domingo, 22 de mayo de 2016

Lloro Por Ti, Chile


          Mientras la Presidenta leía su mensaje de una hora y media, las fuerzas más representativas de su pensamiento genuino asolaban las calles del puerto, agitando los inconfundibles pabellones del Partido Comunista con la hoz y el martillo, las banderas rojinegras del MIR y el lema representado por la gigantesca pancarta que portaban los marchantes de la primera fila violentista, proclamando con grandes letras “la Revolución Socialista”, que es, como todos sabemos, el menester fundamental a que está abocado, “sin renuncia”, este gobierno.

          Como lo ha sido en el caso de tantos países, ésa es, actualmente, la perdición de Chile. Algunos dicen que nuestro problema es la incertidumbre, que suelen llamar “incerteza” (usando un vocablo académicamente permitido, aunque extraño) pero el real problema es el contrario: la certeza de que el proceso puesto en marcha por Michelle Bachelet es una revolución socialista. Y es natural que así sea, si nos atenemos a la biografía política más fiel de ella (Insunza y Ortega), que la muestra en su juventud colaborando con el MIR en los ’70; después conviviendo con el vocero del brazo armado comunista, el FPMR, en los ’80; y formando parte del conglomerado formado por el comunismo para competir electoralmente, en el ’89, contra la Concertación y el pacto de derecha, “Democracia y Progreso”. Entonces, los que incendiaron Valparaíso fueron, propiamente, “los suyos”.

          Por supuesto, esta revolución socialista de Bachelet está fracasando, tal como ha fracasado la de otra ex guerrillera en Brasil; tal como similares políticas han llevado al despeñadero a Venezuela y están siendo justo a tiempo desterradas en Argentina. En fin, si es por eso, también tal como las que dieron al traste con todo el “Segundo Mundo” encabezado por la URSS durante setenta aciagos años y que hallaron su epílogo con la caída del Muro de Berlín, levantado por los gobernantes más admirados por Michelle Bachelet, Eric y Margot Hönecker, sintomáticamente fallecidos en nuestra tierra, tan ávida de proveer perdones a todos los crímenes de la izquierda como de imponer castigos a los que frustran sus propósitos totalitarios.

          Lloro por este Chile sofrenado por la violencia comunista-socialista impune, que es parte de la actual revolución. Lloro por los caídos a manos de ella, desde el matrimonio Luchsinger McKay hasta Eduardo Lara, sabiendo que los autores de crímenes de la subversión, como los de todos los cometidos entre 1973-90 y posteriores, serán indultados, mientras los llamados a combatirlos serán finalmente perseguidos y traicionados por los Kerenskys, Aylwines y Piñeras que los convocaban y aplaudían cuando el miedo acosaba.

          Lloro porque Chile no tiene alternativa fuera de la que representan la revolución en curso y el previsible triunfo del sujeto que le pavimentó el camino, criminalizando a la derecha que era alternativa electoral en 2013, condenándola así a una derrota irremisible, de la cual no ha podido recuperarse. Pues esa derecha ha muerto políticamente y ya carece hasta del más mínimo financiamiento para revivir. Como ha dicho un actual escudero de su enterrador, este último es su único posible candidato “y lo demás es música”. “El que tiene la plata pone la música”. Y tal personaje tiene hoy ventajas irremontables, como su dinero, que está disponible para su pre-campaña y sus aspiraciones. Sólo para éstas y las de nadie más. Si él decidiera marginarse, nadie tendría medios para tomar su lugar. Es sabido que cuando no es él el protagonista, desaparece junto con su billetera, como lo hiciera en 1999. Entonces no fue tan grave, porque había otras billeteras; pero ahora no queda ninguna. Y también él tiene otra ventaja: una “generalísima virtual”, Michelle Bachelet, que con sus políticas revolucionarias fracasadas lleva a la mayoría a decirse, “que venga cualquiera, pero que termine esto”. Y “esto” es lo que estamos viviendo hoy: semiparalización económica, pérdida de empleos, incertidumbre empresarial, violencia impune y una atmósfera circense de “encuentros locales” que a la gente tan poco interesan que ha debido reducirse el quórum para realizarlos, porque no llegaban los quince exigidos por el libreto oficial. Frente a eso, la verdad es que la masa la única alternativa que conoce es la del enterrador de la derecha. Ningún postulante a competirle tiene los medios de darse a conocer nacionalmente. Y casi ninguno supera siquiera el 67% de conocimiento entre la población.

