Revisando
ediciones pasadas de este blog, en el cual está contenida la historia del
gobierno de Sebastián Piñera (pienso hacer un libro con ellas, para ponerlo a
disposición de los historiadores de ese V Gobierno de la Concertación) me llamó
la atención un comentario de fines de 2011, donde me refería a las peticiones
de “la calle” sobre educación, que eran tres: fin del lucro, fin del
financiamiento compartido y prohibición de la selección de alumnos. Es decir,
exactamente los tres pilares de la política educacional anunciada por el ministro
Nicolás Eyzaguirre.
La voz
de “la calle” convertida en política educacional del Gobierno. No puede ser una
perspectiva más desastrosa. Primero, porque terminar con el lucro supone
impedir que haya gente que emprenda proyectos educacionales y se gane la vida
en eso. ¡Qué pérdida de posibilidades y capacidades para la enseñanza en el
país! Y, además, prohibir el lucro es inconstitucional, porque la Carta
garantiza la libertad de enseñanza y también la libertad de trabajar con una
justa retribución. Es decir, la política de “la calle”, hecha suya por
Eyzaguirre, atropella ambas garantías individuales. ¡Qué falta le hace al país
un Poder Judicial de verdad! Si lo hubiera, se podría recurrir contra esos
atropellos a los derechos de las personas. Pero todos sabemos lo que nuestra justicia de izquierda hace con las leyes.
Es verdad que inicialmente la
persecución contra el lucro se limitará a los colegios particulares
subvencionados que reciban fondos estatales, y, desde luego, a las
universidades, que según una desafortunada ley de tiempos del Gobierno Militar (ley también
inconstitucional), prohibió el lucro en
esas instituciones de educación superior.
Bueno, como siempre las
revoluciones socialistas van por etapas, sería muy raro que, liquidada la
enseñanza particular subvencionada, después “la retroexcavadora” no echara
abajo también la particular pagada no subvencionada.
Pero,
además, el “no al lucro” es un disparate, porque la mejor educación la entregan
en Chile los colegios privados, muchos de los cuales tienen fines de lucro y cuyos
alumnos igualan los logros de los de países desarrollados. Y los segundos
mejores establecimientos son los particulares subvencionados, entre los cuales
muchos tienen fines de lucro. A éstos acuden un millón 200 mil alumnos, no
pocos de los cuales han abandonado los gratuitos de la enseñanza estatal (hoy
municipal), cuya matrícula ha caído.
En
seguida, el gobierno de “la calle” demanda poner fin al financiamiento
compartido, para impedir que las familias mejoren, aportando recursos propios,
la educación de sus hijos en los establecimientos subvencionados. Póngase
atención: quieren evitar que se mejore la enseñanza. ¿Qué sucede si usted evita
que algo mejore? Lo obvio, que seguirá mal o empeorará. ¿Es esto racional? Por
supuesto que no, pero ¿de cuándo acá la mayoría de los chilenos (y tal vez de
muchas otras nacionalidades) es racional? Recuérdese que una mayoría popular
indubitable eligió crucificar a Cristo y liberar al peor asesino de su tiempo,
Barrabás.
Y,
finalmente, “la calle” y su ejecutor Eyzaguirre prohibirán seleccionar alumnos.
¡Adiós, colegios de excelencia! ¡Adiós, Instituto Nacional! Un monumento histórico
de nuestra cutura derribado por la retroexcavadora socialista. ¿Alguien se
imagina cómo sería el fútbol profesional si se prohibiera seleccionar
jugadores? No habría un Barcelona. Los jugadores de ese club habrían sido
contratados, supongo, por sorteo o por orden de llegada, donde seguramente los
más malos llegarían más temprano para copar las plazas que saben no podrían
alcanzar por capacidad. Messi se habría ido a jugar a un país con más
desigualdad.
¿Y todo
esto para qué? Para que todos los tontilandeses seamos iguales, como en los
paraísos de Cuba o Afganistán. Pero les tengo una mala noticia: donde hay más
igualdad la gente es más infeliz. ¿Por qué? Porque tiene menos plata. La
desigualdad genera más riqueza para todos. En las economías desiguales todos
los tramos de ingreso ganan más que los mismos de las igualitarias. Es el caso
de los Estados Unidos comparados con Europa. En los primeros la gente es más rica
y también más feliz, según un índice publicado en la página web de la OCDE:
índice 7 versus índice 6,6.
Burundi, en África, es tan
igualitario como el que más de Europa, pero allí sólo el dos por ciento de la
gente tiene electricidad, según un reciente estudio publicado por Libertad y
Desarrollo, y no se siente muy feliz.
Bueno,
la calle manda, Eyzaguirre ejecuta y Chile “con su pan se lo coma”.