La abogada penalistqa chilena Carla Fernández Montero, la primera en someter a proceso penal a un ministro sumariante de exmilitares prevaricador, ha escrito dos cartas abiertas insólitas que han despertado interés, tanto que numerosas personas me han pedido que se las reenvíe. Están dirigidas a Juana de Arco y a Tomás Moro y he resuelto ponerlas en este blog de fácil acceso.
Las reproduzco con autor4ización de la autora, naturalmente
CARTA A JUANA DE ARCO
Querida Juana:
Vuelvo a escribirte, y esta vez de noche, que es cuando las cartas
dicen la verdad. Quiero ser honesta desde la primera línea: no te escribo
por mí. Soy apenas la mano que sostiene el lápiz, y una mano poco vale.
Quien te busca es una causa. Las causas que de veras importan hacen
eso: llaman solas, con una voz que no se puede fingir, y una aprende,.
con los años, a no taparles la boca. Esta lleva meses llamando.
Perdóname si se me quiebra un poco la letra.
Antes de contarte, déjame recordarte en pocas líneas, no porque lo
hayas olvidado, sino porque necesito poner tu historia junto a otra. Eras
una niña de campo. No sabías leer ni escribir; apenas habías aprendido a
dibujar tu nombre, con la letra temblorosa de quien copia una figura que
no comprende. Tenías diecinueve años el día en que todo terminó:
cualquiera de los hombres por quienes hoy te escribo podría ser tu
abuelo. Te sentaron sola frente a los letrados más ilustres de tu siglo, en
un tribunal donde quien dirigía la investigación era el mismo que
dictaría la sentencia, en un proceso hecho de actas y de interrogatorios a
puerta cerrada, con el final resuelto desde antes de la primera pregunta.
No tuviste defensor. Ni siquiera pudiste leer de qué te acusaban. Y
cuando la trampa terminó de cerrarse, te llevaron a una plaza y te
quemaron viva delante de todos. Dicen que repetiste el nombre de Jesús
hasta que la voz se te apagó. Después arrojaron tus cenizas al río, para
no dejarte siquiera el consuelo de una tumba.
Ahora déjame decirte por qué vuelvo a molestarte.
Conozco a unos viejos que se te parecen. Sé que dicho así suena
extraño, y te pido paciencia, porque el parecido no está donde una lo
buscaría primero. Está en lo que duele.
Son ancianos de ochenta y de noventa años, algunos más. Están
presos en mi tierra. No voy a alegarte sus causas ni a discutir sus
expedientes: para eso existen los tribunales, y allí se debate lo que
corresponda, con sus reglas. Te escribo de lo otro. De la parte que los
fallos no cuentan: los cuerpos rendidos, las esperas largas, la manera
callada en que se apaga una vida cuando ya nadie la mira.
A ellos los juzga, todavía hoy, un código de 1906. Un
procedimiento inquisitivo, hermano del tuyo en lo esencial: escrito,
secreto en su etapa decisiva, donde un mismo juez indaga, acusa y
resuelve. Chile entero decidió hace un cuarto de siglo que esa forma de
juzgar no era digna de un ser humano, y la cambió para todos. Para
todos menos para ellos. El traje que nadie más quiso ponerse quedó
guardado para los más viejos.
Tú no sabías leer; ellos ya casi no pueden. A unos se les gastaron
los ojos, a otros la memoria se les fue de a poco y ya no reconocen ni su
nombre en la carátula. A ti te ataron las manos; a ellos los ata la edad,
que es una soga más paciente. Bastones, andadores, sillas de ruedas, y
una sordera que convierte cada audiencia en un rumor lejano que
alguien les explica después, si queda tiempo. Enfrente, un aparato
entero: sumarios sin fin, resmas de papel, funcionarios que se relevan
por turnos, mientras ellos no tienen más turno que el de seguir
envejeciendo. Es la contienda más despareja que me ha tocado
presenciar, y no han sido pocas. Hay días en que salgo de esas visitas y
me quedo un rato en el auto, sin encender el motor, porque hay cosas
que se lloran a solas antes de volver a casa.
