miércoles, 19 de noviembre de 2014

A Quien Pueda Interesar

Informo a marxistas, leninistas o no; kerenskys, compañeros de ruta, tontos útiles, arrepentidos, cerebros lavados y a medio lavar, prevaricadores y chilenos en general que hoy pronuncié el siguiente discurso de homenaje al coronel Cristián Labbé en un recinto que no se dio a conocer para evitar que todos o algunos de los anteriores lo funaran y destrozaran, generando perjuicios que los allí reunidos no estábamos dispuestos a pagar:

Distinguidos amigos y amigas: Si tuviéramos que elegir una palabra para describir la razón que nos reúne aquí hoy, pienso que sería “lealtad”, que el Diccionario define como “cumplimiento de las leyes del honor y de la hombría de bien.”

          Hace más de cuarenta años también me correspondió compartir una tribuna con otro coronel Labbé, el padre del actual, quien, tal como su hijo, había debido sufrir incomprensiones y persecuciones por ceñirse a las leyes del honor y la hombría de bien. Aquel coronel Alberto Labbé debió dejar las filas del Ejército, en 1972, por haberse negado a rendir honores militares a Fidel Castro, lo que junto con valerle el retiro prematuro lo convirtió en figura pública y movió al Partido Nacional a proclamarlo candidato a senador por Santiago.

          Su hijo Cristián, nuestro homenajeado de hoy, siguiendo los pasos de su padre, llenó una honrosa hoja de vida en el Ejército, donde su lealtad al Comandante en Jefe a quien le correspondió secundar, el general Augusto Pinochet, hizo que éste lo distinguiera como uno de sus hombres de más confianza y que pudiera transitar desde encargado de su protección personal, en los mismos días iniciados el 11 de septiembre de 1973, hasta el desempeño de una cartera en el gabinete, como Secretario General de Gobierno, al final del mandato de ocho años que a dicho general le confiriera el pueblo mediante su voto en el plebiscito de 1980.

          Por eso hablar de “dictadura” para ese período no sólo constituye una impropiedad histórica, sino también jurídica, pues se trató de un mandato constitucional fundado en la voluntad del pueblo, durante un período especial de democracia protegida que culminó en la democracia plena inaugurada en 1990 y bajo la cual vivimos hasta hoy, si bien ahora desvirtuada por ilegalidades y atropellos variados, cometidos por los que siempre e históricamente han sido en todo el mundo los principales depredadores del estado de derecho y la sociedad libre.

          Su vocación de servicio público llevó a Cristián Labbé, una vez retirado de las filas, y habiendo obtenido en la Universidad Católica de Washington una maestría en Teoría Política y Filosofía, a presentarse como candidato a Alcalde en la comuna de Providencia en los años ‘90, comuna a la cual sirvió durante sucesivos y exitosos períodos hasta 2012, en cuyo brillante desempeño incluso llegó a  alcanzar reconocimiento internacional por la calidad de su despliegue alcaldicio.

          Pero el rasgo fundamental del carácter del coronel Labbé, el del “cumplimiento de las leyes del honor y de la hombría de bien”, es decir, la lealtad, no podía estar ausente de su desempeño como servidor público y eso lo convirtió en blanco preferente y favorito de los adversarios del Gobierno Militar que impidió en el país la entronización de un dictadura marxista-leninista.

Pues el totalitarismo chileno, derrotado en la guerra armada que declaró y libró para convertir al país en una segunda Cuba o segunda RDA, había ganado la posterior posguerra política e ideológica de los ’90. Gracias a ello, con el concurso de quienes se cambiaron de bando apenas el peligro hubo pasado, logró reescribir la historia, presentándose como el salvador de la democracia que había pretendido destruir y falseando la verdad de una manera tan escandalosa como exitosa, transformándose, mediante una publicidad incesante, de agresor en agredido, de victimario en víctima y de totalitario en demócrata.

          Durante este lamentable y desastroso viraje de la posguerra propagandística que ha vivido el país, hemos visto a huestes políticas completas practicar esa deshonrosa costumbre nacional de “darse vuelta la chaqueta”, instituida en la Revolución de 1891 cuando las tropas leales a Balmaceda, que vestían casacas azules con forro blanco, viraban estas últimas para parecerse a las del ejército revolucionario, que eran blancas, y así correr a rendirse sin recibir los disparos del bando triunfador. La “vuelta de chaqueta” general tiene como símbolo paradigmático a Patricio Aylwin I y Patricio Aylwin II, a quienes podemos encontrar en YouTube declarando el primero, en 1973, que "Allende se aprestaba a tomar por las armas la totalidad del poder", y al segundo, en 1993, diciendo: “Yo nunca pensé que la Unidad Popular como tal, ni menos Salvador Allende, estuvieran interesados en dar un golpe y establecer una dictadura”. Esa filmación histórica retrata con exactitud al Chile actual.

          Lamentablemente, los que se dieron vuelta la chaqueta hicieron legión y los que no, se convirtieron en excepción y en blanco favorito de la propaganda oficial, que desde 1990 quedó en manos de los adversarios de la libertad. Entonces el alcalde Labbé, exponente principal de la lealtad política, se fue convirtiendo en una verdadera “bestia negra” para los manipuladores de la propaganda oficial, sobre todo si hacía cosas tan incomprendidas como haber sido la única autoridad nacional que desplegó conductas vindicativas concretas para hacer sentir el repudio nacional contra el contubernio que se formó en 1998 entre la justicia socialista española y el laborismo inglés, para privar arteramente de su libertad al ex Presidente Pinochet en Londres en ese año y 1999.

          Y también su conducta fue única cuando años después, en 2011, el país entró en un estado prerrevolucionario, habiendo un gobierno débil y encuestocrático enfrentado a la anarquía desatada desde “la calle” por los totalitarios, que ocuparon y usurparon establecimientos educacionales. Pues entonces la única autoridad en el país que veló por la ley y el orden fue el alcalde de Providencia, Cristián Labbé.