Frente al circo constitucional el único consuelo es que, si desemboca en algo, redundará en un proyecto de reforma que no será tramitado por este gobierno, sino por el próximo, que (de esto no hay “incerteza”) no será socialista ni revolucionario. En otras palabras, después de todo este circo, no habrá reforma constitucional.

Y los otros grandes torpedos contra las libertades personales, la reforma laboral y la educacional, también quedarán para más adelante. Aunque la primera la redacten este año, ya han confesado que sólo la implementarán el próximo, lo que dudo hagan, pues en 2017 estaremos inmersos en plenas elecciones presidenciales y parlamentarias. Y los proyectos educacionales ni siquiera están redactados. Es decir, para cuando el gobierno socialista revolucionario haya terminado, todavía será posible remediar los peores males que ha pergeñado.

Pero de todos modos lloro por ti, Chile, por este año y medio revolucionario de la gran serpiente que todavía te queda por delante y por la alta probabilidad de que, tras él, vuelvas a caer del fuego a las brasas otra vez.

viernes, 20 de mayo de 2016

Un País Que Ha Perdido la Cabeza


          Chile no está en sus cabales, eso está claro. Chiloé, como parte de Chile, tampoco. Sus habitantes provocaron una interrupción forzada de actividades con motivo de la “marea roja”, pero el daño generado por esta última ha sido mucho menor que el derivado de la paralización generada por los propios chilotes. Eso no está en discusión. Es verdad que ahora los contribuyentes les estamos pagando a los chilotes una indemnización  por la “marea roja”, pero, obviamente, no les vamos a pagar ninguna por el perjuicio que ellos mismos se han autoprovocado con su protesta. En otras palabras, todo el mundo ha terminado peor que si sólo hubiera habido “marea roja” sin protestas y sin bonos. Entonces, lo más conveniente para Chiloé y para el país habría sido que sufrieran la “marea roja”, pues habrían soportado sólo el perjuicio por pérdida de mariscos, y éste sólo los pescadores; y, en cambio, todos los habitantes han experimentado uno mucho mayor por la paralización de actividades, cuyo costo nadie les va a cubrir.

          El primer principio inculcado a los médicos por el padre de la medicina, Hipócrates, fue “primum non nocere”, es decir, “lo primero es no hacer daño”. En política debería aplicarse lo mismo. Si así se hubiera hecho en Chiloé, los dirigentes que provocaron la agitación y la paralización de la isla deberían haberse abstenido de ponerla en situación de huelga forzosa y todos habrían salido ganando, pues sólo habrían sido perjudicados los pescadores de mariscos (la “marea roja” no contamina a los peces); éstos habrían recibido el bono del gobierno, lo que habría paliado su perjuicio, y el resto de la población de la isla no habría sufrido ninguna de las pérdidas económicas que hoy todos allá lamentan y que ha generado no pocas quiebras comerciales.

          Otro ejemplo de que el país no está en sus cabales es el de la liberación de 2.258 reos, entre ellos los autores de delitos de alta connotación y un total de 528 que ni siquiera consiguieron un informe favorable a su libertad de Gendarmería. Por contraste, hay un presidio, Punta Peuco, donde hay 120 reos que no son delincuentes, sino que están en esa condición por una razón política, y a los cuales se deniega la libertad condicional. Ellos fueron llamados en 1973, con absoluto entusiasmo y énfasis, por los máximos líderes parlamentarios del país a combatir a un ejército clandestino de extrema izquierda. Obviamente, el llamado implicaba hacerlo por las armas. Si hubiera habido otro medio legal de reducir a esa fuerza subversiva clandestina, los líderes políticos democráticos lo habrían empleado.

