jueves, 24 de septiembre de 2026

LO QUE EL LÍBERO NO PUBLICÓ


El Líbero no quiso publicar la réplica de la abogada Carla Fernández Montero a la carta que el cardenal-arzobispo Chomalí envió a ese periódico, en respuesta a un artículo de dicha abogada en El Líbero sobre el rechazo cardenalicio a la idea de un indulto en favor de los Presos Políticos Militares. Pero es de interés público conocer esa réplica y por eso la reproduzco a continuación:

RESPUESTA A CARTA DEL CARDENAL FERNANDO

CHOMALI

Señor Director:

Agradezco al cardenal Fernando Chomali su carta y celebro que

coincidamos en algo: exigir un acto consciente a quien no puede

ejecutarlo es absurdo. Ese absurdo, sin embargo, no lo redacté yo. El

17 de septiembre Su Eminencia declaró que para la clemencia “tienen

que darse ciertas condiciones”, que “tiene que haber arrepentimiento”,

y en la misma entrevista puso a los enfermos de alzhéimer entre

quienes debieran volver a su casa. Una regla enunciada sin salvedades

alcanza a todos los casos que su autor nombra a continuación. Me

limité a leerlo con la atención que merece un cardenal. Lo que hoy

llama aclaración es una salvedad que se le ocurrió cinco días tarde,

cuando alguien le mostró adónde conducía su frase.

Lo que ahora ofrece como ideal tampoco es suyo. El artículo 687

del Código de Procedimiento Penal dispone que el condenado que cae

en enajenación mental no siga cumpliendo la pena y sea entregado a

su familia bajo fianza de custodia y tratamiento. Su Eminencia no

propone nada: describe la ley, y la describe tal como suena en el

papel, que es la única versión que parece conocer. Un hombre que

defendí pasó tres años hospitalizado mientras se resolvía esa solicitud;

los peritos iban hasta el hospital a examinar a un paciente que

necesitaba cinturones para no caerse de la cama y no siempre

reconocía a quienes lo visitaban, y cuando, al quinto informe del

Servicio Médico Legal, una ministra por fin aplicó el artículo, a los

querellantes les bastó apelar para que la Corte de Apelaciones

ordenara un sexto. La demencia también se litiga, y mientras se litiga,

se muere. Ese trámite, y no otra cosa, es el ideal que Su Eminencia

nos ofrece.

De los reparos que le formulé respondió uno, el que no tenía

defensa, y eligió hacerlo a propósito de las únicas personas que no

podrán leer su respuesta. Para los demás la exigencia sigue en pie, y

ahora se entiende su alcance. Al que ya no sabe dónde está, Su

Eminencia lo manda a su casa; al que lo sabe demasiado bien y

sostiene su inocencia, lo deja donde está. Un hombre que asegura no

haber hecho lo que se le imputa sólo puede arrepentirse mintiendo, de

modo que lo que se le pide a un moribundo es una mentira útil, y se le

ofrece a cambio su cama. En los tribunales que frecuento eso tiene

nombre, comprar una confesión, y dudo que en la Curia tenga otro.

San Juan Crisóstomo, doctor de la Iglesia y arzobispo de

Constantinopla, cuyo enfrentamiento con una emperatriz le costó el

destierro en que murió, había predicado antes en Antioquía que el

pobre tiene un solo título, su necesidad; que no se le exija nada más;

que aunque fuera el peor de los hombres se lo socorra sin pedirle

cuentas de su vida pasada; que la misericordia lleva ese nombre

precisamente porque da también al indigno, y que quien exige

explicaciones a sus consiervos las tendrá que rendir él mismo ante

Dios. Lo predicó hace mil seiscientos años, sin condiciones. No le

pido al más alto representante de la Iglesia chilena que el Papa dio a

esta generación que muera en el destierro. Me bastaría con que no

corrigiera a un santo.

Le formulo entonces una sola pregunta, para que su aclaración

quede completa. Un hombre de noventa años, lúcido, con un cáncer

terminal, que ha sostenido su inocencia desde el primer día de su

proceso, ¿debe morir en la cárcel por no arrepentirse de lo que asegura

no haber hecho? Si la respuesta es sí, dígalo con esas palabras y con

su firma, porque esos hombres tienen derecho a conocer la mano que

les cierra la puerta. Si es no, retire la condición con la misma firma

con que la puso. Y si prefiere el silencio, no se lo reprocharé. Me

quedaré con las palabras que Cristo pronuncia en la escena del juicio

final y que Su Eminencia conoce de memoria: “estuve en la cárcel y

vinisteis a mí”. No dice “estuve en la cárcel arrepentido”. Cuando el

propio Cristo no puso esa condición, quien la agrega tendrá que

explicar con qué autoridad lo hizo, y a esa pregunta el silencio

tampoco responde.

