dell'anima. Esa es la frase que merece

sobrevivirte, no la del monstruo que inventaron.

Hay una ironía final que reúne tu vida y la causa en una sola

imagen. Florencia te sepultó sin honores. Doscientos sesenta inviernos

más tarde, la misma ciudad te alzó un monumento de mármol en Santa

Croce y grabó encima: TANTO NOMINI NULLUM PAR ELOGIUM,

ningún elogio está a la altura de tan gran nombre. Llegó el elogio. Llegó

al polvo. Llegó más de dos siglos y medio después de la soga, del

ostracismo, de las noches en el escritorio, de todo cuanto un hombre

vivo pudo recibir y no recibió.

Eso combato. No la condena: el reloj, y detrás del reloj la mano

que lo deja correr y a esa espera la llama justicia. No la celda, sino la

muerte lenta en que desemboca.

Que este Estado no haga con los mayores de mi patria lo que

Florencia hizo con su secretario. Que no aguarde a que sean piedra para

descubrir que fueron humanos. Mis defendidos no disponen

de doscientos sesenta años. Ni de dos. Que el Estado disponga hoy una

forma de cumplimiento compatible con su edad y su salud; de lo

contrario, el elogio póstumo no será desagravio, sino la confesión de

una crueldad que pudo evitarse. Que sea, siquiera una vez, menos cruel

que el maquiavelismo que invoca sin haber leído a Maquiavelo.

Toca despedirse, Niccolò, y hay una deuda rara: vine buscando

una leyenda negra y encontré a un servidor triturado por la maquinaria

que describió. No sales de esta carta con aureola ni con corona de

espinas: sales como fuiste, lúcido y magullado, con el ingenio intacto y

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el decoro a resguardo, como aquella noche en tu escritorio. Me llevo tu

lección; no acepto tu destino.

Y quede dicho, para que nadie alegue no haberlo oído: mientras un

anciano agonice entre muros ajenos, mientras se vista de prudencia la

demora y de orden la desidia, habrá quien se plante frente a la autoridad

para exigirle —jamás para implorarle— que cumpla lo que juró. Porque

hacer esperar a quien se está muriendo no es vencerlo: es abandonarlo

lejos de los suyos, y eso, mientras haya voz, no sucederá en silencio.

Los que hoy gobiernan proclaman la humanidad en cada tribuna y la

dejan apagarse, sin escándalo, lejos de toda mirada: han refinado la más

callada de las traiciones,

Carla Fernández Montero.







miércoles, 19 de agosto de 2026

TAREAS DEL PRÓXIMO GOBIERNO

Me fui al sur obligado por circunstancias sobrevinientes que me impidieron mantener mis aportes a este blog. Pero he vuelto y continúo en la tarea de preparar el próximo gobierno de Johannes Kaiser, cuyas posibilidades son óptimas, porque es el único capaz de hacerle al pueblo chileno --con sus virtudes y sobre todo sus defectos-- una oferta que no va a poder rechazar. 

Por eso mismo estoy cierto de que lo va a elegir a él y no sólo eso, le va a dar un parlamento con mayoría que lo apoye en su tarea, que es, ni más ni menos, darles mucha plata a todos los chilenos junto con procurar otros "mejores 30 años" como los que nos permitieron el "milagro chileno", cuyos efectos positivos duraron hasta que la candidata izquierdista Michelle Bachelet llegó al poder, invitó a los comunistas a formar parte de él y juntos mandaron el modelo chileno al Diablo.

Antes y ahora apoyo y aplaudo la idea de Johannes Kaiser de privatizar Codelco, como primer paso. Venderla al mejor postor y repartir el precio a sus dueños, que son todos los chilenos. De donde resultará el pago a cada uno de unos dos millones de pesos, a "ojo de buen cubero" y de acuerdo con cálculos prudenciales. Pues podría ser más.

La medida anterior es inaceptable para las izquierdas, que viven del Estado y repudian las privatizaciones.

Tampoco va a impulsarla el gobierno de José Antonio Kawst, que ya definitivamente no quiere molestar a la izquierda y es una repetición del de Sebastián Piñera sin Sebastián Piñera, aunque de partida, se diferencia de éste en que no persigue a los exmilitares. Pero tampoco los indulta. Es que es un gobierno contemporizador con la izquierda. El próximo deberá ser uno que la reduzca a su mínima expresión y que, desde luego, meta presos a todos los Boric que salgan a quemar buses, edificios, iglesias y destrozar semáforos.

El equipo de economistas de Johannes está encabezado por Víctor Espinosa, de extraordinaria preparación. Su tarea deberá consistir en preparar todas las medidas conducentes a privatizar Codelco apenas asumido el poder. Así se definirá la cantidad más verosímilmente cercana a la promesa dos millones de pesos a cada dueño de Codelco.

En particular el próximo gobierno deberá preparar la continuidad de las privatizaciones, pues el Estado tiene una treintena de empresas que no tienen por qué ser estatales. Desde luego, Televisión Nacional no tiene por qué serlo y podría ser la privatización que siga a la de Codelco. 

El equipo de economistas de Johannes tendrá que prestar especial atención a la privatización de Enap, monopolio estatal que nos tiene en la categoría de países que no producen petróleo ni gas, porque por ley ningún particular puede explorar en busca de esos combustibles fósiles, según la ley actual.

Sería interesante ir sabiendo desde ya cuánto se le podrá pagar a los dueños --todos los chilenos-- por estas privatizaciones que vendrán después, para mantener un flujo de efectivo para los chilenos durante todo el próximo gobierno. Los dos millones iniciales deben ser sólo la primera cuota.

Estoy cierto de que una campaña basada en las promesas anteriores de privatización y pago a sus dueños será imposible de derrotar en las urnas

El apoyo popular que estas propuestas van a recibir asegurará un alto crecimiento, con el cual hoy día no podemos siquiera soñar. Este año el Informe de Finanzas Públicas del Banco Central anticipa que Chile crecerá 1,8 %. La minería está cayendo 6,4 por ciento interanual, la pesca cae 5,9 por ciento, la construcción 3,2 por ciento, el sector agropecuario-silvícola cae 0,3 por ciento, la manufactura 0,3 por ciento.

Compárese eso con el cuatrienio iniciado con las masivas privatizaciones de Pinochet-Büchi, en 1985, de la electricidad, el gas, el acero, el salitre, la radiotelefonía, que dieron origen a un crecimiento del 6,4 por ciento anual. Hacia eso también apuntamos ahora, pero con la diferencia de que esta vez las ventas de las empresas del Estado irán a los bolsillos de los dueños del Estado y no a la burocracia de éste.

El futuro gobierno es la tarea del momento.

miércoles, 12 de agosto de 2026

LO QUE PUEDE PASAR

El presidente se ha declarado orgulloso de Codelco como empresa estatal. 