Eso ya lo convirtió en un símbolo intolerable para los nuevos dueños de la escena pública y la propaganda oficial. Había uno y sólo uno que hacía valer el principio de autoridad y restablecía la legalidad. Entonces hasta la justicia de izquierda se indignó y la Corte Suprema, en manos de aquella, dictaminó que las “tomas” de establecimientos  no podían ser desalojadas, frente a lo cual los liceos de Providencia fueron retomados y el alcalde ya nada pudo hacer.

          A esto se añadió que el sentido del honor y hombría de bien del alcalde se extendían a la solidaridad con sus ex compañeros de armas sometidos a la ilegal persecución político-judicial. En sucesivos años me correspondió participar en la presentación de cinco ediciones de la exitosa biografía del más emblemático de los presos políticos uniformados, un dignísimo oficial de brillante hoja de servicio en el Ejército, el brigadier Miguel Krassnoff (aplausos en la sala) convertido en chivo expiatorio del peor de los jueces prevaricadores de la izquierda, que con acusaciones y jureros falsos y sin pruebas suficientes, burlándose además de la legalidad (pues nunca siquiera lo interrogó ni cumplió el trámite esencial de una declaración indagatoria a su respecto, como era su primera obligación) le impuso sucesivas condenas a decenas de años de presidio, se supone que sólo por haber cometido el pecado imperdonable de haber descubierto la guarida del jefe del MIR, principal grupo terrorista y asaltante de bancos de los años ’70, Miguel Enríquez; y haber replicado al fuego de éste, dándole muerte. Enríquez hoy está cerca de ser canonizado y elevado a los altares por los totalitarios travestidos de demócratas; y además, estaba Krassnoff precedido del poco recomendable antecedente, desde el punto de vista de la izquierda marxista, de ser hijo y nieto de militares rusos blancos que en los años ’40 fueron colgados por Stalin en la Plaza Roja de Moscú.

          Entonces el alcalde Labbé, como lo hacía con cualquier vecino que lo solicitara para presentar un libro, cedió al hoy fallecido y muy recordado editor Alfonso Márquez de la Plata, en sucesivas ocasiones, el local del Café Literario y el del Club Providencia para presentar las exitosas reediciones de “Prisionero por Servir a Chile”, la biografía de Miguel Krassnoff escrita por la historiadora Gisela Silva Encina, que se agotaba prontamente en las librerías ante un público deseoso de conocer una verdad distinta de la, entre comillas, “verdad judicial y oficial”, la una y la otra, por supuesto, muy distintas de la verdad real. Todo esto hasta que en la presentación de la quinta edición, en 2011, alguien le envió una invitación al acto al entonces Presidente Piñera, una de cuyas secretarias la respondió diciendo que aquél no podría asistir, pero deseándoles al libro y a su protagonista la mejor de las suertes. Por supuesto, eso no sólo le costó el puesto a la infortunada secretaria, sino que la publicidad del episodio movió a las huestes marxistas a desatar un verdadero escándalo nacional, del cual se hicieron parte,  lamentablemente, no pocos tránsfugas de la gesta libertadora de 1973.

Sólo gracias a la firmeza del alcalde Labbé pudimos mantener y llevar a cabo el acto de presentación del libro, pero el terrorismo marxista rodeó el Club Providencia y sometió a diversos vejámenes a quienes asistíamos al lanzamiento, quebrando de paso casi todos los vidrios de la institución a un costo de decenas de millones de pesos para el municipio. Finalmente, quienes concurrimos al acto tuvimos que salir en buses policiales sometidos al apedreamiento de las hoy llamadas “víctimas de atropellos a los derechos humanos” que por la fuerza impiden difundir cualquier versión de la historia que no sea la suya, que han logrado imponer sin contrapeso en el país.

          Ese acto de lealtad del alcalde Labbé con uno de sus numerosos camaradas caídos tras las líneas enemigas tuvo un costo político infinito para él, porque las falanges marxistas, con el apoyo de los conocidos Kerenskys chilenos y la legión de defectores derechistas que se han dejado lavar el cerebro o dado vuelta la chaqueta, volcaron todo su apoyo y sus recursos, en la elección municipal de 2012, hacia la alternativa de izquierda a la alcaldía, hábilmente camuflada de “independiente y moderada”. Así, la comuna de Providencia fue la única del país que, merced a esta maniobra electorera, terminó teniendo más electores nuevos que antiguos, y éstos la hicieron caer en manos de los revolucionarios y pusieron término a la prolongada y exitosa gestión de Labbé.

Las tardías voces de alarma de los nuestros, que somos cada vez menos, me llevaron a trasladar mi propia inscripción a Providencia antes de la elección, y allí en la respectiva fila ante el Registro Electoral pude comprobar, con sólo oír los comentarios, que la movilización de los detractores del alcalde había sido mucho más masiva que la nuestra. Y eso, sumado a la desidia del electorado de derecha de Providencia, que en gran parte no acudió a votar, se tradujo en la derrota de la única autoridad del país que había hecho valer la fuerza de la ley cuando la anarquía se apoderaba de él.

Ése fue el paso previo a la persecución judicial desatada hace poco en su contra, como continuación de la oleada de procesos iniciada por el gobierno de Piñera y su subsecretario Ubilla, que triplicaron las querellas contra uniformados a través de la Oficina de Derechos Humanos del Ministerio del Interior.

