Niccolò:
Esta vez no llamo a la puerta de un santo.
A los santos se les pide un milagro. A ti se acude por un motivo
menos piadoso. Las cuatro sílabas de tu apellido, con los siglos, dejaron
de designar a una persona y pasaron a nombrar un método:
"maquiavélico", el rótulo con que se bautiza la frialdad calculada, el
dominio sin piedad. Se busca, en fin, al único a quien nada de cuanto un
Estado hace con sus condenados podría escandalizar. Al autor que cada
tirano guarda en el velador.
La divisa con que te resumen —"el fin justifica los medios"—
nunca salió de tu pluma. No figura en El príncipe ni en lugar alguno de
tu obra: la acuñaron después, para tener a mano un veredicto portátil. Lo
tuyo fue algo más incómodo y más exacto: que en las acciones de los
hombres, y sobre todo de los príncipes, si guarda al fine —se mira el
resultado—. De acuerdo. Mirémoslo. Cuando lo obtenido es un
moribundo en su celda, tu regla no exculpa a quien manda; lo desnuda.
La leyenda miente de raíz, y tu propia vida fue la primera en
desmentirla.
Antes de ser un insulto fuiste un servidor público. Catorce años en
la República de Florencia: secretario de la segunda cancillería,
secretario de los Diez que conducían la guerra y la diplomacia. El poder
no lo aprendiste en los libros; lo miraste de frente. Negociaste ante el
rey de Francia, ante el emperador, ante el papa. Seguiste a César Borgia
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por la Romaña y registraste, sin apartar la vista, la mañana en que aquel
duque exhibió a su lugarteniente, Remirro de Orco, partido en dos sobre
la plaza de Cesena, un cuchillo ensangrentado al lado. Aquel pueblo
amaneció —son tus palabras— "satisfecho y atónito" a la vez.
Conociste el teatro del castigo mucho antes de teorizar sobre él. Lo
llamaste un "espectáculo feroz" y consignaste su eficacia. Por páginas
así te llaman monstruo; por páginas así conviene leerte, porque nadie
describió mejor la maquinaria desde adentro.
Desconfiabas de los mercenarios, que pelean por la paga y
desertan por la paga, y armaste en su lugar a los ciudadanos.
Administraste dineros del erario y saliste sin fortuna: de tu honradez,
afirmaste, daba fe tu pobreza. Nada del cínico de la caricatura: un
patriota y un republicano, formado al servicio de un orden político que,
mudada la mano que lo regía, después habría de devorarte.
La República cayó en 1512. Los Medici regresaron tras el saqueo
de Prato, donde tu milicia se desbandó ante el asalto español. Y bastó
que, en febrero siguiente, figurara tu nombre garabateado en un papel
—una lista de unos veinte nombres vinculada a la conjura de Boscoli y
Capponi— para que el nuevo régimen de la ciudad a la que habías
servido no perdiera un minuto. Sin prueba. Sin más vínculo con la
conjura que la tinta de ese renglón. La culpa por asociación: un invento
que no ha envejecido.
Vino la cuerda: el tormento que alza al preso por los brazos atados
a la espalda y lo suelta a medio caer, hasta descoyuntarlo. Seis veces lo
soportaste, sin confesar. Desde la celda le enviaste a Giuliano de'
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Medici un soneto que aún se conserva: sei tratti di fune in su le spalle —
seis tirones de soga sobre los hombros—, y anotabas, con sorna dolida,
que así se trata a los poetas. A los cabecillas los decapitaron; a ti te salvó
el azar de un cónclave, la amnistía con que se festejó la elección de un
papa nuevo, un Medici. Y tú, cuyo apellido el mundo escupe como
sinónimo del oficio del verdugo, fuiste entonces quien quedó
suspendido de esa cuerda.
Después, el destierro. Una granja en el campo toscano, la
estrechez, el tedio. De día cazabas tordos y jugabas, entre disputas a
gritos, con el carnicero y el molinero de la taberna; de noche —lo
contaste en la misiva más célebre que desterrado alguno haya escrito—
te despojabas de la ropa embarrada, vestías panni reali e curiali, paños
dignos de una corte. Entrabas a conversar con los antiguos en tus libros;
durante cuatro horas no temías la pobreza ni la muerte. En aquel
escritorio compusiste el opúsculo que habría de condenarte y de hacerte
inmortal. Te habían quitado el cargo, el sueldo, la ciudad. La dignidad
no supieron confiscarla, y el régimen, en tanto, te daba por acabado.
