martes, 28 de julio de 2026

DOS CARTAS

La abogada penalistqa chilena Carla Fernández Montero, la primera en someter a proceso penal a un ministro sumariante de exmilitares prevaricador, ha escrito dos cartas abiertas insólitas que han despertado interés, tanto que numerosas personas me han pedido que se las reenvíe. Están dirigidas a Juana de Arco y a Tomás Moro y he resuelto ponerlas en este blog de fácil acceso.

Las reproduzco con autor4ización de la autora, naturalmente

CARTA A JUANA DE ARCO

Querida Juana:

Vuelvo a escribirte, y esta vez de noche, que es cuando las cartas

dicen la verdad. Quiero ser honesta desde la primera línea: no te escribo

por mí. Soy apenas la mano que sostiene el lápiz, y una mano poco vale.

Quien te busca es una causa. Las causas que de veras importan hacen

eso: llaman solas, con una voz que no se puede fingir, y una aprende,.

con los años, a no taparles la boca. Esta lleva meses llamando.

Perdóname si se me quiebra un poco la letra.

Antes de contarte, déjame recordarte en pocas líneas, no porque lo

hayas olvidado, sino porque necesito poner tu historia junto a otra. Eras

una niña de campo. No sabías leer ni escribir; apenas habías aprendido a

dibujar tu nombre, con la letra temblorosa de quien copia una figura que

no comprende. Tenías diecinueve años el día en que todo terminó:

cualquiera de los hombres por quienes hoy te escribo podría ser tu

abuelo. Te sentaron sola frente a los letrados más ilustres de tu siglo, en

un tribunal donde quien dirigía la investigación era el mismo que

dictaría la sentencia, en un proceso hecho de actas y de interrogatorios a

puerta cerrada, con el final resuelto desde antes de la primera pregunta.

No tuviste defensor. Ni siquiera pudiste leer de qué te acusaban. Y

cuando la trampa terminó de cerrarse, te llevaron a una plaza y te

quemaron viva delante de todos. Dicen que repetiste el nombre de Jesús

hasta que la voz se te apagó. Después arrojaron tus cenizas al río, para

no dejarte siquiera el consuelo de una tumba.

Ahora déjame decirte por qué vuelvo a molestarte.

Conozco a unos viejos que se te parecen. Sé que dicho así suena

extraño, y te pido paciencia, porque el parecido no está donde una lo

buscaría primero. Está en lo que duele.

Son ancianos de ochenta y de noventa años, algunos más. Están

presos en mi tierra. No voy a alegarte sus causas ni a discutir sus

expedientes: para eso existen los tribunales, y allí se debate lo que

corresponda, con sus reglas. Te escribo de lo otro. De la parte que los

fallos no cuentan: los cuerpos rendidos, las esperas largas, la manera

callada en que se apaga una vida cuando ya nadie la mira.

A ellos los juzga, todavía hoy, un código de 1906. Un

procedimiento inquisitivo, hermano del tuyo en lo esencial: escrito,

secreto en su etapa decisiva, donde un mismo juez indaga, acusa y

resuelve. Chile entero decidió hace un cuarto de siglo que esa forma de

juzgar no era digna de un ser humano, y la cambió para todos. Para

todos menos para ellos. El traje que nadie más quiso ponerse quedó

guardado para los más viejos.

Tú no sabías leer; ellos ya casi no pueden. A unos se les gastaron

los ojos, a otros la memoria se les fue de a poco y ya no reconocen ni su

nombre en la carátula. A ti te ataron las manos; a ellos los ata la edad,

que es una soga más paciente. Bastones, andadores, sillas de ruedas, y

una sordera que convierte cada audiencia en un rumor lejano que

alguien les explica después, si queda tiempo. Enfrente, un aparato

entero: sumarios sin fin, resmas de papel, funcionarios que se relevan

por turnos, mientras ellos no tienen más turno que el de seguir

envejeciendo. Es la contienda más despareja que me ha tocado

presenciar, y no han sido pocas. Hay días en que salgo de esas visitas y

me quedo un rato en el auto, sin encender el motor, porque hay cosas

que se lloran a solas antes de volver a casa.

Y está la hoguera. A ti te quemaron en una tarde, delante de todos.

A ellos los queman despacio, sin fuego y sin plaza. Basta una celda

helada en invierno, un pabellón hecho para noventa donde duermen más

de doscientos, y la paciencia de los años haciendo el resto. Esa brasa

lenta no ilumina nada ni escandaliza a nadie; no deja crónica ni cenizas

que arrojar al río. Deja una cama que amanece vacía, una frazada que

alguien dobla sin decir palabra, un nombre que se borra de una lista. Por

eso resulta más cómoda que la tuya: se puede mirar hacia otro lado sin

sentir el calor.

Hay un personaje de tu historia en el que pienso más que en los

reyes y los obispos juntos: el soldado inglés que, cuando pediste una

cruz, partió dos palos, los ató y te los tendió. La besaste, y te la apretaste

contra el pecho. Él era del bando que había prendido la pira. No

preguntó si eras culpable o inocente, no exigió leer la sentencia, no

consultó con nadie. No podía apagar aquel fuego, así que hizo lo único

que estaba a su alcance: que no murieras sin un gesto de ternura al lado.