La siguiente es una lista de los pagos hechos por Codelco a propósitos distintos de su giro, que es producir cobre. Fue enviada a este blog en 2016 por un  lector. 
Tuvo mas de 18 mil lecturas. Nadie desmintió la veracidad de la nómina, que reproduzco a continuación:

Listado de Egresos de CODELCO para fines distintos al giro:

1.- CORPORACION TIEMPO 2000, US$ 599.000, ligada a la DC.
2.- FUNDACION TIEMPOS NUEVOS, US$ 463.806, Luisa
Durán, esposa de Ricardo Lagos.
3.- CENTRO DE ESTUDIO PARA EL DESARROLLO, US$ 414.000,
ligada a la Concertación (DC).
4.- IPG CONSULTORES S.A., US$ 339.000, empresa relacionada
a Ejecutivo de Codelco.
5.- FUNDACION CHILE, US$ 165.000, cuando José Pablo Arellano
era su Presidente.
6.- FUNDACION NACIONAL DEL DEPORTE, US$ 112.000, ligada a
la Concertación (DC) y a don Eduardo Frei Ruiz-Tagle.
7.- DIRECCION NACIONAL DE VIALIDAD (MOP), US$ 82.000.
8.- RICARDO HORMAZABAL SANCHEZ, US$ 60.000, expresidente
de la Democracia Cristiana.
9.- ALEJANDRA PALLAMAR AZUA, US$ 28.448, esposa del
diputado en ejercicio Esteban Valenzuela Van Treek.
10.- FUNDACION CHILE 21, US$ 27.000, Ligada a la Concertación.
11.- CORPORACION JUSTICIA Y DEMOCRACIA, US$ 16.000, Ligada
a Patricio Aylwin.
12.- FUNDAC. EDUARDO FREI MONTALVA, US$ 12.586,
ligada a Eduardo Frei Ruiz-Tagle y familia.
13.- GESCAM, US$ 198.000, Hernán Durán de la Fuente, cuñado
de Ricardo Lagos.
14.- INVERSIONES SANTA TERESA LTDA, US$ 146.000, Jorge
Navarrete Martínez (DC) y su esposa, exministra de Vivienda.
15.- SUR PROFESIONALES CONSULTORES LTDA, US$ 232.759,
ligada a la Concertación.
16.- INVERSIONES COMERCIO Y ASESORIAS S.A., US$ 90.000,
LUIS AJENJO ISASI, expresidente de EFE.
17.- SERGIO VELASCO DE LA CERDA, US$ 40.000, exdiputado DC.
18.- HERNAN SANDOVAL ORELLANA, US$ 486.205, amigo personal
de Ricardo Lagos.
19.- INVERSIONES Y ASESORIAS EL RODEO LTDA, US$ 318.000,
Fernando Riveri Cerón, vicepresidente de Codelco.
20.- RAUL ALVAREZ CORTES, US$ 118.164, director de ENAMI.
21.- ESTEBAN VALENZUELA VAN TREEK, US$ 9.483, diputado.
22.- JORGE INSUNZA GREGORIO, US$ 77.586, diputado.
23.- RENAN FUENTEALBA , US$ 25.862, diputado.
24.- DENISE PASCAL ALLENDE, US$ 205.172, diputado.
25.- PATRICIO VALLESPIN, US$ 77.586, diputado.
26.- Fiberglass, US$ 3.155.870, Juan Villarzú (DC) expresidente
Ejecutivo de Codelco, accionista de esta empresa.
27.- Metálica S.A., US$ 21.382.584, Fernando Riveri (DC)
exvicepresidentede Operaciones de Codelco, accionista y director
de esta empresa.
28.- TOP Consultores, US$ 2.346.000, Rafael Estévez (PS),
exvicepresidente de Recursos Humanos de Codelco, Propietario de esta empresa.
29.- Ecomet S.A., US$ 3.644.500, Gabriel Tomic socio de esta empresa,
hermano de Francisco Tomic (DC), Vicepresidente de Desarrollo Humano y
Finanzas de Codelco. 30.- Ara Worley Parsons, US$ 60.000.000, Daniel Barria (DC) vicepresidente
de Servicios Compartidos de Codelco,accionista de esta empresa.
31.- Manuel Araneda Castex, US$ 19.800, Juan Enrique Morales (DC)
Vicepresidente de Desarrollo de Codelco, cuñado de este proveedor.
32.- Geovitta, US$ 258.692.242, Julio Cifuentes (DC), Gerente General de
División Salvador, accionista de esta empresa.
33.- Dynal, US$ 711.100, Pablo Trivelli socio de esta empresa, hermano
de Daniel Trivelli (DC) gerente general División Andina.
34.- Mario Cabezas L., US$ 88.000 , Mario Cabezas (PRSD) gerente
de Reconversión División Salvador, es padre de este proveedor.
35.- Jorge Navarrete Martínez (DC), US$ 865.218, director de Codelco,
sociodeInversionesSanta Teresa, Asesor Comunicacional de Codelco, presidente
de Auditoría, prestaba servicios en Codelco y en una filial.Tenía
además cinco contratos en paralelo.
TOTAL: US$ 355.348.971
Ch$ 213.149.382.600 (tipo de cambio: 600 Ch$/US$).

Si esa nómina fuera efectiva, el presidente Kast no tendría razón para estar
orgulloso de la condición estatal de Codelco.

El presidente del Partido Nacional Libertario, Johannes Kaiser, por el
contrario, ha propuesto vender Codelco, que es "de todos los chilenos",
y como un precio razonable y posible de venta sería de unos 40 mil millones
de dólares, ha propuesto algo muy natural: que los dueños perciban ese
precio. Ello permitiría a cada chileno recibir dos millones de pesos.
Yo preveo que en la elección presidencial y parlamentaria que tendrá lugar
en poco más de tres años, un gran mayoría de dueños de Codelco, es
decir, de chilenos, va a votar por el candidato que prometa venderla y entregar
el precio de venta a los dueños.

Lo mismo puede esperarse de la votación parlamentaria, en que una posible
mayoría va a votar por candidatos que ofrezcan legislar para que los dueños
de Codelco puedan percibir el precio de su empresa vendida.

En poco más de tres años sabremos si estas previsiones eran acertadas o no.

domingo, 9 de agosto de 2026

¿POR QUÉ NO LE PREGUNTAN AL PUEBLO?

Si Codelco es de todos los chilenos ¿por qué no nos preguntan si deseamos o no vender esa empresa y recibir unos dos millones de pesos cada uno, suponiendo que valga unos US$ 40.000 millones? Es lo que ha propuesto el candidato Johannes Kaiser, con toda lógica.

En este momento esa empresa está capturada por unos pocos y constantemente se publican los abusos a costa de ella que perpetran esos pocos. 

Estoy cierto de que la mayoría de sus dueños reales no quieren que siga este estado de cosas. Y como dueños que somos, tenemos todo el derecho a poner término al abuso.

¿Por qué no se consulta, en un procedimiento estrictamente democrático, si los dueños prefieren o no licitar Codelco y percibir su precio?

Si no se hace ahora, el tema no va a desaparecer, como parecen confiar los actuales beneficiarios de la impresentable situación actual. 

Tres años pasan muy rápido. Cuando transcurran, ya vamos a estar en plena campaña presidencial. Y va a haber un candidato que va a insistir en su misma propuesta de hoy. Los dueños de Codelco van a ser los mismos que van a elegir al futuro presidente. ¿Irán a votar por que siga el escándalo o por que se le ponga término, ellos reciban el precio y cada uno resuelva soberanamente qué va a hacer con su parte alícuota?