Nada de esto se cuenta para compadecerte: lo habrías detestado.
Tampoco para levantarte un pedestal. Redactaste líneas que todavía
hielan la sangre y elogiaste espantos con pulso de cirujano; no hace falta
absolverte para escucharte, ni convertirte en mártir para reconocer lo
que te hicieron. Basta mirarte sin recortes. Así, sin absolución y sin
bronce, comprendes como ninguno lo que vengo a denunciar.
Defiendo a quienes envejecen y mueren tras las rejas de mi país,
en causas que, por una regla de vigencia temporal, siguen sometidas a
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un procedimiento ya reemplazado: un rito escrito, secreto en su fase
sumaria, donde un mismo juez instruye, acusa y falla. Aprenden los
rostros de sus bisnietos por fotografía. Lo que padecen no lo suavizo
con eufemismos: es la muerte previsible y evitable de ancianos bajo
custodia estatal, la extinción lenta entre muros. El daño no lo inflige el
tiempo, que carece de voluntad; lo inflige quien lo administra. El poder
que los retiene se cree duro, realista, implacable: se cree, en una palabra,
maquiavélico. No te ha leído.
Trazaste una línea que tus imitadores ignoran. Distinguiste la
crueldad bien usada de la mal usada: la primera se ejerce de una vez, por
necesidad, y se agota; la segunda se agranda a medida que dura. No
hago mía esa distinción. La vuelvo contra quienes la invocan. Aun
medida con tu vara, la que cae sobre mis defendidos es crueldad mal
usada: no un golpe, sino un desgaste suministrado gota a gota, década
tras década, contra quienes agonizan. Enseñaste que le iniurie si
debbono fare tutte insieme —las ofensas, todas juntas— y que los
favores, en cambio, debían dosificarse. Aquí se perfeccionó la fórmula
inversa: la ofensa interminable, la clemencia jamás.
Hay en tus páginas una advertencia que debería desvelar a
cualquier autoridad: el bien concedido a destiempo, arrancado por la
necesidad, no se agradece, porque se juzga forzado. Ahí cabe toda la
causa. No es raro que, cuando por fin se dicta el fallo que dispone la
libertad o el traslado, el preso ya se apague o ya no esté; y la tutela tardía
no redime: certifica que arribó después de aquello que debía impedir.
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Formulaste además la regla de oro del manual: ser temido puede
convenir; ser aborrecido, nunca, porque el odio es lo único que ningún
trono resiste. Sostuviste que los hombres olvidan antes la muerte del
padre que la pérdida del patrimonio; imagina entonces qué rencor
siembra quien despoja a un anciano de lo poco que aún conserva —las
visitas, la honra, la casa donde alguien le cierre los ojos—. Quien lo
borra de la mesa familiar, quien lo deja consumirse entre rejas, cosecha
justamente ese odio del que, según tu aviso, ningún dominio sale
indemne. Y lo cosecha a cambio de nada: ningún fin legítimo de la pena
exige que un anciano agonice entre rejas, y un cuerpo que apenas se
sostiene difícilmente amenaza a nadie.
Añadiste que a un príncipe no le hace falta poseer todas las
virtudes: le basta aparentarlas. Esa lección sí fue aprendida. Se aparenta
justicia: se exhiben códigos y comisiones; se prometen condiciones
dignas sobre el papel. Pero tú mostraste cómo mirar la verità effettuale
della cosa —la verdad efectiva de las cosas—, no su figuración; y esa
verdad no habita en el expediente, sino en el catre, en la enfermería sin
médico de guardia, en la respiración que se acorta. Reconocerías el
truco al primer vistazo: fuiste tú quien retrató el disfraz de la virtud
sobre la sustancia del abandono.
