miércoles, 13 de noviembre de 2019

Chile Hoy: ¿Chamberlain o Churchill?

Piñera se rindió a la izquierda violenta. Terminará haciendo lo que ella dice. A la cabeza de la subversión están, como siempre, los comunistas. Todos sus yanaconas, estilo Heraldo Muñoz, Álvaro Elizalde y Carlos Maldonado; los "tontos útiles" Jackson y Boric, y el infaltable kerensky, Fuad Chahín, todos impulsando la revolución roja representada por AC, Asamblea Constituyente, lo mismo que usaron Chávez, Maduro y Evo Morales para hacerse del poder, aunque a este último lo hayan logrado echar ayer.

Si Chile no se alza ante la rendición incondicional de Piñera a la violencia comunista, la sociedad libre colapsará y no tendremos salida, porque AC triunfará, pues el pueblo está engañado. Sólo repite consignas y la mayoría las cree. Le han dicho que si hay AC los sueldos subirán, los precios  bajarán, habrá educación gratuita y de calidad y atención de salud de primera para los pobres. y que para eso se debe despojar a los ricos y repartir la plata más igualitariamente. Es decir, la receta comunista tradicional, que creíamos que se había extinguido al caer el Muro de Berlín.

Piñera se ha rendido tal como lo hizo Chamberlain ante Hitler, porque no tiene pantalones para enfrentar la violencia terrorista. Pero, tal como Chamberlain, "se ha humillado para evitar la guerra, pero tendrá la humillación y también la guerra", según le dijo Churchill..

Todos los supuestos frutos de la AC son falsos, pero es el mismo mensaje de que es la "gran solución" que ha comprado Piñera, que es otro "compañero de ruta" de los comunistas. Son frutos falsos porque el Estado y el gobierno tienen, hoy, demás, los recursos para que los pobres mejoren sus ingresos, tengan buena educación para sus hijos y mejor atención de salud, junto con más igualdad de ingresos entre los chilenos.

He repetido una y otra vez una verdad certificada por el ex ministro de Hacienda Rolf Lüders: si el gasto social fiscal contemplado en el Presupuesto se le diera directamente al 20 % de las familias más pobres de Chile, cada una tendría un ingreso mensual de dos y medio millones de pesos, es decir, no sería pobre sino que pasaría a ser del sector acomodado que hasta debe pagar impuesto global complementario.

¿Por qué no sucede esto? Porque una burocracia de izquierda se queda con el 60 por ciento del gasto social a través de 580 programas estatales que no cumplen su tarea, pues sólo sirven para que tengan "pegas" los clientes de los partidos políticos de izquierda. Eso es lo que debe terminarse.

Igualdad: si cada familia pobre tuviera dos y  medio millones de pesos mensuales no sería pobre y Chile pasaría a ser un país más igualitario que la mayoría. ¿Por qué no se puede hacer esto? Porque los políticos que manejan el país, ganan sus votos dando "pegas" a los apitutados que se quedan con el 60 por ciento del gasto social fiscal.

Los que piden AC son los que se quedan con la plata que debería ir a los pobres. Si además estos pudieran captar la plata fiscal que se destina a cien mil falsos exonerados de izquierda y se terminaran los privilegios en pensiones, educación gratis y salud gratis que los extremistas obtuvieron de las comisiones Rettig y Valech, desaparecería la pobreza de nuestro país. Pero una complicidad tácita y antigua de Piñera con el comunismo impide que esas rectificaciones se hagan. Y ahora Piñera se ha rendido públicamente a la violencia de extrema izquierda, entregando la Constitución, el pánico se ha apoderado de toda la ciudadanía honrada, el dólar llegó a 800 pesos y la  Bolsa de Valores se ha desplomado. Ha sufrido la humillación y no ha evitado la violencia.

Pero Chile ya no pude resistir más la complicidad de Piñera con la extrema izquierda, que quiere llevar a un pueblo engañado por eslóganes falsos a establecer la AC que precedió a Chávez, Maduro y Evo Morales.

Aquí el primer paso consiste en conseguir que haya un Presidente que restablezca el orden público y termine con los saqueos, incendios, asaltos y bloqueos de rutas. Pero ni las Fuerzas Armadas ni Carabineros pueden hacerlo, porque ya una vez lo hicieron y la izquierda se ha vengado, con la complicidad activa de Piñera, y han metido a todos los uniformados presos. Luego, los únicos que podrían enfrentar la violencia con sus armas no lo hacen porque les esperaría la cárcel. No le creen a Piñera ni a las garantías que éste podría ofrecerles. Ya los engañó antes. Nadie confía en él.