Hay, por otra parte, una treintena de empresas estatales que sería bueno saber si es del interés nacional que sigan siéndolo. ¿Necesitamos una TVN que pierde plata año a año? ¿Necesitamos un banco estatal? ¿O una empresa monopólica que no permite a nadie explorar libremente en busca de petróleo o gas y, al mismo tiempo, tampoco encuentra ninguno de los dos?

¿Necesitamos una comercializadora de trigo estatal? Yo no. Prefiero la plata.

Sería muy bueno que hubiera un presidente que nos preguntara a nosotros, el pueblo, si queremos seguir teniendo las empresas estatales que hay o preferimos que se vendan y nos den nuestra plata.

En particular porque "los mejores 30 años" --1985-2015-- de la historia de Chile se gestaron a partir de un gran proceso de privatización de empresas estatales, lo que estuvo en la base del progreso económico-social alcanzado y lamentablemente hoy desaparecido.

Entonces, para empezar de nuevo, que se le pregunte al pueblo por Codelco. Si no, éste de todas maneras va a dar su respuesta en las urnas en 2029. 

viernes, 7 de agosto de 2026

CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE

He sido autorizado para reproducir la siguiente carta, que se explica por sí misma:

HOMBRES QUE SALIERON A DEFENDER LA PATRIA

Señor Presidente de la República, don José Antonio Kast Rist:

Estos hombres juraron entregar la vida si la patria la reclamaba, y

no fue palabra hueca: cuando el país, al borde del abismo, los convocó

—eran los días en que las mujeres alzaban pañuelos blancos pidiendo

orden—, vistieron el uniforme y salieron a honrar, ante la bandera, la

palabra empeñada, exponiendo junto con la existencia propia la suerte

de sus familias. Y terminada su misión, en vez de retener el poder

prefirieron devolverlo, restituyendo la democracia bajo la cual hoy

gobierna V.E. y escribe esta abogada. Así retribuye la patria semejante

lealtad: esa generación languidece, olvidada, en los pabellones más

antiguos de nuestras cárceles, donde la República niega a sus servidores

hasta una muerte digna.

No vengo a discutir condenas: vengo a cobrar una deuda. Quienes

fueron escudo de la Nación pasaron a recibir trato de enemigos, y al

enemigo no se cuida: se deja morir despacio. Sobre el castigo dictado

por un juez cayó otro que nadie suscribió: la agonía sin auxilio, lejos de

la familia, como si la tierra defendida cobrara ahora la cuenta de su

propia defensa.

Las sentencias, además, provinieron de un procedimiento que

Chile enterró por indigno: inquisitivo, escrito y secreto, donde un

mismo juez investigaba, acusaba y fallaba, con un sumario oculto hasta

para la defensa. La reforma procesal vino a proscribirlo; estos ancianos

son los únicos a quienes el rito abolido todavía alcanza. No pido revisar

nada: dejo constancia. Juzgar sin garantías y abandonar al moribundo

no se archiva con los expedientes: permanece como una mancha

indeleble en la justicia chilena.

Esto tiene nombre, y lo vengo escribiendo hace años:

geriatricidio carcelario. La muerte anticipada de los presos más

ancianos, ejecutada sin un solo golpe: basta negar el auxilio que el

propio encierro vuelve imposible de procurar. Recluir a un hombre es

privar de libertad, no presenciar una agonía sin médico. Una pena que

excede lo fijado por el juez ya no es justicia: es venganza con toga.

Y no hablo en abstracto. En el recinto que concentra a los reclusos

más ancianos del país se hacina casi el doble de los internos previstos,

sin un médico de planta que acuda cuando un cuerpo de noventa años se

apaga de madrugada. La Corte Suprema ordenó corregir esas

condiciones; la orden sigue incumplida, y la población del pabellón ha

ido disminuyendo por la única puerta que allí se abre sin permiso: la de

la muerte. Octogenarios en su mayoría, algunos ya nonagenarios,

agonizan entre esas rejas, aquejados de un cáncer terminal que ninguna

enfermería carcelaria podría tratar. Ya no pueden seguir esperando.

La salida no es el perdón, sino la pena cumplida en el domicilio. El

enfermo grave permanece preso, condenado y purgando: apenas muda

los muros del penal por los del hogar, la soledad del pabellón por la

familia y un médico cercano. No se remite una hora. Se ahorra el

suplicio. Eso es todo.

Y conviene decirlo sin pudor: además de humano, es buen

gobierno. Un sistema penitenciario desbordado gasta en custodiar

moribundos las camas, el personal y las ambulancias que el resto de la

población penal reclama a gritos, sin provecho para la seguridad del

país. La conciencia y la razón de Estado, por una vez, apuntan al mismo

norte.

El derecho no permite esta salida: la ordena. Quien encierra

responde por la vida del encerrado —posición de garante, en la voz de la

doctrina—, y ese deber de cuidado, por mandato del artículo 24 de la

Constitución, culmina en el despacho presidencial. No pido a V.E.

dictar reclusiones domiciliarias: esa palabra pertenece a los tribunales.

Pero los caminos para que ningún interno siga expirando en el abandono

abundan en manos del Ejecutivo, y no los enumero: quien gobierna los

conoce mejor que esta abogada. Los tratados suscritos por Chile

mandan preferir, para el recluso enfermo, formas de cumplimiento

compatibles con la dignidad humana. Las vías existen. Falta la

voluntad.

Si nada ha ocurrido, no es por ausencia de norma, sino por una

indiferencia vuelta costumbre: la de suponer que ciertas vidas, por el

pasado que cargan, ya no merecen cuidado. Hay una crueldad peor que

la del enemigo: la de la Nación que abandona a sus defensores. Chile

rindió siempre honores a sus caídos; a los sobrevivientes de aquella

generación hoy los deja extinguirse tras las rejas, sin más himno que el

silencio. Un soldado sabe morir de pie; ninguno merece pudrirse en una

celda mientras la tierra por la cual iba a caer mira hacia otro lado. La

dignidad ni se gana con la hoja de servicios ni se pierde con la condena:

dura lo que dura el hombre.

Hablo sin rodeos, señor Presidente. La responsabilidad reside en

su investidura, y cada semana de silencio no es un trámite: es una

decisión. Gobernar no es administrar la demora, sino firmar cuando el

deber lo exige, aunque vociferen los que jamás han cuidado a nadie.

Suya fue, alguna vez, la máxima de que nadie merece morir en la cárcel;

esas palabras siguen aguardando dueño. La historia no preguntará por

informes ni cálculos: preguntará cuántos perecieron mientras la firma

esperaba.

No invoco clemencia: exijo el pago de una deuda de la República.

Que los ancianos gravemente enfermos y los desahuciados que se

consumen tras los muros concluyan la pena en el hogar, atendidos,

como el derecho ya autoriza. Chile no puede exigir juramentos de

sangre a sus hijos y negarles después el lecho de la última hora.

A quienes acudieron al llamado de la patria y devolvieron el poder

en lugar de retenerlo, la República adeuda, cuando menos, un final sin

olvido ni celda, al amparo de la bandera que juraron. Sobrellevar la

condena toca a quien la recibe; impedir que se vuelva pena de muerte

encubierta, al Estado que la dictó. Lo primero ya ocurre. Lo segundo

aguarda una firma. Ellos ya no tienen tiempo; la pluma, señor

Presidente, sigue sobre su escritorio.