Carla Fernández Montero

Abogada penalista.

UNA IDEA A LA QUE LE HA LLEGADO SU TIEMPO

Víctor Hugo escribió: "no hay nada más poderoso que una idea a la cual le ha llegado su tiempo". Cuando Cristóbal Colón era un joven genovés observó que al aparecer en el horizonte se veía primero la arboladura de los barcos y a medida que se acercaban iba apareciendo el casco. Eso hizo que se le ocurriera que la tierra era redonda y podía navegar por el océano y llegar a "las Indias" desde este otro lado. Los sabios de su tiempo no le hicieron caso y le argumentaban diciendo que era imposible hacer lo que él proponía, porque nadie lo había hecho. 

En una de esas reuniones Colón planteó la idea de que se podía parar un huevo sobre una de sus puntas, en la mesa en que estaban reunidos. Le dijeron que esa otra idea suya también era imposible, porque el huevo se caía. Entonces Colón lo tomó y lo aplastó ligeramente en su punta más aguda, donde hay un pequeño vacío bajo la cáscara, y el huevo quedó parado verticalmente. A nadie se le había ocurrido hacerlo. Y así nació "el huevo de Colón".

Sólo Isabel la Católica le creyó y empeñó sus mejores joyas para financiar una expedición en la cual nadie más creía. Y entonces, "a Castilla y Aragón, nuevo mundo dio Colón". A su idea le había llegado su tiempo.

Acá Johannes Kaiser lanzó una idea que a nadie más se le había ocurrido: privatizar Codelco y darles el precio a sus dueños, que son "todos los chilenos". Y haciendo un cálculo perfectamente verosímil acerca del posible valor de Codelco, ha propuesto repartir su precio entre sus dueños chilenos. Y se da el caso de que a cada uno le correspondería recibir dos millones de pesos. Una suma que la mitad de los chilenos, probablemente, a los que "les cuesta llegar a fin de mes", jamás ha tenido ni esperado tener. Y he aquí un candidato que les dice, "si me eligen presidente, cada uno de ustedes va a tener esa suma en su poder." Y yo creo que lo van a elegir, a él y a un Congreso que apoye su idea, porque cada votante va a terner dos millones de buenas razones para hacerlo.

Curiosamente, ha habido hasta opiniones de derecha adversas a la idea de privatizar Codelco, en circunstancias que hacerlo es un win-win para el país. No hay por dónde perder.  La gente va a tener ese nuevo poder adquisitivo en su poder, sin ningún efecto inflacionario, porque provendrá de un activo que es de esa misma gente, es decir, no hay creación artificial de poder de compre y eso garantiza que no genera inflación.

Además, todo el mundo sabe que Codelco es un desastre. En tiempos en que la minería del cobre privada obtiene ganancias extraordinarias, Codelco ya no tiene excedentes que darle al fisco de su producción de cobre. Escondida (privada) le da mucho más, a título de impuestos. Codelco privado le daría más, porque dejaría de ser una empresa explotada por un grupo privilegiado, encabezado por altos ejecutivos que ganan enre 40 y 50 millones de pesos mensuales por hacer todo mal. Y se terminarían los centenares de millones para fundaciones de políticos o primeras damas que reciben altas sumas de Codelco con recursos "no destinados a la producción de cobre".

Supongo que la izquierda está desesperada, porque sabe que a este gobierno de derecha tibio va a suceder otro de derecha de verdad, por el cual la mayoría va a votar por una razón muy sencila: porque si votan por otro perderán dos millones de pesos. 

¿Qué creen ustedes que va a ponderar el elector, en el secreto de la cámara de votación, en poco más de tres años más?


domingo, 20 de septiembre de 2026

DIRÍJASE A LA IZQUIERDA, MONSEÑOR

El cardenal-arzobispo Fernando Chomalí declaró a Radio ADN el 17 de septiembre pasado, su oposición a un indulto de los presos políticos militares, explicando: "Nadie va a poder comprender en toda su profundidad lo que significa para una familia tener un familiar detenido y desaparecido". Añadió: "El beneficio no puede transformarse en un borrón y cuenta nueva". Y luego demandó a los militares un "aporte de información verdadera para dar con el paradero de los detenidos desaparecidos".