Esa es la bondad de la que quiero hablarte, la única que vale la pena

defender: la que no toma declaración antes de compadecerse. La piedad

que primero exige un certificado de inocencia no es piedad; es cálculo

con buenos modales. Y hubo algo más aquella tarde: hasta tu propio

verdugo entendió lo que los jueces se negaron a ver, y confesó, años

más tarde, que temía haberse condenado por haber quemado a una

santa.

Alguien que pasó años entre rejas escribió que a una sociedad se la

conoce entrando en sus cárceles. Yo entro seguido. He visto a hombres

llamar a una esposa que murió hace años, sin que nadie tenga el valor de

recordárselo. He visto a ancianos peinarse con esmero para una visita

que no llega, y peinarse igual a la semana siguiente, porque la esperanza

es lo último que envejece. He visto guardar, bajo la almohada, un

caramelo para un nieto que ya no viene. Nada de eso absuelve ni

condena a nadie; solo pregunta, muy bajito, qué clase de gente

queremos ser quienes estamos afuera.

Por eso esta carta es también una arenga, aunque la diga en voz

baja, que es como se dicen las cosas serias. Que nadie muera en una

celda sin que alguien haya preguntado por él. No pido más que eso, y no

pienso pedir menos. Una ley que este país declaró indigna para todos no

puede seguir bastando para unos pocos. Y la vejez extrema desarma

cualquier coartada: castigar a quien ya no comprende el castigo no

corrige nada, no protege a nadie, no repara nada. Solo demuestra que se

podía. Y un país que necesita probar su fuerza sobre un hombre de

noventa años no está mostrando fuerza: está mostrando el tamaño de su

corazón.

A ti te absolvieron veinticinco años tarde, cuando ya eras ceniza

disuelta en el río. Pero deja que te cuente cómo empezó esa justicia, por

si no alcanzaste a verla desde donde estás: la empezó una anciana. Tu

madre, Isabelle, que nunca dejó de preguntar por ti. Un día de

noviembre, vencida por los años pero no por el dolor, cruzó las puertas

de la catedral de Notre-Dame, en París, con una súplica entre las manos.

Y ante los jueces del Papa dijo, con la voz rota, que había tenido una

hija; que la hizo bautizar; que le enseñó a rezar como pudo; y que venía

a pedir una sola cosa: que le devolvieran su nombre. Lloró. La sala

entera lloró con ella, y cuentan las actas que al final el clamor era de

todos. Meses después, otro tribunal anuló la sentencia y dejó escrito que

aquello no había sido derecho. ¿Te das cuenta, Juana? La niña que

apenas sabía dibujar su nombre lo recuperó entero, y se lo devolvió una

vieja. Por eso no creo en las causas perdidas: la historia vuelve, tarde

pero vuelve, y a veces regresa del brazo de los ancianos. El día que le

toque asomarse a esto que te cuento, quisiera que encontrara al menos

una cosa: que hubo quien no se acostumbró. Que mientras el fuego lento

seguía ardiendo, hubo manos ocupadas en armar cruces con dos palos.

De mí no te digo casi nada, porque casi nada hay que decir. No

oigo voces, no gano batallas, no me espera ninguna plaza. Escribo

papeles, golpeo puertas de juzgados, pierdo más veces de las que gano y

vuelvo igual al día siguiente, porque la causa llama y no acudir sería

peor que perder. Tú cargaste un estandarte en Orleans; yo cargo una

cartera con expedientes. No se comparan, lo sé. Pero los días en que la

carga pesa demasiado me acuerdo de ti, y de tu madre, y pesa un poco

menos.

Ya es de madrugada y esta carta debiera terminar, pero ni la pena

ni el aguacero me dejan soltarla. Llueve sobre Chile como hacía

décadas que no llovía: diez regiones en emergencia, medio millón de

hogares a oscuras, calles vueltas ríos, marejadas mordiendo la costa.

Los noticieros hablan de estragos, y no exageran. Pero oyendo el agua

contra la ventana pienso en los otros estragos, los callados, esos que

ninguna cámara recorre: los que este mismo invierno comete, gota a

gota, dentro de un pabellón donde el frío nunca ha sido noticia. Para los

techos caídos ya salieron cuadrillas; para esas celdas no ha llegado

cuadrilla en años. El hombre que hoy cumplía noventa años ha de llevar

horas dormido, si el temporal lo deja. No sé si alguien le cantó. No sé

siquiera si él se acordó de que era su cumpleaños, o si prefirió callarlo,

como callan tantas cosas los que ya no quieren incomodar. Noventa

años, Juana. Alcanzó a ser niño y a correr por alguna calle de tierra;

aprendió un oficio, se enamoró, meció hijos, conoció nietos. Una vida

entera, con sus veranos y sus duelos, cabe ahora en un catre angosto y en

esa lista donde su nombre espera turno para borrarse.

