martes, 31 de octubre de 2017

El Pronunciamiento del 19N


          Según la encuesta CEP y habiendo en la próxima elección presidencial un solo candidato de derecha, José Antonio Kast, el 81 % de las personas que se declaran de derecha vota, sin embargo, por un candidato de otras ideas, Piñera. Más aún, en la misma encuesta, a Kast le va mejor entre el electorado de centro (4,8 %) que entre el de derecha (3,2 %). ¿Es que el “centro” es más derechista que la “derecha”? Y le va mejor entre la clase media C2 (7,5%) que entre la clase alta ABC1 (4,8 %). Todas estas son anomalías, aunque la CEP tiene otra, como señalar que José Antonio Kast es menos conocido ahora (57 %), en la CEP  de septiembre-octubre, que en la de julio-agosto (63%). ¡Lo conocen menos después de haber hecho campaña y haber tenido éxito en los foros y en ENADE (donde fue el más aplaudido), que cuando no había logrado nada de eso y ni siquiera estaba inscrito como candidato! Absurdo. ¿Anomalía o encuesta deficiente?

          En todo caso ¿cuál es el quid de la cuestión? ¿Por qué un 81 % del electorado de derecha no vota por el único candidato de derecha? El quid es que esa gente cree que apoyando a Piñera se librará de otro gobierno de izquierda. Si fuera por razones de principios, de probidad de la persona y de consecuencia política, votaría por Kast, pero pragmáticamente lo hace por Piñera para que no gane la izquierda otra vez.

          Pero ese 81 % de derecha está equivocado, pues si votara por Kast el 19N aseguraría mejor la derrota de la izquierda que si vota por Piñera. Y para el propio Piñera mejorarían las posibilidades en segunda vuelta si enfrentara a Kast que si enfrentara a la izquierda unida después de la primera vuelta. Porque la votación de izquierda iría a él más que a Kast.

          Pero ¿es posible un Kast en segunda vuelta? La derecha obtuvo el 44 % en 1988 y casi ganó la Presidencia en 1999, con cerca del 50 %; y hasta en sus peores momentos (2013) obtuvo 38 %. Luego, que obtenga sobre el 20 % con su candidato Kast el 19N es perfectamente posible. Pero a condición de que la derecha vote por él. En ese caso pasaría a segunda vuelta junto con Piñera y el peligro de otro gobierno de izquierda desaparecería en la primera vuelta. Sería un verdadero “Pronunciamiento del 19N”.

          Incluso al propio Piñera le conviene esto, porque le resultará más fácil ganar a Kast que a toda la izquierda y centroizquierda unidas tras Guillier. Además, éstas no le van a perdonar nada…  En cambio, los partidarios de Kast, es decir, la derecha (exceptuado yo) seguramente lo va a tratar mejor que la izquierda. Luego, Piñera no debe mirar con malos ojos que se vayan votos suyos a contribuir a que Kast supere a los seis candidatos del otro lado y pase a la segunda vuelta.

          Otra razón en el mismo sentido: Piñera tiene un programa de centroizquierda (tanto que su vocero, Mauricio Rojas, lo ha descrito como un “Estado de Bienestar”) y esto tendrá dos efectos: uno, contribuirá a que más gente de derecha se incline a Kast, cuyo programa es de derecha, con menos impuestos y menos “bienestar del Estado”; y dos, el programa del “Estado de Bienestar” también contribuirá a que más gente de centroizquierda vote por este Piñera socialdemócrata, dejando así todavía menos votos disponibles para los candidatos del centro a la izquierda. Ello facilita que a esos seis candidatos los gane Kast, y que éste pase a segunda vuelta.

          Esta situación de que la Nueva Mayoría, el Frente Amplio, ME-O y Artés queden fuera de competencia será un verdadero golpe a la cátedra, un “golpe de la derecha” para cambiar al gobierno… o “pronunciamiento”, como ustedes prefieran.

          Y es perfectamente posible. Pero, claro, exige que el electorado de derecha vaya a votar y se comporte racional e inteligentemente. Nadie puede garantizar ambas cosas, pero si la derecha, de aquí al 19N, se dedica a pensar, el Pronunciamiento del 19N será una realidad y la centroizquierda y la izquierda tendrán que irse ese mismo día para la casa.

domingo, 29 de octubre de 2017

Tan Lejos... Tan Cerca...