La única salida que tiene Chile hoy para evitar perder su democracia por la vía de la AC y terminar como Venezuela o Bolivia, que también tuvieron sus AC antes de perder sus democracias, es que haya un gobernante creíble para las FF. AA. y Carabineros y que les garantice que no serán víctimas de la venganza comunista.

Por eso Piñera debe nombrar ministro del Interior a José Antonio Kast y enseguida renunciar a la Presidencia, dejando la vicepresidencia en manos de aquél, para que pueda ofrecer garantías a las Fuerzas Armadas y Carabineros de que si enfrentan al terrorismo violentista con los medios de que disponen no serán objeto de la venganza de los jueces rojos y las querellas del propio Piñera. En esa forma se pacificaría inmediatamente el país.

Si después se consigue que el gasto social fiscal llegue íntegro al 20 por ciento más pobre, habrá una inmediata sensación de bienestar y pacificación social. Y con el orden y la redistribución del dinero fiscal volverá la prosperidad económica y, estoy cierto, en la elección presidencial que deberá tener lugar ciento veinte días después de la convocatoria tras la renuncia de Piñera, la mayoría silenciosa de los chilenos votará por el orden, la prosperidad, la sociedad libre y la democracia, y recuperaremos la tranquilidad pública, la estabilidad y la libertad que hoy están tan gravemente amenazadas.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Sálvese Quien Pueda

En mi juventud leí un libro que en estos días he recordado frecuentemente. Se titulaba "La Tribu que Perdió la Cabeza", del autor inglés Nicholas Monsarrat. Refería el caso de una isla colonial inglesa de la costa africana, donde había mucho orden y todo funcionaba muy bien, de modo que se progresaba mucho. Tenía una clase dirigente de ingleses acaudalados y autoridades de la gobernación, que vivía muy bien; y una población nativa de raza negra que, por su parte, vivía mejor que el resto de África. En conjunto, todos se entendían bien. O eso creían. En un momento dado llegaron allá periodistas de izquierda londinenses y algunos religiosos progresistas ingleses. Convencieron a la población local de que estaba siendo abusada por las autoridades coloniales y los hombres de negocios dueños de las principales empresas. Con el concurso de un joven revolucionario local que había estudiado en Oxford, lograron montar un movimiento anticolonial que degeneró en la vía violenta para "cambiar las estructuras". La insurrección asesinó al gobernador, destruyó las instalaciones fabriles, agropecuarias y de transporte ferroviario y finalmente consiguió la independencia de Londres.

Consumada la revolución y la independencia, los izquierdistas ingleses volvieron a Inglaterra como si tal cosa, pues periodistas y religiosos vieron que ya no era ningún agrado vivir en la isla africana, y se olvidaron del asunto. Pero en la nueva nación todos quedaron mucho peor, pues ya no había orden público ni inversionistas o empresarios que contrataran gente ni autoridades inglesas que garantizaran la paz interna. Al contrario, había mucho desorden y reinaba delincuencia. En resumen, la ex colonia ordenada se había transformado en una tribu donde reinaba un caos indescriptible.

En estos días he vuelto a recordar esa novela, porque Chile ha perdido la cabeza y está en medio del caos. Está viviendo la misma experiencia de la tribu. En buen chileno, parece que vamos a volver a la UP. Hemos demorado poco más de 40 años en "reabrir las anchas alamedas". Pero, al mismo tiempo, ahora entiendo lo que cree esa enorme masa que se moviliza y a cuyo amparo se cometen saqueos, incendios y atentados. Esa masa sale a desfilar constantemente, golpeando cacerolas vacías como lo hacían las dueñas de casa bajo Allende, cuando no había qué comprar en los supermercados y él decía que quedaba harina para pocos días más. Pero ahora, pese a que los encapuchados han sembrado el terror y por eso muchos establecimientos han debido cerrar por incendio o por saqueo, todavía no hay escasez. Sí la había en 1973, porque Chile era una nación en la cual casi nadie producía y todos querían consumir con billetes de emisión incontrolada y que no valían nada. Pero ahora la revolución sucede cuando estaba todo bastante ordenado y, si bien el país crecía menos y las cuentas nacionales habían comenzado a empeorar, todavía éramos un "oasis" en comparación con países como Venezuela, por citar el caso extremo, o Argentina, cuya economía desde hace años se ha tornado inmanejable.

Pero ahora entiendo lo que esa enorme masa de desfilantes cree entusiasmada: que le va a llegar el bienestar cuando tenga "una nueva Constitución". Ellos piensan que si la consiguen, los sueldos van a ser mejores, los precios van a ser más bajos, todos los colegios van a ser excelentes y se van a terminar las listas de espera en los hospitales. Cree que es cuestión de que todo eso lo diga una nueva Constitución y ésta se lo encargue al Estado, para que ello se transforme en realidad.