Y está la hoguera. A ti te quemaron en una tarde, delante de todos.
A ellos los queman despacio, sin fuego y sin plaza. Basta una celda
helada en invierno, un pabellón hecho para noventa donde duermen más
de doscientos, y la paciencia de los años haciendo el resto. Esa brasa
lenta no ilumina nada ni escandaliza a nadie; no deja crónica ni cenizas
que arrojar al río. Deja una cama que amanece vacía, una frazada que
alguien dobla sin decir palabra, un nombre que se borra de una lista. Por
eso resulta más cómoda que la tuya: se puede mirar hacia otro lado sin
sentir el calor.
Hay un personaje de tu historia en el que pienso más que en los
reyes y los obispos juntos: el soldado inglés que, cuando pediste una
cruz, partió dos palos, los ató y te los tendió. La besaste, y te la apretaste
contra el pecho. Él era del bando que había prendido la pira. No
preguntó si eras culpable o inocente, no exigió leer la sentencia, no
consultó con nadie. No podía apagar aquel fuego, así que hizo lo único
que estaba a su alcance: que no murieras sin un gesto de ternura al lado.
Esa es la bondad de la que quiero hablarte, la única que vale la pena
defender: la que no toma declaración antes de compadecerse. La piedad
que primero exige un certificado de inocencia no es piedad; es cálculo
con buenos modales. Y hubo algo más aquella tarde: hasta tu propio
verdugo entendió lo que los jueces se negaron a ver, y confesó, años
más tarde, que temía haberse condenado por haber quemado a una
santa.
Alguien que pasó años entre rejas escribió que a una sociedad se la
conoce entrando en sus cárceles. Yo entro seguido. He visto a hombres
llamar a una esposa que murió hace años, sin que nadie tenga el valor de
recordárselo. He visto a ancianos peinarse con esmero para una visita
que no llega, y peinarse igual a la semana siguiente, porque la esperanza
es lo último que envejece. He visto guardar, bajo la almohada, un
caramelo para un nieto que ya no viene. Nada de eso absuelve ni
condena a nadie; solo pregunta, muy bajito, qué clase de gente
queremos ser quienes estamos afuera.
Por eso esta carta es también una arenga, aunque la diga en voz
baja, que es como se dicen las cosas serias. Que nadie muera en una
celda sin que alguien haya preguntado por él. No pido más que eso, y no
pienso pedir menos. Una ley que este país declaró indigna para todos no
puede seguir bastando para unos pocos. Y la vejez extrema desarma
cualquier coartada: castigar a quien ya no comprende el castigo no
corrige nada, no protege a nadie, no repara nada. Solo demuestra que se
podía. Y un país que necesita probar su fuerza sobre un hombre de
noventa años no está mostrando fuerza: está mostrando el tamaño de su
corazón.
A ti te absolvieron veinticinco años tarde, cuando ya eras ceniza
disuelta en el río. Pero deja que te cuente cómo empezó esa justicia, por
si no alcanzaste a verla desde donde estás: la empezó una anciana. Tu
madre, Isabelle, que nunca dejó de preguntar por ti. Un día de
noviembre, vencida por los años pero no por el dolor, cruzó las puertas
de la catedral de Notre-Dame, en París, con una súplica entre las manos.
Y ante los jueces del Papa dijo, con la voz rota, que había tenido una
hija; que la hizo bautizar; que le enseñó a rezar como pudo; y que venía
a pedir una sola cosa: que le devolvieran su nombre. Lloró. La sala
entera lloró con ella, y cuentan las actas que al final el clamor era de
todos. Meses después, otro tribunal anuló la sentencia y dejó escrito que
aquello no había sido derecho. ¿Te das cuenta, Juana? La niña que
apenas sabía dibujar su nombre lo recuperó entero, y se lo devolvió una
vieja. Por eso no creo en las causas perdidas: la historia vuelve, tarde
pero vuelve, y a veces regresa del brazo de los ancianos. El día que le
toque asomarse a esto que te cuento, quisiera que encontrara al menos
una cosa: que hubo quien no se acostumbró. Que mientras el fuego lento
seguía ardiendo, hubo manos ocupadas en armar cruces con dos palos.