          Se ha comprobado que una mayoría de chilenos no entiende lo que lee. Yo sostengo que esa mayoría tampoco entiende lo que pasa, porque casi no lee y se informa vía farándula y consignas “políticamente correctas” que son generalmente infundadas, como consecuencia de lo cual razona mal. Pero en el largo plazo hasta la mayoría chilena entiende. Tanto así que un amigo mío sostiene que en cincuenta años más los billetes de mayor denominación van a llevar la efigie de Pinochet. Más demoraron en reivindicar a Portales.

          Esta falta de entendimiento incluye, en la política electoral actual, a la gente de derecha, por supuesto. La mayoría de ella, el 81 %, de acuerdo con la encuesta CEP más reciente (si bien muy cuestionada por errores evidentes), vota por Sebastián Piñera. Yo hablo frecuentemente con personas como ésas y el único argumento que dan para votar así es que con eso sacarán del poder a la Nueva Mayoría. Todas esas personas saben que Sebastián Piñera no es de derecha, todas fueron partidarias del Gobierno Militar y del “Sí”, a diferencia de Piñera, que fue simpatizante DC, opositor y del “No”; todas conocen su hoja de vida y su personalidad y no les gustan la una ni la otra; en particular, todas repudian su traición y persecución a los Presos Políticos Militares. Pero, dicen, “va a ganar y la Nueva Mayoría se va a tener que ir del poder”.

          Bueno, ha sucedido que ha entrado a participar en la elección presidencial un candidato de derecha, José Antonio Kast. Un político capaz, veraz y honesto, que no vacila en definirse de derecha, tiene una hoja de vida infinitamente más limpia que la de Piñera, es más confiable y siempre ha sido de una sola línea. En su presencia, la única razón que dan los derechistas para preferir a Piñera es que “va a sacar del gobierno a la Nueva Mayoría”. Si no fuera así, votarían por Kast.

          Pero es evidente una cosa: que si la ciudadanía de derecha votara por Kast, éste pasaría a la segunda vuelta presidencial junto a Piñera y la Nueva Mayoría quedaría fuera del gobierno tras la primera vuelta. Votar por Kast, entonces, es sacar antes a la Nueva Mayoría del gobierno.

          Esto es evidente y claro, pero un gran sector de votantes no lo ha entendido. ¿Por qué? Por la misma razón que no entiende lo que lee ni lo que pasa. Por la misma razón por la cual repite consignas erróneas y las cree.

          Pero cuando una verdad es evidente por sí misma (eso se llama “axioma”) hasta una mayoría de chilenos la termina por entender, aunque se demore. Y es evidente por sí mismo que si los ciudadanos de derecha votaran por el único candidato de derecha que hay, éste pasaría a segunda vuelta. El “Sí” obtuvo un 44 % en 1988. Büchi más Errázuriz obtuvieron algo así en 1989. Arturo Alessandri más José Piñera pasaron del 30 %. ¿Cómo la votación de derecha no va a superar, todavía ahora, holgadamente, el 20%? Con eso Kast pasaría a segunda vuelta.

Y como nadie duda de que Sebastián Piñera también va a pasar, el segundo lugar de José Antonio Kast va a dar por resultado que la Nueva Mayoría quede fuera del gobierno, que es el único propósito que aduce la gente de derecha para votar por Piñera. Pero eso se logra antes, en primera vuelta, y de manera mucho más segura y eficaz, votando por Kast. Porque el voto para Piñera, por último, sólo conduce a que algún candidato de la izquierda gane a Kast en primera vuelta y pase a la segunda, en la cual ya los seis actuales izquierdistas de la primera vuelta se van a unir y todos reconocen que, unidos, tienen posibilidades de ganar.

          Es decir, los derechistas que votan por Piñera sólo aumentan el riesgo de un triunfo de la izquierda. Si votan por Kast, desaparece ese riesgo. El propósito de sacar a la Nueva Mayoría del poder, se obtiene mucho mejor votando por Kast. Así se asegura que no habrá retroexcavadora  o algo más a la izquierda en la segunda vuelta.
          
          Y yo pienso que el 81 % de derecha que apoya a Piñera, según la CEP, va a terminar por entender lo anterior. Por ahora está lejos de hacerlo, porque a nuestra gente, incluso a la de derecha, le cuesta. Pero a la larga entiende. Ojalá antes del 19 de noviembre.

          Ayer mandé un twitter diciendo que si la derecha vota por el candidato de derecha, la izquierda se irá del poder en la primera vuelta. Ojalá lo recen como una jaculatoria (“oración breve dirigida al cielo con vivo movimiento de corazón”).


jueves, 26 de octubre de 2017

CEP Dixit


          ¿Es necesaria una elección presidencial, si el Centro de Estudios Públicos le ha comunicado al país que, según su encuesta, Sebastián Piñera ya está ungido Presidente de la República?

