viernes, 11 de septiembre de 2026

¿POR QUÉ ME PIDEN PLATA EL 11?

El camión de la basura me pidió plata con motivo del 11. El repartidor del diario, pese a que la mitad del año no me llevó Las Últimas Noticias, a la que también estoy suscrito junto con El Mercurio, también me pide plata el 11. El cartero lo mismo: me dejó un sobrecito con su cuenta corriente para que le deposite.

¿Qué pasó un 11 de septiembre, que todos me piden plata? Busco en El Mercurio, que me llegó todo mojado y no tuvieron una bolsita plástica para un día de lluvia. Pero en El Mercurio no dice nada sobre que hubiera ocurrido algo extraordinario un 11 de septiembre de algún año pasado en Chile. Todo lo contrario, su primer editorial viene con elogios para Camilo Escalona, dirigente socialista recién fallecido, que un 11 de septimbre de 1973, como parte activa de la guerrilla marxista que entonces denunciaba El Mercurio, buscaba refugio en alguna embajada.

Sí, algo debe haber ocurrido un 11 de septiembre en Chile. Algo que también lleva al lumpen de izquierda, todos los años, a causar especiales destrozos, desórdenes y atentados en esa fecha. Algo que lleva a ciertos grupos a vandalizar el monumento a Jaime Guzmán, senador asesinado por el Partido Comunista, a la entrada de Vitacura. No hay ninguna estatua de Jaime Guzmán, porque sus amigos, al momento de inaugurarlo, supieron que los comunistas la iban a destruir. Pero de todas maneras, el recinto es vandalizado cada 11, porque algo sucedió --que no sale en el diario-- que lleva al lumpen de izquierda a destruir en esta fecha. 

A lo mejor hay gente que piensa que sin un 11 de septiembre hoy seríamos como Cuba, con su 95 % de pobreza, sin  libertad de expresión y con un partido único, mucha escasez y mucho retraso, cuya gente quiere irse. Por lo menos los que han venido a Chile de allá son los mejores defensores de la memoria de Pinochet. ¿Quién es Pinochet? Hoy ningún diario lo nombra, pero sí lo nombran los videos de cubanos exiliados que se declaran "partidarios del capitalismo salvaje de Pinochet, porque si necesito gas lo pido por teléfono y me lo vienen a dejar, no como en Cuba, donde hay que hacer cola para conseguirlo y no te lo venden si no tienes tarjeta de radcionamiento." Eso dicen los cubanos exiliados acá, todos pinochetistas y defensores del "capitalismo salvaje" chileno.

Algo debe haber ocurrido acá un 11 de septiembre para que hoy sucedan y se digan todas estas cosas. Si alguien averigua qué pasó, que llame al principal diario para que se entere e informe a sus lectores, aunque sea con retraso.


11 comentarios:

  1. ¡FELIZ 11 DE SEPTIEMBRE, DON HERMÓGENES!

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    1. Cuatro palabras. Le bastaron cuatro palabras para demoler la columna que venía a aplaudir.

      Don Hermógenes acababa de dedicar quinientas líneas a explicarnos que el 11 de septiembre no pasó nada memorable, que los diarios callan porque no hay noticia, que el asunto es un invento del lumpen. Y llega usted, con la diligencia del monaguillo que se adelanta al cura, y lo felicita.

      ¿Por qué, exactamente? Nadie felicita a nadie por un día en que no ocurrió nada. Nadie saluda con "feliz 14 de agosto". Su efusividad confirma lo que el texto fingía ignorar: que ese día sí pasó algo, que usted sabe perfectamente qué fue, y que le parece motivo de fiesta. Se le cayó el disfraz a su maestro por exceso de entusiasmo del discípulo. Hay una palabra antigua para eso: torpeza. Hay otra más piadosa: lealtad mal administrada.

      Ya que estamos en confianza, permítame el catálogo. Elija sin apuro qué celebra.

