Cada
vez más gente lo dice espontáneamente. El principal problema de todos es la
delincuencia, que hoy los atemoriza en todo lugar y a toda hora. El Gobierno
Militar le aplicaba mano dura y por eso había paz en los campos y ciudades, y
la gente vivía tranquila, salvo por atentados del brazo armado comunista. Claro, el mayor número de víctimas era el de uniformados. Eran el escudo de los
civiles. No sabían lo malagradecidos que éstos podían llegar a ser. Por eso los adversarios de ese gobierno triunfaron en las elecciones y consagraron
leyes en favor de los delincuentes y terroristas, junto con dedicarse a
desconocer las garantías legales básicas de quienes los combatieron,
encarcelando a éstos ilegalmente. Hoy la delincuencia goza de defensa gratuita,
mientras sus víctimas deben financiársela por sí mismas. Los que combatieron el
terrorismo llenan la cárcel donde se les ha confinado y contribuyó a hacinarlos todavía más Piñera. Son presos políticos, porque se les condena –esto lo confesó un juez en
la TV— en virtud de una “ficción” y no de un delito probado; y también de una
ley posterior a los hechos que se les imputa, violando la norma constitucional
que dice: “Ningún delito se sancionará con otra pena que la que señale una ley
promulgada con anterioridad a su perpetración”. Pues los supuestos “delitos de
lesa humanidad” sólo se tipificaron en Chile por ley de 2009. En fin, los
procesan ministros sumariantes que, amén de ser izquierdistas redomados, fueron
suprimidos como tales por la ley 19.665 del año 2000, lo que también contribuye
a la ilegalidad de los juicios. Por eso son presos políticos. Bajo el Gobierno
Militar los jueces fallaban en derecho y no había presos políticos.
Eso
sin contar con los 300 millones de
dólares anuales que el erario paga en pensiones, salud, educación e
indemnizaciones al extremismo de izquierda, en virtud de sucesivas leyes que lo
compensan por habérsele privado del ”derecho” a tomarse el gobierno por las
armas y establecer el marxismo-leninismo.
¡Qué
buenos eran los tiempos donde los carabineros podían detener a los sospechosos
y, tras una aleccionadora charla en la comisaría, dejarlos convencidos de no
volver a merodear por su sector! ¡Los vecinos caminaban por las calles y vivían
tan tranquilos! Ahora los únicos tranquilos son los maleantes, sabedores de que
ningún juez los dejará presos.
Y en 1989, último ejercicio del Gobierno Militar, el país
creció 10,6%. El año pasado creció 1,9%. A aquél ritmo el ingreso per cápita de
los chilenos podía doblarse en cinco años; al actual, en 37 años. “La mejor
reforma tributaria es el crecimiento”, declaró un dirigente empresarial en un
foro del jueves. Lo que el gobierno quiere recaudar para sus (malas) reformas
lo podría haber conseguido mucho más rápidamente si el crecimiento hubiera sido
el de 1989 en lugar del de 2014.
A comienzos de 1990 el desempleo había bajado a poco más
del 5%, según cifras del Banco Central de ese año. ¿Cómo lo había conseguido el
entonces ministro de Hacienda, Hernán Büchi? Congelando el salario mínimo
obligatorio, fijación de precio culpable del desempleo de los más jóvenes y los
más viejos; bajando el impuesto a las empresas a una tasa del 10% y liberando
de todo tributo a las utilidades no retiradas. Eso solo era capaz de generar un
salto en la producción y el empleo. Y los generó.
Además, se establecieron incentivos adicionales para crecer
más, que los gobiernos posteriores fueron derogando, y por eso crecieron cada
vez menos: Frei menos que Aylwin; Lagos menos que Frei; Bachelet menos que
Lagos; y si el V gobierno de la Concertación, el de Piñera, no creció menos que
el IV, fue porque Velasco hizo una inyección de gasto público sin precedentes
(16,5% de aumento en 2010), lo que generó 500 mil empleos más en dicho año (la
mitad del total que se autoatribuye Piñera) y un crecimiento del 5,8% en 2011, que las
malas políticas del mismo Piñera (aumento de impuestos y creación de burocracia
mediante nuevos ministerios) hicieron disminuir en 2012 y 2013, iniciando el declive
que ha continuado la actual administración.
La pobre gente que espera cinco años en la salud pública
por una intervención quirúrgica no sabe que se ha aumentado el respectivo gasto
de manera desorbitada. El Gobierno Militar había creado las Instituciones de Salud
Privadas (isapres), que habrían sido extensivas a todos si después no las hubieran
atacado y desalentado desde que la centroizquierda llegó al poder y que ésta
ahora, aliada con los comunistas, quiere destruir. Con isapres para todos y
repartiendo el dinero en “vouchers” para que los más pobres pudieran atenderse
en el sector privado, en lugar de darle el dinero a una burocracia insaciable,
como se ha hecho, la atención de salud sería hoy mucho mejor para la gran
mayoría de los chilenos.
Y la izquierda está terminando con el progreso educacional
iniciado bajo el Gobierno Militar, que le dio un gran impulso a la libertad de
enseñanza. Si ese gobierno hubiera continuado, a la municipalización de
colegios estatales habría seguido la privatización de los mismos, mediante
licitaciones que seguramente los habrían puesto en manos de profesores que
serían los sostenedores y emprendedores, en un clima de libertad. Y la plata
dilapidada en estos años en enormes aumentos del gasto burocrático del monstruo
llamado ministerio de Educación habría ido a financiar los gastos educacionales
de los pobres, mediante “vouchers” que les habrían dado acceso a los mejores
colegios y universidades que ellos eligieran.