          Claro, hay algunos detalles por aclarar. Por ejemplo, José Antonio Kast, era conocido por el 63 % de los chilenos en la CEP de julio-agosto, cuando todavía ni siquiera se había inscrito, y ahora, tras dos meses recorriendo el país y participando en todos los foros televisivos, radiales y periodísticos y consagrándose como el más ovacionado en el Encuentro Nacional de la Empresa e interrumpido allí por los aplausos diecisiete veces en veinte minutos de discurso (“Reportajes” de “La Tercera”, 22.10.17); y también tras participar en la franja electoral televisiva, en la CEP de septiembre-octubre sólo es conocido por el 57 % de los chilenos. Es decir, en dos meses de campaña el seis por ciento de los chilenos se han olvidado de él y ya no lo conocen. Misterios de la ciencia estadística.

          En todos los atributos de los candidatos, según la CEP, Piñera triunfa ampliamente. Incluso como el “más honesto y confiable”: el 25 % de los chilenos dice que es Piñera, contra el 14 % Guillier y sólo el 3 % Kast. El así ungido exhibe el siguiente listado de antecedentes, que resumí en mi blog del 8 de octubre y ahora reproduzco:

En los ’70 y ’80 como ex-gerente el Banco de Talca estuvo 23 días procesado y prófugo por haber perdido varias veces el capital del banco y hecho préstamos a sociedades de papel, de algunas de las cuales él formaba parte, para comprar acciones del mismo banco; el ’89 sus trampas y atentados en mi contra, cuando competimos como candidatos a senadores en 1989, pueden leerse en mi autobiografía, en venta por una módica suma en este mismo blog; el ’93 fraguó otra conspiración contra la pre-candidata presidencial Evelyn Matthei, para “c…arla” y “dejarla como cabra chica” en un programa de televisión; ya había hecho sus gestiones como senador para comprar a Corfo acciones de LAN, mientras al mismo tiempo negociaba con Aylwin y conseguía apoyo de RN para las políticas de éste; se registraba su aparición en los diarios como presidente de una sociedad anónima siendo senador, lo que debió haberle acarreado (pero no le acarreó) el inmediato cese en su cargo parlamentario; estaba en plena negociación para vender tarjetas de crédito a los bancos, mientras era senador y presentaba una moción de ley para que los bancos (que se negaban a pagarle lo que él pedía) tuvieran que abonar intereses en las cuentas corrientes, moción que retiró cuando los bancos “entendieron”; también como senador gestionó ante Endesa España para conseguir venderle a un precio privilegiado sus acciones de las eléctricas, lo que le acarreó hasta críticas de Allamand; luego vino su actuación para conseguir con Kirchner la autorización para LAN  de operar en Argentina, por la cual sigue estando imputado por el delito de soborno ante el juez Canicoba Corral de Buenos Aires; en seguida vino su condena por la Superintendencia de Sociedades Anónimas, antes de ser elegido Presidente de la República, por comprar acciones de LAN con información privilegiada; y después se descubrió el uso por sus sociedades de facturas no reconocidas por SQM y otras empresas para obtener financiamiento electoral para su campaña, incluso usando parte de lo así recaudado para pagar a sus ejecutivos de otra empresa suya, Chilevisión; conocidas fueron sus presiones, ya como Presidente, para obligar a Julio Ponce a fusionar las sociedades Cascadas, lo que lo beneficiaría económicamente; después vino el engaño, como candidato en 2009, a los militares (r), prometiéndoles debido proceso y prescripción, para luego transformarse en su peor perseguidor a través de querellas ilegales, incluyendo la del general Orozco, hoy nonagenario y con demencia senil, a quien su subsecretario Ubilla persiguió judicialmente por “el delito” de haber salido a averiguar qué había sucedido en el exterior del regimiento Yungay en 1973, al oírse una descarga contra dos presos que huían; en seguida vino el engaño fenomenal a la opinión pública, a la cual aseguraba, bajo su gobierno, que su patrimonio lo administraba un “fideicomiso ciego”, en  circunstancias que estaba sacando al exterior 1.800 millones de dólares del patrimonio que tenía e invirtiendo los mismos a través de Fondos de Inversión Privados a nombre de su descendencia en paraísos fiscales de Panamá, Islas Vírgenes y Luxemburgo; simultáneamente se registraba su intervención subrepticia, siendo Presidente y a la vez controlador de Colo Colo, para remover a Mayne-Nicholls de la ANFP, pues éste quería repartir igualitariamente las ganancias del Canal de Fútbol entre todos los clubes, sin privilegiar a “los tres grandes”; y ahora está pendiente su condena por la Cámara (salvo que otra vez “dé vuelta” a la mayoría en su favor) por haber comprado acciones de la pesquera peruana Exalmar en pleno litigio marítimo con Chile, acusación ya aprobada en la comisión investigadora. La sala de la  Cámara debería votar en cualquier momento la condena de Piñera, salvo que otra vez dé vuelta a la mayoría DC-izquierdista mediante algún ofrecimiento que sólo podemos suponer (ya lo ha logrado tres veces antes).