Anda muy perdido monseñor: a los militares sólo puede demandárseles información sobre denuncias bajo su gobierno, es decir, hasta el 11 de marzo de 1990, y no sobre casos de desapariciones que crearon sucesivas comisiones posteriores a 1990, motivadas por móviles económicos. 

El total de denuncias sobre detenidos desaparecidos hasta el 11 de marzo de 1990 era de 674 y eso está documentado en el libro de la investigadora francesa Suzanne Labin, que en 1978 obtuvo de la Vicaría de la Solidaridad el número total de denuncias, 651, lo cual publicó en su libro "Chile, el Crimen de Resistir". Esa cifra nunca ha sido objetada.

Y luego en el Informe Rettig, de 1991, que completó la información hasta 1990, pues detalló los detenidos desaparecidos cada año entre 1978 y 1990: 23 en total, menos de dos al año. 

Total del Gobierno Militar, entonces, 674. A ese régimen no pueden imputársele casos denunciados después de su término. 

En su libro "La Verdad Histórica II ¿Desaparecidos?" el exdirector de la DINA, Manuel Contreras, determinó que en la nómina de los detenidos desaparecidos había nombres que no figuraban en el Registro Civil. Luego, son personas inexistentes. Otro número aparecía viajando al exterior, según Extranjería. Otro era de personas que habían sido vistas vivas, según declaraciones juradas ante notario. Y, en fin, había varios centenares cuyos restos habían sido recibidos por el Instituto Médico Legal y luego enviados al Cementerio General sin haber sido reclamados, Hasta hoy tampoco han sido identificados. ¿Por qué? Están ahí. Que la izquierda permita identificarlos, monseñor. 

Excepto uno, el más famoso, que ya no está ahí: dio lugar a la película "Missing" ("Desaparecido"), del cineasta griego comunista Costa Gavras, protagonizada por Jack Lemmon, personificando al padre de Charles Hormann, supuesto detenido desaparecido..

Un agente civil del Gobierno Militar, Rafael González Berdugo, me contó que recibió el encargo de encontrarlo, a raíz de que la  embajada norteamericana reclamó, en marzo de 1974, al entonces Canciller, almirante Carvajal, por la desaparición de Charles Hormann. 

González fue al Instituto Médico Legal, donde le informaron que un cadáver con ese nombre, recogido de la calle, había llegado ahí y luego había sido enviado al Cementerio General. Fue allá, ubicó sus restos y los hizo exhumar, entregándolos a la embajada norteamericana. O sea "Missing", la película, no es verdad. 

Pero después un juez de DD. HH. comunista que investigaba el mismo caso Hormann, condenó a cinco años a Rafael González como cómplice de su asesinato, que no tuvo autor. Siendo que González se limitó a hallar sus restos cuando se le ordenó buscarlos. Debió purgar cinco años y un día de presidio. Así es nuestra justicia roja.

¿Por qué en 36 años no se ha identificado más restos del Cementerio? Porque seguramente los deudos están cobrando pensiones por su desaparición y si se encuentran los restos pueden perderlas, como sucedió al ubicarse a la "detenida desaparecida" Bernarda Vera en Argentina. Después hubo una chilena residente en Israel que espontánemente dijo a un noticiero que, pese a los ataques de Hamas, no podía volver a Chile porque se perdía su pensión de detenida desaparecida. Lo vi y oí.

El exgeneral Contreras, exdirector de la DINA, detalló incluso los casos de guerrilleros supuestamente desaparecidos que habían sido muertos y luego sus cuerpos lanzados al mar por la DINA desde uno o más helicópteros.

Monseñor: no se quiere identificar, los centenares de restos que hay. Como pidió en su momento que se hiciera el entonces diputado Johannes Kaiser. ¿Por qué no se quiere identificarlos? Porque van a "aparecer" y la izquierda no quiere dejar de cobrar por su desaparición.