          El ex alcalde Labbé, entonces, pasó a integrar la nómina de los soldados “caídos tras las líneas enemigas” y entregados a su infausta suerte. Ya se ha hecho costumbre que los uniformados sean condenados por un delito nuevo tipificado por la justicia de izquierda, el de “haber estado ahí”, amén de que con ello se desconocen las leyes de amnistía, de prescripción, de cosa juzgada y la verdad de los hechos. Pero al alcalde Labbé iba a inaugurar la era de un nuevo delito, al ser procesado por el delito de “no haber estado ahí”, porque nunca estuvo donde el tribunal sostenía que habían tenido lugar delitos hace cuarenta años. Por suerte, pese a los esfuerzos del actual Ministerio del Interior, continuador de la persecución desatada por Piñera, la Corte de Apelaciones no ha podido menos que reconocer que no hay prueba alguna de que Cristián Labbé haya estado en el lugar en que supuestamente acontecieron los hechos amnistiados, prescritos y ya antes juzgados, no obstante lo cual ya él ha sufrido las consecuencias de la publicidad negativa, la invención de atrocidades inexistentes y la pérdida de fuentes de ingresos que suscitan estos procesos ilegales, que son tramitados principalmente en papel de diario y a través de micrófonos y pantallas sensacionalistas.

          Como el alcalde Labbé fue un hombre público honrado, abandonó su cargo sin medios de fortuna y ha debido enfrentar los gastos derivados de la persecución judicial con las limitadas posibilidades que le da su pensión militar de 600 mil pesos mensuales brutos. Pidió a la justicia, entonces, que le redujera el monto de la fianza para obtener la libertad provisional, de 300 a 50 mil pesos, y la justicia de izquierda le replicó alzándosela a 500 mil pesos.

          Por supuesto, nada de esto lo habría sufrido el coronel Labbé si hubiera sido un hombre obsecuente y hubiera virado oportunamente su casaca. Algunos que lo hicieron, aun teniendo un negro prontuario por actuaciones indebidas, no han sido objeto de persecuciones ni querellas, porque los triunfadores de la posguerra compran así a quienes se pasan a sus filas, pero si hay algo que no perdonan, es la lealtad a sus posiciones de los que se niegan a desertar del legado del 11 de septiembre de 1973.

          Pero los que estamos aquí reunidos hoy, si hay algo que admiramos, es precisamente la consecuencia política, la lealtad y el coraje para defender la verdad y las propias ideas.

          El coronel Cristián Labbé Galilea es el mejor ejemplo de esa patriótica conducta y por eso queremos manifestarle hoy no sólo nuestra adhesión y nuestro desagravio por la injusta persecución que ha sufrido, sino nuestra disposición a acompañarlo y ayudarlo en cualquier emprendimiento político futuro que despliegue para defender los principios en los cuales creemos y que él ha sabido mantener muy en alto.

                Coronel Labbé: lo apoyamos, le creemos y confiamos en usted. Su coraje, lealtad y consecuencia son más que nunca necesarios en el Chile de hoy, así es que cuente con nosotros.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La Dictadura del Miedo

          Chile está cada vez más parecido al país de “1984”, de Orwell, donde el “Hermano Mayor” controlaba todo lo que debía decirse y pensarse y había designado como “villano oficial” a quien mejor personificaba la oposición a sus ideas, Emmanuel Goldstein, al cual el pueblo debía cada cierto tiempo insultar a gritos durante varios minutos, tal como cualquier medio controlado por la extrema izquierda (es decir, la mayoría) lo debe hacer crónicamente ahora en Chile con Pinochet.

          El otro día me llamaron de un programa de TV llamado “Vigilantes” para que fuera parte de su panel. Consideré la oferta como un gesto de heroísmo periodístico, pero contesté que vería el programa para saber si habría garantías de que podría exponer mis opiniones. Esa misma noche lo vi. Asistía una persona que quiso hacer una moderada defensa del Gobierno Militar, pues todos los y las demás panelistas estaban concentrados en denigrarlo. Pero entonces una de las segundas lo interrumpió gritando histéricamente: “¡Ratones en la vagina, ratones en la vagina!” Con eso “el negrito de Harvard” quedó silenciado. Decidí no ser su sucesor. Ya había tenido una experiencia similar bajo la TV de la dictadura… la actual, la del miedo, naturalmente.

          Acá el “Hermano Mayor” es el marxismo, y todos sabemos a quiénes me refiero con ese término. El marxismo ha instituido en el país dicha “dictadura del miedo” y la ejerce activamente: “El Mercurio” (16.11.4, D-2) informa que el senador marxista Alfonso de Urresti ofició al Ejército en el sentido de que la medalla “Comandante en Jefe del Ejército Capitán General Augusto Pinochet Ugarte”, con que se premia a ciertos uniformados, constituye “un agravio” para los chilenos. Los militares, que por formación deberían ser los últimos en caer presas del miedo, esta vez lo hicieron con mayor prontitud incluso que los políticos de derecha ante el marxismo, e inmediatamente el Ejército ofició al Estado Mayor Conjunto de la Defensa para que modifique el reglamento de la condecoración y suprima en ella el nombre de Pinochet. “Arrancar de miedo no es cobardía”, reza un antiguo refrán criollo, que los militares y derechistas chilenos hemos adoptado como jaculatoria en las últimas dos décadas y media.

          Es que la izquierda (con la ayuda de los Kerenskys, como siempre y hasta que las cosas pasan de castaño a oscuro y se unen a nosotros para clamar por el salvavidas) mete mucho miedo. Tanto que el ministro Kerensky de Defensa (que cuando era parlamentario tuvo el coraje de intentar investigar a fondo una irregularidad de Piñera) ante el marxismo ha perdido todo ese coraje y ha marginado del Consejo de Monumentos Nacionales al coronel Eduardo Villalón Rojas porque, como integrante del mismo, se opuso a que declararan “centro de torturas y monumento nacional” al edificio de un regimiento. ¡Los que defienden el honor de su institución son sancionados! 