Y hay un pensamiento que no me deja cerrar los ojos: ese hombre

también fue el niño de alguien. También a él una madre lo hizo bautizar,

le enseñó a rezar como pudo, le veló las fiebres, le cantó para dormirlo.

Esa mujer murió hace mucho, sin sospechar que su niño iba a envejecer

tras una reja y a irse de a poco, sin nadie que preguntara por él. Si

viviera, haría lo que hizo la tuya: cruzaría todas las puertas quecieran

falta, con una súplica entre las manos y la voz rota, a pedir por su hijo.

Como ya no puede, nos toca a los demás. Por eso escribo cartas a

medianoche, Juana: porque en alguna parte hubo una mujer que le cantó

a ese hombre para hacerlo dormir, y no me resigno a que se duerma por

última vez sin que alguien le haya vuelto a cantar, aunque sea con la voz

que tienen los papeles.

Así que te pido un último favor, y perdóname el atrevimiento. Si

una de estas noches, en ese pabellón o en otro, a alguno de estos

hombres le llega su hora y ninguno de nosotros alcanza a estar, no lo

dejes irse solo. Siéntate en la orilla de la cama, como se habría sentado

su madre. Tómale la mano hasta que se le pase el miedo. Quédate, como

se quedó contigo aquel soldado: sin poder salvarte, pero sin permitir que

la muerte te encontrara lejos de la ternura.

Descansa, Juana. Dale un abrazo a Isabelle de parte de esta

desconocida que le debe una lección. Mañana, a primera hora, voy a

preguntar por el hombre del cumpleaños, y por los demás. No es mucho,

ya lo sé. Pero así empezó, hace casi seiscientos años, la justicia que te

devolvió el nombre: con alguien que preguntó. Los viejos de mi tierra

también esperan eso, sin decirlo. Eso, y que alguien, llegada la hora, les

arme una cruz con dos palos.

Con la certeza de que ninguna hoguera ha sido jamás la última palabra,

CARLA FERNÁNDEZ MONTERO

Abogada

Derecho Penal-Penitenciario


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CARTA A TOMÁS MORO

Abogado de Londres, canciller de Inglaterra, decapitado en Tower Hill el 6 de julio de 1535

Señor Moro:

Le escribe una abogada del fin del mundo, de una tierra que en su

tiempo aún no figuraba en los mapas. Traigo un encargo. Más de

cuatrocientos ancianos, presos en cárceles de este país, desean

confiarle su defensa. Ninguno alcanzará a estrecharle la mano: hace

casi quinientos años que descansa. Ellos lo saben. Y aun así lo eligieron.

Han cumplido más de quince años tras las rejas; algunos, más de

treinta y cinco. Tuvieron abogados, y buenos. No les falta defensa: les

falta un defensor que no se haya rendido a la costumbre de lo injusto.

Recorrieron cinco siglos de tribunales en su busca. Encontraron uno

solo. Subió al cadalso el seis de julio de mil quinientos treinta y

cinco.

Conoce el encierro, y no de oídas. Catorce meses habitó la Torre.

Sabe cómo se enquista la humedad en las piernas de un enfermo, cómo

suena un cerrojo a medianoche, cuánto pesa un invierno entero sin una

carta. Al final le arrebataron hasta la tinta, y a su hija le escribió con un

trozo de carbón. Estos ancianos llevan treinta inviernos de ese mismo

frío. Quien no lo ha respirado no comprende el expediente.

Fue juez, además, de una estirpe ya extinguida. Al frente de la

Cancillería vació la agenda de causas: una mañana reclamó la siguiente

y le respondieron que no restaba ninguna pendiente. Londres lo celebró

en verso. Los míos, en cambio, litigan bajo un código de mil

novecientos seis, donde un solo magistrado indaga, acusa y condena, y

los recursos encanecen al compás de sus propios recurrentes. Un juez

que midió el precio de una sola jornada podría, por fin, enseñarle a

esta justicia cuánto vale una jornada a los noventa años.

Pero la razón última pesa más que todas las anteriores. Tenía el

reino rendido a sus pies y lo entregó completo en lugar de firmar una

mentira. Una palabra bastaba —un juramento— para conservar la casa,

el cargo, la cabeza. Prefirió callar. Escogió la celda sobre el privilegio y

el hacha sobre la complicidad, porque lo comprendió mucho antes que

su siglo: por encima de la fidelidad al rey existe otra más honda, la del

hombre con aquello que reconoce como justo. Esa lealtad, y no la

destreza, es lo que aquí se reclama.

La contraparte le resultará conocida, pues la retrató en Utopía: el

poder que primero engendra el abandono y castiga después sus frutos.

El nuestro refinó el arte. Recibe a un hombre bajo custodia, jura

protegerlo, lo desatiende, y rubrica el desenlace como muerte natural

por la edad. También a usted lo condenó un falso testimonio; dijo

entonces que le dolía más aquel perjurio que su propio peligro. Habría

que grabar la frase en los frontispicios de un país en que el tiempo,

llamado a ablandar el juicio sobre un anciano, se blande en su contra.