Carla Fernández Montero

Abogada


lunes, 3 de agosto de 2026

KAST NO SE LA JUEGA

Si Kast hubiera sido "jugado", habría indultado el primer día a todos los Presos Políticos Militares y carabineros condenados por resguardar el orden.

Si hubiera sido "jugado", no habría reajustado el salario mínimo, como lo hizo, sino que lo habría congelado, como lo decidió Pinochet en 1985, después de lo cual se redujo el desempleo de 11% a 5 % entre ese año y enero de 1990. 

Y si fuera jugado estaría anunciando la privatización de Codelco y ENAP, para comenzar a hablar. Porque ahí hay mucho paño que cortar, como lo había en 1985... y se cortó.

Si Kast hubiera sido jugado ya tendría legiones de carabineros en las calles, con pleno respaldo oficial, capturando asaltantes y autores de encerronas. Y no tendría cinco mil carabineros menos que en 2020, como hay hoy. Ni ningún carabinero, ante una toma de terreno, se negaría a ir a desalojar y detener al usurpador, como sucede hoy. Lo digo por experiencia propia.

Los treinta mejores años de la historia de Chile se gestaron entre 1985 y 1990. De ello, estoy cierto sin haberlo leído, dará testimonio un libro de Juan Andrés Fontaine que se lanza en estos días. En esos años Pinochet y Büchi se jugaron enteros, haciendo cosas "impopulares" según la izquierda, que son las mejores para el país. Pues se puso en vigor una legislación, el Plan Laboral de José Piñera, maximizador del empleo. En lugar de desalentarlo, como lo hace la ley vigente hoy. 

Si Kast fuera jugado, ya habría echado a los abogados del Consejo de Defensa del Estado, que ganan más que él, pero no han sido capaces, en diez años, de defender al Estado del mayor escándalo del presente, los juicios ilegales de derechos humanos, mediante los cuales se condena injustamente a exmilitares y se le sustrae ingentes sumas al erario. Si fuera jugado, Kast los reemplazar{ia por abogados como Carla Fernández Montero, que ha logrado tener querellado ante el Ministerio Público a un ministro sumariante prevaricador. 

Por supuesto, si Kast hubiera hecho todas esas cosas los comunistas habrían salido a la calle a subvertir el orden. Pero el gobierno, siendo jugado, los habría metido presos, como lo hizo Pinochet. Éste entregó el mando a Aylwin con casi mil terroristas y subversivos presos, sólo para que el presidente DC, con su cerebro ya completamente lavado de por medio, los indultara A TODOS. Así se originó el actual auge de la delincuencia y de la inseguridad general.

Pero Kast no es jugado. Mantiene un pacto no escrito con los comunistas, que no han salido a incendiar ni destruir. Pero como la impunidad del delito parece garantizada, la inseguridad reina y la gente está más pesimista que nunca. Porque la verdadera solución de sus problemas está en jugarse por resolverlos.

Lo cual no garantiza que el pueblo lo agradezca. Pinochet gestó el "milagro chileno" y el pueblo votó en 1988 contra su reelección. Cohecho norteamericano y europeo mediante (millones de dólares a la campaña del No): "la decadencia de Occidente".

O "el pago de Chile", como lo llaman algunos.


viernes, 31 de julio de 2026

PRIVATIZAR NO ESTÁ EN EL PROGRAMA

Como hubo una voz del medio oficialista que mencionó la posibilidad de privatizar Codelco, el gobierno se apresuró a aclarar que eso no estaba considerado en su programa.

Lástima. Eso quiere decir que crecer a más del 6 % anual tampoco está en su programa. Porque cuando Chile creció a más de esa tasa fue cuando privatizó masivamente, a partir de 1985, bajo la presidencia de Augusto Pinochet y con Hernán Büchi como su ministro de Hacienda. 

Fueron privatizadas empresas de electricidad, teléfonos, gas, salitreras y del acero.

La privatización fue el verdadero motor del "milagro chileno".  Gracias a ella se logró disminuir la deuda externa, al aceptarse el pago de las empresas en bonos a su valor par, que habían sido comprados a una fracción de ese valor. Este incentivo incrementó el flujo de capital hacia el país y contribuyó a reducir la deuda externa. Recuérdese que "la década perdida de América Latina" en los 80  se debió a la crisis de su deuda externa.

El alto crecimiento logrado con estas medidas contribuyó a que, junto con disminuir dicha deuda, entre 1985 y 1990 también aumentara la recaudación tributaria y se redujera el déficit del presupuesto.

Y a raíz de todo lo anterior se registró una gran disminución del tamaño del Estado, que ya se había reducido en 1975, cuando la situación crítica heredada de la Unidad Popular obligó a disminuir en 30 % el personal del sector público.

El auge de la economía también permitió reducir el desempleo, de 11 % en 1985 a 5 % en enero de 1990, según cifras del Banco Central. Claro que las políticas pro-empleo de Büchi contribuyeron a ello: en 1985 fue congelado el sueldo mínimo obligatorio, contribuyendo así a crear ocupaciones para personas de baja calificación, que son a la vez las más pobres. 

Además contribuyó que el gobierno transformara las pérdidas que sufrían las empresas públicas en ganancias y mayorea ingresos fiscales generados por los impuestos pagados por ellas ya privatizadas. Eso explica la disminución del déficit del presupuesto entre 1985 y 1990.

Sin privatizaciones seguirá el espectáculo lamentable que da Codelco y no puede pensarse siquiera en unos "segundos mejores 30 años de la historia de Chile". Pues los primeros "mejores 30 años" se debieron fundamentalmente a aquéllas.


martes, 28 de julio de 2026

DOS CARTAS

La abogada penalistqa chilena Carla Fernández Montero, la primera en someter a proceso penal a un ministro sumariante de exmilitares prevaricador, ha escrito dos cartas abiertas insólitas que han despertado interés, tanto que numerosas personas me han pedido que se las reenvíe. Están dirigidas a Juana de Arco y a Tomás Moro y he resuelto ponerlas en este blog de fácil acceso.

Las reproduzco con autor4ización de la autora, naturalmente

CARTA A JUANA DE ARCO

Querida Juana:

Vuelvo a escribirte, y esta vez de noche, que es cuando las cartas

dicen la verdad. Quiero ser honesta desde la primera línea: no te escribo

por mí. Soy apenas la mano que sostiene el lápiz, y una mano poco vale.

Quien te busca es una causa. Las causas que de veras importan hacen

eso: llaman solas, con una voz que no se puede fingir, y una aprende,.

con los años, a no taparles la boca. Esta lleva meses llamando.

Perdóname si se me quiebra un poco la letra.

Antes de contarte, déjame recordarte en pocas líneas, no porque lo

hayas olvidado, sino porque necesito poner tu historia junto a otra. Eras

una niña de campo. No sabías leer ni escribir; apenas habías aprendido a

dibujar tu nombre, con la letra temblorosa de quien copia una figura que

no comprende. Tenías diecinueve años el día en que todo terminó:

cualquiera de los hombres por quienes hoy te escribo podría ser tu

abuelo. Te sentaron sola frente a los letrados más ilustres de tu siglo, en

un tribunal donde quien dirigía la investigación era el mismo que

dictaría la sentencia, en un proceso hecho de actas y de interrogatorios a

puerta cerrada, con el final resuelto desde antes de la primera pregunta.