          En mi blog anterior me referí al “Café Torres”, que en su galería de Presidentes de Chile expuesta en el local tiene un inexplicable vacío entre 1973 y 1990, que yo atribuí a la malevolencia izquierdista del propietario. Pero me equivoqué: ¡es por temor a la dictadura del miedo! Pues un feligrés de este blog fue al “Torres” y le enrostró al dueño el injustificable vacío, y resultó que éste también lo estimaba injustificable… pero no se atrevía a llenarlo. Porque los marxistas son violentos y quizás qué pueden hacerle a él y su local si aparece la imagen de la Junta y de Pinochet en el panel histórico, explicando por qué un país igual a Alemania Oriental en 1973 se transformó en otro igual a Alemania Occidental en 1990, cosa que el actual panel, por cierto, no explica.

          Víctima de la dictadura actual se ha suicidado otro preso político uniformado, el suboficial mayor de Carabineros, Luis Mella, apresado por orden de un juez de izquierda por hechos prescritos y amnistiados, separado de su familia, que reside en Temuco, y sin haber sido citado ni interrogado desde el 11 de agosto, en que fue ilegalmente detenido. El juez “lo dejó  botado” y, perdida toda esperanza, se suicidó.

          Si los que tenemos miedo intentamos reunirnos para darnos ánimo, los marxistas nos rodean y nos agreden. Yo tuve que abandonar el Club Providencia, antes de que esta comuna se pasara a la izquierda, dentro de un bus policial y bajo una lluvia de piedras, por haber querido presentar la quinta edición de la biografía de otro preso político, el coronel Krassnoff.

          Y los que quisieron asistir al teatro Caupolicán para la exhibición de un documental del gobierno de la Junta fueron agredidos en los alrededores, resultando personas de edad avanzada con quebraduras y heridas y una señora salvajemente golpeada por los marxistas terminó con una vértebra rota. Le salvaron la vida algunos comerciantes callejeros que espantaron con palos a sus agresores. Todo esto a pocas cuadras de La Moneda. Sólo quiso ejercer un derecho constitucional, el de reunión, conculcado por la dictadura del miedo.

          El escandaloso amedrentamiento de los tribunales, que los ha transformado en una máquina vengadora marxista, inducía a mi amigo Álvaro Bardón a instar a sus amigos abogados a ir en masa a romper sus carnets profesionales ante la sede del Colegio de la Orden. Interrogada una autoridad de éste cerca de por qué el gremio no levantaba la voz ante la increíble y sistemática transgresión de las leyes por parte de los jueces en los procesos contra uniformados, ella manifestó:
          --Si propongo eso, el Consejo se quiebra.

          El  miedo, siempre el miedo. Los partidos de derecha, crónicamente presas de él, se apresuran a revisar sus actuales Declaraciones de Principios, pues ellas manifiestan su agradecimiento al gobierno que salvó al país de quedar al otro lado del Muro, gobierno bajo cuya égida, además, nacieron. Están aterrados de que el Hermano Mayor, es decir, los marxistas, los muestren ante la opinión pública como “hijos de la dictadura”. ¡Hay que adaptar rápidamente los principios, para que el Hermano Mayor no se enoje!

          Entonces, si usted imprime este blog, rómpalo apenas leído. Al Hermano Mayor puede no gustarle que usted lo tenga. Y un sujeto que ha acusado de “cómplices pasivos” a quienes piensan como el autor (y que es, a su vez, cómplice activo del Hermano Mayor en la persecución de uniformados) también podría ponerlo a usted en su mira.

          Pues nunca uno será suficientemente precavido bajo la “Dictadura del Miedo”.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Las "Sincronías" de Klaus

           Klaus Schmidt-Hebbel nos regaló el martes en “El Mercurio” uno de sus artículos llenos de “datos duros” y aparentemente irrefutables, referido esta vez al contraste, en 1989, entre Alemania Occidental, democrática, próspera y libre, con Alemania Oriental, sometida a un régimen totalitario, retrasada y carente de libertades, habiendo partido ambas de un mismo punto inicial.

Era un análisis brillante, hasta que decidió incluir en él lo que llamó  “sincronías”, dos de las cuales (eran tres) no daban cuenta de sincronización alguna y, seguramente en el afán de exhibir “corrección política”, desvirtuaban la prestancia del artículo. Pues, al referirse a que el actual presidente alemán Joachim Gauck, antes de la unificación fue perseguido “por el totalitarismo comunista”, hace esta sorprendente afirmación textual: “Así como –primera sincronía que quiero destacar— la Presidenta Bachelet fue perseguida por la dictadura chilena”.

          ¿Cómo dijo? ¿Una “sincronía” entre alguien que luchaba por más libertad y democracia en Alemania Oriental y alguien que luchaba por, precisamente, establecer en Chile un régimen como el de Alemania Oriental? ¿Qué sincronía es ésa?

La biografía de Bachelet, de Andrea Insunza y Javier Ortega, que no son periodistas de derecha, establece que ella ayudaba al MIR con traslados entre casas de seguridad. Ese grupo terrorista recibía apoyo de regímenes como el de Alemania Oriental (dato duro: consultar el libro “Stasi” de John Koehler). Y después Michele Bachelet convivía con el vocero del FPMR en la época en que “El Mercurio” (26 de marzo de 1986) publicaba dos páginas con las fotografías de los 47 uniformados caídos recientemente a manos de ese grupo terrorista y del MIR. ¿Qué quería Klaus que hicieran los servicios de seguridad con ella? ¿Qué la condecoraran? Estuvo unos pocos días detenida, NO fue torturada (personalmente se lo vi y oí reconocerlo a ella en la TV) y le fue permitido dejar el país.