      Puede ser el bombardeo de La Moneda, única vez en nuestra historia en que la aviación chilena atacó la sede del gobierno chileno. Puede ser el Estadio Nacional convertido en campo de prisioneros. Puede ser la Caravana de la Muerte fusilando desde un helicóptero a detenidos que ya estaban sometidos a proceso. Puede ser Prats y Sofía Cuthbert deshechos por una bomba en Buenos Aires. Puede ser Letelier, y con él Ronni Moffitt, veinticinco años, reventada a catorce cuadras de la Casa Blanca. Pueden ser los tres mil doscientos muertos y desaparecidos, o los cuarenta mil torturados que registró el Valech.

      Elija uno. Solo uno. Y explíquenos despacio qué tiene de feliz. Prometo no interrumpirlo. Le advierto, eso sí, que el ejercicio suele ser breve, porque hasta aquí nadie de los suyos ha logrado terminar la frase en voz alta.

      Y ese es precisamente su problema, amigo. Usted no celebra en público, celebra en un blog, con seudónimo, en la caja de comentarios. No firma. No argumenta. No explica. Se limita a levantar la copa y esperar que alguien más ponga las razones. Es la conducta del que aplaude en la galería pero no sube al escenario, la del que gritaba desde la vereda mientras otros hacían el trabajo sucio y después juraba no haber visto nada.

      Porque esa fue siempre la división de tareas de su bando. Unos ponían la tropa, otros ponían las columnas, y la enorme mayoría ponía el aplauso y la coartada. Y los tres oficios se declararon inocentes después. Los militares alegaron obediencia, los civiles alegaron ignorancia, y usted, medio siglo más tarde, alega alegría.

      Le concedo algo, sin ironía: es usted más honesto que la columna que celebra. Don Hermógenes se disfraza de anciano distraído para no tener que firmar lo que piensa. Usted festeja de frente, aunque sin nombre. Entre el ironista que se esconde tras el chiste y el creyente que se esconde tras el seudónimo, prefiero al segundo. Al menos no finge amnesia.

      Una última cosa para la sobremesa. Las cuentas del Riggs también son parte de la efeméride que usted celebra. Veinte millones de dólares en sociedades pantalla, con el nombre adulterado, descubiertos no por comunistas sino por el Senado de Estados Unidos. Ese también es su 11 de septiembre. Ese también corresponde festejarlo. Supongo que ese brindis lo hace con menos volumen.

      Sempronio Graco

      Gracias de todos modos. En cuatro palabras dijo usted lo que su columnista lleva cincuenta años sin atreverse a firmar. Nunca un aplauso le hizo tanto daño a la obra.

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    2. De nada, bolchevique. Usted, junto a su horda de sanguinarios, solo ha buscado sembrar de sangre nuestra querida patria chilena. Yo nunca me cambiaré de chaqueta aunque usted me amenace a través de un seudónimo, porque aunque joven en esa fecha, he averiguado que Chile habría dejado de existir porque Velasco Alvarado y su ejército peruano, junto al boliviano y argentino, habrían actuado para destruir la nación y dejado solo un pedazo de tierra al Ejército Popular para el Poder Popular, llamado irónicamente "constitucionalista", para su banquete sanguinario en honor a la diosa de la antidemocracia que usted, que se hace llamar "Sempronio Graco", alaba y desea fervientemente hacerle hasta el día de hoy sacrificios de almas inocentes, víctimas de ustedes, verdaderos victimarios del pueblo de Chile.

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    3. Pero, aunque un análisis frío da con ese resultado, el milagro que acompañó a los gloriosos chilenos en las arenas hirvientes del desierto, que usted mancilló el 18 de octubre de 2019, se hubiera también realizado.

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  2. Qué columna tan conmovedora. Un hombre solo, frente a su diario mojado, preguntándose qué pasó un 11 de septiembre. La escena tiene algo de teatro del absurdo y confieso que la disfruté más de lo prudente.

    Permítame ayudarlo con la pesquisa, ya que nadie en su casa parece disponible.

    Lo que ocurrió ese día, don Hermógenes, es que usted tenía treinta y siete años, era abogado en ejercicio, y no solo lo supo: lo celebró. Después fue diputado designado del régimen que nació esa mañana. Casi cinco décadas lleva escribiendo del asunto. Libros, columnas, entrevistas. Y ahora nos ofrece la escena del anciano desconcertado buscando en el diario una noticia que él mismo protagonizó.