De mí no te digo casi nada, porque casi nada hay que decir. No
oigo voces, no gano batallas, no me espera ninguna plaza. Escribo
papeles, golpeo puertas de juzgados, pierdo más veces de las que gano y
vuelvo igual al día siguiente, porque la causa llama y no acudir sería
peor que perder. Tú cargaste un estandarte en Orleans; yo cargo una
cartera con expedientes. No se comparan, lo sé. Pero los días en que la
carga pesa demasiado me acuerdo de ti, y de tu madre, y pesa un poco
menos.
Ya es de madrugada y esta carta debiera terminar, pero ni la pena
ni el aguacero me dejan soltarla. Llueve sobre Chile como hacía
décadas que no llovía: diez regiones en emergencia, medio millón de
hogares a oscuras, calles vueltas ríos, marejadas mordiendo la costa.
Los noticieros hablan de estragos, y no exageran. Pero oyendo el agua
contra la ventana pienso en los otros estragos, los callados, esos que
ninguna cámara recorre: los que este mismo invierno comete, gota a
gota, dentro de un pabellón donde el frío nunca ha sido noticia. Para los
techos caídos ya salieron cuadrillas; para esas celdas no ha llegado
cuadrilla en años. El hombre que hoy cumplía noventa años ha de llevar
horas dormido, si el temporal lo deja. No sé si alguien le cantó. No sé
siquiera si él se acordó de que era su cumpleaños, o si prefirió callarlo,
como callan tantas cosas los que ya no quieren incomodar. Noventa
años, Juana. Alcanzó a ser niño y a correr por alguna calle de tierra;
aprendió un oficio, se enamoró, meció hijos, conoció nietos. Una vida
entera, con sus veranos y sus duelos, cabe ahora en un catre angosto y en
esa lista donde su nombre espera turno para borrarse.
Y hay un pensamiento que no me deja cerrar los ojos: ese hombre
también fue el niño de alguien. También a él una madre lo hizo bautizar,
le enseñó a rezar como pudo, le veló las fiebres, le cantó para dormirlo.
Esa mujer murió hace mucho, sin sospechar que su niño iba a envejecer
tras una reja y a irse de a poco, sin nadie que preguntara por él. Si
viviera, haría lo que hizo la tuya: cruzaría todas las puertas quecieran
falta, con una súplica entre las manos y la voz rota, a pedir por su hijo.
Como ya no puede, nos toca a los demás. Por eso escribo cartas a
medianoche, Juana: porque en alguna parte hubo una mujer que le cantó
a ese hombre para hacerlo dormir, y no me resigno a que se duerma por
última vez sin que alguien le haya vuelto a cantar, aunque sea con la voz
que tienen los papeles.
Así que te pido un último favor, y perdóname el atrevimiento. Si
una de estas noches, en ese pabellón o en otro, a alguno de estos
hombres le llega su hora y ninguno de nosotros alcanza a estar, no lo
dejes irse solo. Siéntate en la orilla de la cama, como se habría sentado
su madre. Tómale la mano hasta que se le pase el miedo. Quédate, como
se quedó contigo aquel soldado: sin poder salvarte, pero sin permitir que
la muerte te encontrara lejos de la ternura.
Descansa, Juana. Dale un abrazo a Isabelle de parte de esta
desconocida que le debe una lección. Mañana, a primera hora, voy a
preguntar por el hombre del cumpleaños, y por los demás. No es mucho,
ya lo sé. Pero así empezó, hace casi seiscientos años, la justicia que te
devolvió el nombre: con alguien que preguntó. Los viejos de mi tierra
también esperan eso, sin decirlo. Eso, y que alguien, llegada la hora, les
arme una cruz con dos palos.
Con la certeza de que ninguna hoguera ha sido jamás la última palabra,
CARLA FERNÁNDEZ MONTERO
Abogada
Derecho Penal-Penitenciario
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CARTA A TOMÁS MORO
Abogado de Londres, canciller de Inglaterra, decapitado en Tower Hill el 6 de julio de 1535
Señor Moro:
Le escribe una abogada del fin del mundo, de una tierra que en su
tiempo aún no figuraba en los mapas. Traigo un encargo. Más de
cuatrocientos ancianos, presos en cárceles de este país, desean
confiarle su defensa. Ninguno alcanzará a estrecharle la mano: hace
casi quinientos años que descansa. Ellos lo saben. Y aun así lo eligieron.
