jueves, 31 de octubre de 2019

Un País Sin Orden Público

Sebastián Piñera anunció ayer al país y al mundo que no está capacitado para cumplir la primera de las dos misiones básicas de un Presidente de la República: mantener el orden público (la otra es defender la soberanía nacional ante el exterior). Al renunciar a ser sede de la reunión de APEC y de la COP 25 está reconociendo su incapacidad de enfrentar la revolución subversiva que se ha puesto en marcha en Chile y que ha trasformado la vida interna en un infierno, a través de la violencia destructiva, los saqueos generalizados y los incendios de establecimientos e instituciones. 

Si todavía los insurrectos no han asaltado los hogares particulares ha sido sólo gracias a que saben que sus dueños están legalmente autorizados para usar armas y, cualquiera sea el daño que reciba el asaltante, la ley les reconoce la eximente de legítima defensa. Pero como todo el mundo sabe que los tribunales están en manos de una mayoría de jueces de extrema izquierda que desconoce las leyes a los militares (r) que combatieron la subversión antes de 1990, ningún chileno puede estar cierto de que la ley que lo exime de responsabilidad por disparar contra un asaltante le será reconocida. Es la consecuencia de la revolución judicial izquierdista que aflige al país.

Pero la confesión implícita de Piñera de que no puede garantizar el orden público lo pone en condición de incapacidad para desempeñar el cargo, pues ésa, como se dijo, es una de sus dos misiones esenciales. Entonces él debería delegar sus funciones en su Ministro del Interior (y visto que todavía le quedan más de dos años de ejercicio) éste debería llamar a elección presidencial para el sexagésimo día después de la convocatoria que, según la Constitución, el vicepresidente debería formular dentro de los primeros diez días de asumido su mandato.

Es que el país no puede funcionar sin orden público. En este momento la gente más pobre es la más desesperada, porque los subversivos han incendiado los principales comercios de las áreas donde vive. Los pequeños almacenes de barrio se surtían en los mismos establecimientos incendiados y, por tanto, tampoco tienen mercadería. La falta de autoridad redunda en un problema de subsistencia para todos, pero en especial para los de menores recursos.

Por otra parte, el caos general y la dificultad de desplazamiento impiden el trabajo normal de la mayoría de las actividades. Son innumerables los pequeños empresarios y comerciantes que carecen de ingresos por falta de ventas y no pueden pagar sus compromisos. La libertad de circulación está severamente constreñida por la amenaza de los violentistas.

El país ya no resiste más sin orden público básico y es urgente que asuma el Poder Ejecutivo alguien capaz de garantizarlo. Por supuesto, la izquierda nacional, que domina los paneles de TV, y la internacional, se alzarán contra quien imponga orden, pero cuando ella organizó la subversión contra el Presidente Pinochet en los años 80, éste tuvo la entereza y la energía suficientes para derrotarla y mantener el orden público. Eso mismo es lo que requerimos hoy, pero no tenemos.

Contra lo que más se propala, en Chile no ha habido ningún "estallido social". Al contrario, era el país más estable y ordenado de la región y su tranquilidad social contrastaba con las crisis que vivían naciones vecinas. Precisamente por eso fue objeto de una acción insurreccional de la extrema izquierda y el comunismo, históricamente empeñados en subvertir mediante las armas el orden constituido. Éste es el problema. Si hubiera habido un gobernante cuidadoso de mantener el orden, en nuestro país se habría detenido inmediatamente a los primeros evasores masivos del Metro y la vigilancia habría impedido los demás incendios, saqueos y desmanes. Asimismo, la fuerza pública habría repelido los desórdenes que después se hicieron incontenibles. Pero un gobernante débil y entregado a la izquierda, que ha sido coautor de la persecución ilegal contra las fuerzas del orden que derrotaron la revolución comunista-socialista en el pasado, carecía de la convicción y la energía para mantener la normalidad pública a salvo. Las consecuencias se manifiestan hoy en el verdadero hundimiento de Chile a manos de la insurrección.

Un crítico de alta audiencia en las redes sociales les ha escrito a sus similares en el sentido de que no continúen atacando a Piñera por su  incapacidad de mantener el orden, porque ello equivaldría a "patearlo en el suelo". Yo le he respondido que, así como éste les hace toda clase de guiños y concesiones a los extremistas y al populismo, rebajando la tarifas del Metro, las cuentas de la luz y los peajes de las carreteras, dé alguna señal hacia el lado de los partidarios del orden, indultando a los 200 presos políticos militares actualmente condenados contra todas las leyes, fundado justamente en que ellos cumplieron su misión de mantener el orden público en el pasado. 

Si así lo hiciere, Piñera se habrá tornado creíble como mandatario capaz de hacer respetar la ley y el orden y la soberanía nacional. En caso contrario, sólo cabe que reconozca su incapacidad para cumplir una tarea esencial propia del cargo y permita que la ciudadanía elija a otro que tenga las condiciones necesarias para cumplir la misión esencial de velar por la normalidad de la vida nacional. 

miércoles, 30 de octubre de 2019

Chile Vale Menos

Siempre que la izquierda se hace cargo, el país pierde valor. Al término de los mil días de Allende, el país estaba peor que Venezuela hoy. Como decía el propio Allende, quedaba "harina para pocos días más".  A la inversa, después de Pinochet y su revolución militar de derecha, Clinton le escribía a Frei Ruiz-Tagle, en los noventa, que Chile era "la joya más preciada de la corona latinoamericana". Pero hoy la mayoría de los chilenos glorifica a Allende y aborrece a Pinochet. El que tiene la estatua más destacada frente a La Moneda es el primero. Y, sobre todo en estos días, Chile sigue siendo el país que describía un norteamericano residente en los años 40: "Cuando está a punto de salir del subdesarrollo, se pega un balazo en el pie". En eso estamos ahora.