          Sigo con la segunda “sincronía” de Klaus, textual: “La gran mayoría de los ex exiliados en los regímenes comunistas sigue callando, porque es tuerta en su ojo derecho. Así como es tuerto –segunda sincronía--, pero en su ojo izquierdo, aquel grupo de chilenos que firmaron su propio contrato implícito con nuestra dictadura criolla”. ¿Quiénes serían esos “firmantes”? ¿Lo sería Eduardo Frei Montalva, cuando decía al ABC de Madrid, “los militares han salvado a Chile y a todos nosotros”? ¿O lo serían los obispos cuando decían, en su declaración “Evangelio y Paz” de septiembre de 1975, “Nosotros reconocemos el servicio prestado al país por las Fuerzas Armadas, al liberarlo de una dictadura marxista que parecía inevitable y que había de ser irreversible”? ¿Eran todos tuertos del ojo izquierdo? Es verdad que hubo muchos que, cuando el peligro había pasado, “sanaron” milagrosamente de ese ojo izquierdo y empezaron a hablar de “dictadura”.

          Es que esta es la Historia de Chile aprendida en cátedras como la del paradigmático panel de los gobernantes del país de la “Confitería Torres”. Si uno la estudia en ese pedagógico diagramado, se encuentra con que a un Presidente llamado Salvador Allende, que gobernaba un país cada vez más parecido a Alemania Oriental, hasta 1973, lo sucede inmediatamente otro gobernante llamado Patricio Aylwin, que en 1990 asume la Presidencia en un país democrático y libre, asombrosamente parecido a Alemania Occidental. ¿Qué milagrosa “sincronía” ocurrió entremedio? Sólo un “tuerto de ambos ojos”, al que comúnmente se le llama “ciego”, podría explicarla, con la ilustrada ayuda del dueño de la “Confitería Torres”. Algo fue "borrado" de la memoria chilena y suplantado por otra cosa, que es lo que la mayoría cree hoy. Ocurrió "una sincronía" general.

          “Finalmente”, termina Klaus su artículo, “la tercera y más notable sincronía histórica, en 1989-90, es el derrumbe completo del régimen totalitario de la RDA y la unificación alemana, que ocurren simultáneamente con la transición ordenada desde el régimen militar a la democracia en Chile”.

Aquí sí que estoy totalmente de acuerdo. Hubo sincronía. Siempre he sostenido que la única transición registrada en el país fue la de 1989-90, estrictamente apegada al itinerario dispuesto en la Constitución de 1980, modificada por el plebiscito de 1989 que aprobó un 85% de los chilenos y ratificó el carácter democrático y popular de la Carta que ha regido estos últimos 24 años de libertad y progreso de “la más preciada joya de la corona latinoamericana” (Clinton).

Cuando algún “think tank” criollo logre descifrar lo que ocurrió en el vacío que se observa en el docto panel de Presidentes de la “Confitería Torres”, y cómo fue que sin gobernante alguno pudimos pasar de ser “la cuasi-RDA de América Latina” a “la cuasi-RFA de América Latina”, tal vez los chilenos entendamos un par de cosas más y, desde luego, que no hubo sincronía alguna en los dos primeros casos que Klaus califica de tales, sino todo lo contrario; y que sí la hubo en el tercero, cuando se completó nuestra transición a la democracia exactamente en los términos previstos por el Gobierno Militar y ratificados en doble instancia, en 1980 y 1989, por una amplia mayoría del electorado  chileno.

domingo, 9 de noviembre de 2014

De Cómo Botamos el Muro

          Los católicos fuimos los primeros que empezamos a botar el Muro, y mucho antes de que se  construyera. Pues cuando yo era niño rezábamos tres Avemarías al final de la Misa “por la conversión de Rusia”, hasta que algún cura rojo discurrió que eso podía ofender a los comunistas y las suprimieron. Pero el poder de la oración es tremendo y acumulativo, así es que todas esas Avemarías quedaron represadas a la espera del momento oportuno y cuando éste llegó desbordaron el Muro, la Cortina de Hierro y el marxismo-leninismo, hasta que de todo ello quedaron sólo migajas que se llaman Corea del Norte, Cuba, Maduro y Camila Vallejo.

          Y el Muro cayó justo en la fecha en que comienza el Mes de María, en cuya oración inicial antes se le pedía a la Virgen “que confunda a los enemigos de su Iglesia”, cosa que los curas rojos cambiaron a “convierta”, porque “confunda” era demasiado fuerte. Tal vez creían, como Frei Montalva, que “hay algo peor que el comunismo, que es el anticomunismo”, frase de la cual, supongo, después se arrepintió, pues, como le dijo a la directiva de la SFF en julio de 1973, “esto se arregla sólo con fusiles”, tras relatarles haberle enrostrado a un general que “ustedes tienen las bayonetas y no las usan”. A esas alturas ya se había convencido, parece, de que el comunismo era peor.  

          Pero la principal y más inmediata causa y razón de la caída del Muro fue, por supuesto, la Junta Militar de Gobierno chilena. Pues cuando ésta asumió el poder por mandato ciudadano mayoritario, el dictador ruso Leonid Brezhnev proclamó: “¡Nunca más habrá otro Chile!” y junto con hacerlo puso al KGB a organizar una campaña general de desprestigio de la Junta con el slogan de que “violaba los derechos humanos”, en circunstancias que ella debía combatir a más de veinte mil extremistas de izquierda armados, a los cuales era preciso derrotar, cosa que siempre procuró hacer con mayores consideraciones que las que los norteamericanos dispensan a los terroristas de Al Qaeda, por ejemplo, sin verse azotados por la crítica mundial, sino todo lo contrario (a Obama le dieron el Premio Nobel de la Paz y a los militares norteamericanos que han liquidado extremistas los aplauden en los aeropuertos, mientras acá los jueces de izquierda y sus corifeos kerenskys los condenan ilegalmente a cadenas perpetuas sucesivas y hasta les niegan beneficios carcelarios básicos).