Han cumplido más de quince años tras las rejas; algunos, más de
treinta y cinco. Tuvieron abogados, y buenos. No les falta defensa: les
falta un defensor que no se haya rendido a la costumbre de lo injusto.
Recorrieron cinco siglos de tribunales en su busca. Encontraron uno
solo. Subió al cadalso el seis de julio de mil quinientos treinta y
cinco.
Conoce el encierro, y no de oídas. Catorce meses habitó la Torre.
Sabe cómo se enquista la humedad en las piernas de un enfermo, cómo
suena un cerrojo a medianoche, cuánto pesa un invierno entero sin una
carta. Al final le arrebataron hasta la tinta, y a su hija le escribió con un
trozo de carbón. Estos ancianos llevan treinta inviernos de ese mismo
frío. Quien no lo ha respirado no comprende el expediente.
Fue juez, además, de una estirpe ya extinguida. Al frente de la
Cancillería vació la agenda de causas: una mañana reclamó la siguiente
y le respondieron que no restaba ninguna pendiente. Londres lo celebró
en verso. Los míos, en cambio, litigan bajo un código de mil
novecientos seis, donde un solo magistrado indaga, acusa y condena, y
los recursos encanecen al compás de sus propios recurrentes. Un juez
que midió el precio de una sola jornada podría, por fin, enseñarle a
esta justicia cuánto vale una jornada a los noventa años.
Pero la razón última pesa más que todas las anteriores. Tenía el
reino rendido a sus pies y lo entregó completo en lugar de firmar una
mentira. Una palabra bastaba —un juramento— para conservar la casa,
el cargo, la cabeza. Prefirió callar. Escogió la celda sobre el privilegio y
el hacha sobre la complicidad, porque lo comprendió mucho antes que
su siglo: por encima de la fidelidad al rey existe otra más honda, la del
hombre con aquello que reconoce como justo. Esa lealtad, y no la
destreza, es lo que aquí se reclama.
La contraparte le resultará conocida, pues la retrató en Utopía: el
poder que primero engendra el abandono y castiga después sus frutos.
El nuestro refinó el arte. Recibe a un hombre bajo custodia, jura
protegerlo, lo desatiende, y rubrica el desenlace como muerte natural
por la edad. También a usted lo condenó un falso testimonio; dijo
entonces que le dolía más aquel perjurio que su propio peligro. Habría
que grabar la frase en los frontispicios de un país en que el tiempo,
llamado a ablandar el juicio sobre un anciano, se blande en su contra.
Sabe igualmente lo que ocurre del lado de afuera, donde la pena se
cumple de verdad. Margaret, su hija, rompió el cordón de guardias que
lo devolvía a la Torre, se abrió paso a empujones y lo abrazó frente al
gentío; los soldados lloraron, y así consta. Las hijas de mis defendidos
no pueden romper cordón alguno: envían cartas, y las cartas se
responden tarde, o nunca. Una rogó en mayo el traslado de su padre
agonizante; la contestación tardó cincuenta y cinco días en señalarle
otra ventanilla. Y hubo esposas que murieron aguardando el
reencuentro: el permiso para despedirse llegó con la novia de toda una
vida ya bajo tierra.
No le oculto el escollo: lleva cuatrocientos noventa y un años
muerto, y ningún colegio matricula difuntos. El reparo es menor. En
esta tierra, un código muerto, abolido por indigno, todavía dicta
condenas. Si un código difunto aún condena, un abogado difunto
bien puede defender. Sería apenas la segunda irregularidad del
proceso; la primera, en favor de los reos.
El poderdante, se lo advierto, es impaciente. No por
temperamento: por calendario. La nómina de los cuatrocientos mengua
sola, mes a mes, sin que se firme un traslado ni un indulto. Cada
semana de espera, alguno falta al recuento de la mañana. Y no
porque haya recobrado la libertad.