Vi un  video de unos haitianos que en una mañana reciente terminaban de limpiar la estatua de Baquedano. Horas después una horda de chilenos volvieron a dejarla imposible. El Metro era un orgullo de Santiago. Pues las hordas lo quemaron. Vi un video de un elegante hotel-boutique de Plaza Italia, el "Principado de Asturias". Ingresaron unos sujetos y les dijeron a los empleados y pasajeros que salieran, porque en veinte minutos lo iban a incendiar. Quedó el video en que aparecían los incendiarios sacando mobiliario fino y cuadros del hotel y arrojándolos a una fogata en el exterior. A una cuadra había un pelotón de carabineros que no hacían nada, seguramente para no ser acusados de atropellar los derechos humanos. Resignados pasajeros extranjeros abandonaban el hotel con sus maletas, huyendo del anunciado incendio, que al final no tuvo lugar. Pero la imagen del "Principado de Asturias" saqueado dio la vuelta al mundo y entonces el mundo cancela todas sus reservaciones para viajar acá. Ruina del turismo. La marca "Chile" se deprecia.

La gente pobre es la que más sufre, porque no puede desplazarse a trabajar ni tiene reservas de alimentos y vituallas, pues le han quemado o saqueado los supermercados cercanos, y debe pagar más caro por los artículos de primera necesidad. Añora a Pinochet. ¡Y dicen que éste es un "estallido social" de los más pobres! Éstos habrían estado locos si lo hubieran llevado a cabo. Periodistas y políticos de izquierda monopolizan la televisión y dan una versión completamente parcial y errada de los hechos, como si se hubiera planteado una "gran demanda ciudadana" por parte de una mayoría. No hay tal mayoría. Ni siquiera el millón doscientos mil que salió a desfilar, increíble y civilizadamente, el otro día, es una mayoría, porque 16 o más millones de chilenos restantes, perplejos, no salimos a desfilar y nadie sabe lo que pensamos. Yo he predicho reiteradamente que si hubiera una eleccíón próxima la ganaría el candidato más parecido a Pinochet, pues todo el país sabe que él controlaba a las hordas saqueadoras, incendiarias y terroristas y los actuales gobernantes no y menos los de izquierda. Garantizo que en la próxima elección presidencial va ganar la derecha, porque la inmensa mayoría de la gente, de los 16 o 17 millones que no desfilamos, quiere orden y tranquilidad, y para eso tiene que haber mano dura contra los delincuentes y terroristas, cosa que no hay y que garantizan menos que nadie el centro y la izquierda.

¿Que hay problemas sociales? Por supuesto. En el país hay 400 ¡400! programas sociales estatales que cuestan miles de millones de dólares anuales. ¿Saben ustedes qué proporción de ese enorme gasto estatal llega a los pobres efectivamente? El 40 por ciento. Lo acabo de oír en un audio del ex ministro de Hacienda Rolf Lüders, que ha estudiado y conoce como nadie el tema.

Luego, como siempre, el problema de Chile, como el de todos los países, es el Estado, confirmando la conocida frase de Reagan que aseguraba que el Estado no iba nunca a dar la solución a los problemas, ¡porque es EL problema!. Y así es también en Chile hoy. Por eso he repetido que si el gasto social les llegara a los más pobres, ¡no habría pobres! La gente debería salir a desfilar civilizadamente para privar al Estado, es decir, a la burocracia, de los privilegios que tiene, y así solucionar los problemas de los pobres. Y, naturalmente, también debería desfilar para condenar la dictadura judicial que no aplica las leyes y tiene a más de 200 Presos Políticos Militares y les ha dado a los subversivos de extrema izquierda U$6.200 millones de dólares en los últimos decenios, y aumentando. Si toda esa plata, entre ella la que anualmente se les regala a cien mil falsos exonerados políticos, fuera a los pobres, éstos no serían pobres. Pero nadie desfila por eso, sino justamente por lo contrario: destruir la iniciativa privada que provee todos los recursos para que el Estado los dilapide, destinándolos, entre otros, al terrorismo de extrema izquierda que es justamente el que ha saqueado e incendiado al país en estos días y nos ha puesto al borde de la recesión.

¿Dicen algo de esto los panelistas de la televisión? Por supuesto que no. Dicen que hay que dictar una nueva Constitución y su principal objetivo es facilitar la privación de su propiedad privada a quienes más tienen, que son a su turno los que hacen el 80 % de la inversión que posibilita el crecimiento económico, de donde salen todos los recursos para el Estado y que éste dilapida, pues el 60 por ciento es para la burocracia y el resto para indemnizar a los terroristas del pasado y a los cien mil falsos exonerados. Mientras los conductores de la televisión claman por que "haya más igualdad", quedan en vergüenza cuando se revelan sus propios sueldos, que son de cincuenta y hasta cien veces el salario mínimo y que no quieren por ningún motivo ver rebajados al nivel del promedio, como sería la perfecta igualdad que predican.

