He sido autorizado para reproducir la siguiente carta, que se explica por sí misma:
HOMBRES QUE SALIERON A DEFENDER LA PATRIA
Señor Presidente de la República, don José Antonio Kast Rist:
Estos hombres juraron entregar la vida si la patria la reclamaba, y
no fue palabra hueca: cuando el país, al borde del abismo, los convocó
—eran los días en que las mujeres alzaban pañuelos blancos pidiendo
orden—, vistieron el uniforme y salieron a honrar, ante la bandera, la
palabra empeñada, exponiendo junto con la existencia propia la suerte
de sus familias. Y terminada su misión, en vez de retener el poder
prefirieron devolverlo, restituyendo la democracia bajo la cual hoy
gobierna V.E. y escribe esta abogada. Así retribuye la patria semejante
lealtad: esa generación languidece, olvidada, en los pabellones más
antiguos de nuestras cárceles, donde la República niega a sus servidores
hasta una muerte digna.
No vengo a discutir condenas: vengo a cobrar una deuda. Quienes
fueron escudo de la Nación pasaron a recibir trato de enemigos, y al
enemigo no se cuida: se deja morir despacio. Sobre el castigo dictado
por un juez cayó otro que nadie suscribió: la agonía sin auxilio, lejos de
la familia, como si la tierra defendida cobrara ahora la cuenta de su
propia defensa.
Las sentencias, además, provinieron de un procedimiento que
Chile enterró por indigno: inquisitivo, escrito y secreto, donde un
mismo juez investigaba, acusaba y fallaba, con un sumario oculto hasta
para la defensa. La reforma procesal vino a proscribirlo; estos ancianos
son los únicos a quienes el rito abolido todavía alcanza. No pido revisar
nada: dejo constancia. Juzgar sin garantías y abandonar al moribundo
no se archiva con los expedientes: permanece como una mancha
indeleble en la justicia chilena.
Esto tiene nombre, y lo vengo escribiendo hace años:
geriatricidio carcelario. La muerte anticipada de los presos más
ancianos, ejecutada sin un solo golpe: basta negar el auxilio que el
propio encierro vuelve imposible de procurar. Recluir a un hombre es
privar de libertad, no presenciar una agonía sin médico. Una pena que
excede lo fijado por el juez ya no es justicia: es venganza con toga.
Y no hablo en abstracto. En el recinto que concentra a los reclusos
más ancianos del país se hacina casi el doble de los internos previstos,
sin un médico de planta que acuda cuando un cuerpo de noventa años se
apaga de madrugada. La Corte Suprema ordenó corregir esas
condiciones; la orden sigue incumplida, y la población del pabellón ha
ido disminuyendo por la única puerta que allí se abre sin permiso: la de
la muerte. Octogenarios en su mayoría, algunos ya nonagenarios,
agonizan entre esas rejas, aquejados de un cáncer terminal que ninguna
enfermería carcelaria podría tratar. Ya no pueden seguir esperando.
La salida no es el perdón, sino la pena cumplida en el domicilio. El
enfermo grave permanece preso, condenado y purgando: apenas muda
los muros del penal por los del hogar, la soledad del pabellón por la
familia y un médico cercano. No se remite una hora. Se ahorra el
suplicio. Eso es todo.
Y conviene decirlo sin pudor: además de humano, es buen
gobierno. Un sistema penitenciario desbordado gasta en custodiar
moribundos las camas, el personal y las ambulancias que el resto de la
población penal reclama a gritos, sin provecho para la seguridad del
país. La conciencia y la razón de Estado, por una vez, apuntan al mismo
norte.
El derecho no permite esta salida: la ordena. Quien encierra
responde por la vida del encerrado —posición de garante, en la voz de la
doctrina—, y ese deber de cuidado, por mandato del artículo 24 de la
Constitución, culmina en el despacho presidencial. No pido a V.E.
dictar reclusiones domiciliarias: esa palabra pertenece a los tribunales.
Pero los caminos para que ningún interno siga expirando en el abandono
abundan en manos del Ejecutivo, y no los enumero: quien gobierna los
conoce mejor que esta abogada. Los tratados suscritos por Chile
mandan preferir, para el recluso enfermo, formas de cumplimiento
compatibles con la dignidad humana. Las vías existen. Falta la
voluntad.
Si nada ha ocurrido, no es por ausencia de norma, sino por una
indiferencia vuelta costumbre: la de suponer que ciertas vidas, por el
pasado que cargan, ya no merecen cuidado. Hay una crueldad peor que
la del enemigo: la de la Nación que abandona a sus defensores. Chile
rindió siempre honores a sus caídos; a los sobrevivientes de aquella
generación hoy los deja extinguirse tras las rejas, sin más himno que el
silencio. Un soldado sabe morir de pie; ninguno merece pudrirse en una
celda mientras la tierra por la cual iba a caer mira hacia otro lado. La
dignidad ni se gana con la hoja de servicios ni se pierde con la condena:
dura lo que dura el hombre.
Hablo sin rodeos, señor Presidente. La responsabilidad reside en
su investidura, y cada semana de silencio no es un trámite: es una
decisión. Gobernar no es administrar la demora, sino firmar cuando el
deber lo exige, aunque vociferen los que jamás han cuidado a nadie.
Suya fue, alguna vez, la máxima de que nadie merece morir en la cárcel;
esas palabras siguen aguardando dueño. La historia no preguntará por
informes ni cálculos: preguntará cuántos perecieron mientras la firma
esperaba.
No invoco clemencia: exijo el pago de una deuda de la República.
Que los ancianos gravemente enfermos y los desahuciados que se
consumen tras los muros concluyan la pena en el hogar, atendidos,
como el derecho ya autoriza. Chile no puede exigir juramentos de
sangre a sus hijos y negarles después el lecho de la última hora.
A quienes acudieron al llamado de la patria y devolvieron el poder
en lugar de retenerlo, la República adeuda, cuando menos, un final sin
olvido ni celda, al amparo de la bandera que juraron. Sobrellevar la
condena toca a quien la recibe; impedir que se vuelva pena de muerte
encubierta, al Estado que la dictó. Lo primero ya ocurre. Lo segundo
aguarda una firma. Ellos ya no tienen tiempo; la pluma, señor
Presidente, sigue sobre su escritorio.
Carla Fernández Montero
Abogada
Hola Hermogenes, que fuerte esa Carta-
ResponderEliminarYo entiendo la carta de la abogada como un potente alegato ético y jurídico que exige que el Estado cumpla su deber de garante con personas mayores y gravemente enfermas bajo custodia, evitando que la pena se transforme en una muerte encubierta por abandono-
Fko- Entendiste bien.
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