No tuviste defensor. Ni siquiera pudiste leer de qué te acusaban. Y

cuando la trampa terminó de cerrarse, te llevaron a una plaza y te

quemaron viva delante de todos. Dicen que repetiste el nombre de Jesús

hasta que la voz se te apagó. Después arrojaron tus cenizas al río, para

no dejarte siquiera el consuelo de una tumba.

Ahora déjame decirte por qué vuelvo a molestarte.

Conozco a unos viejos que se te parecen. Sé que dicho así suena

extraño, y te pido paciencia, porque el parecido no está donde una lo

buscaría primero. Está en lo que duele.

Son ancianos de ochenta y de noventa años, algunos más. Están

presos en mi tierra. No voy a alegarte sus causas ni a discutir sus

expedientes: para eso existen los tribunales, y allí se debate lo que

corresponda, con sus reglas. Te escribo de lo otro. De la parte que los

fallos no cuentan: los cuerpos rendidos, las esperas largas, la manera

callada en que se apaga una vida cuando ya nadie la mira.

A ellos los juzga, todavía hoy, un código de 1906. Un

procedimiento inquisitivo, hermano del tuyo en lo esencial: escrito,

secreto en su etapa decisiva, donde un mismo juez indaga, acusa y

resuelve. Chile entero decidió hace un cuarto de siglo que esa forma de

juzgar no era digna de un ser humano, y la cambió para todos. Para

todos menos para ellos. El traje que nadie más quiso ponerse quedó

guardado para los más viejos.

Tú no sabías leer; ellos ya casi no pueden. A unos se les gastaron

los ojos, a otros la memoria se les fue de a poco y ya no reconocen ni su

nombre en la carátula. A ti te ataron las manos; a ellos los ata la edad,

que es una soga más paciente. Bastones, andadores, sillas de ruedas, y

una sordera que convierte cada audiencia en un rumor lejano que

alguien les explica después, si queda tiempo. Enfrente, un aparato

entero: sumarios sin fin, resmas de papel, funcionarios que se relevan

por turnos, mientras ellos no tienen más turno que el de seguir

envejeciendo. Es la contienda más despareja que me ha tocado

presenciar, y no han sido pocas. Hay días en que salgo de esas visitas y

me quedo un rato en el auto, sin encender el motor, porque hay cosas

que se lloran a solas antes de volver a casa.

Y está la hoguera. A ti te quemaron en una tarde, delante de todos.

A ellos los queman despacio, sin fuego y sin plaza. Basta una celda

helada en invierno, un pabellón hecho para noventa donde duermen más

de doscientos, y la paciencia de los años haciendo el resto. Esa brasa

lenta no ilumina nada ni escandaliza a nadie; no deja crónica ni cenizas

que arrojar al río. Deja una cama que amanece vacía, una frazada que

alguien dobla sin decir palabra, un nombre que se borra de una lista. Por

eso resulta más cómoda que la tuya: se puede mirar hacia otro lado sin

sentir el calor.

Hay un personaje de tu historia en el que pienso más que en los

reyes y los obispos juntos: el soldado inglés que, cuando pediste una

cruz, partió dos palos, los ató y te los tendió. La besaste, y te la apretaste

contra el pecho. Él era del bando que había prendido la pira. No

preguntó si eras culpable o inocente, no exigió leer la sentencia, no

consultó con nadie. No podía apagar aquel fuego, así que hizo lo único

que estaba a su alcance: que no murieras sin un gesto de ternura al lado.

Esa es la bondad de la que quiero hablarte, la única que vale la pena

defender: la que no toma declaración antes de compadecerse. La piedad

que primero exige un certificado de inocencia no es piedad; es cálculo

con buenos modales. Y hubo algo más aquella tarde: hasta tu propio

verdugo entendió lo que los jueces se negaron a ver, y confesó, años

más tarde, que temía haberse condenado por haber quemado a una

santa.

Alguien que pasó años entre rejas escribió que a una sociedad se la

conoce entrando en sus cárceles. Yo entro seguido. He visto a hombres

llamar a una esposa que murió hace años, sin que nadie tenga el valor de

recordárselo. He visto a ancianos peinarse con esmero para una visita

que no llega, y peinarse igual a la semana siguiente, porque la esperanza

es lo último que envejece. He visto guardar, bajo la almohada, un

caramelo para un nieto que ya no viene. Nada de eso absuelve ni

condena a nadie; solo pregunta, muy bajito, qué clase de gente

queremos ser quienes estamos afuera.

Por eso esta carta es también una arenga, aunque la diga en voz

baja, que es como se dicen las cosas serias. Que nadie muera en una

celda sin que alguien haya preguntado por él. No pido más que eso, y no

pienso pedir menos. Una ley que este país declaró indigna para todos no

puede seguir bastando para unos pocos. Y la vejez extrema desarma

cualquier coartada: castigar a quien ya no comprende el castigo no

corrige nada, no protege a nadie, no repara nada. Solo demuestra que se

podía. Y un país que necesita probar su fuerza sobre un hombre de

noventa años no está mostrando fuerza: está mostrando el tamaño de su

corazón.

A ti te absolvieron veinticinco años tarde, cuando ya eras ceniza

disuelta en el río. Pero deja que te cuente cómo empezó esa justicia, por

si no alcanzaste a verla desde donde estás: la empezó una anciana. Tu

madre, Isabelle, que nunca dejó de preguntar por ti. Un día de

noviembre, vencida por los años pero no por el dolor, cruzó las puertas

de la catedral de Notre-Dame, en París, con una súplica entre las manos.

Y ante los jueces del Papa dijo, con la voz rota, que había tenido una

hija; que la hizo bautizar; que le enseñó a rezar como pudo; y que venía

a pedir una sola cosa: que le devolvieran su nombre. Lloró. La sala

entera lloró con ella, y cuentan las actas que al final el clamor era de

todos. Meses después, otro tribunal anuló la sentencia y dejó escrito que

aquello no había sido derecho. ¿Te das cuenta, Juana? La niña que

apenas sabía dibujar su nombre lo recuperó entero, y se lo devolvió una

vieja. Por eso no creo en las causas perdidas: la historia vuelve, tarde

pero vuelve, y a veces regresa del brazo de los ancianos. El día que le

toque asomarse a esto que te cuento, quisiera que encontrara al menos

una cosa: que hubo quien no se acostumbró. Que mientras el fuego lento

seguía ardiendo, hubo manos ocupadas en armar cruces con dos palos.

De mí no te digo casi nada, porque casi nada hay que decir. No

oigo voces, no gano batallas, no me espera ninguna plaza. Escribo

papeles, golpeo puertas de juzgados, pierdo más veces de las que gano y

vuelvo igual al día siguiente, porque la causa llama y no acudir sería

peor que perder. Tú cargaste un estandarte en Orleans; yo cargo una

cartera con expedientes. No se comparan, lo sé. Pero los días en que la

carga pesa demasiado me acuerdo de ti, y de tu madre, y pesa un poco

menos.

Ya es de madrugada y esta carta debiera terminar, pero ni la pena

ni el aguacero me dejan soltarla. Llueve sobre Chile como hacía

décadas que no llovía: diez regiones en emergencia, medio millón de

hogares a oscuras, calles vueltas ríos, marejadas mordiendo la costa.