¿"Estallido social"? Nada de eso. solamente la misma izquierda de siempre, que destruyó al país ya una vez y quiere volverlo a hacer.

domingo, 27 de octubre de 2019

Síntomas Alentadores

Un primer síntoma alentador es que el país se ha dado cuenta de quién es realmente Sebastián Piñera y lo ha castigado con el mayor porcentaje de rechazo y el menor margen de aprobación que haya tenido cualquier presidente posterior a 1990: 78 % y 14 %, respectivamente, según la última encuesta Cadem.

Es sano que un país se dé cuenta de quién lo gobierna. Permítanme recordar que yo les advertí a los chilenos desde el primer momento que Piñera carecía de los atributos básicos para ejercer la primera magistratura. Ahora se ha probado que, en efecto, no fue capaz de cumplir con la obligación primaria de mantener el orden público, lo que desató el caos. Hasta la propia derecha se está dando cuenta, pues hace un tiempo el 80 % de los que declaraban pertenecer a ella apoyaban a Piñera; luego el porcentaje cayó a 57 % y ahora al 40 %, también según Cadem.

Un segundo síntoma alentador fue que la revolución comunista aprendió la lección 1973-1990 y no disparó contra la fuerza pública, sabiendo que si lo hacía no le iba a ir bien. Los rojos del FPMR tienen armas ilegales y podrían haberlas usado, pero aprendieron bajo Pinochet que las consecuencias para ellos podían volver a ser las peores.

Lo que no es alentador es que la mayoría de los chilenos todavía no comprende que el comunismo es una fuerza revolucionaria destructiva de la democracia. La Constitución original de 1980, en su artículo 8°, permitía ponerlo fuera de la ley, pero en las negociaciones para reformar la Carta registradas en 1989, los kerenskys chilenos, siempre abriendo paso a los comunistas, impusieron la exigencia de derogar ese artículo y así se hizo. En estos días de caos se ha recordado que, cuando el gobierno del general Ibáñez, en 1958, propuso derogar la Ley de Defensa de la Democracia, que vedaba la participación de los comunistas en la vida pública y había ido promulgada por el presidente González Videla, a quien intentaban derrocar, en 1948, el senador conservador Francisco Bulnes Sanfuentes se opuso a la derogación y dijo, en la sesión del Senado de 16 de mayo de 1958: "Un partido que... propicia la subversión violenta del orden establecido, que aspira a conquistar el poder por la fuerza y con violación de todos los principios constitucionales y legales, es un asociación ilícita a la luz del sentido común, a la luz de los principios generales del derecho y a la luz de nuestro Código Penal. A una asociación ilícita no se le pueden reconocer derechos cívicos y tampoco esto puede ser reconocido a los miembros de esa asociación".

Ésa es la manera de defender jurídicamente la democracia, manera a la cual nuestro país lamentablemente ha renunciado, quedando expuesto a situaciones como las vividas en estos días.

Un tercer síntoma alentador reciente fue que la mayor concentración de público que se recuerda en nuestras calles se logró evitando todo abanderizamiento político. A los organizadores se les hizo a ratos difícil impedir que los comunistas y sus organizaciones de fachada, como la CUT, levantaran sus emblemas, pero lo consiguieron. Y así, sin identificaciones políticas, se logró una adhesión ciudadana superior al millón de personas, que marcharon pacífica y legalmente voceando sus inquietudes de toda índole y con pluralismo.

Un cuarto síntoma alentador consistió en que la ciudadanía consciente fue capaz de crear, en medio de la violencia y la anarquía y a falta de autoridades que impusieran el orden, una defensa contra los incendiarios y saqueadores: los voluntarios con "chalecos amarillos". En muchos lugares los propios ciudadanos los vistieron y se organizaron para defender sus barrios y sus comercios del asalto de las hordas de vándalos y saqueadores y tuvieron éxito. Representaron la voz de la cordura que dijo: "a falta de autoridad, tenemos que asumir nuestra autodefensa", premunidos de palos, bates y palas. Después fueron un apoyo para carabineros y militares y se hermanaron con éstos.

La derecha política, heredera del Sí y del sentido del orden, al adherir a Piñera renunció a erigirse como sucesora del Sí y sector defensor del respeto a la ley y de la disciplina social. Al desertar al No, en la lamentable estela del mismo personaje, se ha desdibujado políticamente. Los partidos de derecha han modificado sus Declaraciones de Principios, en las cuales reconocían el valor del legado del Gobierno Militar, para distanciarse de éste y "hacerse perdonar" por el No de Piñera y los demás. Hasta el Partido Republicano en formación, que parecía querer reivindicar aquella esencia de la derecha chilena, eludió formular en su Declaración de Principios un reconocimiento explícito al Gobierno Militar y un repudio a la ilegal persecución de la dictadura judicial contra los militares (r) que hoy son presos políticos. Sólo el Partido Fuerza Nacional, también en formación, se ha atrevido a formular aquel reconocimiento y a expresar el rechazo a la prevaricación y por eso yo he firmado sus registros como militante, pues es el único heredero del Sí y los valores que ello representa en la política chilena.