El balance, dicho en tu propia moneda, resulta demoledor. En los
Discursos sobre la primera década de Tito Livio sentenciaste que un
príncipe sciolto dalle leggi —exento de las leyes— es más ingrato, más
voluble y más imprudente que el pueblo al que gobierna. Así funciona
este engranaje: ni siquiera acierta a ser lo que finge. Feroz sin cálculo,
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severo sin provecho, temido tal vez y repudiado con certeza, todo para
nada. Reprueba el examen del autor cuyo nombre cree encarnar. Mal
maquiavelismo: la saña torpe que despreciaste.
No comparo la soga con la demora: comparo la lógica que las
vuelve posibles, el instante en que se deja de ver a la persona y se ve
apenas un renglón en una lista, un uniforme, un expediente. Mis
defendidos conocen ese instante. No vengo a zanjar en esta carta la
disputa sobre el pasado —no es esa la cuestión—; sostengo algo
anterior a ella: ninguna condena autoriza a administrar una agonía.
Cambiar la forma de cumplirla no borra la condena ni extingue la pena.
Impide que su ejecución imponga una muerte que la sentencia no
ordenó. Lo que está en juego no es un favor, sino dos exigencias
elementales: un proceso con garantías y, para quien se apaga, una forma
de cumplimiento compatible con la dignidad, bajo techo propio.
He aquí la diferencia. De un altar se esperan milagros; de ti, un
espejo. Santo no fuiste —el encargo te daría risa— y sabías, mejor que
cualquier confesor, que ese aparato no responde ante el cielo sino
ante sí mismo. Por eso no se pide intercesión: se pide tu mirada, esa
lucidez sin ternura que rehúsa la palabra amable y le arranca la máscara
a la razón de Estado. Y a quien la misericordia no ablanda, quizá lo
avergüence todavía su reflejo.
Moriste rechazado por la República restaurada, sospechoso ahora
de haber servido a sus adversarios: la rueda completa. Pocos meses
antes le confiaste a un amigo que amabas a tu patria más que a tu alma:
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amo la patria mia più dell'anima. Esa es la frase que merece
sobrevivirte, no la del monstruo que inventaron.
Hay una ironía final que reúne tu vida y la causa en una sola
imagen. Florencia te sepultó sin honores. Doscientos sesenta inviernos
más tarde, la misma ciudad te alzó un monumento de mármol en Santa
Croce y grabó encima: TANTO NOMINI NULLUM PAR ELOGIUM,
ningún elogio está a la altura de tan gran nombre. Llegó el elogio. Llegó
al polvo. Llegó más de dos siglos y medio después de la soga, del
ostracismo, de las noches en el escritorio, de todo cuanto un hombre
vivo pudo recibir y no recibió.
Eso combato. No la condena: el reloj, y detrás del reloj la mano
que lo deja correr y a esa espera la llama justicia. No la celda, sino la
muerte lenta en que desemboca.
Que este Estado no haga con los mayores de mi patria lo que
Florencia hizo con su secretario. Que no aguarde a que sean piedra para
descubrir que fueron humanos. Mis defendidos no disponen
de doscientos sesenta años. Ni de dos. Que el Estado disponga hoy una
forma de cumplimiento compatible con su edad y su salud; de lo
contrario, el elogio póstumo no será desagravio, sino la confesión de
una crueldad que pudo evitarse. Que sea, siquiera una vez, menos cruel
que el maquiavelismo que invoca sin haber leído a Maquiavelo.
Toca despedirse, Niccolò, y hay una deuda rara: vine buscando
una leyenda negra y encontré a un servidor triturado por la maquinaria
que describió. No sales de esta carta con aureola ni con corona de
espinas: sales como fuiste, lúcido y magullado, con el ingenio intacto y
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el decoro a resguardo, como aquella noche en tu escritorio. Me llevo tu
lección; no acepto tu destino.
Y quede dicho, para que nadie alegue no haberlo oído: mientras un
anciano agonice entre muros ajenos, mientras se vista de prudencia la
demora y de orden la desidia, habrá quien se plante frente a la autoridad
para exigirle —jamás para implorarle— que cumpla lo que juró. Porque
hacer esperar a quien se está muriendo no es vencerlo: es abandonarlo
lejos de los suyos, y eso, mientras haya voz, no sucederá en silencio.
Los que hoy gobiernan proclaman la humanidad en cada tribuna y la
dejan apagarse, sin escándalo, lejos de toda mirada: han refinado la más
callada de las traiciones,
Carla Fernández Montero.