          Los presos de Punta Peuco, que potencialmente pueden llegar a ser más de mil, pues superior a ese número es el de procesos ilegales que se siguen tramitando por las muertes de extremistas caídos en la lucha post 11 de septiembre de 1973, no han sido beneficiados por la libertad condicional masiva recientemente aprobada por la Corte Suprema. Aparte de no ser delincuentes, sino personas que creyeron actuar en defensa de su país contra una agresión totalitaria, son de avanzada edad y muchos víctimas de enfermedades o impedimentos, entre ellos seis que sufren de Alzheimer y ni siquiera saben que se encuentran en un presidio cumpliendo condenas.

          Como el país ha perdido la cabeza, no sólo no se los libera como a los delincuentes, sino que se suscitan periódicamente iniciativas para empeorar las condiciones en que están.

          Todo esto se juzga, en el país que ha perdido la cabeza, como políticamente correcto. Ha habido un solo parlamentario que ha tenido el coraje político de interponer sus buenos oficios, pero sin éxito, ante el Presidente de la Corte Suprema por la evidente discriminación con los militares presos en el tema de las libertades condicionales, el diputado José Antonio Kast, en un gesto que merece realzarse. Pero no ha tenido éxito. Porque así como la Corte Suprema liberó a 528 reos sin informes favorables de Gendarmería, podría hacerlo también con los 120 ancianos caballeros de Punta Peuco, a los cuales, por razones evidentemente políticas, también se les niegan informes favorables.

          Hay muchas evidencias más de que el país ha perdido la razón, la más elocuente de las cuales es el artificial “Proceso Constituyente” al cual se ha convocado a la ciudadanía y en el que, siendo ella mayoritariamente cuerda, hasta ahora se ha mostrado reacia a involucrarse. Pues por fortuna parece que la sinrazón afecta sólo a las cúpulas y no a la masa de la población.

lunes, 16 de mayo de 2016

...Y Se Quedan Los Peores


          En “Estrategia” se publicó lo que ganaban los directores de sociedades anónimas en 2015 y entre los primeros apareció Hernán Büchi con $1.044 millones, es decir, unos $87 millones mensuales. Al decidir radicarse en Suiza, debido al clima de incertidumbre que se vive en Chile, renunció a todo eso.

          En estos mismos días se publicó que por trece meses consecutivos viene  cayendo la productividad en el país. Esta mide la aptitud para producir más bienes con unos mismos factores.

          Las dos noticias están relacionadas. A Büchi se lo peleaban los controladores de empresas porque es un tipo capaz de leer un balance y formular preguntas de un millón de dólares, es decir, captar dónde se pueden hacer cambios y ganar más sin gastar más, lo que es igual a mejorar la productividad. Fue lo que él hizo con Chile mientras fue Ministro de Hacienda, entre 1985 y 1989, en plena crisis de la deuda, privatizando, poniendo al día la deuda externa, llevando a la economía a crecer sobre diez por ciento y reduciendo el desempleo a la mitad. Lo logró haciendo, como es obvio, aproximadamente todo lo contrario de lo que hoy hace Michelle 2.0, es decir, bajando impuestos, congelando el salario mínimo obligatorio, moderando el gasto fiscal y convirtiendo, mediante el capitalismo popular, monstruos estatales con gigantescas pérdidas en empresas privatizadas que obtenían utilidades y que, en lugar de ordeñar al fisco, le pagaban impuestos.