Se han cumplido treinta años desde que cayó el Muro de Berlín y eso a los chilenos no nos ha enseñado nada, porque esas multitudes que marchan por las calles lo que quieren, en el fondo, es que se establezca un régimen como el que tuvo que edificar el Muro para que no se le arrancaran todos los habitantes hacia otro como el que los revolucionarios chilenos de hoy quieren cambiar. Y los dirigentes políticos de los partidos de izquierda, radicales, socialistas, PPD, frenteamplistas y comunistas, partidarios de una sociedad como la que estaba detrás del Muro, se aprestan a gobernar en Chile.

¿No es una locura? Pero ¿quién dijo que la mayoría de los chilenos de hoy son cuerdos?


Y, así, todos repiten como un mantra "nueva Constitución": la izquierda, la derecha, el gobierno, la oposición y hasta monseñor Celestino Aós en nombre de la Iglesia Católica. La tribu perdió la cabeza. "El país despertó", sí, pero despertó mucho más tonto que antes de quedarse dormido. Su problema es que no hay orden público, porque la fuerza pública ya no puede usar sus armas. Hasta el 18 de octubre se defendía como podía con balines de goma y bombas lacrimógenas, pero también ahora se los van a prohibir, porque usarlos constituye atropello a los derechos humanos. Como dice Fernando Villegas, ahora los carabineros sólo pueden defenderse a empujones. Se perdió el orden público.

Un norteamericano nacionalizado chileno, John Cobin, que formó un movimiento para que más norteamericanos se vinieran a Chile porque, decía él, allá había demasiado socialismo (su movimiento se llama "Escape de Estados Unidos Ahora"), ahora está preso porque ayer le disparó a una turba que atacó su automóvil en Reñaca, hiriendo a uno. Tenía arma inscrita y autorización para portarla, pero el Intendente se querellará contra él por "homicidio frustrado", como si él hubiera sido el delincuente que salió a atacar a la turba y no al revés.

Ayer en Maipú otra turba ocupó media hectárea de propiedad de mi mujer, dando como razón que era mía. Nadie puede recuperar la propiedad, confiscada por ser mía, aunque no sea mía. Confiscación "ad hominem".

Una persona de una entidad financiera me dijo ayer que a través de ella el uno por ciento más rico de los chilenos, amenazado con tributos más altos, por un nuevo impuesto al capital y, más encima, por cualquier turba que lo asalte en la calle u ocupe sus propiedades, ha sacado diez mil millones de dólares del país desde el 18 de octubre, a través de esa sola firma. Así responde el uno por ciento más rico cuando lo persiguen: fugándose.

Un pequeño empresario me dice que piensa acogerse a la ley de quiebras, porque ya no puede funcionar por los desórdenes, ha perdido clientela y no tiene cómo pagar sus deudas.

En resumen, hay otro lema en el Chile de hoy, además del de "nueva Constitución": "sálvese quien pueda".

sábado, 9 de noviembre de 2019

Nuestro Derecho a Ser Estúpidos

Cuando bajo Bachelet II se emprendió la tarea de destruir el modelo chileno, el intelectual inglés Niall Ferguson comentó que estábamos ejerciendo nuestro derecho a ser estúpidos.

Durante las últimas semanas lo hemos ejercitado con entusiasmo, convirtiendo a la segunda mejor economía de América Latina (los esfuerzos de Bachelet II nos habían hecho perder el primer lugar a manos de Panamá) en otra más de las sociedades socializantes que entran en recesión, aumentan su burocracia, déficit fiscal y deuda pública y persiguen a los inversionistas y emprendedores. Ahora ya estamos pasando a engrosar el número de los que estaban peor que nosotros. Desfiles masivos apoyan alegremente, con muchos obesos y obesas golpeando "cacerolas vacías", esta revolución que nos va a dejar peor.

Se culpa del descontento a la desigualdad y carencias que generaría el modelo chileno, pero se puede terminar con ellas fácilmente, sin necesidad de destruir ni incendiar, pues los recursos ya están. Son los del llamado "gasto social" para los más pobres, que supuestamente debería ir a éstos, pero no les llega, pues "la parte del león" la retiene la burocracia de 580 programas sociales que tiene el Estado. Éste, como siempre, es "EL problema". Los sueldos que paga a sus burócratas son muy superiores a los del sector privado ("El Mercurio", 08.11.19, A-3). Si el Estado, en vez de gastar el 60 % del gasto social "administrándolo" le mandara un cheque al 20 % de los chilenos más pobres por el total de ese gasto social, no habría pobres, pues cada hogar recibiría dos y medio millones de pesos mensuales (Rolf Lüders, "La Tercera" 01.11.19). El jefe de familia del 20 % más pobre sería "rico" y hasta tendría que pagar Impuesto Global Complementario. Los pensionados pobres, obviamente pertenecientes a ese 20 %, pasarían a vivir en un hogar bastante rico y su problema de precariedad desaparecería.