Déjeme evocar su final, pues es él quien lo hace irreemplazable.
Halló mal montado el patíbulo y pidió que lo ayudaran a subir: del
descenso, dijo sonriendo, ya se ocuparía por su cuenta. Perdonó al
verdugo aun antes de que alzara el filo, le suplicó que no temblara al
cumplir su oficio y le advirtió, con una ternura difícil de sostener, que
apuntara bien, que tenía el cuello corto. Apartó su propia barba sobre el
tajo, pues ella no había cometido traición. Y se despidió del mundo con
seis palabras que lo resumen entero: moría siendo buen siervo del rey,
y de Dios antes que de él.
Ahí reside el enigma que estos ancianos le entregan. Sirvió al rey
hasta el filo mismo de lo justo, y ni un paso más allá. A ellos se les exige
lo contrario: permanecer leales a un Estado que dejó de serles leal. No
invocan aquí su inocencia, y nadie lo lea como rendición: un
procedimiento que hizo del juzgador su propio acusador jamás les
concedió el modo de acreditarla. Los hay inocentes, y el sistema se
ocupó de que nunca pudiera saberse. Esta carta no viene a reabrir esa
herida. Piden algo más pequeño, y mucho más difícil de otorgar.
Usted tuvo, en su hora última, una mano que apretar y un nombre
en los labios. Le escribió a Margaret la víspera que nunca había amado
tanto su cariño como en el beso final. Tuvo despedida. Tuvo un rostro
conocido inclinado sobre el suyo. Tuvo, incluso, quien recogiera su
cabeza del puente y la guardara para enterrarla junto a la propia.
Estos hombres se apagan sin nada de eso. Mueren de madrugada,
en un pasillo, y el último semblante que alcanzan a distinguir es el de un
guardia que ignora sus nombres. A ninguno le sostienen la mano. Ante
ninguno se pronuncia, en voz alta, el nombre completo con que vinieron
al mundo. Entraron con nombre. Los están sacando con número.
Acepte el caso, señor Moro. Trabaje como trabajó en la
Cancillería, hasta la mañana en que pida el expediente siguiente y le
respondan que no queda ninguno. Que ese día signifique que todos
regresaron a casa —a una cama sin candado, a un nieto sin horario
de visita, a una puerta sin número— y no lo otro, que también vacía
la lista, pero en silencio, y de a un nombre por vez.
Hay en este encargo algo que ningún expediente consigna, y
conviene decírselo. Estos hombres no le piden que los arranque de la
muerte: a esa ya la miran de cerca, y sin espanto. Le piden que no los
dejen morir dos veces. Una, en el cuerpo, cuando le llegue la hora. Otra,
antes, la tarde en que descubran que su suerte ya no le importa a nadie.
Mientras quede quien los recuerde y los defienda, esa segunda muerte
no llega. Para eso escribo. Y si usted no tomara el caso, lo tomaré yo
sola, con su vida entera por toda jurisprudencia.
Quedo esperando su respuesta con una fe que este siglo no merece. Y si
demora, como aquí demora todo, tenga la certeza de que insistiré. Con
tinta, mientras quede. Y con carbón, si llegara a faltar.
Santiago de Chile, julio 2026.
CARLA FERNÁNDEZ MONTERO
Abogada
Derecho Penal-Penitenciario
carlafernandezabogada@gmail.com - +56993297791
Como que mucha fantasía la de la "abogada"....
ResponderEliminarAhora escribale una carta al viejo pascuero par ver si le contesta....
Extraordinario don Hermógenes.
ResponderEliminarGracias por publicar las cartas.
Imagínese que Suecia recién está abriendo los expedientes de los "exiliados desaparecidos".
"Los datos apuntaban a que Vera habría logrado escapar al vecino país por la cordillera, "junto a un grupo de personas". En 1978, habría obtenido un permiso de residencia en Suecia; en 1984 se convirtió en ciudadana de ese país, y en 1999 habría retornado a Argentina."
¿Dónde habrán enterrado sus AK47?