Me llamaron mis hijos para reírse un poco, porque desde hace decenios, cuando los comerciantes inventaron el Día de la Madre, les enseñé que sólo era una estrategia para vender más. ¿O alguien cree que fue por amor a sus madres?
Lo que no esperaba era que me llamara Miguel Kassnoff, desde Punta Peuco, donde está condenado a cadena perpetua y más (sobre mil años) pese a no haber cometido ningún delito y sí haber evitado muchos. Como cuando, en 1974, arriesgando su vida descubrió la guarida del terrorista del MIR y asaltante de bancos Miguel Enríquez. El gobierno lo condecoró con la Medalla al Valor del Ejército y los sindicatos bancarios lo homenajearon. Pero estamos en Chile: 50 años después, el juez Mario Carroza fabricó un supuesto asesinato de Miguel Enríquez a manos de Krassnoff y le añadió a éste otros veinte de presidio, no sin antes dar a su hijo ME-O una jugosa indemnización de cargo fiscal. Sebastián Piñera, el más encarnizado perseguidor ilegal de militares, admirado, nombró a Carroza ministro de la Corte Suprema, en la cual jubiló hace unos meses y pasó a mejor vida, literalmente.
El ministro sumariante Solís, que nunca interrogó a Miguel no obstante haberlo condenado a 600 años por tener secuestrada a una treintena de personas, en un acto de sevicia, quiso conocerlo antes de acogerse a retiro y de que sus sucesores le cargaran otros 400 años más, cobrando al fisco en cada caso una millonaria indemnización. ¿O creen ustedes que Solís quería saber cómo mantenía en su celda a 30 personas día y noche por tantos años? País del --para estos efectos-- cuarto mundo. Una vergüenza nacional que la élite gobernante y no gobernante prefiere hacer como que no existe, "mira para otro lado".
No necesitó Miguel decirme mucho para entender el sentido de su llamado en el Día del Padre. Hace 35 años, cuando empezaba a gestarse la corrupción judicial, me pidió ir a la oficina de su abogado de entonces para explicarme los hechos. No he olvidado una palabra de lo que me contó en sucesivas jornadas. Poco después lo condenaron a sus primeros veinte años por mantener secuestrado a un sujeto, Miguel Ángel Sandoval, a quien nunca había conocido. Escribió a El Mercurio una carta diciendo eso y se la publicaron destacadamente en la crónica.
Así como el ministro Solís quiso decirle. en un acto de sevicia, "así es la vida, para que nos vamos entendiendo", otros jueces le dijeron algo parecido, encogiéndose de hombros. Y vamos tirándole de a veinte años. Un calvario vivido por él y los suyos con resignación. Su hijo, otro oficial distinguido, solidarizó con su padre y por eso debió dejar el Ejército "vencedor y jamás vencido", pero desleal con sus "caídos tras las líneas enemigas". Mal que mal, el abuelo y el padre de Miguel fueron ejecutados por los comunistas en Rusia. Con los años los rojos se han vuelto misericordiosos y al nieto sólo le dan cadena perpetua. Pero el odio sigue vivo y cuando falleció una hija de Krassnoff le negaron un permiso para ir al entierro.
Y hoy Gendarmería le desconoce derechos carcelarios que la ley garantiza a los peores delincuentes. En su informe dice que es debido a que no da señales de arrepentimiento de tener secuestradas a cuarenta personas.
¿Qué dice Kast de todo esto? Nada, que se sepa. Parece confiar en que se van a ir muriendo todos los ancianos presos. Y, como decía el poeta, "tras la última paletada, nadie dijo nada." "Solucionado" el problema.