Diríjase a ella, monseñor.



























































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































}



















































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































jueves, 17 de septiembre de 2026

DISCURSO QUE DEBIÓ DECIR KAST PERO DIJO CARLA

Sabemos que el presidente José Antonio Kast y el establishment contemporizador con la izquierda totalitaria "se fugaron" el 11. Hicieron "como si" el 11 no existiera. Como si la efeméride mas trascendental, después del 18 de septiembre, no hubiera acontecido. Pero ocurrió y así la conmemoró la figura femenina más importante del país, Carla Fernández Montero, presidente de la Corporación 11 de septiembre. En la fecha expresó, interpretando a la mayoría patriótica, nuestra amargura por este "pago de Chile"::

Señoras y señores; socios y adherentes de la Corporación; familias que

han venido desde lejos; camaradas que partieron y, sin embargo,

continúan en nuestras filas:

Faltan rostros en este acto, y no por voluntad propia. A unos los

retiene un portón en Til Til; otros ya no volverán, porque se apagaron

este año en una celda, aguardando una resolución que llegó tarde o no

llegó. Cada año la nómina se alarga. Esa ausencia lleva un apellido, y lo

hemos pronunciado ante estrados, ministerios y auditorios que hubieran

preferido no oírlo: geriatricidio carcelario.

Han pasado cincuenta y tres años desde aquel septiembre, y

abundan quienes fingen no recordar cómo se vivía la víspera. Ustedes sí

lo recuerdan; lo tienen grabado en la piel. Las madres alineadas desde la

madrugada, con la escarcha en el pelo, para volver sin la leche de los

niños; la JAP decidiendo en cada cuadra, según la filiación del vecino,

quién compraba y quién no; el mercado negro floreciendo en las

trastiendas en tanto las góndolas se vaciaban; una inflación que devoró

el quinientos por ciento y convirtió el sueldo del mes en un puñado de

papel al mediodía; más de medio millar de fábricas y fundos tomados

por la fuerza, con sus dueños expulsados entre consignas; los

camioneros detenidos en las rutas y el campo sin semilla ni

combustible. No han olvidado el miedo, que es lo más difícil de contar:

el obrero que no sabía si al despertar tendría empleo o cordón industrial;

la sobremesa del domingo rota a gritos entre hermanos; las brigadas

desfilando por las avenidas al grito de que el poder se tomaba y no se

votaba. En mayo de 1973 la Corte Suprema denunció formalmente la

inminente quiebra de la juridicidad; en junio los tanques rodaron por el

centro; en julio asesinaron al edecán naval de Allende; el 22 de agosto la

Cámara de Diputados declaró, por amplia mayoría, que el Ejecutivo

había roto la legalidad constitucional de la nación. Chile se desangraba

sin que hubiera comenzado siquiera la guerra civil que tantos daban por

inevitable.

En ese abismo, oficiales, suboficiales, clases y conscriptos

tomaron sobre sí la decisión de detener la caída, y la dejaron escrita ese

mismo día en el acta fundacional de la Junta de Gobierno: asumían el

mando para "restaurar la chilenidad, la justicia y la institucionalidad

quebrantadas". Muchachos de dieciocho años que cumplían con su

deber sin haber elegido la hora que les tocó vivir, y que peinan canas

con la boina todavía en un cajón. A todos ellos rendimos homenaje, sin

distinción de grado. Son hombres de honor. El honor no se pierde por un

fallo ni se marchita con la edad; tampoco cabe en un legajo.

No venimos a reescribir la historia; venimos a impedir que se la

cuente por la mitad. Lo que en aquellos años se levantó permanece en

pie, sostenido precisamente por quienes juraron demolerlo. Veintiocho

años de gobiernos adversos conservaron la economía abierta, el sistema

previsional de 1980 y la división del territorio en trece regiones, sin

remover cimiento alguno. El general Pinochet lo resumió en 1987 en

una fórmula que incomoda hasta hoy a más de uno: hacer de Chile "un

país de propietarios y no de proletarios". La fruta chilena, que exportaba

treinta millones de dólares en 1974, multiplicaba esa cifra por más de

cuarenta antes de terminar la centuria, y Chile salió a vender al mundo,

hasta el Asia, cuando el resto de América ignoraba el Pacífico. La salud

se reorganizó con FONASA en 1979 y las ISAPRES en 1981, y Chile

alcanzó 1990 con una mortalidad infantil de dieciséis por cada mil

nacidos vivos, entre las más bajas del continente. En 1975 el Metro de

Santiago comenzó a rodar bajo la Alameda; en 1978 corría ya la

segunda línea. Las centrales de Antuco y de Colbún-Machicura

encendieron la luz de incontables casas. La Carretera Austral, mil

doscientos kilómetros de eje longitudinal y otros mil de ramales

arrancados a la cordillera, a los fiordos y al bosque por el Cuerpo Militar

del Trabajo, con picota, dinamita y botas empapadas, rescató a Aysén

de un aislamiento de siglos; hay caseríos que hasta ese día jamás habían

visto un camión, y lo vieron gracias a esos zapadores. En abril de 1984

se fundó Villa Las Estrellas y, siete meses más adelante, nació el primer

chileno en la Antártica: el pabellón se plantó con cunas, no con estacas.