Así se terminaría la "indignante" desigualdad de ingresos y el indicador Gini pasaría a ser de los más bajos de la OECD. Es decir, si no ejerciéramos tanto nuestro derecho a ser estúpidos, terminaríamos con la desigualdad y no saldríamos en masa a reclamar contra ella.

En el ejercicio del mismo derecho, una mayoría cree que cambiando la Constitución pasaríamos a ser más iguales. Pues se quiere cambiarla con el exclusivo fin de facilitar la expropiación de los medios de producción particulares para poderlos entregar al Estado. Por eso el intelectual de izquierda, Carlos Peña, ha dicho que para qué incendiar al país presionando por otra Constitución, cuando bastaría modificar la actual bajando el quórum que facilite confiscarles a los particulares y asunto concluido.

Pero cuando el pueblo chileno ha ejercido con mayor entusiasmo su derecho a ser estúpido fue al elegir Presidente, es decir, al que tiene la misión de velar por el orden público, al promotor de la mayor cantidad de querellas contra los que mantuvieron el orden público en el pasado, al enfrentar la guerrilla terrorista. Días atrás un general (r) refirió que su hijo, oficial activo, lo llamó diciéndole que había sido puesto al mando de un pelotón para mantener el orden en La Pintana, durante el estado de emergencia. Cuando él le daba consejos prudenciales, su señora le arrebató el teléfono y le dijo a su hijo: "No haga nada, absolutamente nada, porque si no va a terminar en Punta Peuco". Ése es el espíritu que el pueblo chileno ha inculcado a sus fuerzas de orden. 

Con razón no hicieron nada el viernes cuando los vándalos quemaron una universidad, saquearon una iglesia y destrozaron las rejas y los vidrios del primer piso de la embajada argentina, dañando el auto del embajador, que permanecía encerrado en el segundo piso con su personal, esperando lo peor, ante la ausencia de "las fuerzas del orden".

Si todo pueblo tiene derecho a ser estúpido, el chileno se distingue por ejercerlo bastante más que los demás.

jueves, 7 de noviembre de 2019

El Retorno a la Barbarie

El comentarista peruano de TV Jaime Bayly, después de reproducir una entrevista de Piñera a la BBC, en que dijo que el movimiento revolucionario en el país "es una buena noticia", expresó: "Presidente Piñera: Usted es el único Mamerto del mundo que dice que lo que está pasando en Chile es una buena noticia. No he encontrado otro".

Pero Bayly está equivocado: Piñera no es un "Mamerto", sino al contrario, está haciendo otra hábil "pasada", sólo buena para él, y poniéndose a la cabeza de la revolución marxista en curso, que está destruyendo el "milagro chileno" y llevando de vuelta al país al estado en que estaba el 10 de septiembre de 1973.

Bien miradas las cosas, el "milagro chileno" consistió en que el regreso a la barbarie no se hubiera perpetrado antes, sino que hubiera demorado treinta años. "No son treinta pesos, son treinta años" ha sido un eslogan muy repetido por los revolucionarios de hoy, y muy exacto, pero por las razones enteramente opuestas a las que ellos tienen in mente: durante treinta años respetaron el modelo y sólo le "rayaron la pintura". Ése ha sido el "milagro chileno". Ahora quieren terminar del todo con el modelo.

¿Cuál es el fundamento de éste? La garantía a la libertad. Como sin propiedad no hay libertad, lo primero que quieren derogar es el derecho de propiedad. Eso es lo que está detrás del eslogan sobre "nueva Constitución". Precisamente por eso el columnista de "El Mercurio" y rector Carlos Peña, un hombre de izquierda, les dice hoy a sus seguidores que por qué en vez de trastornar todo el sistema institucional con llamados a "asamblea constituyente" y "nueva Constitución", no se limitan a modificar los quórums altos que hoy impiden expropiar sin pago, que es el objetivo último de los revolucionarios. Pues lo que quieren es apropiarse de la riqueza del país sin pagarla a sus dueños.

Piñera, lejos de ser "Mamerto", se ha puesto a la cabeza del proceso y ya se allanó a un nuevo impuesto al capital, que apunta a golpear al uno por ciento más rico de Chile. Eso es un gran disparate, porque el uno por ciento más rico de Chile es el que financia el 80 por ciento de la inversión interna, de modo que castigándolo sólo se perjudicará todavía más el crecimiento económico, que es lo que permite sacar a más gente de la pobreza.