Sabe igualmente lo que ocurre del lado de afuera, donde la pena se

cumple de verdad. Margaret, su hija, rompió el cordón de guardias que

lo devolvía a la Torre, se abrió paso a empujones y lo abrazó frente al

gentío; los soldados lloraron, y así consta. Las hijas de mis defendidos

no pueden romper cordón alguno: envían cartas, y las cartas se

responden tarde, o nunca. Una rogó en mayo el traslado de su padre

agonizante; la contestación tardó cincuenta y cinco días en señalarle

otra ventanilla. Y hubo esposas que murieron aguardando el

reencuentro: el permiso para despedirse llegó con la novia de toda una

vida ya bajo tierra.

No le oculto el escollo: lleva cuatrocientos noventa y un años

muerto, y ningún colegio matricula difuntos. El reparo es menor. En

esta tierra, un código muerto, abolido por indigno, todavía dicta

condenas. Si un código difunto aún condena, un abogado difunto

bien puede defender. Sería apenas la segunda irregularidad del

proceso; la primera, en favor de los reos.

El poderdante, se lo advierto, es impaciente. No por

temperamento: por calendario. La nómina de los cuatrocientos mengua

sola, mes a mes, sin que se firme un traslado ni un indulto. Cada

semana de espera, alguno falta al recuento de la mañana. Y no

porque haya recobrado la libertad.

Déjeme evocar su final, pues es él quien lo hace irreemplazable.

Halló mal montado el patíbulo y pidió que lo ayudaran a subir: del

descenso, dijo sonriendo, ya se ocuparía por su cuenta. Perdonó al

verdugo aun antes de que alzara el filo, le suplicó que no temblara al

cumplir su oficio y le advirtió, con una ternura difícil de sostener, que

apuntara bien, que tenía el cuello corto. Apartó su propia barba sobre el

tajo, pues ella no había cometido traición. Y se despidió del mundo con

seis palabras que lo resumen entero: moría siendo buen siervo del rey,

y de Dios antes que de él.

Ahí reside el enigma que estos ancianos le entregan. Sirvió al rey

hasta el filo mismo de lo justo, y ni un paso más allá. A ellos se les exige

lo contrario: permanecer leales a un Estado que dejó de serles leal. No

invocan aquí su inocencia, y nadie lo lea como rendición: un

procedimiento que hizo del juzgador su propio acusador jamás les

concedió el modo de acreditarla. Los hay inocentes, y el sistema se

ocupó de que nunca pudiera saberse. Esta carta no viene a reabrir esa

herida. Piden algo más pequeño, y mucho más difícil de otorgar.

Usted tuvo, en su hora última, una mano que apretar y un nombre

en los labios. Le escribió a Margaret la víspera que nunca había amado

tanto su cariño como en el beso final. Tuvo despedida. Tuvo un rostro

conocido inclinado sobre el suyo. Tuvo, incluso, quien recogiera su

cabeza del puente y la guardara para enterrarla junto a la propia.

Estos hombres se apagan sin nada de eso. Mueren de madrugada,

en un pasillo, y el último semblante que alcanzan a distinguir es el de un

guardia que ignora sus nombres. A ninguno le sostienen la mano. Ante

ninguno se pronuncia, en voz alta, el nombre completo con que vinieron

al mundo. Entraron con nombre. Los están sacando con número.

Acepte el caso, señor Moro. Trabaje como trabajó en la

Cancillería, hasta la mañana en que pida el expediente siguiente y le

respondan que no queda ninguno. Que ese día signifique que todos

regresaron a casa —a una cama sin candado, a un nieto sin horario

de visita, a una puerta sin número— y no lo otro, que también vacía

la lista, pero en silencio, y de a un nombre por vez.

Hay en este encargo algo que ningún expediente consigna, y

conviene decírselo. Estos hombres no le piden que los arranque de la

muerte: a esa ya la miran de cerca, y sin espanto. Le piden que no los

dejen morir dos veces. Una, en el cuerpo, cuando le llegue la hora. Otra,

antes, la tarde en que descubran que su suerte ya no le importa a nadie.

Mientras quede quien los recuerde y los defienda, esa segunda muerte

no llega. Para eso escribo. Y si usted no tomara el caso, lo tomaré yo

sola, con su vida entera por toda jurisprudencia.

Quedo esperando su respuesta con una fe que este siglo no merece. Y si

demora, como aquí demora todo, tenga la certeza de que insistiré. Con

tinta, mientras quede. Y con carbón, si llegara a faltar.

Santiago de Chile, julio 2026.

CARLA FERNÁNDEZ MONTERO

Abogada

Derecho Penal-Penitenciario

carlafernandezabogada@gmail.com - +56993297791

sábado, 25 de julio de 2026

RECUENTO DEL "PARLAMENTARISMO DE FACTO"

Tenemos cinco mil carabineros menos que en 2020, porque nuestro parlamentarismo de facto eligió presidente a un perseguidor de ellos y panegirista de "la primera línea" de los delincuentes. Entonces ahora el peor problema de la ciudadanía es la delincuencia.