          ¿Por qué se van los mejores? Porque acá los persiguen. A Büchi lo empezaron a nombrar porque era director de SQM y esa empresa les pasaba plata a los partidos políticos mediante facturas “ideológicamente falsas”. Después publicaron que tenía una cuenta offshore, según los “Panama Papers”, pero no era verdad y él así lo probó. Sin embargo, ya se había iniciado en su contra “el juicio por los diarios”, que a las personas recatadas y decentes las afecta mucho. Sin ir más lejos, en “El Mostrador” aparece una encuesta para responder la siguiente pregunta: “¿Quién debería ser declarado reo y no obtener ningún beneficio carcelario?”. Las alternativas de respuesta son “Jovino”, que lleva 57,63%; “Sebastián”, 29,29%; “Jorge”, 9,51% y “Hernán”, 3,53%. Pero a tipos como “Sebastián” y “Jorge” eso no les importa nada y ponen cara de palo. En cambio a Büchi, que es todo lo contrario, le importa mucho y seguramente es un factor en su decisión de emigrar. Por personalidad no está dispuesto a que su nombre sea trajinado injustamente por los medios ni menos a ser objeto, como lo fue, de una amenaza de muerte por un izquierdista cualquiera (es decir, de los que cumplen las amenazas de muerte).

          Por todo eso se va. ¿Y quiénes se quedan? Los cara de palo, como “Sebastián”, que obtuvo ayuda de SQM y otras empresas para su campaña, apareció con dos empresas offshore en los “Panama Papers” y ciertamente merecería ir aventajando a “Jovino” en la encuesta de “El Mostrador”, porque este último captó fondos para la UDI pero “no se llevó plata para la casa”, como “Sebastián” que, comprobadamente, usó fondos electorales para pagar a ejecutivos de otra empresa suya, es decir, lucró directamente en el proceso.

          En Chile, donde el concepto de probidad es particularmente acomodaticio, nada de lo anterior obsta a que “Sebastián” encabece las encuestas presidenciales o a que Joaquín Lavín afirme que él debe ser el candidato de la UDI y “lo demás es música”. O sea, es “música” la posibilidad de llevar como candidato propio a un tipo decente como José Antonio Kast, con un prontuario decididamente más limpio que el de “Sebastián” y que jamás le ha inferido al partido el daño que le provocó aquél.

          ¡Qué mal presagio para Chile! Se marcha Büchi y se queda “Sebastián”. A veces a mí también me dan ganas de mandarme cambiar de un país así, pero me contengo, porque entonces, ¿quién va a decirles a los chilenos todas las verdades sin dejarse sobornar?

viernes, 13 de mayo de 2016

Problemas Imaginarios Tornados Reales


          La encuesta más seria de nuestro medio, la CEP, les preguntó a los chilenos en julio-agosto de 2013 cuáles eran los problemas más importantes que teníamos como país y enumeraron quince, encabezados, por supuesto, por delincuencia, salud y educación. La actual Constitución ni siquiera era mencionada porque, entre otras razones, nunca ha sido un problema sino, al contrario, fue una solución para un mal endémico nacional anterior a 1973, el de la inestabilidad y la inseguridad de los derechos y del régimen democrático.

          Asumió el poder Michelle 2.0, la revolucionaria, en 2014, y se comenzó hablar de una nueva Constitución, porque la izquierda siempre hace la revolución con la plata de los demás y entonces debe empezar por quitarles cosas a los que las tienen y para eso debe debilitar el derecho de propiedad, sólidamente garantizado en la actual Constitución.

          Ése es todo el cuento, créanmelo. Lo demás es paja picada. Lo que quiere el actual régimen revolucionario es expropiar por mayoría simple y punto.

          Entonces empezaron a hablar de nueva Constitución y Asamblea Constituyente. Pero cuando la encuesta CEP de julio de 2014 les volvió a preguntar a los chilenos por sus preocupaciones nacionales más importantes, tampoco apareció entre los primeros quince temas el de la Constitución. Entonces el CEP, que tiene su corazoncito, añadió un tema número 16, y sólo ahí apareció la Constitución, en último lugar, mencionada por el 2% de los encuestados.

          Luego vino el caso Caval y se hizo imperioso distraer la atención de los chilenos con algo. Y ahí, entonces, el segundo piso discurrió el “proceso constituyente” para que los chilenos miraran para otro lado. Y ya en agosto de 2015 la encuesta CEP revelaba que el tema, por fin, había ocupado el 15° lugar, con tres por ciento de menciones. El último, pero por lo menos estaba.