Pero ya el uno por ciento más rico se dio cuenta de que venía la guillotina y ha hecho bajar la Bolsa y subir el dólar en su precipitada fuga hacia países más benévolos con el capital.

Piñera, entretanto y ya en el lado de la barbarie, ha ido a visitar a una víctima de los perdigones de Carabineros, disparados por la precaria arma con que esos abnegados servidores públicos deben enfrentar los masivos apedreamientos extremistas. Y, en el orden legislativo, ya hace concesiones en materia de tarifas, anunciando subsidios; salario mínimo, anunciando su aumento; y pensiones, cuidándose mucho de no proponer la medida más importante para mejorarlas sanamente a futuro: el aumento de la edad de jubilación, pues la gente ahora (gracias al "modelo") vive muchos más años y por eso la jubilación a los 60 o 65 conduce a pensiones más bajas. Pero ésa sería una medida realista y sana, así es que está desechada de antemano.

Lo más pintoresco de la revolución es que la plata para sacar de la pobreza y la desigualdad a los que menos ganan ¡está!, sólo que ahora queda en un 60 por ciento en manos de la burocracia dorada marxista creada desde el gobierno de Aylwin en adelante. He citado antes la comprobación del ex ministro Rolf Lüders en el sentido de que, si el gasto social fiscal que se recauda cada año, fuera destinado al 20 por ciento más pobre de las familias chilenas, cada una recibiría dos y medio millones de pesos mensuales. Con esto desaparecería la pobreza y el índice de Gini seguramente nos situaría entre los países más igualitarios del hemisferio. Pero la medida obvia de mandarle un "voucher" por dos y medio millones de pesos mensuales a los jefes de hogar más pobres castigaría directamente a los burócratas revolucionarios marxistas que hoy se quedan con el 60 por ciento de eso y, por tanto, jamás Piñera, que busca congraciarse con ellos, la va a propiciar.

No, no es un "Mamerto", sino un vivo que está haciendo la enésima pasada de su vida y poniéndose a la cabeza de la revolución en curso, accediendo a todas sus pretensiones y confiando en que ello le va a permitir remontar en las encuestas. Lo cual probablemente va a conseguir, mientras el país mayoritario se encamina de regreso a la barbarie económico-social de la cual nunca mereció salir.

Y sí, el modelo chileno se terminó. El país vuelve a la barbarie previa al 11 de septiembre de 1973 y lo hará paulatinamente, primero vía "argentinización", con medidas deficitarias que nos llevarán a una crisis como la de nuestros vecinos; y luego, cuando el populismo impida corregirla, como allá, a la venezualización. De ésta la mayoría electoral quiso escapar eligiendo a Piñera en 2017, contra todas mis advertencias y consejos, que hoy más que nunca están probando haber sido los más acertados.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Ahora Sí Que Se Jodió Chile

Pedro Muñoz Seca, dramaturgo español de derechas, fue fusilado por orden del jefe comunista Santiago Carrillo durante la República, en 1936. Como era hombre de humor, les dijo a sus captores: "Me habéis quitado mi cartera y mi reloj. Pero hay algo que no me vais a quitar jamás: el miedo que tengo". Así lo relata Luca de Tena en su libro "Mis Amigos Muertos".

Lo he recordado hoy porque Chile vive una insurrección comunista y la ex derecha chilena, tránsfuga del Sí, tras haber abrazado el No a Pinochet sobornada por el plato de lentejas que le ofreció Piñera, está en el mismo estado de pánico, entregando todo y con sólo una seguridad: nadie le va a quitar el miedo que tiene.

El periodismo de izquierda le ha arrebatado hasta sus medios de comunicación, ahora controlados por periodistas zurdos o que, si no lo son, de puro miedo se hacen como que lo son. ¡Y la Carmen Hertz, cabecilla comunista de la insurrección, reina en los medios y les echa la culpa de todo a todos los demás! Según ella, no hay revolución comunista, sino "malestar social" provocado por el sistema de libre mercado, lo que ha provocado un "estallido social". Pero nada de esto es verdad, sino sólo una mera consigna. Lo malo es que la mayoría de opinión la ha comprado y contra eso no hay nada qué hacer.