En diciembre de 1978, con las tropas argentinas desplegadas en la

frontera, la contienda se evitó por el cauce jurídico y la mediación

pontificia, hasta que el Tratado de Paz y Amistad, seis años después,

selló para siempre la soberanía sobre Picton, Nueva y Lennox.

Aquella obra se entregó en paz. El plebiscito de 1988, las

enmiendas de 1989 y la transmisión del cargo de marzo de 1990

configuraron un tránsito que se estudió como modelo en el extranjero.

Toda esa arquitectura descansaba sobre un supuesto que ninguno

escribió pero todos entendieron, el respeto al Decreto Ley 2.191, la

amnistía de 1978; sin honrar ese compromiso la reconciliación era

imposible y la democracia naciente carecía de suelo. Esa base se

quebró. Vinieron la detención de Londres en 1998, la querella del

Partido Comunista y la seguidilla que la siguió, las reformas de 2005 y

una oleada de tratados internacionales leídos de tal modo que borraron

la prescripción y consagraron la retroactividad. Lo que se anunció como

clausura de una época degeneró en algo distinto, que la doctrina designa

con una expresión menos amable, retribución retroactiva, y que, a más

de un tercio de siglo, no cesa de devorar presupuestos, tribunales y

vidas.

Existe una realidad que pocos fuera de esta sala conocen y que

esta Corporación se ha impuesto la obligación de repetir hasta que se

escuche. Los militares de entonces son juzgados con el Código de

Procedimiento Penal de 1906, un proceso inquisitivo, escrito y secreto,

en el que una misma persona investiga, acusa y sentencia; en el que la

instrucción puede prolongarse durante lustros sin plazo que la limite; en

el que la prueba de presunciones suple la evidencia material que los

años destruyeron. Ese rito dejó de regir para los delitos posteriores a la

reforma del año 2000; en la práctica actual sólo se emplea con quienes

sirvieron en las Fuerzas Armadas. Un sicario foráneo del crimen

organizado dispone de más garantías procesales que un nonagenario

que vistió el uniforme de Chile. A eso se sumó una jurisprudencia que,

con el ropaje de doctrinas importadas, hizo bastar el rango y la función

para sellar destinos de cientos de años de encierro; condenados por lo

que eran, más que por lo que hicieron. Los antiguos lo llamaron Ley del

Talión; ahora se presenta con toga y birrete. Una pena nacida tras los

hechos no previene nada; se limita a cobrar venganza. Eso, señoras y

señores, no es derecho penal.

Entretanto, los años hacen su labor. Punta Peuco fue cerrado como

recinto especial y sus internos pasaron al régimen común. Octogenarios

y nonagenarios con cáncer o con demencia dependen de otro recluso

para calzarse los zapatos. Una esposa septuagenaria plancha cada

sábado la camisa de la visita y regresa en micro, con la bolsa vacía y las

manos en el regazo. Una hija se casó sin su padre en la iglesia. Un

abuelo descubrió la cara de su nieta en una fotografía que pasó por la

revisión de la guardia. Presos hubo que fallecieron con un recurso de

amparo pendiente. El Estado de Chile ha hecho del tiempo su

instrumento; no requiere decidir, le basta esperar.

A los ex uniformados que nos acompañan les hablo con

franqueza. Saben mejor que nadie el peso de esta espera, pues cada uno

carga con un compañero de armas privado de libertad, un nombre que

repasa a solas cuando revista en su memoria. El mismo Pinochet, al

despedirse del Ejército en 1998, agradeció a los seres queridos de sus

soldados, que "con su comprensión y apoyo también participaron en las

nobles tareas realizadas"; esas personas están sentadas a escasos metros

de este atril, y siguen participando, con la misma comprensión, en la

más ingrata de todas. Nadie juró a la bandera para acabar sus días en un

catre de Gendarmería. Que la lealtad aprendida en los cuarteles no se

haya resquebrajado en tan largos inviernos vale más que cualquier

condena.

Señor Presidente de la República: usted dijo hace unas semanas

que "nadie merece morir en la cárcel sin saber que está en la cárcel".