          Bueno, desde entonces hasta ahora se lo han metido en la cabeza a la fuerza a la gente y hay encuestas recientes en que ya más del 60 por ciento manifiesta que necesitamos una nueva Constitución. Un problema imaginario tornado real mediante el manejo mediático.
         
          Las “élites habladoras” de que hablaba Paul Johnson entonces se sintieron en la necesidad de participar en ese debate y ya son muy pocos los que se atreven a decir lo que realmente piensa el pueblo chileno antes de ser manipulado, es decir, que está satisfecho con la Constitución que tiene, bajo la cual ha vivido el mejor período de estabilidad política y progreso económico-social de nuestra historia y ha transitado desde la zaga de los subdesarrollados inflacionarios e inestables a la cabeza de los que dejan de serlo y están a punto de ser desarrollados. Todo gracias al modelo instaurado bajo la presidencia del único Jefe de Estado que merecería tener una estatua en la Plaza de la Constitución, donde ocupa lugar destacado la del que menos la merece de todos, por haber sido indiscutidamente el peor presidente de la historia de Chile.

          Ahora el problema imaginario se ha instalado entre nosotros y la mayoría está preocupada de él. Así somos los chilenos. Y así tenemos al más débil y “veleta” de todos, Piñera, por supuesto, lanzando ochenta propuestas de cambio constitucional. Una vez más “abraza las banderas del adversario”.

          Otro problema imaginario que nos tiene conmocionados es el “conflicto mapuche”, creado exclusivamente por los políticos y, en particular, por el inefable Patricio Aylwin, que tanto daño hizo al país al perseguir a los militares que lo habían salvado y pedir perdón y llenar de prebendas a los que querían sumirnos en el totalitarismo. Pues cuando el Presidente Augusto Pinochet le entregó el poder en 1990 simplemente no había tal “conflicto mapuche”. El gobierno de éste les había dado títulos sobre las tierras a los miembros de más de dos mil comunidades indígenas y faltaba sólo una veintena de casos para completarlas todas. Le dieron un pergamino de agradecimiento y lo proclamaron “Gran Conductor y Jefe” (“Ullmen F’ta Lonko”). La Araucanía era tan pacífica y estaba tan satisfecha que lo premió con un 55% de votos “Sí” en el plebiscito de 1988.

          Se requería ser muy inepto para, a partir de esa espléndida realidad, crear un conflicto y convertir a la Araucanía en el polvorín que es hoy. Y, ciertamente, la ineptitud caracterizó a los gobiernos de la Concertación, entre los cuales siempre debe incluirse al de Piñera, que estuvo a la izquierda de ellos en muchos aspectos (impuestos, creación de ministerios, persecución a los militares, hacer guardia junto al féretro de Hugo Chávez, cosa que creo ni siquiera la revolucionaria Bachelet habría hecho).

          Por tanto, en 1990 el “conflicto mapuche” no existía, era un problema imaginario. La centroizquierda y el piñerismo lo convirtieron en realidad. Y ahí lo tenemos. Sin solución. En este momento sólo es peor lo que sucede en Chiloé, donde el daño de la marea roja es sólo una fracción del que han provocado la anarquía y la violencia, que están arruinando no sólo a la pesca sino a todas las actividades de la zona. Y, una vez más, “a río revuelto, ganancia de los comunistas” y no de los pescadores; pues avanza la revolución.

          Ésta es el problema real de los chilenos hoy. Y no se presenta ninguna figura capaz de ofrecer una solución. 

martes, 10 de mayo de 2016

Tenemos Miedo


          El rasgo más esencial de la derecha política no es su afición por el dinero (al cual no le hace asco), ni su devoción por la libertad y el orden, sino el miedo.

          Nadie lo ha descrito con mayor elocuencia que Michelle Bachelet 1.0 cuando asumió el poder por primera vez en 2006, en su discurso inaugural: “Cuando la izquierda sale a la calle, la derecha se pone a temblar”. Ella no volvió a repetirlo nunca más, porque no le resultaba políticamente conveniente, pero había dicho una rigurosa verdad.