Hasta la gente de empresa acoge la tesis y se cree culpable, cuando lo único que hay es una insurrección violenta que ha incendiado el país, dado que no hay un gobierno capaz de garantizar el orden público. Véase lo que dice Rosario Navarro, vicepresidenta de una empresa tecnológica, Sonda, y consejera de la Sofofa. Sonda ha estado  dedicada a producir, crear empleos y riqueza, es decir, puro bienestar social, por muchos años. Pero su vicepresidenta se cree culpable de haber creado malestar: "Muda, estupefacta, en silencio. Así he estado en estas últimas semanas. Con un sentimiento profundo de dolor por la ceguera de no haber visto y no haber empatizado con el malestar generalizado, a pesar de todas las señales de evidente descontento, y pido perdón por eso" ("El Mercurio", 01.11.19).

Pero su única culpa radica en comprar consignas de la izquierda. Es el mismo estado de ánimo de la mayoría de los chilenos. Sin embargo, si hubiera malestar social, los verdaderos culpables del mismo no serían la libertad de los mercados, sino el Estado y la izquierda, que es la dueña del Estado.

Muchas veces he escrito antes que si en Chile el gasto social que financiamos los contribuyentes se les entregara directamente a los más pobres, no habría pobres. "He ahí la madre del cordero". Lo que sucede es que el 60% del gasto social queda enredado entre las manos de la burocracia de izquierda.

El ex ministro de Hacienda Rolf Lüders escribe en "La Tercera" del 01.11.19, usando cifras de la Dirección de Presupuestos: "...(si) simplemente se divide el gasto social fiscal total por el número de familias de los dos deciles de ingresos más bajos, se descubre que corresponde a unos ¡dos y medio millones de pesos por familia al mes!"

Es decir, si la burocracia no se quedara con la mayor parte del gasto social no habría pobreza, porque el 20 % de las familias más pobres del país recibiría dos y medio millones de pesos al mes y sería gente más rica que pobre. Pero la misma izquierda no sólo se queda con el grueso del gasto social, sino con las pensiones vitalicias a treinta mil supuestos torturados por haber sido alguna vez interrogados en razón de sus lazos con el terrorismo, más los 160 mil supuestos "exonerados políticos", cien mil de los cuales son falsos (reconocido por su presidente socialista). Y la misma izquierda controla una dictadura judicial que mantiene a 200 presos políticos militares y 1.300 querellas adicionales ilegales, de las cuales emanarán miles de millones de pesos en indemnizaciones y muchos más presos políticos militares.

La mayoría que objeta el modelo también está consiguiendo la "argentinización" de la economía chilena a través de tarifas subsidiadas, impuestos más altos y una reforma constitucional cuyo solo propósito es debilitar el derecho de propiedad para poder confiscar mejor, en un futuro gobierno de izquierda, empresas y bienes de particulares.

La izquierda ha logrado que el modelo de sociedad libre sea repudiado por la mayoría. Este gobierno es sólo un "pato cojo" que accede a todas las consignas de aquélla, pues si no le incendia el país. Piñera ha confesado ante el mundo, al renunciar a la APEC y a la COP 25, su incapacidad de garantizar el orden público, de modo que ante cualquier violencia accederá a lo que sea.

En otras palabras, ahora, y con gran apoyo mayoritario, Chile se jodió de verdad.


jueves, 31 de octubre de 2019

Un País Sin Orden Público

Sebastián Piñera anunció ayer al país y al mundo que no está capacitado para cumplir la primera de las dos misiones básicas de un Presidente de la República: mantener el orden público (la otra es defender la soberanía nacional ante el exterior). Al renunciar a ser sede de la reunión de APEC y de la COP 25 está reconociendo su incapacidad de enfrentar la revolución subversiva que se ha puesto en marcha en Chile y que ha trasformado la vida interna en un infierno, a través de la violencia destructiva, los saqueos generalizados y los incendios de establecimientos e instituciones. 

Si todavía los insurrectos no han asaltado los hogares particulares ha sido sólo gracias a que saben que sus dueños están legalmente autorizados para usar armas y, cualquiera sea el daño que reciba el asaltante, la ley les reconoce la eximente de legítima defensa. Pero como todo el mundo sabe que los tribunales están en manos de una mayoría de jueces de extrema izquierda que desconoce las leyes a los militares (r) que combatieron la subversión antes de 1990, ningún chileno puede estar cierto de que la ley que lo exime de responsabilidad por disparar contra un asaltante le será reconocida. Es la consecuencia de la revolución judicial izquierdista que aflige al país.

Pero la confesión implícita de Piñera de que no puede garantizar el orden público lo pone en condición de incapacidad para desempeñar el cargo, pues ésa, como se dijo, es una de sus dos misiones esenciales. Entonces él debería delegar sus funciones en su Ministro del Interior (y visto que todavía le quedan más de dos años de ejercicio) éste debería llamar a elección presidencial para el sexagésimo día después de la convocatoria que, según la Constitución, el vicepresidente debería formular dentro de los primeros diez días de asumido su mandato.