Por consiguiente, reitero mi augurio en el sentido de que el triunfo en la próxima elección presidencial va a ser para quien mejor represente esos valores del orden, la disciplina social y el respeto a la ley, como siempre ha sucedido antes, tras situaciones caóticas parecidas vividas por el país. Fue el mismo sentir mayoritario tradicional que culminó cuando los representantes de todas las corrientes democráticas demandaron a los militares intervenir en 1973.

La historia volverá a escribirse así una vez más en 2021, cuando hayamos dejado atrás la penosa experiencia anárquica a que condujeron el populismo, la falta de autoridad y el desmedido afán de figuración de Sebastián Piñera, hoy ampliamente repudiado por la mayoría ciudadana e incluso ahora sin mayoría en la propia derecha claudicante que antes lo apoyó.

sábado, 26 de octubre de 2019

16 Millones Nos Quedamos en la Casa

Nos agradó ver que entre el millón y medio que salió a exhibir a las calles sus inquietudes públicas había una agraciada manifestante con un letrero en el que expresaba, en letras rojas, cuánto añoraba a Pinochet. Muchos de los 16 millones que nos quedamos en casa también añoramos a Pinochet. Chile era un poco más grande entonces, bajo su gobierno, porque incluía el territorio de Temucuicui, que el gobierno de Piñera ha perdido, pues ni siquiera pudo hacer llegar una carta pidiéndole perdón al padre de Camilo Catrillanca, porque a los carabineros que envió no los dejaron entrar. Pues bajo Pinochet no existía el conflicto mapuche, tanto que la Junta de Caciques lo designó como "Gran Conductor y Guía" y su población le dio el triunfo en la región en el plebiscito de 1988. Ergo, los 16 millones añoramos la paz que hasta 1990 había en ese territorio, sumido hoy en la violencia terrorista y que ahora hasta tiene bandera propia, muy exhibida ayer en el desfile del millón y medio.

Además, los 16 millones que nos quedamos en la casa hemos sido muy abusados por los gobiernos del No, que ininterrumpidamente han ejercido el poder desde 1990. Ahora mismo, según confesión de un propio dirigente de izquierda, Raúl Cerpa, hay cien mil falsos exonerados políticos que cobran al Estado pensiones por cerca de 400 millones de dólares anuales sin causa justificada. ¡Qué abuso a costa nuestra, es decir, de los contribuyentes! Porque los 16 millones que nos quedamos ayer en la casa somos los que pagamos los impuestos de que viven los parásitos socialistas apitutados en toda clase de pegas políticas y reciben prebendas del Gobierno y del Congreso. Nosotros deberíamos estar protestando en las calles y no ellos. Dicen que hay pobres que ganan mucho menos que los más ricos, que, se supone, estaban en sus casas ayer, y el millón y medio que estaba en las calles insistía en que aquéllos paguemos más impuestos. Pero con nuestros impuestos se financia todo el gasto social para los más pobres y cualquiera sabe, con un simple cálculo, que si ese gasto social llegara efectivamente a los pobres ¡no habría pobres!¡Cero pobreza en Chile! ¿Dónde se queda la mayor parte del gasto social hoy? Entre los aptitutados de los partidos políticos que forman la burocracia del No de los sucesivos gobiernos. Si hay todavía pobres es porque la burocracia, que quiere subir más los impuestos se queda sin razón válida con el grueso de la plata.

Los 16 millones que nos quedamos en la casa hacemos otros cálculos sencillos y nos damos cuenta de que si los presupuestos de los ministerios de Educación y Salud, en lugar de ir a parar a la burocracia estatal, que seguramente estaba toda en las calles ayer, se les repartieran a las familias pobres de Chile directamente, cada una podría matricular a sus hijos en colegios particulares pagados de su elección y habría un salto cualitativo enorme de la educación en Chile, lo que disminuiría las diferencias económicas y sociales. Pero la burocracia del ministerio se queda con gran parte de la plata del presupuesto, que no llega a las familias pobres y éstas deben mandar a sus hijos a colegios que están hoy mismo en huelga, donde profesores rojos enseñan más que todo odio de  clases, "overoles blancos" agreden a la autoridad y queman salas, docentes politizados enseñan una historia falsa del país y son incapaces de superar la incomprensión lectora de sus alumnos.

Los 16 millones en casa creemos también que si el presupuesto de Salud, en lugar de ir a un ministerio burocratizado y politizado, se les diera a las familias que cotizan en Fonasa, todas éstas, pero todas, podrían ir a las isapres y tener buenos planes en clínicas privadas y sin listas de espera de dos años para que les hagan operaciones quirúrgicas urgentes. Porque la burocracia roja se queda con el grueso de la plata de la salud y éste no beneficia a los chilenos más pobres. ¿No es otro abuso incalificable? 

¿Y qué decir de la justicia y la prisión política? Los jueces mienten a cara descubierta en sus fallos contra militares (r). Nos pretenden convencer de que los ancianos presos en Punta Peuco tienen hoy día secuestrados en sus celdas de dos por dos a guerrilleros rojos desde hace 45 años, para así burlar la prescripción. ¿Cómo pueden los jueces rojos mentir pública y descaradamente en esa forma? 