El país casi no crece desde hace diez años, porque el voto popular eligió en 2014 a una presidenta admiradora de Alemania Oriental. Ella llevó a los comunistas al gobierno, subió los impuestos para recaudar ocho mil millones de dólares, pero recaudó la mitad y la economía dejó de crecer. Malo, porque la pobreza disminuye en 80% debido al crecimiento y sólo en 20% gracias a la redistribución.

Apareció, a la izquierda de los comunistas, el Frente Amplio, subsidiado por la izquierda. Giorgio Jackson, fue candidato "protegido" gracias a un pacto de omisión. Sacó la primera mayoría nacional. Eran los regalones y prometían cambiarlo todo. Encabezaron el conato revolucionasio de 2019. Violaron la Constitución en todas las posturas. El senador Quintana (PPD) dijo que había un "parlamentarismo de facto". The Economist nos sacó de la lista de las "democracias plenas" y nos ubicó entre las "democracias defectuosas".

La ciudadanía premió a los subversivos de 2019 eligiendo presidente a su cabecilla Boric en 2021. Ebrio de triunfo, anunció que tomaría la riqueza del país y la repartiría de nuevo. Los dueños de ella, en pánico, hicieron subir el dólar a más de mil pesos y sacaron todo lo que pudieron. Ello desató una inflación de 14%, el Banco Central entonces subió la tasa de interés y el apoyo a Boric se vino abajo, con la mezcla de inflación y recesión. Y ya nunca volvió a levantar cabeza.

El Estado ha multiplicado su tamaño por diez desde 1990 y ahora está en todas partes. Y donde él se mete las cosas se encarecen y suben más que los sueldos, según el estudio de Mark Perry publicado por Axel Káiser en El Mercurio de ayer. Y cuando las cosas suben más que los sueldos, los pobres no las pueden comprar.

La democracia defectuosa ha doblado el presupuesto de Salud en los útimos años, pero la atención ha empeorado. Ella se ha metido en la educación y la educación también ha empeorado. 

Ha gravado con IVA la venta de viviendas nuevas y éstas se han encarecido. Es decir, ha dejado sin viviendas a los que antes podían comprarlas con créditos a largo plazo, los cuales hoy se han hecho inabordables.

La democracia defectuosa vetó las centrales a carbón y la hidroeléctrica HydroAysén y hoy tenemos la energía más cara derivada de las centrales menos eficientes.

"De la democracia defectuosa líbreme Dios, que de la plena me libro yo".

jueves, 23 de julio de 2026

FORO DE MADRID DESUBICADO

El Foro de Madrid es una asociación internacional de partidos de derecha, claramente diferenciados de los de centroderecha, que se reúne anualmente en algún país donde la derecha es gobierno. 

Fue fundado por Santiago Abascal, presidente del partido Vox de España, que allá es tildado "de ultraderecha". Vox ha permanecido claramente diferenciado del Partido Popular español, de centroderecha, que se ha alternado en el gobierno con el socialismo. 

José Antonio Kast hoy gobierna en Chile encabezando una coalición de centroderecha, como el Partido Popular de allá. No como Vox.

Al sesionar en Chile el Foro no ha tenido en cuenta que la personalidad chilena con la cual se relacionaban en el pasado, en su carácter de líder de derecha, José Antonio Kast, después evolucionó hacia el centro, cuando asumió el poder. Ahora él es presidente de la República en una coalición de centroderecha, que también integra un partido de centro y con nada de derecha, Evópoli.

El régimen, a diferencia de nuestra derecha, se ha mantenido indiferente ante la masiva violación de los derechos humanos de 500 exmilitares, hoy presos, que combatieron al terrorismo de extrema izquierda en los años 70. Han sido ilícitamente condenados por un delito inexistente, el "secuestro permanente". Su juzgamiento ilegal fue perpetrado mediante un artificio discurrido por un ministro sumariante politizado, que confesó, hace once años, ante millones de telespectadores, que no probaba la existenciia del delito por el ccual condenaba, sino que lo fingía ("es una ficción jurídica", fueron sus ´palabras). Añadió en su pública confesión: "yo no estoy diciendo que ésa haya sido la realidad". De ahí ha derivado la violación masiva del derecho humano a un debido proceso de 500 exmilitares, hoy 100 fallecidos y 400 presos. La liberación de éstos la exige la derecha y la deniega el gobierno de la centroderecha. 

El régimen de Kast ha mantenido, asimismo, la discriminación ilegal y odiosa contra los exmilitares por parte de la Gendarmería de su dependencia. Adicionalmente, aquellos son perseguidos por un órgano del gobierno de Kast, el Instituto Nacional de Derechos Humanos, que vive dedicado a la defensa de terroristas y la persecución de exmilitares y policías.

El mismo Kast, desoyendo las peticiones de la derecha política, también se ha negado a indultar a los agentes del orden perseguidos por sus actuaciones, ordenadas a ellos por el gobierno, para derrotar a la algarada marxista que sacudió al país en octubre de 2019.