Así se llega a ser el candidato “más honesto y confiable” elegido por la mayoría en la CEP. Pero hasta Artés se ha dado cuenta del contrasentido y en “Mucho Gusto” de Mega ha dicho sobre Piñera: “Siempre ha vivido de lo que es la ilegalidad… así que con él espero más de lo mismo, y peor” (“La Segunda”, 26.10.17).

Pero, CEP dixit, la mayoría opina todo lo contrario.

martes, 24 de octubre de 2017

Mal Candidato Apela al Miedo


          Ahora los escuderos de Piñera han salido a meter miedo al electorado. Es que, cuando un candidato es malo, hay que asustar a la gente para que vote por él, dando por sentado que de buen grado y atendiendo a los méritos comparativos de los postulantes no lo harían. Y, en realidad, ¿cómo se va a comparar a Kast, un tipo probo, de una sola línea y de derecha, con Piñera, cuyo oscuro prontuario resumí el 8 de octubre, que hiciera fortuna bajo el “Sí” y luego saltara al “No” y después al “Sí” de nuevo, tras regresar de la DC a la centroderecha de Büchi? Es capaz de recurrir al engaño con tal de captar votos. Recuérdense sus promesas de debido proceso y prescripción a los militares (r), tras lo cual, conseguidos sus votos, se convirtió en su peor verdugo. Y véase en estos mismos días su franja electoral, que usa a Aylwin, un político de centroizquierda, para cosechar votos DC, siendo Piñera candidato de centroderecha. Todo vale con tal de conseguir sufragios. (Es cierto que Aylwin y él se parecen mucho en que engañaron a los militares para utilizarlos, y les dieron “con el mocho del hacha" después).

La pretensión de asustar al electorado diciéndole que un voto por Kast favorece a Guillier es una confesión de que, si no mediara amenaza, la gente no votaría por Piñera, sino por Kast. Pero, además, el raciocinio es falso, porque el voto por Kast, justamente, lejos de favorecer a Guillier, lo puede eliminar de la carrera presidencial.

          Según la última encuesta Cadem (en la cual poco creo, porque a mi amigo Alonso N. lo llamaron de ahí para una encuesta y, cuando votó por José Antonio, le dijeron que “no era un voto permitido”, pues no estaba en la lista de la encuestadora, después de cuyo sondeo, obvio, Kast sacó cero por ciento), Piñera tiene 42 %, Guillier 21 %, Beatriz Sánchez 13 %, Carolina Goic y José Antonio Kast 5 % cada uno, ME-O 3 % y Navarro 1 %.

          Si uno convenciera a cuatro de cada diez piñeristas de votar por Kast, los candidatos de derecha y centroderecha obtendrían 25 % y 22 % de los votos, respectivamente, y sólo ellos pasarían a la segunda vuelta, pues quedarían eliminados de la carrera Guillier, Beatriz Sánchez, Goic, ME-O, Navarro y Artés.

          Es decir, es falso que votar por Kast favorece a Guillier. De hecho, votando por aquel se elimina a Guillier. El voto más útil de todos los que puede concebir un centroderechista es el que le pueda dar a Kast. En cambio, si no se lo da y sólo pasara Piñera a segunda vuelta, en ésta se reagruparían detrás de Guillier todas las fuerzas de centroizquierda e izquierda y tendrían posibilidades de ganar.

          Todavía peor, si después de la primera vuelta los jueces le aplicaran a Piñera las mismas normas que les han aplicado a Pizarro y Rossi por las facturas objetadas a SQM, Penta y otras empresas (en el caso de Piñera lo recaudado así fue más de diez veces mayor que lo obtenido por Pizarro o Rossi), el candidato de centroderecha formalizado, habiendo perdido su condición de ciudadano con derecho a sufragio en virtud de la formalización, ni siquiera podría participar en la segunda vuelta, por carecer de los requisitos constitucionales necesarios para ser Presidente de la República. Por el momento el encargado electoral de Piñera y ex gerente de Bancard y Bancorp, Santiago Valdés, está formalizado en las causas por recaudaciones irregulares, pero todo el mundo sabe que lo recaudado benefició al candidato Piñera y al empresario Piñera (pues buena parte se destinó a pagar a sus ejecutivos de Chilevisión). “Mandado no es culpado”, dice el refrán. Salvo, claro, que se trate de la justicia chilena.

