sábado, 3 de octubre de 2026

LA REVOLUCIÓN PRIVATIZADORA

No sé si Johannes Kaiser está consciente de que, cuando dijo que se debía privatizar Codelco y darse el precio de venta a sus dueños, que son todos los chilenos, y calculó prudencialmente que corresponderían unos dos millones de pesos a cada habitante, inició una revolución política que va a ser muy difícil de derrotar o detener, porque es seguro que cuenta con un respaldo popular, si no unánime, muy mayoritario. 

Mi opinión es que Kaiser así aseguró su elección como el próximo presidente de la república y de un parlamento cuya mayoría lo respalde.

Sobre todo si la privatización es tan razonable como factible. Claramente va en favor del mejor interés nacional, porque Codelco es una empresa estatal mal administrada, que ha disminuido su producción de cobre en los mejores tiempos del precio del metal, se ha endeudado en exceso y se ha prestado para que intereses políticos y compadrazgos obtengan de ella centenares de millones de dólares anuales en pagos "no destinados a la producción de cobre" Es decir, prebendas políticas.

Las privatizaciones fueron puestas en boga, en el mundo, por otro gobierno chileno, el del presidente Pinochet y su ministro Hernán Büchi, a partir de 1985. En Chile se privatizó la telefonía, la electricidad, el gas, el acero y el salitre, que estaban en manos de empresas estatales mayoritariamente perdidosas y que fueron adquiridas por privados en sendas licitaciones..

Eso generó un ejemplo que distintos países importantes siguieron, como reconoció el autor británico Niall Ferguson, cuando escribió: "los primeros fueron los militares chilenos; Reagan y Thatcher vinieron después". Y tras éstos vinieron los países socialistas, que se volcaron al capitalismo, partiendo por la Unión Soviética.

Lo que tiene de novedoso la propuesta de Kaiser es que contempla dar el precio de la privatización a los actuales dueños de las empresas estatales, que somos todos los chilenos. Esto no lo hicieron Pinochet-Büchi, que en cambio, con lo generado por las privatizaciones, equilibraron las finanzas del país, redujeron la deuda externa y pusieron a Chile a crecer al 6,4 % promedio anual entre 1985 y 1989, situándose a la cabeza de América Latina. 

Pero cuando Pinochet-Büchi privatizaron, el poder legisativo radicaba en la Junta de Gobierno, que concordaba con el Ejecutivo en ese tema y le facilitó el proceso. 

Ahora la privatización requiere de acuerdo del Ejecutivo y del Congreso. Y como todo el mundo sabe o debería saber que una gran mayoría de chilenos no mira con malos ojos la idea de recibir dos millones de pesos cada uno, sobre todo si la mitad o más de ellos nunca ha tenido esa suma en sus manos, es difícil que la revolución privatizadora pueda ser derrotada.

Hasta ahora la izquierda conquistaba mayorias prometiendo al electorado distribuir igualitariamente la riqueza de los demás, pero como "los demás" no veían esa exacción con buenos ojos, las políticas de izquierda resultaron ser invariablemente empobrecedoras de todos. La propuesta de Kaiser, en cambio, es enriqucedora de todos, incluso del Estado, que en lugar de soportar pérdidas va a empezar a obtener impuestos sobre ganancias que los bienes privatizados generan en manos de empresarios particulares.

Así como "los militares chilenos" fueron los primeros en su tiempo, ahora la derecha chilena pasará a ser la primera en iniciar esta revolución económico-social. Ella promete generar el mismo eco imitativo que la iniciada por Pinochet-Büchi en su tiempo, cuyo éxito dejó en ridiculo a Leonid Brezhnev, que había pontificado: "nunca más habrá otro Chile". Pues lo que sucedió fue que lo que no hubo nunca más fue otra Unión Soviética.

"No hay nada más poderoso que una idea a la cual le ha llegado su tiempo", escribió Víctor Hugo. En Chile actual le ha llegado su tiempo a la revolución privatizadora, democrática y popular propuesta por Johannes Kaiser.

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