Si el Foro de Madrid se hubiera interiorizado de las profundas diferencias que nuestra derecha mantiene con el régimen de Kast, seguramente habría pensado mejor antes de darle a éste un protagonismo en su reunión en Santiago. Pues claramente su gobierno no es de derecha, como lo son los partidos convocantes al Foro de Madrid.

lunes, 20 de julio de 2026

ESTADO AHÍTO NO QUIERE ADELGAZAR

Patricio Aylwin II, con su cerebro prolijamente lavado y olvidado ya de todo lo que Patricio Aylwin I había hecho (llamar a los militares) y dicho 18 años antes ("no voy a criticarlos desde detrás de un escritorio, porque ellos están recibiendo el fuego"), comenzó en Chile una orgía socialista y un proceso de explotación del Estado por parte de la DC y la extrema izquierda que destruyó el "milagro chileno". Éste había sido gestado por Pinochet y su ministro Hernán Büchi en 1985, bajando impuestos, privatizando empresas estatales y dando soluciones privadas a los problemas públicos en salud, previsión y educación.

Gerardo Varela en El Mercurio del 31.05.26 resumíó el resultado: el presupuesto se multiplicó por diez desde 1990; de 9 funcionarios por cada mil habitantes pasamos a 25; de 18 ministerios subimos a 25 (USA tiene 15); de 120 diputados pasamos a 155 y de 13 Regiones a 16. 

En medio de la orgía Aylwin II llenó de plata a la extrema izquierda violenta, a través de la Comisión Rettig; y Lagos, ya en estado de completa intemperancia, les dio pensiones vitalicias a 28 mil sujetos que habían sido interrogados por la policía por sus nexos con el terrorismo marxista.

Y en otro "hic" de la ebriedad socialista-comunista-DC también crearon los Gobernadores Regionales y sus respectivos "edificios de la Gobernación" y legiones de consejeros, cada uno con su estipendio, sus viáticos y  burocracia, para hacer lo mismo que habían hecho siempre los Intendentes, pero sin suprimir éstos, sino sólo cambiándoles el nombre a "Delegados Regionales" (por cierto, tampoco bajándoles los sueldos). 

En caso de ser elegido un presidente de la República de derecha en 2030 su segunda medida, después de indultar a los presos políticos militares que hayan podido sobrevivir al geriatricidio actual (como lo ha llamado su abogada defensora, Carla Fernández Montero) y a los carabineros "presos del estallido", será suprimir los Gobernadores y Consejeros Regionales, vender sus edificios y automóviles y con el ahorro así conseguido poder bajar el IVA a los sufridos consumidores. 

Todo ello como paso inicial en el resarcimiento de todo lo que le han sustraído a Chile la izquierda y la DC durante su orgía burocrática del último cuarto de siglo.

sábado, 18 de julio de 2026

"HAY UNA MUJER..."

Todos nos hemos alguna vez emocionado al leer la dedicatoria de monseñor Ramón Ángel Jara en que hizo el retrato de su madre y que se inicia con esas palabras: "Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y algo de ángel por la solicitud de sus cuidados..." Ese sentimiento y la prosa de monseñor resultaron inigualables para anteriores generaciones.

Ahora también "hay una mujer", pero no sólo madre sino capaz de cambiar la historia. Firme en sus principios, que no oculta: preside "la Corporación 11 de Setiembre" y eso lo dice todo.

No solo ha tenido coraje para denunciar el "geriatricidio" que la sociedad chilena en general y los gobiernos en particular han perpetrado y siguen haciéndolo con 400 octogenarios y nonagenarios sobrevivientes e ilegalmente condenados a morir en prisión. Discriminados en forma inhumana. ¿Hay algún gobernante que se arriesgue a ser un "geriatricida", pudiendo evitarlo? Evidentemente los ha habido y los hay. Desde luego el principal impulsor del atropello, Sebastián Piñera, el gran persecutor de los militares que salvaron a Chile de una "tiranía comunista", como decía Aylwin I. 

Hoy octogenarios y nonagenarios, están recibiendo "el pago de Chile". Desatendidos sus males terminales, el último de ellos murió días atrás en el piso del comedor de la prisión, donde sus restos permanecieron horas, para horror de los demás que estaban viéndose a sí mismos, en un futuro cercano, morir en la misma condición.

Pero esto no conmueve a quienes son los actuales responsables de que ello ocurra, el gobierno de José Antonio Kast, que tiene pero no usa la facultad de indultarlos, y una Gendarmería tan politizada, discriminadora y odiosa con estos condenados que tiene bajo su custodia.

La abogada Carla Fernández nos ha conmovido con sus escritos denunciando la inhumana situación. El fondo y la forma de ellos son conmovedores. Llaman la atención del público sus logros ante tribunales de signo político opuesto que no tienen precedentes. ¿Alguien habría podido imaginar a un ministro sumariante prevaricador enfrentado a querellas de exmilitares ante el Ministerio Público?