          El voto capaz de garantizar antes y mejor que no habrá un nuevo gobierno de izquierda es el que se le dé a José Antonio Kast.

domingo, 22 de octubre de 2017

La Novelística de los Cerebros Lavados


          Toda corriente de opinión suscita una novelística, con excepción de la derecha chilena, cuya única novela conocida –y no alcanza para “novelística”-- es mía: “Está Temblando”. Tuvo dos ediciones y alcanzó a pasar dos semanas entre los “best-sellers” en 2005, antes de ser lanzada al tarro de la basura por los críticos. Recuerdo con precisión hasta qué capítulo alcanzó a leer el de “El Mercurio” antes de entregar su crítica a “Artes y Letras”, porque se notaba perfectamente en su comentario que, por falta de tiempo o lata, no alcanzó a terminar de leerla. Pero gracias por publicar algo. Él no era entonces el principal crítico del diario, pues en esos años lo era un sacerdote del Opus Dei. Éste no se habría rebajado a reseñar una novela de un dilettante como yo. Pero un numerario amigo me dijo que les había aconsejado no leerla. Le pregunté si porque la había considerado inmoral, pues tenía algunos pasajes pícaros, pero, después de averiguar un poco más, me explicó que el crítico la desaconsejaba simplemente por mala. Y yo me quedé con ese veredicto y la derecha sin novelística.

          Ahora hay un sector, el de los cerebros lavados, que está empezando a construir una. Me refiero a los y las, como se dice ahora, que cambiaron su juicio acerca del Gobierno Militar entre 1990 y hoy día. ¿Quiénes les han lavado el cerebro? Lo hicieron entre la DC, la izquierda, Aylwin y Piñera. El primer promotor del lavado fue Aylwin II con su obra magna, “Informe Rettig”, destinado a culpar a los militares y exculpar a los marxistas. Porque Aylwin I había sido el que llamó a los militares a echar a los marxistas y, en octubre de 1973, justificaba que mataran extremistas. Aylwin II fue el de 1990-91, que execró a los militares ante el país y el mundo y negó haber dicho lo que había dicho en 1973. Para su mala fortuna, tanto I como II quedaron registrados para perpetua memoria en YouTube en una sola grabación.

          Ahora me entero, a través de “El Mercurio”, de que una escritora llamada Ana María Ugarte toma el estandarte de la novelística de los cerebros lavados en su obra “Acerca de la Cosas Perdidas”. Una entrevista a la autora de Daniel Swimburn de hoy, domingo 22, en A11, lo explica todo, pues ella declara sobre su novela: “…también muestra un tema que se suele eludir: la realidad de aquellos que estaban cómodos con lo que a finales de los setenta nombrábamos como ‘gobierno militar’. Los mismos que con los años nos fuimos dando cuenta de lo que había ocurrido”.

          “Estaban cómodos”: Chile era un país pacificado y próspero después de la amenaza de guerra civil y ruina de la UP, y ese país crecía aceleradamente. Había derrotado al ejército paralelo del 73 y, según la propia estadística del Informe Rettig, los caídos en enfrentamientos contra el terrorismo eran sólo nueve en todo un año, en 1978. ¿Cuál era el estado de ánimo de la gente? Obvio: con toda razón “estaba cómoda”.

Este párrafo de una carta de 1977, de Eduardo Frei Montalva a su yerno Eugenio Ortega lo confirma: “Ayer (6 de marzo de 1977) fui al Estadio a ver el partido Chile-Perú. Nunca he visto un Estadio más repleto. A ese Estadio repleto y ya oscuro, porque había luz artificial, llegó Pinochet. Hubo un aplauso de todo el Estadio. No puedo asegurarle si las galerías se pusieron de pie, pero en la parte en que yo estaba, en las galerías colindantes a las marquesinas, en una de cuyas orillas estaba, vi que se ponían de pie. No hubo un solo chiflidito. Quedé muy impactado. A mí todo el mundo me saludó en forma especialmente cordial. Donde yo estaba había mucho pueblo, y la verdad es que cuando llegó Pinochet se pararon como movidos por un resorte y aplaudían a rabiar. Este es el Chile de hoy.” (Citado de “Augusto Pinochet: el Reconstructor de Chile” de Sánchez, Francisco y Schiappacasse, Mauricio, Maye, Santiago, 2010, y a su vez extraído de la biografía de Frei, de Cristián Gazmuri).