Los noticieros hablan de estragos, y no exageran. Pero oyendo el agua

contra la ventana pienso en los otros estragos, los callados, esos que

ninguna cámara recorre: los que este mismo invierno comete, gota a

gota, dentro de un pabellón donde el frío nunca ha sido noticia. Para los

techos caídos ya salieron cuadrillas; para esas celdas no ha llegado

cuadrilla en años. El hombre que hoy cumplía noventa años ha de llevar

horas dormido, si el temporal lo deja. No sé si alguien le cantó. No sé

siquiera si él se acordó de que era su cumpleaños, o si prefirió callarlo,

como callan tantas cosas los que ya no quieren incomodar. Noventa

años, Juana. Alcanzó a ser niño y a correr por alguna calle de tierra;

aprendió un oficio, se enamoró, meció hijos, conoció nietos. Una vida

entera, con sus veranos y sus duelos, cabe ahora en un catre angosto y en

esa lista donde su nombre espera turno para borrarse.

Y hay un pensamiento que no me deja cerrar los ojos: ese hombre

también fue el niño de alguien. También a él una madre lo hizo bautizar,

le enseñó a rezar como pudo, le veló las fiebres, le cantó para dormirlo.

Esa mujer murió hace mucho, sin sospechar que su niño iba a envejecer

tras una reja y a irse de a poco, sin nadie que preguntara por él. Si

viviera, haría lo que hizo la tuya: cruzaría todas las puertas quecieran

falta, con una súplica entre las manos y la voz rota, a pedir por su hijo.

Como ya no puede, nos toca a los demás. Por eso escribo cartas a

medianoche, Juana: porque en alguna parte hubo una mujer que le cantó

a ese hombre para hacerlo dormir, y no me resigno a que se duerma por

última vez sin que alguien le haya vuelto a cantar, aunque sea con la voz

que tienen los papeles.

Así que te pido un último favor, y perdóname el atrevimiento. Si

una de estas noches, en ese pabellón o en otro, a alguno de estos

hombres le llega su hora y ninguno de nosotros alcanza a estar, no lo

dejes irse solo. Siéntate en la orilla de la cama, como se habría sentado

su madre. Tómale la mano hasta que se le pase el miedo. Quédate, como

se quedó contigo aquel soldado: sin poder salvarte, pero sin permitir que

la muerte te encontrara lejos de la ternura.

Descansa, Juana. Dale un abrazo a Isabelle de parte de esta

desconocida que le debe una lección. Mañana, a primera hora, voy a

preguntar por el hombre del cumpleaños, y por los demás. No es mucho,

ya lo sé. Pero así empezó, hace casi seiscientos años, la justicia que te

devolvió el nombre: con alguien que preguntó. Los viejos de mi tierra

también esperan eso, sin decirlo. Eso, y que alguien, llegada la hora, les

arme una cruz con dos palos.

Con la certeza de que ninguna hoguera ha sido jamás la última palabra,

CARLA FERNÁNDEZ MONTERO

Abogada

Derecho Penal-Penitenciario


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CARTA A TOMÁS MORO

Abogado de Londres, canciller de Inglaterra, decapitado en Tower Hill el 6 de julio de 1535

Señor Moro:

Le escribe una abogada del fin del mundo, de una tierra que en su

tiempo aún no figuraba en los mapas. Traigo un encargo. Más de

cuatrocientos ancianos, presos en cárceles de este país, desean

confiarle su defensa. Ninguno alcanzará a estrecharle la mano: hace

casi quinientos años que descansa. Ellos lo saben. Y aun así lo eligieron.

Han cumplido más de quince años tras las rejas; algunos, más de

treinta y cinco. Tuvieron abogados, y buenos. No les falta defensa: les

falta un defensor que no se haya rendido a la costumbre de lo injusto.

Recorrieron cinco siglos de tribunales en su busca. Encontraron uno

solo. Subió al cadalso el seis de julio de mil quinientos treinta y

cinco.

Conoce el encierro, y no de oídas. Catorce meses habitó la Torre.

Sabe cómo se enquista la humedad en las piernas de un enfermo, cómo

suena un cerrojo a medianoche, cuánto pesa un invierno entero sin una

carta. Al final le arrebataron hasta la tinta, y a su hija le escribió con un

trozo de carbón. Estos ancianos llevan treinta inviernos de ese mismo

frío. Quien no lo ha respirado no comprende el expediente.

Fue juez, además, de una estirpe ya extinguida. Al frente de la

Cancillería vació la agenda de causas: una mañana reclamó la siguiente

y le respondieron que no restaba ninguna pendiente. Londres lo celebró

en verso. Los míos, en cambio, litigan bajo un código de mil

novecientos seis, donde un solo magistrado indaga, acusa y condena, y

los recursos encanecen al compás de sus propios recurrentes. Un juez

que midió el precio de una sola jornada podría, por fin, enseñarle a

esta justicia cuánto vale una jornada a los noventa años.

Pero la razón última pesa más que todas las anteriores. Tenía el

reino rendido a sus pies y lo entregó completo en lugar de firmar una

mentira. Una palabra bastaba —un juramento— para conservar la casa,

el cargo, la cabeza. Prefirió callar. Escogió la celda sobre el privilegio y

el hacha sobre la complicidad, porque lo comprendió mucho antes que

su siglo: por encima de la fidelidad al rey existe otra más honda, la del

hombre con aquello que reconoce como justo. Esa lealtad, y no la

destreza, es lo que aquí se reclama.

La contraparte le resultará conocida, pues la retrató en Utopía: el

poder que primero engendra el abandono y castiga después sus frutos.

El nuestro refinó el arte. Recibe a un hombre bajo custodia, jura

protegerlo, lo desatiende, y rubrica el desenlace como muerte natural

por la edad. También a usted lo condenó un falso testimonio; dijo

entonces que le dolía más aquel perjurio que su propio peligro. Habría

que grabar la frase en los frontispicios de un país en que el tiempo,

llamado a ablandar el juicio sobre un anciano, se blande en su contra.

Sabe igualmente lo que ocurre del lado de afuera, donde la pena se

cumple de verdad. Margaret, su hija, rompió el cordón de guardias que

lo devolvía a la Torre, se abrió paso a empujones y lo abrazó frente al

gentío; los soldados lloraron, y así consta. Las hijas de mis defendidos

no pueden romper cordón alguno: envían cartas, y las cartas se

responden tarde, o nunca. Una rogó en mayo el traslado de su padre

agonizante; la contestación tardó cincuenta y cinco días en señalarle

otra ventanilla. Y hubo esposas que murieron aguardando el

reencuentro: el permiso para despedirse llegó con la novia de toda una

vida ya bajo tierra.

No le oculto el escollo: lleva cuatrocientos noventa y un años

muerto, y ningún colegio matricula difuntos. El reparo es menor. En

esta tierra, un código muerto, abolido por indigno, todavía dicta

condenas. Si un código difunto aún condena, un abogado difunto

bien puede defender. Sería apenas la segunda irregularidad del

proceso; la primera, en favor de los reos.

El poderdante, se lo advierto, es impaciente. No por

temperamento: por calendario. La nómina de los cuatrocientos mengua

sola, mes a mes, sin que se firme un traslado ni un indulto. Cada

semana de espera, alguno falta al recuento de la mañana. Y no

porque haya recobrado la libertad.