Carla Fernández ha logrado eso que parecía imposible: que la propia justicia ordinaria, en cuyo seno se han perpetrado durante más de una década las mayores y más antijurídicas ilegalidades, exacciones millonarias al erario incluidas, haya votado ahora en primera, segunda y suprema instancia, sin votos en contrario, por admitir a trámite la acción patrocinada por dicha abogada penalista.

Hasta la "gran prensa", caracterizada por "mirar para otro lado" cuando se trata de la prevaricación contra exmilitares, le dio cabida a una Carta al Director muy impresionante de la citada profesional, describiendo el logro que en nuestro medio parecía imposible.

He leído los textos de los comunicados y escritos recientes de Carla Fernández Montero y no he podido evitar pensar en mujeres de nuestra historia, como Javiera Carrera o Paula Jaraquemada, ejemplos de coraje político y personal en defensa de sus principios y de lo mejor de la chilenidad.


martes, 14 de julio de 2026

¡EL MERCURIO PUBLICÓ LA "NOTICIA DEL AÑO"!

Ella fue, naturalmente, que después de diez años o más de prevaricaciones impunes de los jueces contra los exuniformados --violando leyes expresas y vigentes, además de violar la moral, la verdad y la ética-- una abogada penalista haya conseguido los votos suficientes de jueces, ministros de Apelaciones y de la Suprema para dar curso a querellas de exmilitares, por prevaricación, contra un ministro sumariante en procesoS por violación de derechos humanos. 

Ésa, que desde el 7 de julio era la "noticia del año", no la publicó ningún medio importante. Pues éstos, en la materia, siguen el consejo político de Evelyn Matthei: "no meterse en los juicios de derechos humanos". Al igual que lo ha hecho toda la clase política, con la única excepción del Partido Nacional Libertario y su presidente, Johannes Káiser. Es el "miedo a la izquierda" que se enseñoreó del país apenas Pinochet --que no la temía, sino, al contrario, la combatió y derrotó-- dejó el poder en 1990-

Visto lo anterior, hoy ha sucedido algo extraordinario: El Mercurio ha publicado una carta de la abogada penalista Carla Fernández Montero, "Cuando el poder pide amparo", en la cual da a conocer por primera vez en un medio de amplia circulación que un juez prevaricador está querellado por exmilitares en sendos procesos ante el Ministerio Público, ente encargado de perseguir y sancionar los delitos.

Bien por El Mercurio. Se atrevió y en una página importante, "Cartas al Director". Con eso ha dejado de "mirar para otro lado". Y ha desoído el consejo político de Evelyn Matthei de "no hay que meterse". Esto es particularmente explicable en el caso de ella, exministra de Sebastián Piñera, pues éste fue el principal patrocinador de esos juicios ilegales y persecutor de exmilitares (tras haber obtenido sus votos en 2009, prometiéndoles que haría respetar la prescripción y el debido proceso).

Aunque el decano no publique nada más sobre el tema ni explique más a sus lectores ni tampoco analice editorialmente la materia (no le pidamos tanto) la carta de Carla Fernández ha "clavado una pica en Flandes".

En el fondo, esa excepcional abogada penalista ha permitido dar a conocer un verdadero milagro: el de que se hayan reunido suficientes firmas de jueces honestos en primera instancia, en Apelaciones y, lo que es más increíble de todo, en la Segunda Sala de la Corte Suprema, antes caracterizada por su apoyo impertérrito al atropello de las normas sobre debido proceso y la exacerbación del despojo al fisco, ya por un decenio, todo derivado de los atropellos a las leyes y la verdad en los juicios sobre violaciones a los derechos humanos. 

La carta de Carla Fernández testimonia que en Chile se está dando un paso hacia el retorno a la legalidad, la verdad y la justicia en un terreno que se ha prestado para hacer tabula rasa de todos esos valores y, sí, también de los derechos humanos de los exmilitares.

sábado, 11 de julio de 2026

LA NOTICIA DEL AÑO

La noticia del año en el orden judicial y sobre el tema de los juicios contra exmilitares por supuestas violaciones a los derechos humanos ocurridas hace más de 50 años, no ha salido en ningún diario ni noticiero radial o televisivo. Y se produjo el 7 de julio último.

Esto porque, como dijera no hace mucho Evelyn Matthei, para los políticos "es un tema prohibido". Y lo es por una razón política: el principal impulsor de esos juicios fue Sebastián Piñera, presidente DC elegido con los votos de la derecha.

Los principales beneficiarios de la ilegalidad consagrada, que profitan de generosas indemnizaciones ilícitamente sustraídas al erario desde hace una década, son abogados de la izquierda marxista. Porque antes esa izquierda todavía no se había apoderado de los tribunales. A raíz de ello un grupo de abogados se han hecho millonarios en esta década. Ellos son los que descubren, proponen y gestionan los juicios ilegales. 

La verdad histórica de los hechos dice que la guerrilla socialista-comunista fue fácilmente derrotada --a pedido de la mayoría popular representada en la Cámara el 22 de agosto de 1973-- por las fuerzas armadas y de orden, en menos de cuatro meses.