Los 16 millones que nos quedamos ayer en la casa nos sentimos también abusados por el plan socialista de Lagos-Bachelet llamado Transantiago, cuyo déficit anual fue, según acaba de anunciarse, de 589 mil millones de pesos (810 millones de dólares), por 12° año consecutivo, en un engendro socialista de locomoción colectiva que mantiene a gran parte de la población trabajadora viajando varias horas al día. Son 810 millones de dólares anuales de déficit que los 16 millones tenemos que solventar con los impuestos que pagamos, y los que desfilan por la calle dicen que deberíamos pagar todavía más para financiar disparates como ése. Cuando había libertad de creación de líneas de locomoción, las micros amarillas generaban excedentes de 69 millones de dólares anuales, los viajes eran más cortos y había muchos más empresarios de la locomoción y la gente llegaba más rápido a su destino. Los 16 millones en casa nos sentimos abusados por este exceso socialista caro y que arroja enormes pérdidas anuales que pagamos nosotros, y que más encima provoca el estrés de los ciudadanos que deben viajar hacia y desde sus trabajos mucho más tiempo que antes. ¿No es éste otro abuso socialista incalificable?


Pero ahora dicen que un millón y medio bailando en la calle "ha cambiado el país para siempre". Y los 16 millones que nos hemos quedado en casa ¿no cambiaremos nada?

Yo creo que sí y que se van a llevar una sorpresa en la próxima elección presidencial. Después de la "Revolución de la Chaucha" de 1949, en que destruyeron Santiago, la gente, deseosa de orden y autoridad, eligió al ex "dictador" general Ibáñez por amplia mayoría en 1952. Después del alzamiento rojo de 1957, en que volvieron a depredar la capital, eligió a Jorge Alessandri para restablecer el orden en 1958. En 2021 los 16 millones que nos quedamos ayer en la casa vamos a volver a votar por el orden, la disciplina social y la paz. Ahí se verá quiénes, si los que desfilaron o los que no, van a ser los realmente capaces de cambiar el futuro del país. 

miércoles, 23 de octubre de 2019

Comenzó la Argentinización de Chile

Cuando leí el petitorio de Beatriz Sánchez, la candidata de extrema izquierda triunfante en la revolución violenta comunista registrada a partir del 19 de octubre (y, ojo, que encabeza las encuestas presidenciales) pensé que si era acogido se iniciaba la argentinización de Chile y entrábamos en un proceso del cual nuestros atribulados vecinos simplemente se han mostrado incapaces de salir.

Pero resulta que el propio presidente de Chile ha adoptado en buena medida el petitorio de Beatriz Sánchez, ha pedido perdón y ha anunciado su rendición incondicional ante la revolución roja, prometiendo aumentar la pensión básica en 20 %, subir el ingreso mínimo garantizado a $350 mil, anular el alza de las cuentas de la luz de 9,2 %, subir impuestos a los que ganen más de $8 millones (que son los que hacen el 80 % de la inversión), crear un seguro para gastos en medicamentos y, como contrapartida (lo que siempre se ha conocido como "suprimir el chocolate al loro", una antigua receta de una señora que quería reducir sus gastos) disminuir la dieta parlamentaria.

Mientras en Argentina Macri parece a punto de perder las elecciones (creo ser el único que sostiene que todavía puede ganarlas), y si las pierde será por querer volver sobre los pasos del kirchnerismo populista y reequilibrar la cuentas argentinas, acá emprendemos el camino kirchnerista.

Mientras en Ecuador el presidente Lenin Moreno ha enfrentado con energía una revuelta porque quiere volver al realismo las cuentas de la luz y terminar con los subsidios que arruinaron la economía bajo el mandato chavista de Correa, y se la juega entero por el realismo, acá entramos justamente a que el Estado subsidie las cuentas de la luz, derogando el alza de 9,2 % que correspondía aplicar.

El modelo chileno exitoso, que hace pocos días llevaba a Piñera a enorgullecerse de que Chile fuera "un verdadero oasis" en una región desbordada por los problemas y desequilibrios, ahora marcha a su fin. Pasamos a ser uno más de los del barrio del desequilibrio. No tan desequilibrados como los ecuatorianos que luchan por reequilibrarse ni como los argentinos cuya mayoría no parece querer reequilibrarse, pero desequilibrándonos por US$1200 millones anuales a nuestra vez y, por ahora, con Piñera a la cabeza.

Todo esto es disfrazado de "crisis social", idea que compran hasta los empresarios, empezando por Andrónico Luksic, cuyo twitter prueba que se ha comprado completo el libreto de los revolucionarios y ha decretado un sueldo mínimo de $500 mil en todas sus empresas. Ése  un mensaje claro para sus accionistas minoritarios de "vender", porque el controlador ya no está en la tarea de maximizar las ganancias, sino de "quedar bien" ante la arremetida revolucionaria de la extrema izquierda.

La caída de la Bolsa en más de cuatro por ciento en un día señala que la gente cuerda se ha dado cuenta de que Chile ya vale menos, pues eso equivale a miles de millones de dólares de pérdida de valor de las empresas chilenas más significativas. Los inversionistas extranjeros obviamente se han dado cuenta. Walmart sabe que le han saqueado 125 supermercados e incendiado 20. Coca Cola lo mismo. Y todos lo sabemos, pues lo que tenemos ya vale menos, porque está menos seguro contra cualquiera que desee destruirlo o apropiárselo.