    Es un recurso literario notable. Se llama ironía. También se llama, en registro menos generoso, hacerse el tonto con oficio.

    Sobre el basurero, el repartidor y el cartero: piden plata, cierto, pero todo Chile sabe que es para el 18 y no para el 11. Entiendo que a cierta edad septiembre se vuelve una neblina de sobrecitos. Lo revelador es el inventario de sus agravios. El diario mojado. La bolsita plástica ausente. Las Últimas Noticias que no llegaron medio año. Media columna para las penurias del suscriptor. La otra media, para explicarnos que tres mil muertos no ameritan recuerdo. Hay una proporción ahí que debería inquietarlo, aunque sospecho que dejó de hacerlo hace rato.

    Menciona a Camilo Escalona. Fue senador y presidente del Senado, y a los veinte años debió asilarse porque el régimen que usted defiende lo habría matado. Que El Mercurio lo despida con respeto le parece una anomalía editorial. A mí me parece que en democracia los adversarios se entierran, no se desaparecen. Costumbre que llevamos treinta y cinco años practicando y que a usted todavía le resulta exótica.

    Del monumento a Jaime Guzmán: condeno el vandalismo sin reservas. Guzmán fue asesinado por criminales y sus asesinos deben cumplir condena. Ahora bien, usted que se conmueve por un sitio rayado, ¿por qué nunca escribió con igual indignación sobre los cuerpos de Pisagua, sobre los degollados de marzo, sobre Carmen Gloria Quintana? Un monumento se repinta en una tarde. Una garganta cortada, no.

    Y llegamos a los cubanos exiliados, su argumento favorito y también su confesión involuntaria. Usted celebra que un hombre que huyó de una dictadura elogie otra dictadura, y no ve el problema. Para usted lo decisivo no es que el Estado torture o haga desaparecer personas, sino que el balón de gas llegue a domicilio. Ha reducido la libertad a un asunto de logística de reparto. Montesquieu llorando, y el servicio técnico también.

    Le concedo algo: escribe con gracia. La columna tiene ritmo, tiene remate, tiene oficio de medio siglo. Lo que no tiene es coraje. El coraje habría sido escribir, con su nombre: "el 11 de septiembre de 1973 apoyé un golpe de Estado, sabía lo que venía, y lo volvería a hacer". Eso sería una posición. Discutible, monstruosa a mi juicio, pero defendida de frente.

    En cambio eligió el disfraz del viejito distraído que no encuentra la noticia. Y ahí cruzó una frontera que ningún estilo rescata, porque quien construye una rutina cómica sobre tres mil muertos no está haciendo humor político. Está haciendo otra cosa, y esa otra cosa tiene nombre, aunque la cortesía me impide usarlo aquí.

    Digamos entonces que hay una diferencia entre el ironista y el bufón. El ironista dice una cosa para que entendamos otra. El bufón finge no entender nada para que nadie le pida cuentas. Usted tiene talento de sobra para lo primero y lleva décadas optando por lo segundo. Cada cual elige el escenario donde quiere envejecer.

    Le sugiero que, en lugar de llamar al diario, revise su propia hemeroteca. Ahí está todo. Con fecha, con firma y con entusiasmo.

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  3. El gobierno trató de evitar los degollamientos, pidiendo un ministro en visita que la Corte demoró en nombrar. A pesar de que los culpables eran carabineros actuando sin orden superiror, de todas maneras se pidió al General Director abandonar su cargo. En el caso de los quemados se probó que el fuego lo provocó un tropezón casual con un recipiente de líquido altamente explosivo que llevaban ambos quemedos para atentar contra otros chilenos.

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    1. Y Victor Jara murió por una neumonia...

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    2. Ese tipo, Don Manolo, su santón tenía un AK-47... No lo debieron haber matado, pero claro que se lo merecía por ser del Ejército Popular para el Poder Popular... para eliminar chilenos, especialmente a su hiena Aylwin....

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