Déjeme evocar su final, pues es él quien lo hace irreemplazable.

Halló mal montado el patíbulo y pidió que lo ayudaran a subir: del

descenso, dijo sonriendo, ya se ocuparía por su cuenta. Perdonó al

verdugo aun antes de que alzara el filo, le suplicó que no temblara al

cumplir su oficio y le advirtió, con una ternura difícil de sostener, que

apuntara bien, que tenía el cuello corto. Apartó su propia barba sobre el

tajo, pues ella no había cometido traición. Y se despidió del mundo con

seis palabras que lo resumen entero: moría siendo buen siervo del rey,

y de Dios antes que de él.

Ahí reside el enigma que estos ancianos le entregan. Sirvió al rey

hasta el filo mismo de lo justo, y ni un paso más allá. A ellos se les exige

lo contrario: permanecer leales a un Estado que dejó de serles leal. No

invocan aquí su inocencia, y nadie lo lea como rendición: un

procedimiento que hizo del juzgador su propio acusador jamás les

concedió el modo de acreditarla. Los hay inocentes, y el sistema se

ocupó de que nunca pudiera saberse. Esta carta no viene a reabrir esa

herida. Piden algo más pequeño, y mucho más difícil de otorgar.

Usted tuvo, en su hora última, una mano que apretar y un nombre

en los labios. Le escribió a Margaret la víspera que nunca había amado

tanto su cariño como en el beso final. Tuvo despedida. Tuvo un rostro

conocido inclinado sobre el suyo. Tuvo, incluso, quien recogiera su

cabeza del puente y la guardara para enterrarla junto a la propia.

Estos hombres se apagan sin nada de eso. Mueren de madrugada,

en un pasillo, y el último semblante que alcanzan a distinguir es el de un

guardia que ignora sus nombres. A ninguno le sostienen la mano. Ante

ninguno se pronuncia, en voz alta, el nombre completo con que vinieron

al mundo. Entraron con nombre. Los están sacando con número.

Acepte el caso, señor Moro. Trabaje como trabajó en la

Cancillería, hasta la mañana en que pida el expediente siguiente y le

respondan que no queda ninguno. Que ese día signifique que todos

regresaron a casa —a una cama sin candado, a un nieto sin horario

de visita, a una puerta sin número— y no lo otro, que también vacía

la lista, pero en silencio, y de a un nombre por vez.

Hay en este encargo algo que ningún expediente consigna, y

conviene decírselo. Estos hombres no le piden que los arranque de la

muerte: a esa ya la miran de cerca, y sin espanto. Le piden que no los

dejen morir dos veces. Una, en el cuerpo, cuando le llegue la hora. Otra,

antes, la tarde en que descubran que su suerte ya no le importa a nadie.

Mientras quede quien los recuerde y los defienda, esa segunda muerte

no llega. Para eso escribo. Y si usted no tomara el caso, lo tomaré yo

sola, con su vida entera por toda jurisprudencia.

Quedo esperando su respuesta con una fe que este siglo no merece. Y si

demora, como aquí demora todo, tenga la certeza de que insistiré. Con

tinta, mientras quede. Y con carbón, si llegara a faltar.

Santiago de Chile, julio 2026.

CARLA FERNÁNDEZ MONTERO

Abogada

Derecho Penal-Penitenciario

carlafernandezabogada@gmail.com - +56993297791

sábado, 25 de julio de 2026

RECUENTO DEL "PARLAMENTARISMO DE FACTO"

Tenemos cinco mil carabineros menos que en 2020, porque nuestro parlamentarismo de facto eligió presidente a un perseguidor de ellos y panegirista de "la primera línea" de los delincuentes. Entonces ahora el peor problema de la ciudadanía es la delincuencia.

El país casi no crece desde hace diez años, porque el voto popular eligió en 2014 a una presidenta admiradora de Alemania Oriental. Ella llevó a los comunistas al gobierno, subió los impuestos para recaudar ocho mil millones de dólares, pero recaudó la mitad y la economía dejó de crecer. Malo, porque la pobreza disminuye en 80% debido al crecimiento y sólo en 20% gracias a la redistribución.

Apareció, a la izquierda de los comunistas, el Frente Amplio, subsidiado por la izquierda. Giorgio Jackson, fue candidato "protegido" gracias a un pacto de omisión. Sacó la primera mayoría nacional. Eran los regalones y prometían cambiarlo todo. Encabezaron el conato revolucionasio de 2019. Violaron la Constitución en todas las posturas. El senador Quintana (PPD) dijo que había un "parlamentarismo de facto". The Economist nos sacó de la lista de las "democracias plenas" y nos ubicó entre las "democracias defectuosas".

La ciudadanía premió a los subversivos de 2019 eligiendo presidente a su cabecilla Boric en 2021. Ebrio de triunfo, anunció que tomaría la riqueza del país y la repartiría de nuevo. Los dueños de ella, en pánico, hicieron subir el dólar a más de mil pesos y sacaron todo lo que pudieron. Ello desató una inflación de 14%, el Banco Central entonces subió la tasa de interés y el apoyo a Boric se vino abajo, con la mezcla de inflación y recesión. Y ya nunca volvió a levantar cabeza.

El Estado ha multiplicado su tamaño por diez desde 1990 y ahora está en todas partes. Y donde él se mete las cosas se encarecen y suben más que los sueldos, según el estudio de Mark Perry publicado por Axel Káiser en El Mercurio de ayer. Y cuando las cosas suben más que los sueldos, los pobres no las pueden comprar.

La democracia defectuosa ha doblado el presupuesto de Salud en los útimos años, pero la atención ha empeorado. Ella se ha metido en la educación y la educación también ha empeorado. 

Ha gravado con IVA la venta de viviendas nuevas y éstas se han encarecido. Es decir, ha dejado sin viviendas a los que antes podían comprarlas con créditos a largo plazo, los cuales hoy se han hecho inabordables.

La democracia defectuosa vetó las centrales a carbón y la hidroeléctrica HydroAysén y hoy tenemos la energía más cara derivada de las centrales menos eficientes.

"De la democracia defectuosa líbreme Dios, que de la plena me libro yo".

jueves, 23 de julio de 2026

FORO DE MADRID DESUBICADO

El Foro de Madrid es una asociación internacional de partidos de derecha, claramente diferenciados de los de centroderecha, que se reúne anualmente en algún país donde la derecha es gobierno. 

Fue fundado por Santiago Abascal, presidente del partido Vox de España, que allá es tildado "de ultraderecha". Vox ha permanecido claramente diferenciado del Partido Popular español, de centroderecha, que se ha alternado en el gobierno con el socialismo. 

José Antonio Kast hoy gobierna en Chile encabezando una coalición de centroderecha, como el Partido Popular de allá. No como Vox.

Al sesionar en Chile el Foro no ha tenido en cuenta que la personalidad chilena con la cual se relacionaban en el pasado, en su carácter de líder de derecha, José Antonio Kast, después evolucionó hacia el centro, cuando asumió el poder. Ahora él es presidente de la República en una coalición de centroderecha, que también integra un partido de centro y con nada de derecha, Evópoli.

