Nada refleja mejor la catadura moral de quienes todavía nos gobiernan que la orden de Gendarmería de destruir la biblioteca de cuatro mil volúmenes que habían formado los presos de Punta Peuco.
Todos ilegalmente condenados por un delito que, primero, no existió nunca en la vida real, el "secuestro permanente", y cuyo inventor, el exministro de corte Alejando Solís, confesó en cámara, hace diez años, que él no probaba, sino "fingía", añadiendo, para mayor claridad: "Yo no estoy diciendo que ésa haya sido la realidad". Miles de años de condenas y en ninguna parte nadie ha visto ni sabido de algún "secuestrado permanente".
Y aunque lo hubiera habido, no habría podido condenarse por él a exmilitares, que eran funcionarios públicos. Pues según el código sólo pueden cometerlo "particulares".
Otros dicen que se trata de "delitos de lesa humanidad", inamnistiables e imprescriptibles. Pero esos delitos no existían en la legislación chilena en los años 70, cuando sucedieron los hechos. La Constitución garantiza que sólo se puede condenar por un delito establecido por una ley "dictada con anterioridad a su perpetración". Y la de delitos de lesa humanidad se dictó en 2009. Ella misma dice que no se puede aplicar a hechos ocurridos con anterioridad a su dictación. Y además esos delitos consisten en "un ataque generalizado a la población civil", en circunstancias que los militares defendían a la población civil del ataque generalizado contra ella de los atentados terroristas. Es decir, los que los cometían eran éstos. La cosa era al revés
Por si no bastara, en los juicios contra exmilitares no hay pruebas, sólo presunciones. Cuando al blanco favorito de los jueces marxistas, el brigadier Miguel Krassnoff, fue por primera vez preso, hace más de 30 años, escribió una carta a El Mercurio asegurando que nunca había visto, conocido o interrogado a su supuesto secuestrado. Ahí recibió sus primeros quince años, que a estas alturas han superado los mil. Gendarmería le informó por escrito que en varios cientos de años más podrá pedir su libertad condicional.
Ésa es la calidad moral de la gente que todavía nos gobierna hoy y que a sus vícctrimas hasta les impide leer.
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