          Es que, cuando la URSS desplegó contra la Junta su campaña mundial propagandística por “violaciones a los derechos humanos” las potencias occidentales le preguntaron a la primera cómo andaban esos derechos por casa, y ése fue el principio del fin del comunismo. Porque entonces un premier ruso, Gorbachov, se vio obligado a intentar respetarlos, pero como es evidente que no puede haber socialismo real junto con respeto a los señalados derechos, los gobiernos comunistas tuvieron que dejar de matar a quienes atravesaban el Muro o la Cortina para huir a otra parte y los europeos orientales comenzaron a irse masivamente a Occidente sin que los comunistas pudieran acribillarlos, como lo hacían antes.

En resumen, se produjo “El Fin de la Historia” (Fukuyama). ¿Gracias a quién? A la Junta Militar chilena, a la cual se desprestigió mundialmente con el slogan que prontamente “compraron” los demócratas doctrinariamente débiles (por vía de ejemplo, compárense la primera con la segunda ediciones de “The Economist” después del Pronunciamiento). Pero finalmente el mayor daño de la propaganda del KGB lo soportaron sus creadores soviéticos, hoy arrojados al basurero de la historia junto con su doctrina, que sólo encuentra ecos transitorios, pero destinados a la extinción, en países incultos y/o inadvertidos, uno de los cuales fuera hace ya algunas décadas bautizado con toda justicia con el nombre de “Tontilandia”.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

No Os He Abandonado

          Por varios días no he escrito aquí, pero lo he hecho en otras partes y me ha faltado el tiempo. Pero ha sido una falta mía, pues están sucediendo cosas importantes. En otro medio escribí una columna titulada “La Revolución Licuada”. Es que la revolución marxista-leninista que el Gobierno está tratando de llevar a cabo por vías legales efectivamente ha provocado terror, pero no sólo en la gente, sino en el propio Gobierno, en la Presidenta. Y por eso ella ha resuelto “licuar” la revolución. Y si no me creen, vean los anuncios de la Ministra del Trabajo, Javiera Blanco, que han irritado a la CUT y han tranquilizado a los empresarios, porque ya no habrá sindicato único, afiliación obligatoria, negociación interempresas, huelga en toda la empresa, más allá del sindicato que la declara; obligatoriedad para todos los trabajadores a someterse a la negociación de un sindicato. Y, además, la Reforma Laboral ya no salió en octubre, sino que queda para este otro año. Y la Reforma Constitucional queda para el próximo gobierno.

          Sin duda, es un “frenazo”, pero, además del de la economía, es el de la revolución que encabeza el Gobierno. ¿Por qué? Porque, pese a que éste está haciendo todo lo que pidió “la calle”, la gente se ha dado cuenta de que el resultado va a ser un desastre. Y eso se refleja en las encuestas, en que ya la reprobación a la Presidenta ha excedido de su aprobación, y sus reformas más fundamentales, la tributaria y la educacional, resultan ser también impopulares. Y eso que todavía no han empezado a aplicarse, porque yo los quiero ver cuando llegue la “hora de la verdad” en las declaraciones de impuestos y, sobre todo, en la recaudación, que va a resultar muy inferior a la esperada.

          En uno de los comentarios que he hecho en otro medio he destacado que la reforma educacional está resultando cada vez más parecida al Transantiago, que un ex ministro calificó como “la peor política pública que se haya llevado a cabo en el país”. El Transantiago tiene los mayores índices de rechazo en las encuestas y el ministro peor evaluado, desplazando de su merecido último lugar en popularidad a Nicolás Eyzaguirre, es el responsable, Andrés Gómez-Lobo, que ha salido hoy día con frenesí a los medios, tratando de reivindicarse.

          Tanto el Transantiago como la reforma educacional implican marginar de la actividad a miles de empresarios privados; en ambos casos se les prohíbe ganarse la vida ejerciendo el respectivo menester; y en ambos casos todo se traducirá en gigantescos desembolsos fiscales, tanto por el déficit de 700 millones de dólares anuales del Transantiago como por la absurda compra de inmuebles escolares que la Reforma Educacional impondrá al fisco, la cual un senador ha estimado en un costo de 4 mil millones de dólares.

Por eso, así como en su primer mandato Michelle Bachelet debió confesar que “Transantiago es una mala palabra”, en el segundo va a tener que confesar que “Reforma Educacional son dos malas palabras”.

          En conclusión, el desconcierto reina en Palacio. Ya se habla de crisis de gabinete, pero el gabinete sólo ha hecho lo que le ha ordenado la Presidenta. Es ahí donde reside la crisis. Por el momento, ella ha “licuado” la Reforma Laboral y “chuteado para adelante” la Reforma Constitucional. Pero la tributaria, licuada y todo, ya ha provocado su daño en las expectativas y por eso María Anastasia O’Grady le ha comunicado al mundo que Chile “marcha en reversa” y el país, en efecto, marcha a crecer menos de dos por ciento este año, según el último Imacec, mientras la inversión sigue cayendo y anticipando un crecimiento todavía menor.

Y el desastre de la Reforma Educacional ni siquiera ha comenzado a manifestarse, porque todavía no ha sido aprobada.

          En otras palabras, la revolución es verdad que se licúa, pero demasiado poco y demasiado tarde.

viernes, 31 de octubre de 2014

"Estamos en Chile"

          Cada uno tendrá su opinión sobre el caso de Pablo Wagner y yo tengo la mía, y como también tengo un blog, la voy a dar. Espero que los comentaristas del blog que habitualmente me insultan lo vuelvan a hacer, los que estén de acuerdo conmigo aporten nuevas razones y los que sepan cosas que yo no sé las den a conocer. Pero a todos les digo una cosa: estamos en Chile y si alguien sabe de los chilenos soy yo.