El régimen, a diferencia de nuestra derecha, se ha mantenido indiferente ante la masiva violación de los derechos humanos de 500 exmilitares, hoy presos, que combatieron al terrorismo de extrema izquierda en los años 70. Han sido ilícitamente condenados por un delito inexistente, el "secuestro permanente". Su juzgamiento ilegal fue perpetrado mediante un artificio discurrido por un ministro sumariante politizado, que confesó, hace once años, ante millones de telespectadores, que no probaba la existenciia del delito por el ccual condenaba, sino que lo fingía ("es una ficción jurídica", fueron sus ´palabras). Añadió en su pública confesión: "yo no estoy diciendo que ésa haya sido la realidad". De ahí ha derivado la violación masiva del derecho humano a un debido proceso de 500 exmilitares, hoy 100 fallecidos y 400 presos. La liberación de éstos la exige la derecha y la deniega el gobierno de la centroderecha. 

El régimen de Kast ha mantenido, asimismo, la discriminación ilegal y odiosa contra los exmilitares por parte de la Gendarmería de su dependencia. Adicionalmente, aquellos son perseguidos por un órgano del gobierno de Kast, el Instituto Nacional de Derechos Humanos, que vive dedicado a la defensa de terroristas y la persecución de exmilitares y policías.

El mismo Kast, desoyendo las peticiones de la derecha política, también se ha negado a indultar a los agentes del orden perseguidos por sus actuaciones, ordenadas a ellos por el gobierno, para derrotar a la algarada marxista que sacudió al país en octubre de 2019.

Si el Foro de Madrid se hubiera interiorizado de las profundas diferencias que nuestra derecha mantiene con el régimen de Kast, seguramente habría pensado mejor antes de darle a éste un protagonismo en su reunión en Santiago. Pues claramente su gobierno no es de derecha, como lo son los partidos convocantes al Foro de Madrid.

lunes, 20 de julio de 2026

ESTADO AHÍTO NO QUIERE ADELGAZAR

Patricio Aylwin II, con su cerebro prolijamente lavado y olvidado ya de todo lo que Patricio Aylwin I había hecho (llamar a los militares) y dicho 18 años antes ("no voy a criticarlos desde detrás de un escritorio, porque ellos están recibiendo el fuego"), comenzó en Chile una orgía socialista y un proceso de explotación del Estado por parte de la DC y la extrema izquierda que destruyó el "milagro chileno". Éste había sido gestado por Pinochet y su ministro Hernán Büchi en 1985, bajando impuestos, privatizando empresas estatales y dando soluciones privadas a los problemas públicos en salud, previsión y educación.

Gerardo Varela en El Mercurio del 31.05.26 resumíó el resultado: el presupuesto se multiplicó por diez desde 1990; de 9 funcionarios por cada mil habitantes pasamos a 25; de 18 ministerios subimos a 25 (USA tiene 15); de 120 diputados pasamos a 155 y de 13 Regiones a 16. 

En medio de la orgía Aylwin II llenó de plata a la extrema izquierda violenta, a través de la Comisión Rettig; y Lagos, ya en estado de completa intemperancia, les dio pensiones vitalicias a 28 mil sujetos que habían sido interrogados por la policía por sus nexos con el terrorismo marxista.

Y en otro "hic" de la ebriedad socialista-comunista-DC también crearon los Gobernadores Regionales y sus respectivos "edificios de la Gobernación" y legiones de consejeros, cada uno con su estipendio, sus viáticos y  burocracia, para hacer lo mismo que habían hecho siempre los Intendentes, pero sin suprimir éstos, sino sólo cambiándoles el nombre a "Delegados Regionales" (por cierto, tampoco bajándoles los sueldos). 

En caso de ser elegido un presidente de la República de derecha en 2030 su segunda medida, después de indultar a los presos políticos militares que hayan podido sobrevivir al geriatricidio actual (como lo ha llamado su abogada defensora, Carla Fernández Montero) y a los carabineros "presos del estallido", será suprimir los Gobernadores y Consejeros Regionales, vender sus edificios y automóviles y con el ahorro así conseguido poder bajar el IVA a los sufridos consumidores. 

Todo ello como paso inicial en el resarcimiento de todo lo que le han sustraído a Chile la izquierda y la DC durante su orgía burocrática del último cuarto de siglo.

sábado, 18 de julio de 2026

"HAY UNA MUJER..."

Todos nos hemos alguna vez emocionado al leer la dedicatoria de monseñor Ramón Ángel Jara en que hizo el retrato de su madre y que se inicia con esas palabras: "Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y algo de ángel por la solicitud de sus cuidados..." Ese sentimiento y la prosa de monseñor resultaron inigualables para anteriores generaciones.

Ahora también "hay una mujer", pero no sólo madre sino capaz de cambiar la historia. Firme en sus principios, que no oculta: preside "la Corporación 11 de Setiembre" y eso lo dice todo.

No solo ha tenido coraje para denunciar el "geriatricidio" que la sociedad chilena en general y los gobiernos en particular han perpetrado y siguen haciéndolo con 400 octogenarios y nonagenarios sobrevivientes e ilegalmente condenados a morir en prisión. Discriminados en forma inhumana. ¿Hay algún gobernante que se arriesgue a ser un "geriatricida", pudiendo evitarlo? Evidentemente los ha habido y los hay. Desde luego el principal impulsor del atropello, Sebastián Piñera, el gran persecutor de los militares que salvaron a Chile de una "tiranía comunista", como decía Aylwin I. 

Hoy octogenarios y nonagenarios, están recibiendo "el pago de Chile". Desatendidos sus males terminales, el último de ellos murió días atrás en el piso del comedor de la prisión, donde sus restos permanecieron horas, para horror de los demás que estaban viéndose a sí mismos, en un futuro cercano, morir en la misma condición.

Pero esto no conmueve a quienes son los actuales responsables de que ello ocurra, el gobierno de José Antonio Kast, que tiene pero no usa la facultad de indultarlos, y una Gendarmería tan politizada, discriminadora y odiosa con estos condenados que tiene bajo su custodia.

La abogada Carla Fernández nos ha conmovido con sus escritos denunciando la inhumana situación. El fondo y la forma de ellos son conmovedores. Llaman la atención del público sus logros ante tribunales de signo político opuesto que no tienen precedentes. ¿Alguien habría podido imaginar a un ministro sumariante prevaricador enfrentado a querellas de exmilitares ante el Ministerio Público?

Carla Fernández ha logrado eso que parecía imposible: que la propia justicia ordinaria, en cuyo seno se han perpetrado durante más de una década las mayores y más antijurídicas ilegalidades, exacciones millonarias al erario incluidas, haya votado ahora en primera, segunda y suprema instancia, sin votos en contrario, por admitir a trámite la acción patrocinada por dicha abogada penalista.

Hasta la "gran prensa", caracterizada por "mirar para otro lado" cuando se trata de la prevaricación contra exmilitares, le dio cabida a una Carta al Director muy impresionante de la citada profesional, describiendo el logro que en nuestro medio parecía imposible.

He leído los textos de los comunicados y escritos recientes de Carla Fernández Montero y no he podido evitar pensar en mujeres de nuestra historia, como Javiera Carrera o Paula Jaraquemada, ejemplos de coraje político y personal en defensa de sus principios y de lo mejor de la chilenidad.