Esta Corporación recogió esa declaración con la seriedad debida. La

facultad de indultar le pertenece; la oportunidad, también. No se le pide

impunidad. Se le reclama que las penas de quienes ya superaron los

ochenta y los noventa años prosigan donde resulte digno cumplirlas, en

el hogar que levantaron, rodeados de los suyos, como la legislación lo

permite y la conciencia lo manda. Cinco senadores han ingresado, por

su parte, un proyecto de ley. Cualquiera de los dos caminos sirve; lo que

no admite excusa es el silencio, ya que cada semana de demora se mide

en funerales. Las promesas de campaña se pagan en actos, y ellos ya no

disponen de años para aguardar.

A los jueces les decimos que la posteridad también les tomará

cuentas, y que la norma que hoy se dobla contra un anciano será la

misma que un día le falte a otro ciudadano. A la clase política le

advertimos que esta patria padece enemigos reales, que matan,

secuestran y corrompen a diario, y que cuando las madres vuelvan a

formarse en la calle, esta vez clamando por orden, alguien tendrá que

acudir. Ojalá quede quien esté dispuesto.

Al despedirnos, un ruego concreto. Esta Corporación se sostiene

con sus miembros, y cada incorporación inclina un poco más la balanza

cuando toca hacerse oír en La Moneda, llenar una audiencia o escoltar a

una viuda al cementerio. Traigan a su gente, a los amigos que piensan

como nosotros y no se han atrevido aún a decirlo en público. Quien

ingresa no rubrica un formulario; recoge el relevo de los que ya no

pueden marchar. Quienes no pudieron venir necesitan que seamos más.

Volvamos a los ausentes. No pedimos olvido; el olvido sería otra

forma de injusticia. Pedimos que se cierre, de una vez, un capítulo

abierto desde 1973, y que quienes en su momento dieron un paso al

frente por Chile puedan expirar en su lecho, con la mano de un hijo

sobre la suya y voces amadas en la pieza de al lado, y no ante la mirada

de un gendarme. Mientras eso no ocurra, esta casa seguirá

pronunciando lo que otros callan: geriatricidio carcelario. Que cada

muerte entre rejas pese sobre quienes podían impedirla y apartaron la

vista. Ningún ministro de fuero debería dormir tranquilo al firmar

prórrogas sobre moribundos. Que Chile sepa que aquí no se implora

clemencia, se exige derecho; y que, hasta que el último de los nuestros

salga por una puerta con cerrojo, no bajaremos la voz ni soltaremos el

expediente. Aquel día de 1998, al dejar la comandancia, él pudo decir

"¡misión cumplida!". La que hoy nos convoca no ha concluido. Ellos

respondieron cuando Chile los llamó. Nos corresponde responder.

¡Viva Chile!

Carla Fernández Montero

Abogada

lunes, 14 de septiembre de 2026

MASACRADOS POR MOSCIATTI

Tomás Mosciatti es el Larry King chileno. Este último, entrevistador norteameriano hace largo tiempo fallecido, exhibía llamativos suspensores y generalmente sabía más que sus entrevistados del asunto en discusión y terminaba, habitualmente, "masacrándolos" en cámara.

En Chile surgió un imitador suyo, Tomás Mosciatti, periodista co-dueño de Radio Bío Bío, que con los mismos suspensores y el mismo grado de información, pone en apuros y a veces "masacra", cuando le resulta posible, a sus entrevistados.

Recuerdo, en particular, la entrevista que le hizo al candidato José Antonio Kast en la presidenical de 2021, en que literalmente "lo deshizo" con acusaciones, entre otras, de torturas bajo el Gobierno Militar, nada de lo cual José Antonio fue capaz de replicar, por carecer de información o personalidad, o ambas. 

En esa oportunidad yo le hice en este blog una crítica dura a Mosciatti, porque domino los hechos mejor que José Antonio Kast y, en general, que todos los políticos del momento. En entrevista reciente a Johannes, éste tuvo más energía para replicar, pero quedó de manifiesto que tampoco maneja toda la información, así es que las acusaciones de "torturas" bajo el Gobierno Militar tampoco fueron adecuadamente replicadas.

El hecho es que Mosciatti masacra a los candidatos de la derecha con ese tema y casi no los deja replicar, porque repite esa palabra insistentemente. Como si las torturas hubieran sido una práctica introducida en Chile bajo el Gobierno Militar, cuando ha sido todo al revés: son un procedimiento antiguo en los gobiernos chilenos y bajo el único régimen en que habían sido penadas había sido el militar.