Al parecer, entonces, demasiados “estaban cómodos con el gobierno  militar”. ¿Qué les sucedió después de 1990? Que “se fueron dando cuenta”. Traduzco: a todos, pero todos, les lavaron los cerebros. Una hemorragia izquierdista de novelas, ensayos, relatos, películas y teleseries contaron el gran cuento de “las violaciones sistemáticas a los derechos humanos”. Tanto que Ana María Ugarte, superada por la marea propagandística, se pregunta: “¿Dónde estuve? Esa pregunta me la hice a finales de los noventa, luego de ver un Archivo en la Vicaría de la Solidaridad. No tenía respuesta. Esa falta de respuesta me impulsó a escribir el libro”.

          Claro, el Archivero de la Vicaría que formó ese archivo que ella leyó era un alto jefe comunista y del grupo terrorista FPMR, José Manuel Parada. Cosas de los santos curitas chilenos. La Vicaría se convirtió en los 80, de hecho, en un brazo logístico del FPMR: les procuraba defensa judicial gratuita a los guerrilleros y atención médica a los heridos en atentados. Gozaba de impunidad judicial, pues su jefe, el obispo Valech, no le quiso entregar al ministro en visita José Cánovas Robles, tras el asesinato a mansalva del carabinero Miguel Ángel Tobar, las fichas de atención pagadas por la Vicaría en la Clínica Chiloé, donde atendían a los guerrilleros heridos. Y esa obstrucción a la justicia quedó impune.

          Los cerebros lavados se tragaron todos los relatos del jefe comunista-FPMR y convertidos en la teleserie “Los Archivos del Cardenal”, y la audiencia cautiva se preguntó, entonces, después de 1990, “¿dónde estuve?” Yo les voy a decir dónde estuvieron: en un país pacífico, que combatía con éxito a los terroristas, crecía al siete por ciento al año y la gente vivía tranquila y sin temor a la delincuencia, a los asaltos y a los portonazos, viendo mejorar su nivel de vida y sin sombra de un conflicto mapuche en la Araucanía, donde imperaban la ley y el orden y la mayoría era partidaria del Gobierno Militar, según reveló el plebiscito de 1988.

          ¿Dónde estuvo Ana María Ugarte? En un excelente país en que la gente se “paraba como movida por un resorte” (Frei dixit) a aplaudir a Pinochet. Nada que ver, por cierto, con la versión inoculada a los cerebros lavados, donde “desaparecían miles de personas” no obstante que el Informe Rettig revela una verdad: entre 1978 y 1990 desaparecieron por enfrentamientos menos de dos personas al año, en un país en que cada año había cerca de diez mil denuncias de “presunta desgracia” (hoy son 40 mil y cerca de tres mil no son encontradas en el mismo año).

          En resumen, todo hace presumir que “Acerca de las Cosas Perdidas”, de Ana María Ugarte, nueva exponente de la novelística de los cerebros lavados, revela cómo se perdieron, al menos, dos de esas cosas: la verdad y la memoria.

viernes, 20 de octubre de 2017

Era Sólo un Militar (r)


          Antes del 11 de septiembre, en 1973, los civiles no-marxistas estaban furiosos con los militares porque no hacían nada, mientras Allende preparaba a su ejército paralelo para instalar acá otra Cuba. Los demócratas iban a lanzarles a los militares plumas de gallina a sus domicilios y a sus cuarteles. Frei Montalva los imprecaba: “¡Ustedes tienen las bayonetas y no las usan!”, como le confesó a la directiva de la SFF haberle espetado a un general (Acta Rivera).

En octubre de 1973, cuando todavía el miedo era cosa viva, Aylwin I se negaba a criticar a los militares “desde detrás de un escritorio” porque, decía, “ellos están recibiendo el fuego”. En ese fin de año 1973 hubo 1.800 muertos, el 56 % de los 3.197 registrados entre 1973 y 1990. El mismo 11 cayeron 30 uniformados bajo las balas extremistas (Informe del Ejército a la Comisión Rettig, que ésta ni siquiera leyó, pues había sido formada por Aylwin II en 1990 para complacer a los comunistas y condenar a los militares, no al ejército paralelo de la izquierda). 