Pero ¿qué podía hacer o decir la izquierda si la derecha le había comprado todo el paquete ideológico y económico derivado de la falsificación de la historia de la guerrilla marxista? Nada. Sólo aprovecharlo, "pasar por caja" y cobrar. ¿Y qué podía decir la centroderecha si el principal persecutor de exmilitares y originador del lucro de los abogados marxistas había sido el presidente que ella eligió, Sebastián Piñera? Mirar para otro lado, en el mejor de los casos, o sumarse a la propaganda marxista, en el peor. Las dos cosas han sucedido. 

Así la izquierda pudo imponer su relato sobre los acontecimientos. Lo cual le resultó fácil ante un adversario que se rindió sin luchar. Esto llegó a tanto que un destacado comandante en jefe del Ejército declaró públicamente en diciembre de 2004 que su Ejército había sido "responsable de todos los hechos punibles y moralmente reprochables del pasado". 

"A confesión de parte, relevo de pruebas", dice el aforismo jurídico. ¿Y el marxismo, qué dijo? "De acuerdo", y empezó a encarcelar exmilitares y cobrar. 

Como consecuencia, 500 de ellos y colaboradores civiles de inteligencia han sido condenados, en unos remedos de procesos, mediante un artificio falso, que ideó un juez de extrema izquierda cuyas actuaciones ilegales le habían sido ya observadas al Poder Judicial por la Junta de Gobierno desde los años 70. El entonces presidente de la Corte Suprema, Enrique Urrutia, les había respondido que "ellos se harían cargo del problema". Cosa que no hicieron, pues ese juez llegó en los 90 a ser ministro de Corte y sumariante en juicios de derechos humanos ilegales, mediante un artificio de su propia invención, el "secuestro permanente". El mismo autor del artificio confesó en 2015 ante las cámaras de El Informante, de TVN, dirigido por Juan Manuel Astorga, que todo era ficticio, no probado, inventado por él: "Yo no estoy diciendo que ésa haya sido la realidad", tuvo que confesar. 

Ahora los condenados por "ficciones jurídicas" son ancianos octogenarios y nonagenarios que están falleciendo cada tantos días tras las rejas, con todos sus derechos humanos a un debido proceso y a no ser sometidos a tratos inhumanos y degradantes violados por la Gendarmería de Chile, la cual supuestamente está subordinada al actual gobierno. Pero, como Evelyn, a nombre de los políticos piñeristas, ha confesado y, como otros políticos como José Antonio Kast lo han ratificado con su total indiferencia, para ellos es "un tema prohibido". Y entonces "que se mueran todos." "Solución final" hitleriana.

Pero a alguien le importa mucho este verdadero "geriatricidio", asesinato masivo de ancianos en condiciones inhumanas, como lo ha bautizado la abogada penalista Carla Fernánez Montero, única persona que se ha jugado profesionalmente por denunciar y perseguir el "geriatricidio". Ella no oculta su identidad política, pues ha aceptado presidir la "Corporación 11 de Septiembre.

Y ella ha interpuesto cuatro querellas, patrocinando a igual número de  exmilitares, contra un ministro sumariante de derechos humanos, Álvaro Mesa Latorre, que ha hecho escarnio público de la juridicidad y del derecho por muchos años, condenando impunemente sin pruebas a exuniformados.

Carla Fernández Interpuso las querellas ante el tribunal competente y éste, sorprendentemente, respetó la ley y la acogió a tramitación. Mesa Latorre no lo podía creer. Hace más de diez años viene prevaricando con entera impunidad y amplia publicidad, siempre yendo un paso adelante de otros jueces prevaricadores. Pues ha condenado por "el delito de haber sido militares", de su exclusiva creación.

Ante la querella, Mesa interpuso un recurso de amparo ante la Corte de Apelaciones. Como ha escrito Carla Fernández, "la herramienta que la Constitución creó para proteger a las personas frente al poder, empleada esta vez para blindar al poder frente a las personas".

"Nadie apostaba por estas querellas", continúa Carla Fernández, añadiendo: "Querellar a un ministro de Corte en ejercicio, por la forma en que dictó sentencia, era de esas causas que la profesión entera da por perdidas antes de empezar: el querellado integra el tribunal que califica a la jueza que debía admitirlas, su Corte completa debió inhabilitarse porque el imputado era uno de los suyos; y su defensa quedó en manos de la Defensoría Penal Pública --institución creada para defender a quienes no pueden pagar un abogado-- que desplegó al Defensor Regional de la Araucanía ante el Juzgado de Garantía y a tres profesionales de su Unidad de Corte ante la Corte Suprema. Del otro lado, una abogada sola. No les resultó. Cayó (el recurso) en Valdivia. Apeló ante el máximo tribunal. Ayer cayó también ahí".

Fue la noticia del día 7 de julio y también del año. Pero ningún medio importante la publicó. ¿Qué nos dice eso del estado actual de nuestra prensa, de nuestra política y de nuestra sociedad?

Pero lo sucedido es una luz al final del túnel. Apenas una, pero luz al fin.