Piñera ha sido muy criticado por haber declarado que el país enfrentaba una guerra, pero si oímos los discursos más recientes de Nicolás Maduro y su ministro Diosdado Cabello y atendemos a las denuncias de la OEA y sobre elementos extranjeros sospechosos rondando los atentados que destruyeron metódicamente 78 estaciones del Metro y locales de grandes empresas, tendremos suficiente evidencia de que, efectivamente, enfrentamos una guerra.

Si hubiéramos tenido efectivamente un gobierno con sentido de autoridad, habríamos ganado esa guerra desde sus inicios, porque una policía actuando enérgicamente habría puesto término inmediato a la evasión del Metro y ésta no se habría tornado masiva. No era imposible poner inmediatamente un piquete de carabineros en cada estación del Metro, con lo cual la chispa inicial de la revolución roja se habría apagado. Pero el "síndrome Catrillanca" tenía a Piñera atado de pies y manos y la falta de respuesta de la fuerza pública ante los evasores fue la señal de partida para los incendios y saqueos que han asolado al país.

Esta no ha sido una "crisis social", sino una "crisis de autoridad". El país se ha argentinizado o venezuelizado y éste es un camino sin  retorno.

¿Cómo reaccionará el pueblo chileno? Si está feliz con el populismo ruinoso, quiere decir que pronto habrá un(a) presidente más populista que Piñera, tendremos entrada gratis a los estadios y televisión satelital o por cable pagada por el Estado y cosas por el estilo y no tendremos cómo controlar la inflación ni pagar la deuda externa, como Argentina. Si la opinión pública es consciente (yo creo que ya no lo es y mayoritariamente opta por el populismo), elegirá un gobernante autoritario que pondrá marcha atrás en la argentinización y, con mayor razón, en la venezuelización.

Pero, entretanto, ya Chile vale menos y la perspectiva más cierta es de que haya iniciado el camino que no se detendrá hasta que un gobernante con las agallas de los que nos retornaron al camino de la racionalidad y del imperio de la autoridad en 1973 se vuelva a presentar en nuestro destino, posibilidad que hoy se ve decididamente remota y casi imposible de tornarse en realidad.

lunes, 21 de octubre de 2019

No Hay Tal Crisis Social

Lo que hemos vivido es conocido en Chile: cuando no hay autoridad, reinan la anarquía y el desgobierno. Cuando se puede saquear impunemente, casi todos saquean. Si Piñera hubiera ordenado a Carabineros reprimir a los primeros que se saltaron las barreras en el Metro, nada de lo que sucedió después habría pasado. Pero Piñera vive obsesionado con su imagen y no quería otro caso Catrillanca, de modo que no hizo nada y entonces pasó de todo. Y como en Chile el Partido Comunista y sus fuerzas afines siempre, desde tiempos inmemoriales, han estado y están conspirando para hacer la revolución, hicieron la revolución del 19 de octubre. Hasta que el Ejército salió a la calle, los vecinos se organizaron y todo vuelve a la normalidad, pero a un costo enorme. El costo representado por un gobernante débil y por su falta de autoridad.

En 1949, la Revolución de la Chaucha nació del aumento de un peso 60 a un peso 80 del pasaje en micro. La revolución comunista permanente se aprovechó y hubo caos en Santiago. Carabineros fue sobrepasado. Fuerzas perfectamente organizadas destruyeron y saquearon el centro. Entonces el gobierno llamó a los militares. Recuerdo haber visto a un soldado con fusil en cada micro, junto al chofer, durante mucho tiempo. Todo se normalizó, al costo de seis muertos y centenares de heridos.

En 1957 sucedió lo mismo. Como criticaban al gobierno de Ibáñez por el uso excesivo de fuerza, éste retiró a los carabineros del centro. La conspiración comunista permanente se tomó el centro, derribando todos los postes y saqueando los principales comercios. El gobierno llamó a los militares, que fueron aplaudidos por la gente. Vi personalmente un tanque en Ahumada con Moneda, aplaudido por los peatones. Después de 16 muertes y miles de heridos, todo se normalizó y el general Gamboa, a la cabeza del estado de sitio, fue bautizado como "el mariscal de la Alameda", parodiando a Montgomery, el "mariscal del Alamein".

En las violentas protestas de los años 80 eran  protagonistas los frentistas rojos entrenados en Cuba, que oscurecían al país con sus atentados, disparaban contra la fuerza pública y recibían la réplica de ésta. Prometían derrocar a Pinochet año a año, pero éste los derrotó a ellos y mantuvo al país más pacificado, desde luego, que lo que está hoy. Y entregó el modelo de sociedad libre en 1990 a sus sucesores civiles habiendo crecido más de 10 % en 1989.

La permanente subversión comunista ha vuelto a rebrotar en 2019. Carabineros con prohibición de disparar ni siquiera se presentaron a reprimir a los primeros que se saltaron las barreras del Metro. Entonces éstos se multiplicaron y destruyeron las estaciones. ¿Qué faltó? Un gobernante fuerte. La revolución comunista se extendió. El incentivo de robar se hace irresistible y masas de delincuentes habituales y no habituales roban de todo en todas partes. El costo es enorme y el envidiable "modelo chileno" se desprestigia. 