          Primero, sin conocer personalmente a Pablo Wagner creo que es una persona honesta y capaz, porque si no, no habría accedido a los cargos que ha desempeñado con brillo, lo que le valió ser designado subsecretario en un gobierno que pretendía ser “de excelencia” y que si no lo logró fue sólo por culpa de quien lo encabezaba y no de su equipo.

          Segundo, desde los tiempos del gobierno de Jorge Alessandri entre 1958-64, a la derecha se le hizo difícil conseguir que gente honesta y capaz asumiera altos cargos públicos, debido a que las remuneraciones de éstos eran inferiores a las obtenibles por las mismas personas en el sector privado. Sólo los que tenían fortuna y deseaban figurar podían ser ministros. En los años de ese gobierno se decía que los empresarios más poderosos aportaban algo para suplementar los sueldos de los ministros y altos funcionarios que habían debido renunciar a cargos mucho mejor pagados en el sector privado que los que desempeñaban en el sector público. “Se decía”, pero no me consta. Lo creo, pero no puedo probarlo.

          En ello no había asomo de soborno ni nada parecido. Era la convicción de los grandes empresarios de que se debía hacer un aporte para que los más honestos y capaces trabajaran en el gobierno y no abusaran de sus cargos para enriquecerse, como sucedía en anteriores gobiernos de izquierda.

          Tercero, recuerdo una memorable entrevista a don Patricio Aylwin en “El Mercurio”, cuando estalló el caso de los “sobres con billetes”, donde él paladinamente confesó que sus ministros y subsecretarios entre 1990-94 le decían que “el sueldo no les alcanzaba” y que podía ser suplementado con “gastos reservados” de la Presidencia y los ministerios. Y así se hizo. “Fue una corruptela”, reconoció don Patricio al mismo “El Mercurio”.

Y la “corruptela” siguió hasta que “los pillaron” dos gobiernos después, bajo Lagos. Entonces el benévolo Pablo Longueira, en un gesto de hidalguía (hubo otro: inscripción de listas DC) que jamás fue correspondido, accedió a amnistiar a las legiones de trasgresores y a aumentarles sus sueldos con el equivalente a los “sobres con billetes”. Y se dictó una ley al efecto. Un feligrés de las columnas que yo escribía entonces adaptó un refrán a la situación: “Hecha la trampa, hecha la ley”.

          Entonces, el caso Wagner no es nuevo. Al contrario. Bajo Bachelet I el severo Osvaldo Andrade suplementaba su sueldo de ministro (ya suplementado gracias a Longueira) con honorarios que le pagaba Gendarmería (donde trabajaba y trabaja su cónyuge) por “monitorear” un contrato que, lástima, había dejado de regir.

          Cuarto, Carlos Alberto Délano no tenía la menor necesidad de “comprar” alguna influencia dentro del gobierno de Sebastián Piñera, porque es, si no su mejor amigo, uno de los mejores. Ni menos en la subsecretaría de Minería, siendo que el núcleo de sus negocios está en el sector financiero. A Délano le bastaba, para cualquier cosa, tomar el teléfono y hablar con el Presidente. Simplemente no necesitaba de nadie, ni menos de un subsecretario, para tener acceso al poder.

          Quinto, lo que yo creo que sucedió en el caso de Wagner fue otra cosa: Piñera, en busca de un buen equipo, le “pidió” Wagner a Délano. Pero Wagner les replicó que con el sueldo de ministro “no le alcanzaba”. Entonces Piñera y/o Délano, o ambos, resolvieron que una empresa de este último le hiciera un favor al gobierno y “le suplementara” el sueldo, ya que los “sobres con billetes” de gastos reservados se habían hecho un expediente muy riesgoso. Por supuesto, Piñera igual les exigió a todos sus subsecretarios una declaración firmada de que no podían recibir ningún suplemento, porque de lo que se trataba (en realidad, fue de lo que se trató todo su gobierno) era de asegurarse de quedar fuera de todo riesgo y bien él.

          Ésa es mi versión del asunto. Pero “estamos en Chile”, donde lo que importa no es lo que se hace, sino que a uno no lo pillen. Y si lo pillan, “sacarse el pillo”, como, por ejemplo, logró hacerlo el mismo Sebastián Piñera cuando lo pillaron comprando acciones de LAN con información privilegiada y pagó calladito su multa y después fue elegido, impoluto, Presidente de la República. Y cuando el entonces diputado y actual ministro de Defensa Jorge Burgos quiso revivir el caso y obtener el apoyo de la mayoría de la comisión investigadora de la Cámara para pedir la grabación del llamado que ordenó la compra de las acciones con información privilegiada, la mayoría concertacionista, inexplicablemente (o explicablemente)  “se dio vuelta la chaqueta” y se opuso a pedir tal grabación, dejando a Burgos con un palmo de narices. Y por eso cuando Piñera vió a Burgos sentado en el avión presidencial que iba a partir en su gira a Corea del Sur se sorprendió y lo encaró, preguntándole: “¿Usted merece estar sentado ahí?” Burgos no supo qué contestar.

          “Estamos en Chile”, donde “todos nos conocemos” y “una mano lava la otra y las dos lavan la cara”. Entonces, lo que necesita la UDI ahora es un “Longueira de la Concertación” que la ayude a salir del atolladero.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Condena Global y Transversal

          Ayer o anteayer vi y oí en el noticiero de la TV (probablemente era Teletrece) al presidente de la Corte Suprema, Sergio Muñoz, decir (cita de memoria y no textual) que las condenas contra militares debían continuar porque bajo el gobierno de ellos se había cometido crímenes atroces, que debían ser castigados para que nunca más volvieran a ocurrir en Chile.