Es que el país no puede funcionar sin orden público. En este momento la gente más pobre es la más desesperada, porque los subversivos han incendiado los principales comercios de las áreas donde vive. Los pequeños almacenes de barrio se surtían en los mismos establecimientos incendiados y, por tanto, tampoco tienen mercadería. La falta de autoridad redunda en un problema de subsistencia para todos, pero en especial para los de menores recursos.

Por otra parte, el caos general y la dificultad de desplazamiento impiden el trabajo normal de la mayoría de las actividades. Son innumerables los pequeños empresarios y comerciantes que carecen de ingresos por falta de ventas y no pueden pagar sus compromisos. La libertad de circulación está severamente constreñida por la amenaza de los violentistas.

El país ya no resiste más sin orden público básico y es urgente que asuma el Poder Ejecutivo alguien capaz de garantizarlo. Por supuesto, la izquierda nacional, que domina los paneles de TV, y la internacional, se alzarán contra quien imponga orden, pero cuando ella organizó la subversión contra el Presidente Pinochet en los años 80, éste tuvo la entereza y la energía suficientes para derrotarla y mantener el orden público. Eso mismo es lo que requerimos hoy, pero no tenemos.

Contra lo que más se propala, en Chile no ha habido ningún "estallido social". Al contrario, era el país más estable y ordenado de la región y su tranquilidad social contrastaba con las crisis que vivían naciones vecinas. Precisamente por eso fue objeto de una acción insurreccional de la extrema izquierda y el comunismo, históricamente empeñados en subvertir mediante las armas el orden constituido. Éste es el problema. Si hubiera habido un gobernante cuidadoso de mantener el orden, en nuestro país se habría detenido inmediatamente a los primeros evasores masivos del Metro y la vigilancia habría impedido los demás incendios, saqueos y desmanes. Asimismo, la fuerza pública habría repelido los desórdenes que después se hicieron incontenibles. Pero un gobernante débil y entregado a la izquierda, que ha sido coautor de la persecución ilegal contra las fuerzas del orden que derrotaron la revolución comunista-socialista en el pasado, carecía de la convicción y la energía para mantener la normalidad pública a salvo. Las consecuencias se manifiestan hoy en el verdadero hundimiento de Chile a manos de la insurrección.

Un crítico de alta audiencia en las redes sociales les ha escrito a sus similares en el sentido de que no continúen atacando a Piñera por su  incapacidad de mantener el orden, porque ello equivaldría a "patearlo en el suelo". Yo le he respondido que, así como éste les hace toda clase de guiños y concesiones a los extremistas y al populismo, rebajando la tarifas del Metro, las cuentas de la luz y los peajes de las carreteras, dé alguna señal hacia el lado de los partidarios del orden, indultando a los 200 presos políticos militares actualmente condenados contra todas las leyes, fundado justamente en que ellos cumplieron su misión de mantener el orden público en el pasado. 

Si así lo hiciere, Piñera se habrá tornado creíble como mandatario capaz de hacer respetar la ley y el orden y la soberanía nacional. En caso contrario, sólo cabe que reconozca su incapacidad para cumplir una tarea esencial propia del cargo y permita que la ciudadanía elija a otro que tenga las condiciones necesarias para cumplir la misión esencial de velar por la normalidad de la vida nacional. 

miércoles, 30 de octubre de 2019

Chile Vale Menos

Siempre que la izquierda se hace cargo, el país pierde valor. Al término de los mil días de Allende, el país estaba peor que Venezuela hoy. Como decía el propio Allende, quedaba "harina para pocos días más".  A la inversa, después de Pinochet y su revolución militar de derecha, Clinton le escribía a Frei Ruiz-Tagle, en los noventa, que Chile era "la joya más preciada de la corona latinoamericana". Pero hoy la mayoría de los chilenos glorifica a Allende y aborrece a Pinochet. El que tiene la estatua más destacada frente a La Moneda es el primero. Y, sobre todo en estos días, Chile sigue siendo el país que describía un norteamericano residente en los años 40: "Cuando está a punto de salir del subdesarrollo, se pega un balazo en el pie". En eso estamos ahora.