Porque la libertad
establecida para la enseñanza superior a comienzos de los ’80 condujo a que un
millón de jóvenes más llegaran a las universidades gracias al Gobierno Militar. Si la plata hubiera ido
a las familias en lugar de los burócratas, el prometedor fenómeno de la llegada
de inversionistas internacionales a la enseñanza superior chilena habría proseguido,
pero todo eso ha sido destruido por las consignas marxistas de “no al lucro” y
“no a la selección”, que han asfixiado las posibilidades de crecimiento
universitario en el país y que, bajo un promesa de gratuidad que ya va en su quinta
versión oficial, muchos no saben en qué va a parar, pero yo sí: en un
gigantesco gasto público adicional no financiado y en el éxodo de los
inversionistas que hicieron posible el desarrollo de ese sector, con una caída
general en los niveles de calidad de la enseñanza.
En la educación básica y media lo peor está por venir,
porque sólo se sabrá en 2017 el grado de destrucción que la persecución
socialista contra la libertad de enseñanza va a generar en la particular
subvencionada, todo en medio de una cosecha económica del magisterio dominado
por los comunistas que, huelga tras huelga, consiguen mayores prebendas gracias
a sucesivas e interminables huelgas ilegales que siempre, por supuesto, quedan
impunes. Al contrario, son rentables, pues hay “bono por término de conflicto”.
La progresiva libertad laboral consagrada a partir de la
reforma laboral de 1981, y que incidió en el cuasipleno empleo, se está ahora terminando
de revertir mediante el establecimiento de una dictadura sindical, cuyo administrador
previsible será el Partido Comunista. Los empresarios la estiman más dañina
todavía que la reforma tributaria, sea lo que fuere que termine siendo ésta,
pues eso nadie lo sabe aún.
¡Cómo se añora los tiempos en que el Estado, en lugar de
agrandarse e intervenir cada vez más, como ahora, que está entrabando todas las
iniciativas (léase las declaraciones del embajador de España, que pide a la burocracia
dejar de entorpecer los emprendimientos de empresarios de su país), enajenaba
empresas estatales o estatizadas que generaban enormes pérdidas (recuérdese que
el “Área Social” de Allende arrojaba un déficit mayor que todo el déficit
fiscal, que a su turno era el mayor de la historia de Chile). La privatización
fue otro gran pivote del crecimiento de 10.6% de 1989, además del ya mencionado
incentivo tributario y del FUT.
¡Cómo se añoran otras iniciativas privatizadoras! La previsión
en manos de empresas privadas, las AFP, que reemplazaron un sistema de reparto corrupto: ruinoso para los trabajadores pero muy rentable para los políticos (que se
autoasignaron, bajo él, las mejores pensiones y arrendaban los mejores departamentos
de lujo del centro, construidos con fondos previsionales, y con cánones
bajísimos para los prohombres del régimen; visité más de uno en los años ’50).
Esta transformación de un lastre nacional escandaloso, como la previsión de
reparto quebrada, en una fuente de capitalización efectiva, fue otro pivote
explicatorio del 10,9% de crecimiento de entonces.
Y, para qué decir, cuando lo acabo de decir en mi blog precedente: la Araucanía, próspera y feliz, tanto que los mapuches condecoraron al
Presidente Pinochet y le dieron el triunfo al “sí” en su región en el plebiscito
de 1988. Compárese eso con la zona asolada por el terrorismo, la pobreza y los
incentivos perversos que caracterizan a la Araucanía de hoy, donde el mejor
negocio es amenazar con incendiar siembras y recibir después gratis las respectivas
tierras. Ahí se gestan los mayores escándalos, el favorito de los cuales para
mí es el del fundo “El Notro”, amenazado de incendio y tala de bosques, que su
dueño consiguió vender con sobreprecio a la Conadi (comisión mediante por
debajo de la mesa, se supone). Después de depositar rentablemente la suma en un banco o
financiera, el ex dueño lo tomó en arriendo a los propios mapuches que se lo habían adjudicado
gratis, y todos felices, salvo Chile, que perdió pagando sobreprecio, pierde por
no percibir el arriendo de lo que regaló y paga en exceso al feliz ex propietario que dejó de
correr el riesgo de ser dueño y ahora gana como rentista y como productor. Es
que así funciona el socialismo. Lo malo es que deja de hacerlo "cuando se le
termina la plata de los demás", que es el destino al cual nos dirigimos.
Entonces, con razón tanta gente extraña al Gobierno
Militar. Tanta gente se dice, tardíamente, “por qué no habremos votado ‘sí’ en
1988: nuestro ingreso per cápita sería más del doble, los que tendrían miedo
serían los delincuentes y terroristas y no nosotros y todos tendríamos mejor
salud y educación y, en general, más libertad.
Pero votaron "no" y volvieron una y otra vez
a votar mal hasta terminar como estamos hoy. Entonces, con su pan se lo coman. Y no sigan
añorando al Gobierno Militar, porque fueron ustedes los que se lo perdieron.