Hoy en carta al diario un señor propone suprimir “malas palabras”
en el lenguaje actual, por contravenir el sentir general. Entre ellas menciona
el Transantiago, el lucro y el contexto.
Pues bajo la presente dictadura del “No” es de mal gusto hablar
de eso. Ni siquiera se puede nombrar a Pinochet. Piñera echó al director
del Museo Histórico por mencionarlo en una exposición. Chile es como el Café
Torres, que en uno de sus muros tiene el listado de los Presidentes, pero entre
1973 y 1990 no figura ninguno. El encargado del local explica que “las víctimas
de violaciones a los derechos humanos” han amenazado con incendiarlo si llena
el blanco. Es “el Chile que tenemos”.
Un diario destaca hoy como figura llamativa a la diputada
Camila Flores, que se declara admiradora de Pinochet. Es que es
única, no ya sólo en el centro y la izquierda, sino en la derecha, pues a estas
alturas los más publicitados exponentes de ésta recitan de memoria en sus declaraciones
la letanía comunista sobre las “violaciones a los derechos humanos”.
Pero
evitarlas fue una preocupación del gobierno militar, partiendo por la Circular
N° 1 de la Junta, del 7 de enero de 1974, luego reafirmada por la Circular N° 22
del Ministerio del Interior, de 25 de enero de 1974, prohibiendo las
detenciones ilegales; la Circular Confidencial del 15 de febrero de 1974 del
Director de Carabineros, todas con instrucciones precisas de respetar a las
personas y evitar excesos. Para evitar las violaciones a los derechos humanos se
dispuso después la supresión de la DINA y se dictó el decreto prohibiendo a la CNI practicar
detenciones.
¿Qué
no todos obedecieron las órdenes? Pero si estamos en Chile, donde no pueden
instalar fotorradares porque nadie respeta los límites de velocidad y tiene que
haber rejas en los estadios para que no agredan al árbitro o a los jugadores.
En Inglaterra no hay. Pero incluso allá acusaron a los gobernantes de violar los
derechos humanos en Irlanda del Norte (¿vio “En el Nombre del Padre”?).
El
“contexto” acá era que entre el 11 de septiembre y el 31 de diciembre de 1973,
cuando se produjo el 57 % de las muertes del enfrentamiento 1973-1990 entre
militares y guerrilla, todos los políticos, salvo los marxistas, apoyaban la represión.
Frei declaraba al ABC de Madrid que los militares habían salvado a Chile,
Aylwin denunciaba el autogolpe totalitario que se proponía Allende y se negaba
a condenar la acción uniformada “desde detrás de un escritorio, porque ellos
están recibiendo el fuego”. Y el ministro Retamal, de la Corte Suprema, le
decía al mismo Aylwin que había que dejar a los militares hacer el “trabajo sucio”,
pues “los extremistas nos iban a matar a todos”, cosa que el propio Intendente
marxista había anunciado (“habría que masacrar a todos esos viejos momios”).
En ese
contexto los procesos de la FACH y de la Armada revelaron que la izquierda iba
a dar en ambas, antes del 11, sendos golpes para descabezar a la oficialidad.
En el mismo
“contexto” el terrorismo asesinaba militares como el coronel Roger Vergara, el
Intendente Carol Urzúa y sus escoltas, los del general Sinclair y los del
general Pinochet, amén de los carabineros tripulantes de buses y de pasajeros
del metro y transeúntes muertos por
bombas de terroristas que, además, quemaban con ácido a pasajeros de la
locomoción. En ese mismo contexto hubo 70 muertos en Queronque por un atentado
ferroviario del MIR en que participó un hoy ex senador, atentado que dejó al
tren con una sola vía, lo que provocó un choque de trenes. Un mirista cómplice
del ex senador, Wladimir Díaz, pidió perdón por las consecuencias del atentado
en carta a “La Tercera” de 3 de julio de 1999.
Se reunió
antes del último 11 una mesa de “leales” para conmemorar este año la fecha con otra
publicación, como las dos páginas de diario con retratos de los 47 uniformados
asesinados por el terrorismo de extrema izquierda entre 1978 y 1986, que publicamos
en “La Tercera” en 2016. Pero esta publicación suscitó una contramanifestación
de periodistas de izquierda del único diario que se atrevió a reproducir sus
propias páginas de 1986, si bien censuradas. “Nunca más contexto”, dijo entonces
su dueño.
En
vista de eso el año pasado sacamos una separata memorable en “El Mercurio”,
partiendo con Frei ’73 cuando decía: “¡Esto se arregla sólo con fusiles!”. Pero
este año ya no pudimos publicar nada. Es que el contexto ha pasado a ser una
mala palabra.
Me quedé
con 50 páginas sobre Plan Z, terrorismo, la Junta velando por los derechos
humanos, sus ministros y el presidente de la Corte Suprema visitando
campamentos de detenidos para velar por el buen trato, el ningún papel del gobierno
en crímenes como los de la comitiva de Arellano, dirigentes comunistas del
FPMR, Letelier o caso “Quemados”; la inexistencia de una política de exilio
(fueron conmutaciones de penas a condenados), el millón de muertos que prometía
el Comandante Pepe a Nena Ossa si triunfaba su revolución o los cinco años y un
día con que la justicia de izquierda del siglo XXI condenó al carabinero
Primitivo José Castro por haber muerto en 1974 en Talca a un extremista que intentó
dispararle con un fusil que se atascó y que
llevaba una caja con cargas de dinamita exudada, hecho que mereció la
felicitación de sus superiores y que fue sobreseído el mismo 1974 por la
justicia y además amnistiado y prescrito. Puro contexto.
Pero al
final este 11 no publicamos nada y me quedé con mis 50 páginas para cuando termine
la dictadura del “No”, el contexto deje de ser una mala palabra y yo o mis
herederos nos atrevamos a publicarlas para un futuro 11 bajo un gobierno del “Sí”
de José Antonio Kast, que está muy bien
aspectado para ganar en 2021 y nos permitirá dejar atrás esta larga noche del “No”
y de la prohibición de todo contexto.