Vi un  video de unos haitianos que en una mañana reciente terminaban de limpiar la estatua de Baquedano. Horas después una horda de chilenos volvieron a dejarla imposible. El Metro era un orgullo de Santiago. Pues las hordas lo quemaron. Vi un video de un elegante hotel-boutique de Plaza Italia, el "Principado de Asturias". Ingresaron unos sujetos y les dijeron a los empleados y pasajeros que salieran, porque en veinte minutos lo iban a incendiar. Quedó el video en que aparecían los incendiarios sacando mobiliario fino y cuadros del hotel y arrojándolos a una fogata en el exterior. A una cuadra había un pelotón de carabineros que no hacían nada, seguramente para no ser acusados de atropellar los derechos humanos. Resignados pasajeros extranjeros abandonaban el hotel con sus maletas, huyendo del anunciado incendio, que al final no tuvo lugar. Pero la imagen del "Principado de Asturias" saqueado dio la vuelta al mundo y entonces el mundo cancela todas sus reservaciones para viajar acá. Ruina del turismo. La marca "Chile" se deprecia.

La gente pobre es la que más sufre, porque no puede desplazarse a trabajar ni tiene reservas de alimentos y vituallas, pues le han quemado o saqueado los supermercados cercanos, y debe pagar más caro por los artículos de primera necesidad. Añora a Pinochet. ¡Y dicen que éste es un "estallido social" de los más pobres! Éstos habrían estado locos si lo hubieran llevado a cabo. Periodistas y políticos de izquierda monopolizan la televisión y dan una versión completamente parcial y errada de los hechos, como si se hubiera planteado una "gran demanda ciudadana" por parte de una mayoría. No hay tal mayoría. Ni siquiera el millón doscientos mil que salió a desfilar, increíble y civilizadamente, el otro día, es una mayoría, porque 16 o más millones de chilenos restantes, perplejos, no salimos a desfilar y nadie sabe lo que pensamos. Yo he predicho reiteradamente que si hubiera una eleccíón próxima la ganaría el candidato más parecido a Pinochet, pues todo el país sabe que él controlaba a las hordas saqueadoras, incendiarias y terroristas y los actuales gobernantes no y menos los de izquierda. Garantizo que en la próxima elección presidencial va ganar la derecha, porque la inmensa mayoría de la gente, de los 16 o 17 millones que no desfilamos, quiere orden y tranquilidad, y para eso tiene que haber mano dura contra los delincuentes y terroristas, cosa que no hay y que garantizan menos que nadie el centro y la izquierda.

¿Que hay problemas sociales? Por supuesto. En el país hay 400 ¡400! programas sociales estatales que cuestan miles de millones de dólares anuales. ¿Saben ustedes qué proporción de ese enorme gasto estatal llega a los pobres efectivamente? El 40 por ciento. Lo acabo de oír en un audio del ex ministro de Hacienda Rolf Lüders, que ha estudiado y conoce como nadie el tema.

Luego, como siempre, el problema de Chile, como el de todos los países, es el Estado, confirmando la conocida frase de Reagan que aseguraba que el Estado no iba nunca a dar la solución a los problemas, ¡porque es EL problema!. Y así es también en Chile hoy. Por eso he repetido que si el gasto social les llegara a los más pobres, ¡no habría pobres! La gente debería salir a desfilar civilizadamente para privar al Estado, es decir, a la burocracia, de los privilegios que tiene, y así solucionar los problemas de los pobres. Y, naturalmente, también debería desfilar para condenar la dictadura judicial que no aplica las leyes y tiene a más de 200 Presos Políticos Militares y les ha dado a los subversivos de extrema izquierda U$6.200 millones de dólares en los últimos decenios, y aumentando. Si toda esa plata, entre ella la que anualmente se les regala a cien mil falsos exonerados políticos, fuera a los pobres, éstos no serían pobres. Pero nadie desfila por eso, sino justamente por lo contrario: destruir la iniciativa privada que provee todos los recursos para que el Estado los dilapide, destinándolos, entre otros, al terrorismo de extrema izquierda que es justamente el que ha saqueado e incendiado al país en estos días y nos ha puesto al borde de la recesión.

¿Dicen algo de esto los panelistas de la televisión? Por supuesto que no. Dicen que hay que dictar una nueva Constitución y su principal objetivo es facilitar la privación de su propiedad privada a quienes más tienen, que son a su turno los que hacen el 80 % de la inversión que posibilita el crecimiento económico, de donde salen todos los recursos para el Estado y que éste dilapida, pues el 60 por ciento es para la burocracia y el resto para indemnizar a los terroristas del pasado y a los cien mil falsos exonerados. Mientras los conductores de la televisión claman por que "haya más igualdad", quedan en vergüenza cuando se revelan sus propios sueldos, que son de cincuenta y hasta cien veces el salario mínimo y que no quieren por ningún motivo ver rebajados al nivel del promedio, como sería la perfecta igualdad que predican.

¿"Estallido social"? Nada de eso. solamente la misma izquierda de siempre, que destruyó al país ya una vez y quiere volverlo a hacer.