Algunos, como siempre, empiezan a hacer análisis para allegar agua a su molino y descubren que hay "una crisis social". Dictaminan que hay un descontento generalizado. El alza del pasaje en el Metro "fue la gota que colmó el vaso". Pero no hay tal crisis social. Toda la gente, ahora y siempre, quiere ganar más y pagar menos. Nadie quiere que le suban los precios. Esto no es crisis social. Esto es el estado normal de toda sociedad. La crisis del 19 de octubre nace de que en Chile no hay autoridad, pues no hay otro "malestar social" que el que ha habido siempre.

En realidad, el único problema social real que hay en Chile es que el Estado dilapida la plata. En Chile, si el gasto social se repartiera entre los que figuran como pobres, no habría pobres. Eso es lo que hay que arreglar. Lo que pasa es que la burocracia se lleva la mayor parte del gasto social. Si el gasto en el ministerio de Educación se le repartiera a las familias pobres, podrían mandar a sus hijos a los mejores colegios particulares pagados y habría un salto cualitativo en la enseñanza de los pobres. Lo que pasa es que el grueso de la plata se lo lleva la burocracia. Lo mismo en salud. Si le dieran la plata que derrocha el ministerio a la gente, podrían todos tener los mejores seguros de salud, isapres y clínicas privadas con los mejores planes y sin listas de espera. Lo que pasa es que el grueso de la plata se lo lleva la burocracia.

"Retroexcavadora" Quintana dice que hay demasiada desigualdad, pero él está en la escala del diez por ciento de mayores ingresos en Chile. Que reduzca su dieta y asignaciones de cien veces el salario mínimo a la mitad y se la dé a los que ganan el salario mínimo. Cuando se les dice eso a los parlamentarios de izquierda paran inmediatamente de hablar de la desigualdad y de la redistribución del ingreso. 

Acá el Estado y los políticos se quedan con una parte exagerada de la torta y ésa es la única crisis social real que hay. Botan plata año a año en el plan socialista Transantiago y ya llevan acumulados 7 mil millones de dólares. Antes las micros amarillas funcionaban con utilidades y llevaban a la gente en menos tiempo y a donde quería ir. Todo eso empeoró cuando llegó el engendro socialista ruinoso Transantiago. Los políticos y jueces prevaricadores les han regalado 6.200 millones de dólares a los extremistas de izquierda, mientras condenan ilegalmente a presidio a los militares que los derrotaron. Y le dan indemnizaciones millonarias a cualquiera que se querella contra un ex uniformado. Y además hay cien mil falsos exonerados políticos cobrando pensiones. El país financia una "extrema izquierda dorada" con plata fiscal, mientras se destruye el estado de derecho ("rule of law"), porque no se aplican las layes. El único malestar social debería ser el que hay con los políticos de extrema izquierda y los jueces prevaricadores que dilapidan la plata de los impuestos para regalar dinero a la extrema izquierda.

El daño provocado por la Revolución del 19 de Octubre, generada por la falta de autoridad de Piñera y la revolución comunista de los saqueos e incendios, ha sido enorme, pero el país lo dejará atrás, con mayores pérdidas que otras veces, pero en lo demás igual como pasaron a la historia la Revolución de la Chaucha y la del 2 de abril de 1957 y como la asonada de enero de 1946 en la plaza Bulnes, cuando los comunistas quisieron tomarse La Moneda, los carabineros les dispararon y murió con una bala en la cabeza la joven militante Ramona Parra, bajo el gobierno del vicepresidente de centroizquierda Alfredo Duhalde, reemplazante del agónico de Juan Antonio Ríos.

El otro gran daño provocado ahora es el lavado de cerebros. El columnista opus dei de "El Mercurio", Joaquín García Huidobro, escribe hoy: "Los fantasmas de las torturas, muertes y desapariciones forzadas son tan fuertes y causan tal inhibición en los chilenos, incluidas sus autoridades, que el hecho de asentar en la plaza Baquedano a un grupo de militares sólo sirvió como motivo de irrisión a la izquierda, que los insultó, los escupió y se burló de ellos". Joaquín, como casi todos los chilenos, se ha comprado completo el balurdo histórico comunista. Esto sólo ha sido la historia de Chile: subversión comunista, represión, normalización, hasta la siguiente crisis, provocada por la misma subversión de siempre y por la falta de pantalones del gobernante débil que no es capaz de llamar oportunamente a la fuerza pública a restablecer el orden. 

Así es que terminen con el cuento del "malestar social" y de que hay que cambiar el modelo, porque el modelo es lo que ha hecho mejor a Chile que lo que están los demás, y si lo cambian vamos a terminar como los demás, es decir, peor.

domingo, 20 de octubre de 2019

El Derrumbe del Estado de Derecho

¿Usted cree que los controladores y accionistas norteamericanos de Walmart, cadena de supermercados a la cual los revolucionarios rojos en Chile le han saqueado 125 locales y quemado 10 supermercados, creen que acá hay "rule of law" (estado de derecho)? No, por supuesto. No hay tal en Chile hoy. Cualquiera lo sabe. Walmart seguramente se pregunta en qué minuto resolvió invertir acá un gran capital que hoy está perdiendo aceleradamente a manos de los saqueadores e incendiarios de la Revolución Comunista del 19 de octubre, hoy triunfante.