Recuérdense los centenares de páginas de la revista Punto Final, que en los años '70 acusaron al régimen de Eduardo Frei Montalva de torturar a opositores, denuncia que firmaron cien abogados de izquierda, incluyendo a Ricardo Lagos.

Después, en el gobierno de Allende, las torturas de opositores fueron habituales. Y eso que la derecha nunca tuvo guerrillas que cometieran atentados. 

Bajo Allende las denuncias de torturas salieron in extenso en los diarios, en particular en los casos del entonces director del diario El Cóndor de Santa Cruz, Maximiano Errázuriz, que después fue diputado. Tras ser torturado por detectives miristas, fue amarrado a una vía férrea por donde pasaban trenes. Por fortuna lo desataron antes de que pasara alguno.

La tortura de opositores fue tan frecuente en el gobierno de Allende que constituyó uno de los capítulos por los cuales el Acuerdo de la Cámara del 22 de agosto de 1973 llamó a los militares a destituirlo.

Entonces los derechistas "masacrados" por Mosciatti con el tema podrían perfectamente replicarle que era una práctica inveterada de los gobiernos chilenos anteriores y que el régimen militar fue el único bajo el cual se la persiguió y sancionó, como lo probó la condena en los años '70 del Comando de Vengadore de Mártires, cuyos detectives fueron a presidio por haber aplicado apremios ilegitimos a un subversivo de izquierda.

Pero para decir eso hay que interrumpir a Mosciatti, que no se deja interrumpir. Pero en abono de éste hay que decir que es igual con entrevistados de izquierda y de derecha. 

Alguien debería refutarlo en sus propias entrevistas cuando esgrima la tortura bajo el Gobierno Militar, que ha sido su leit motiv contra Kast y Kaiser, pero nadie lo ha hecho, salvo este blog..

Cuando el siguiente político de derecha, defensor del Gobierno Militar (¿queda alguno, excepto el senador Ignacio Urrutia?) sea víctima del intento de "masacre" de Mosciatti, debería contestarle todas esas cosas y, en particular, recordarle que las torturas del régimen de Allende, por ejemplo, en el caso de Juan Luis Ossa (QEPD), salieron publicadas in extenso en El Mercurio, en febrero de 1972, y Allende nunca las desmintió y ni siquiera escribió al diario al respecto, siendo que quien las aplicaba era su subdirector de Investigaciones, el comunista Carlos Toro.

Entonces, cuando el Larry King chileno acose de nuevo a un político de derecha con las torturas, éste ya sabe lo que le debe replicar.


domingo, 13 de septiembre de 2026

LA GRAN FUGA DEL 11

Supongo que a estas alturas y visto y oído todo lo visto y oído, a nadie le cabe duda de que éste, ya definitivamente, es otro gobierno de la centroderecha contemporizadora. 

O sea, Kast es Piñera III, salvo en cuanto no persigue militares (pero tampoco los indulta). Ni privatiza nada (pero tampoco estatiza). Y, tal como Piñera, se cuida de no rozar a la extrema izquierda ni siquiera con el pétalo de una rosa.

Entonces ¿qué hace un gobierno así en su primer aniversario del 11 de septiembre de 1973? ¿Qué dice y hace el presidente? No dicen nada y él se ausenta de La Moneda ese día. Se fuga al sur. 

¿Qué hace la prensa contemporizadora? Lo que El Mercurio: no mencionar siquiera la efeméride chilena más importante desde la independencia. Bueno, ese mismo diario, el 8 de marzo pasado, ya había publicado una lista de todos los traspasos de mando de la historia de Chile y en ella había un vistoso blanco: entre 1973 y 1990 no hubo --según ese diario-- ningún gobierno y, por tanto, en 1990 no hubo traspaso de banda presidencial.

Todo esto por contraste con la izquierda. Todos sus presidentes y en particular Boric hacían una conmemoración estridente de la "tragedia" del 11.09.73, en que los "inocentes" marxistas-leninistas, que querían tomar el poder por las armas,  habían sido cruelmente arrasados por unos militares convocados por una "marea política iliberal", que en la Cámara había votado 81 a 47 a favor de llamar a los uniformados a poner término al régimen de Allende. Con una pequeña nota al pie: formaba también parte de la alianza opositora a Allende y formuló el llamado, un  partido de la Unidad Popular, el de Izquierda Radical (PIR), que también votó a favor de convocar a las fuerzas armadas. Llamado que el entonces Presidente del Senado, Eduardo Frei Montalva, ya en junio de 1973, les había aconsejado formular a los líderes empresariales ("Acta Rivera").