A éste y sus descendientes hoy el erario les pasa unos 400 millones de dólares anuales para indemnizarlos por habérseles impedido liquidar a los altos mandos e instalar un régimen totalitario, mientras los uniformados que le hicieron caso al mismo Aylwin I en 1973 se pudren en la cárcel cada vez en mayor número. El principal cómplice activo de la prevaricación general en su contra, Sebastián Piñera, encabeza las encuestas de popularidad, porque la mayoría, con el cerebro convenientemente lavado por años de propaganda falsa, no sabe la verdad ni entiende nada.

          En un acto de prevaricato más, la ministra Marianela Santibáñez mandó detener al comandante (r) de la Fuerza Aérea Carlos Alberto Rey Cortés, de 71 años, por haber comandado una patrulla que en 1974 disparó contra un individuo que no respetó el toque de queda, dándole muerte. Esa muerte, por supuesto, estaba amnistiada desde 1978, prescrita desde 1979 y amparada por la cosa juzgada desde que un tribunal militar sobreseyó los hechos después de ocurridos.

         Pero el comandante (r) Rey Cortés sabía que en Chile, para él y sus camaradas, no existe el estado de derecho ni rigen las leyes, puesto que en el auto de procesamiento en su contra la ministra Marianela Cifuentes afirmaba que “existen presunciones fundadas en cuanto a la participación de Carlos Alberto Rey Cortés como autor del referido delito de homicidio”. No es verdad, como ella declaró a “El Mercurio”, que su auto de procesamiento “no implica necesariamente una condena”. Sí la implica, hoy en Chile. Por consiguiente, Rey Cortés sabía que, una vez preso, iba a continuar en esa calidad por constituir “un peligro para la seguridad de la sociedad” durante los años que durara el proceso y que, finalmente, iba a ser ilegalmente condenado a cinco años y un día y posiblemente diez años y un día si finalmente el proceso llegaba a la sala penal de la Corte Suprema donde los ministros Juica, Kunsemüller y Brito forman una sólida mayoría de izquierda y un previsible abogado integrante DC, redactor del fallo, lo iba a tratar en él de “delincuente” en sus considerandos. 

          Y todo eso después de haber consumido gran parte de sus ahorros pagando abogados defensores caros e inútiles, porque ninguno de los jueces rojos antes nombrados ni sus inferiores, como la ministra Cifuentes, hacen el menor caso de lo que dicen as leyes vigentes. 

         Entonces el comandante (r) Rey Cortés se pegó un balazo en la sien cuando iba a ser detenido por “la brigada de DD. HH. de la PDI”. Quiso evitarse y evitarle a su cónyuge y familia una década o más de ordalía judicial, de publicaciones injuriosas en los diarios, de que la ahíta Lorena Pizarro y sus funadores rojos lo fueran a insultar cada vez que acudiera engrillado a prestar declaración y de que, octogenario y enfermo, tuvieran que llevarlo también engrillado y con una casaquilla amarilla de reo a ser atendido al Hospital de la FACH en medio de la indiferencia de sus camaradas activos.

          Claro, el comandante (r) Rey Cortés sabía que a él le venía lo que ha sucedido en todos los casos que terminan donde Juica, Brito, Kunsemüller et al, como el de los cinco oficiales (r) del Cuartel Ancla II de Talcahuano, donde murió en 1973 el mirista entrenado en Cuba Rudy Cárcamo. Tres ex oficiales de la Armada, uno de Carabineros y otro de la PDI venían condenados a 541 días de presidio remitido desde primera instancia y la Corte de Apelaciones, pero en la Suprema se les subió a cinco años y un día efectivos (con voto de minoría de Juica por diez años y un día), fallo redactado por el abogado integrante DC Luis Bates y criticado en un artículo mío para la revista del Colegio de Abogados, cuya mayoría de “centroderecha” decidió  censurarlo y no publicarlo, y que yo entonces sí publiqué en este blog el 27 de marzo de 2015. ¿Y por qué llegó ese caso a la Sala Penal de izquierda de la Suprema? Porque la Oficina de Derechos Humanos del ministerio del Interior de Sebastián Piñera interpuso un recurso de casación contra la sentencia de 541 días remitidos, pidiendo elevarla a cinco años y un día efectivos, para que los ex oficiales no tuvieran posibilidad de cumplir su pena en libertad.

          Carlos Alberto Rey Cortés quiso evitarse y evitarles a su cónyuge y su familia todo eso, años de injusticias, ilegalidades, funas comunistas y versiones desdorosas en su contra en la prensa; referencias de Piñera a él como “violador de derechos humanos”, enormes gastos en defensa judicial y, sabiéndose carente de tales derechos, partiendo por el más básico de que a su respecto se aplicaran las leyes vigentes, puso fin a sus días.