          Proviniendo de un juez, y sobre todo de quien encabeza el más alto tribunal de la República, esa declaración es una prueba palpable de que en Chile no rige un estado de derecho para los militares. Los miles de situaciones que ellos vivieron combatiendo a más de veinte mil irregulares armados a lo largo del país han dejado de ser circunstancias personales que, en caso de ser juzgadas, deberían analizarse y ponderarse a la luz de la verdad de los respectivos hechos y del derecho, sino que han pasado a ser una sola consigna global, total o, mejor dicho, totalitaria: hubo un solo gran crimen y todos los militares fueron y son culpables. Ya no caben juicios. Sólo prevalece un gran pre-juicio.

Y el país de los cerebros lavados está preparado para compartirlo. Acabo de leer el aviso de un próximo torneo empresarial sobre la situación interna y se anuncia que lo cerrarán Michelle Bachelet, ex ayudista del MIR en los ’70 y conviviente del vocero del FPMR en los ’80, hoy presidenta de la República; Isabel Allende, hija del gobernante socialista que conducía al país al “socialismo marxista integral”, hoy presidenta del Senado; y Sergio Muñoz, juez de izquierda, que acaba de condenar globalmente a la integridad del Gobierno Militar y que oficia como presidente de la Corte Suprema, desde cuya cúspide fulmina masivamente y al margen de toda norma jurídica aplicable a conductas individuales, a todos los militares que actuaron bajo el gobierno de 1973-90.

Es que los empresarios, generalizadamente identificados con “la derecha”, quieren ser “objetivos” y tener en su próxima cita máxima anual una “versión equilibrada” de lo que sucedió y sucede en el país. Entonces ¿para qué la izquierda necesita a Gramsci?

¡Pobres militares! Condenados de antemano por un “pre-juicio” ya completamente tramitado y con sentencia condenatoria pre-dictada, cualesquiera fueren las circunstancias o los hechos vividos por cada uniformado que creía tener derecho a un debido proceso.

          Entonces no vale de nada que un suboficial de Carabineros, haya entregado sano y salvo a un detenido por orden superior, que después murió; o que un capitán de navío ni siquiera haya estado en una base naval donde falleció otro detenido; o que un teniente de Ejército haya estado en el extranjero cuando murió un extremista: todos ellos han sido condenados por igual y por delitos que no cometieron, a penas de más de cinco años de presidio efectivo, en virtud de un pre-juicio convertido en política oficial de los Tribunales por el Presidente de la Corte Suprema. ¿Que los hechos sucedieron hace cuarenta y un años y están prescritos, amnistiados y ya antes juzgados, como en las  condenas que el ministro Álvaro Mesa recién ha dictado contra siete oficiales de Ejército por la muerte de dos sujetos acusados de disparar contra un regimiento, en Angol, en octubre de 1973? ¿Qué los llamados “delitos de lesa humanidad” sólo fueron tipificados en 2009 y que, además, su descripción no se corresponde con los hechos de 1973? ¿Qué, en el caso del entonces teniente Labbé, ni siquiera estuvo en Tejas Verdes, como se lo imputan dos testigos notoriamente falsos; que allí, en todo caso, no se había constituido una “asociación ilícita”, como afirma la ministra Cifuentes para ponerlo en prisión? No importa. Nada importa. No estamos ante un juicio, sino ante un pre-juicio, y éste los condena a todos en general y a Labbé en particular. Eso es lo oficial. Lo que sostiene el presidente de la Corte Suprema. Lo “generalmente aceptado”.

          Con razón, ante la enésima sentencia dictada contra uniformados pasando por sobre el derecho y los hechos, el día 21 de octubre último escribió a “El Mercurio” el almirante (r) Miguel Ángel Vergara Villalobos: “Así como vamos, todos quienes pertenecimos a las FF. AA. entre 1973 y 1989 somos potenciales condenados. Vamos por un camino peligroso”.

          ¿”Peligroso”? No lo sé, pues ya está claro que los militares han resuelto dejar a sus “caídos tras las líneas enemigas” perecer en la indefensión a manos de jueces que prevarican con absoluta impunidad. Y ojalá sólo fueran abusados a manos de los jueces. Un oficial recientemente procesado fue recibido con estas palabras por la visitadora social de Gendarmería: “Que pase el criminal”. A lo cual siguió una larga diatriba que emitió a voz en cuello contra el Gobierno Militar. Se sentía segura en su (rentable) feudo socialista.

          La  condena global a los soldados del ’73 y a quienes los apoyaron ya es transversal. Terminó de extenderse cuando Sebastián Piñera los condenó a todos por igual (después, naturalmente, de haber aprovechado sus votos para ser electo) en la noche del 11 de septiembre de 1973 en su discurso sobre los “cómplices pasivos” de los “violadores de derechos humanos”. La ironía residió en que su Ministerio del Interior, personificado en el subsecretario Rodrigo Ubilla, sí fue “cómplice”, pero activo, en la prevaricación de los jueces de izquierda, al triplicar el número de querellas ilegales e inconstitucionales a través de su “Departamento de Derechos Humanos”, herencia izquierdista que mantuvo incólume, tan incólume como el Museo de la Memoria y el nombramiento del mirista Patricio Bustos, funcionario de la exclusiva confianza presidencial mantenido bajo la administración Piñera a la cabeza del Instituto Médico-Legal durante sus cuatro años.

          La derogación del debido proceso y, por tanto, del estado de derecho respecto a los militares ya es, pues, un fenómeno “transversal” en la sociedad chilena. La sostienen quienes encabezan los tres poderes del Estado. Hasta le da tribuna la derecha económica y la cohonesta la nueva derecha política, convertida en fiel continuadora de la “doctrina Brezhnev”, según la cual la base de la condena mundial al Gobierno Militar chileno debía consistir en culparlo de “violaciones a los derechos humanos”, casi con la misma energía con que hoy lo hace en “La Segunda” el vicepresidente de la UDI, diputado Javier Macaya.