¡Qué contraste entre el entreguismo de la centroderecha para no celebrar una efeméride y la vehemencia de la izquierda para condenar a quienes le impidieron instalar en Chile otra "tiranía comunista" (Aylwin I dixit en 1973, aunque Aylwin II lo hubiera "olvidado" en 1990).

Y no puedo dejar de mencionar a políticos y columnistas de la centroderecha que este 11 entregaron su reconocimiento a la izquierda por su "dolor". La derecha, en cambio, no debe sentir "dolor" ni recordar al carabinerio Hilario Novoa, asesinado por custodiar la Llama de la Libertad; o al carabinero Fabriciano González Urzúa, ultimado el mismo 11 de septiembre de 1973 por las, hoy, "víctimas" de la izquierda. Este último héroe le dio su nombre a la Escuela de Suboficiales de Carabineros que, sorprendentemente, lo ha conservado a través de todos los regímenes concertacionistas, entreguistas e incluso derechamente marxistas, como los de Bachelet II y Boric. Ojalá a Kast no se le vaya a ocurrir ahora cambiárselo, para complacer a la izquierda.

Así, el 11 de septiembre de 2026 pasa a ser tambien una lastimosa pequeña anti-efeméride, recordatoria de la gran fuga del régimen y la centroderecha contemporizadora, para no tener que celebrar el aniversario de la segunda fecha más importante de la historia nacional.  

viernes, 11 de septiembre de 2026

¿POR QUÉ ME PIDEN PLATA EL 11?

El camión de la basura me pidió plata con motivo del 11. El repartidor del diario, pese a que la mitad del año no me llevó Las Últimas Noticias, a la que también estoy suscrito junto con El Mercurio, también me pide plata el 11. El cartero lo mismo: me dejó un sobrecito con su cuenta corriente para que le deposite.

¿Qué pasó un 11 de septiembre, que todos me piden plata? Busco en El Mercurio, que me llegó todo mojado y no tuvieron una bolsita plástica para un día de lluvia. Pero en El Mercurio no dice nada sobre que hubiera ocurrido algo extraordinario un 11 de septiembre de algún año pasado en Chile. Todo lo contrario, su primer editorial viene con elogios para Camilo Escalona, dirigente socialista recién fallecido, que un 11 de septimbre de 1973, como parte activa de la guerrilla marxista que entonces denunciaba El Mercurio, buscaba refugio en alguna embajada.

Sí, algo debe haber ocurrido un 11 de septiembre en Chile. Algo que también lleva al lumpen de izquierda, todos los años, a causar especiales destrozos, desórdenes y atentados en esa fecha. Algo que lleva a ciertos grupos a vandalizar el monumento a Jaime Guzmán, senador asesinado por el Partido Comunista, a la entrada de Vitacura. No hay ninguna estatua de Jaime Guzmán, porque sus amigos, al momento de inaugurarlo, supieron que los comunistas la iban a destruir. Pero de todas maneras, el recinto es vandalizado cada 11, porque algo sucedió --que no sale en el diario-- que lleva al lumpen de izquierda a destruir en esta fecha. 

A lo mejor hay gente que piensa que sin un 11 de septiembre hoy seríamos como Cuba, con su 95 % de pobreza, sin  libertad de expresión y con un partido único, mucha escasez y mucho retraso, cuya gente quiere irse. Por lo menos los que han venido a Chile de allá son los mejores defensores de la memoria de Pinochet. ¿Quién es Pinochet? Hoy ningún diario lo nombra, pero sí lo nombran los videos de cubanos exiliados que se declaran "partidarios del capitalismo salvaje de Pinochet, porque si necesito gas lo pido por teléfono y me lo vienen a dejar, no como en Cuba, donde hay que hacer cola para conseguirlo y no te lo venden si no tienes tarjeta de racionamiento." Eso dicen los cubanos exiliados acá, todos pinochetistas y defensores del "capitalismo salvaje" chileno.

Algo debe haber ocurrido acá un 11 de septiembre para que hoy sucedan y se digan todas estas cosas. Si alguien averigua qué pasó, que llame al principal diario para que se entere e informe a sus lectores, aunque sea con retraso.