          Era sólo un militar (r), así es que, al final, “nadie dijo nada, nadie dijo nada”.

martes, 17 de octubre de 2017

Ante Notario


          La gente importante nunca tiene que ir a una notaría, porque su abogado le hace el trámite y “le saca la firma” a su notario de confianza. Pero yo no soy importante y hace poco Impuestos Internos nos notificó a mi mujer y a mí que debíamos acompañar sendos mandatos a nuestra contadora y fotocopias legalizadas de nuestros carnets de identidad, todo certificado “ante notario”.

          Entonces fuimos a la notaría de Los Cobres de Vitacura. Cuando llegamos, ya se apiñaba una multitud ante la puerta. Entramos en medio de la apretura y pregunté en un mesón, donde me dijeron que podía elegir entre sacar número y hacer cola. Hicimos ambas cosas: sacamos el número 95, cuando iban atendiendo al 44; y nos pusimos en la cola, donde había unas ocho personas delante de  nosotros, pero pululaban otras, varias extranjeras, que preguntaban “cómo se hacía” y, me pareció, algunas con vocación de “colarse”.

Había un solo funcionario atendiendo, el cual desaparecía cada cierto rato con los papeles de dos o tres que habían cumplido el trámite, marchándose para sacar la firma al notario. Volvía después de un cuarto de hora. El ambiente de la muchedumbre era de desconcierto y resignación, porque la gente veía que, según los números, le faltaban 50 para ser atendidos y, según la cola, ocho o diez personas antes, más los que “se colaran”. Como mínimo teníamos para dos horas.

Allí parado me empecé a indignar. La gente en Chile es muy resignada. La tratan como a un rebaño y soporta. Yo pensaba que alguien –no yo, por supuesto-- debería subirse al mesón y gritar a voz en cuello que eso no se podía aguantar, que por qué el notario, que cobra $2.500 por firma, no pone a más funcionarios a atender; que todo el público aglomerado en la puerta, afuera y en los pasillos, tiene que alzarse contra ese estado cosas y romper un vidrio o algo (incendiar la notaría no, por favor, eso es cosa de waichafes).

Nada de lo cual hice, por supuesto, sino que nos limitamos a mascullar en voz baja con mi mujer contra el sistema, el Estado y la demás gente, que no hacía nada.

Un feligrés que estaba en la fila delante de mí se volvió y me preguntó: “¿Cómo se arregla esto?”. “Con más competencia”, le respondí. “Si hubiera muchas notarías le aseguro que se esmerarían por atenderlo bien a uno”.

Tras media hora en medio del tumulto de indignados-pero-resignados saqué la cuenta de que me quedaban dos horas como mínimo de espera y le dije a mi mujer: “Vámonos a una notaría de El Golf, donde hay que esperar menos, y sentados y organizados”.

          Bajamos hasta El Golf y la espera era, en efecto, mucho más civilizada: sentados en asientos de cuero y con una pantalla indicadora de los números llamados y del módulo en que uno sería atendido. Fue como pasar de África a Europa.

No llevábamos más de un cuarto de hora cuando el notario, que es mi amigo, me vio y nos hizo pasar.

          “Tienes que escribir que esto no es culpa de que haya pocos notarios”, me dijo, sino de las AFP, los bancos y las instituciones del Estado, que para todo exigen firmas ‘ante notario’, lo que mantiene llenos los locales de gente que espera horas”.

          Cumplo con hacerlo: ¿por qué la burocracia privada y pública no se conforma con un mandato simple, si la falsificación de firma es un delito castigado severamente? Si no se trata de transferencia de bienes, sino sólo de autorización para hacer un trámite o cosas tan banales como ésa, bastaría con un poder simple. Y la fotocopia del carnet de identidad debería bastar, pues no hay necesidad de que un notario certifique que es idéntica al original.

          Los poderosos no saben de estas cosas porque sus abogados les van a sacar la firma y luego un notario amigo certifica que lo hizo ante él. Pero los ciudadanos de a pie carecemos de abogados paltones y tenemos derecho a no ser vejados, a que no se nos envíe sistemáticamente a la selva de las aglomeraciones y esperas eternas porque a un burócrata cómodo se le ocurre.

          Ahí está la raíz del problema y mi amigo notario, que ofrece la mejor sala de espera, tiene toda la razón, de modo que me complazco en cumplir su encargo y transmitir “urbi et orbi” que se ponga término a la exigencia funcionaria de que todo, y hasta las cosas más baladíes, sea “firmado ante notario”.