Cuando yo les escribía en este blog, desde 2010 y ya durante nueve años, a Piñera y a los jueces rojos, que si ellos les desconocían las leyes a los militares (r), estaban contraviniendo el "estado de derecho" y que ese precedente podía servir en el futuro para después arrasar con toda la legalidad en Chile, nadie me hizo caso. No obstante ello, la derecha apoyó al destructivo Piñera para un segundo mandato, durante el cual no sólo ha continuado, sino que ha acentuado el desconocimiento del estado de derecho para los militares (r). Bueno, desde el 19 de octubre de 2019 las leyes han dejado también de imperar para los demás chilenos y, desde luego, para los inversionistas extranjeros como Walmart, que ha perdido parte de su millonaria inversión en Chile y cuyos supermercados no están a salvo, algunos están siendo saqueados y ni siquiera tienen perspectivas de poder funcionar, por falta de garantías.

En Chile reina el caos. Se sabe que la fuerza pública no tiene fuerza, pues no puede usar sus armas. No hay autoridad en Chile hoy. Luego, manda el lumpen. Se forman colas en todas partes, porque la gente ve que impera la ley de la selva y cree que vienen el socialismo y la escasez. Entra en pánico y se provee de lo esencial.

También la gran industria de lencería Kayser, en Renca, es destruida y saqueada impunemente ante nuestros ojos por la TV, tal como Walmart. En su interior perecieron cinco personas a raíz del incendio provocado por los saqueadores.
Ya van diez muertos. Saqueos en otras firmas automotoras, de telecomunicaciones y comerciales ocasionan pérdidas millonarias. 

¿Cómo creen ustedes que las bolsas internacionales van a acoger la anarquía y la ruina de tantas empresas en Chile? ¿Irá a seguir Piñera diciendo que el país es "un oasis" de tranquilidad en la región, cuando, con su medida de derogar el alza del pasaje del Metro ha iniciado la "argentinización" populista de la economía chilena? Ha emprendido la senda del populismo "a la Kirschner".

Acabo de ver a Piñera en La Moneda en mala compañía: con el presidente del Senado, "retroexcavadora" Quintana, éste felicitándose del triunfo de la Revolución y aprontándose para cambiar todo, partiendo por la Constitución, dijo, ahora de acuerdo con Piñera; y con otro destructor de la institucionalidad, el juez rojo Haroldo Brito, presidente de la Corte Suprema y gran activista de la prevaricación para meter ilegalmente presos a los militares.

La sociedad libre se prevé como la mayor víctima de este caos, junto al estado de derecho. Pues los triunfantes de la Revolución culpan "al modelo" y quieren cambiarlo por el "otro modelo", el socialista.

En realidad, la economía fundada en la libre iniciativa individual era el objetivo principal de la Revolución. Y casi todo el mundo ahora dice que la causa de la asonada roja es el descontento popular con el modelo de libertades. Eso es falso. El motivo de la asonada es la histórica vocación revolucionaria comunista de siempre, desde 1917 y 1973 hasta hoy, pasando por la "Revolución de la Chaucha" de 1949 y la asonada de 1957, reprimida ésta con tanques en las calles (aplaudidos por el público de Ahumada).  Esas dos veces lo gobiernos de González Videla e Ibáñez, más enérgicos, impusieron su autoridad. La fuerza pública actuó. Ahora no hay sentido de autoridad para hacer eso.

De modo que "el modelo" es el blanco a destruir. Pero no es el problema. El problema real es la violencia extremista impune. Esto no tiene visos de solución, porque no hay verdadera "fuerza pública" si ésta no puede emplear sus armas. Cualquiera puede insultar a un uniformado y apedrearlo, pero éste no puede responder, porque el Gobierno se lo prohíbe. Ya hay vecinos y locatarios armados defendiendo establecimientos comerciales del saqueo, porque la fuerza pública no lo hace. "Este gobierno ha sido inepto, manda a la comunidad a combatir con el lumpen", oigo decir a una vecina por TV. Los vecinos se enfrentan a los revolucionarios. Ni la fuerza pública ni el estado de derecho existen para efectos prácticos. 

Al contrario y como demostré en mi blog anterior, el comunismo revolucionario está millonariamente subsidiado por el Estado chileno y la dictadura judicial roja le ha añadido un financiamiento adicional, inventando delitos que dan origen a la condena de militares y a millonarias indemnizaciones para la guerrilla de 1973-1990. La Revolución Comunista, mediante el saqueo, el fuego y la violencia, apunta a destruir el modelo de sociedad libre. Y lo está consiguiendo.

Veo en las pantallas juntos a Piñera, a Quintana, el de la retroexcavadora, a Brito, el supremo gran prevaricador y al kerensky Flores anunciando al país de consuno que aunarán sus fuerzas para destruir el modelo. Desconocieron el estado de derecho a los militares y ahora se aprestan a derogarlo para el resto de la nacionalidad.

Sálvese quien pueda. Ya el estado de derecho chileno no se pudo salvar.