Un rasgo de
carácter notorio del ex Presidente Aylwin fue expuesto por uno de sus más
próximos cuando recordó, tras su fallecimiento, que el último día de su
mandato, el 10 de marzo de 1994, había indultado “entre gallos y medianoche” a
los tres terroristas del FPMR que estaban presos por el quíntuple asesinato de
los escoltas de Pinochet, cometido en 1986. Ya había indultado a todos los
demás terroristas, autorizado a ello por una reforma constitucional de 1991 a
la cual se opuso Jaime Guzmán, lo cual le costó la vida a éste, a manos de los
terroristas “protegidos” de Aylwin.
La
aprobación de ese último indulto de su mandato es otro rasgo típico de su
política en esta materia, que puede ser descrita como de “injusticia en la medida
de lo posible”. Pues junto con esos perdones amplios, más millonarias indemnizaciones,
a uno de los bandos en pugna, el extremista, se había preocupado de hacer
condenar al otro, los militares, privándolos de sus derechos legales
(recuérdese su carta a la Corte Suprema para que la amnistía –de la que ya se habían
beneficiado todos los extremistas— no pusiera término a los juicios, según
ordena el código; y la formación de una sesgada Comisión inconstitucional, la
Rettig, encargada por decreto de investigar delitos, siendo que la
Constitución reserva esa función exclusivamente a los Tribunales de Justicia, según su art. 73).
Todo esto fue muy injusto,
porque él, tal vez más que nadie (con la posible excepción de Frei Montalva),
indujo a los militares a intervenir con las armas en 1973. Era quien tenía
menos autoridad moral para después perseguirlos y condenarlos. Y entonces reconoció expresamente
que no la tenía, según se ve más adelante. Pues en el libro “De Conspiraciones
y Justicia”, de Sergio Arellano Iturriaga, queda constancia de cómo Aylwin,
sabedor de que el “Comité de los Quince” (cinco generales por cada rama) se
estaba reuniendo en 1973 para resolver qué se hacía ante la crisis que vivía el
país, utilizó al propio autor del libro –joven militante DC entonces, e hijo
del general que participaba en el Comité— para comunicarle a su padre que todo
diálogo con Allende quedaba roto. Así “gatillaba” la acción militar.
Y poco después el mismo Aylwin
co-participó en la redacción del Acuerdo de la Cámara que llamaba a los militares
a intervenir. Eran los tiempos en que declaraba al New York “Times” que
prefería una dictadura militar a una dictadura comunista, sabedor de que
precisamente era ésa la disyuntiva a la cual se enfrentaba Chile.
E inmediatamente
después del 11, cuando se produjo el 60% de las muertes de todo el Gobierno Militar (300 a manos de la guerrilla y 1.500 de los militares, según las comisiones formadas por el mismo Aylwin en 1990), él
defendía la acción represiva con estas palabras: “Es muy fácil convertirse en
juez de otros que están peleando, mientras uno está cómodamente sentado en su
escritorio. Yo no me siento con autoridad para juzgar si han sido excesivos o
no, porque lo cierto es que los militares han tenido muchas bajas y han recibido
la acción”.
Es que en
1973 el “establishment” democrático, del cual formaba parte don Patricio, tenía
mucho miedo y compartía el juicio del ministro Rafael Retamal, juez pro-DC de
la Corte Suprema, que le dijo a Aylwin, según las memorias de éste: “Los
extremistas nos iban a matar a todos”. Y lo afirmaba, entre otras razones, porque
los extremistas, encabezados por el Intendente UP de Santiago, Jaime Faivovich,
se lo había ido a anunciar a las puertas de los Tribunales con estas palabras: “¡Habría que
masacrar a todos estos viejos momios!”.
Por
consiguiente, la Gran Injusticia cometida por Aylwin en los ’90 fue perseguir a
los militares y perdonar a los terroristas. Ciertamente, lo hizo “en la medida
de lo posible” y con gran conveniencia política para sí, porque de esa manera
“amnistió” todas sus propias actuaciones
conducentes al Pronunciamiento, “compró” a y se bienquistó con la extrema
izquierda y convirtió a los militares en el chivo expiatorio de las que pasaron
a ser “grandes maldades nacionales”, como combatir a la guerrilla marxista que en
los ’70 se armaba a ojos vista (tanto que una camioneta inscrita a nombre de la
secretaria personal del Presidente Allende, Miria Conreras, cargada de armas ilegales, chocó en
pleno centro de Santiago, como lo publicara en su oportunidad “El Mercurio”).
“En la
medida de lo posible”, entonces, Aylwin transformó a los victimarios que
preparaban el golpe extremista, en “víctimas”; a los que se aprestaban a
instalar un régimen totalitario (“alternativa Z-A” del Plan Z), en “demócratas”;
y a los agresores que preparaban sus armas, tantas veces denunciados por él en
el propio Senado, en “agredidos”. Todo para conseguir sus votos y apoyo
político en los '90.
Y, así, “se
hizo injusticia en la medida de lo posible”. Tal como se sigue haciendo hasta
hoy.