          Miedo. Nunca olvidaré la presentación del documental favorable a Pinochet en el Caupolicán, bajo el gobierno de Piñera, a la cual me aprestaba a asistir, por supuesto, con mucho temor a las agresiones comunistas-socialistas-miristas, pero completamente resuelto a vencerlo. Pero me vi rodeado de mi mujer y mis hijos, que me impidieron abandonar la casa, aunque habría bastado para impedírmelo una perentoria orden de la primera. Así es que no fui por miedo… y me libré, porque a Alfonso Márquez de la Plata le rompieron huevos crudos en la cabeza y logró huir en taxi en medio de golpes y empujones, mientras uno de los hermanos Widow, viñamarinos, sufrió la dislocación de una pierna, el otro el quiebre de la mandíbula, el hijo del primero traumatismos variados y, en fin, Gina Fascinetti, una bella partidaria del Gobierno Militar que se dirigía al evento, fue derribada y pateada en el suelo, sufriendo una costilla rota y si fue sólo una fue gracias a que los comerciantes de fruta del sector la arrebataron de los pies de los extremistas que la habían derribado. Todo a pasos de La Moneda, donde el cómplice pasivo de los agresores miraba para otro lado.

          Ergo, no volvió ni volverá a haber actos públicos nuestros porque tenemos miedo, porque “la izquierda sale a la calle” y ya antes de que nos golpee nos ponemos a temblar. Entonces, por miedo, “los nuestros” hacen gestos de apaciguamiento hacia la izquierda que nos amenaza. Incorporan a los directorios a los representantes más tragables de ella. El CEP, supuestamente un “think tank” de derecha, tenía como consejero a José Zalaquett, definidamente de izquierda y ex miembro de la Comisión Rettig formada por Aylwin para exculpar a los comunistas y sentar en el banquillo a los militares, pero como aquél renunció al consejo en repudio a Eliodoro Matte (porque así paga la izquierda los gestos de conciliación de la derecha) ahora han designado en su reemplazo a José Joaquín Brunner, otro izquierdista, si bien moderado. ¡Para que no vayan a creer que el CEP tiene algún lazo con la derecha!

          Hoy me convidaron a un almuerzo para ver manera de ayudar a la publicación de nuestras ideas y no fue posible eludir el tema del autoexilio parcial de Hernán Büchi, que reiteradamente he comentado en este blog. Y se recordó un episodio que refleja el estado de cosas del país, no sólo de hoy, sino de siempre: hace pocos meses el ex ministro de Hacienda venía llegando del exterior y tomó un ascensor del aeropuerto junto a otras personas, entre las cuales había un joven, bien vestido y con aspecto de haber no sólo nacido después del 11 de septiembre de 1973 sino también del 11 de marzo de 1990, que le preguntó si efectivamente era Hernán Büchi. Este le respondió afirmativamente, tras lo cual el joven le dijo: “Usted fue colaborador de un gobierno asesino y si yo tuviera ahora una pistola lo mataría aquí mismo inmediatamente”, revelando que, en realidad, el asesino era él.

          Supe que ese episodio había perturbado profundamente a Hernán Büchi y tal vez haya sido un elemento relevante de su decisión de alejarse del país.

          El odio acá no es nuevo, pero se ha ido acentuando y profundizando en la medida en que el comunismo, que es la doctrina del odio, ha asumido posiciones de poder, controlando la formación de opinión y dominando el debate público. Lo que yo llamo lavado de cerebros. Y ese odio infunde mucho miedo. El mismo que indujo a los políticos democráticos a demandar la intervención de las FF. AA., y Carabineros en 1973, cuando Frei Montalva y Aylwin decían textualmente que lo sucedido en Chile era “responsabilidad exclusiva de la UP”. El mismo que inducía al ministro de la Corte Suprema, Rafael Retamal, a decirle a Aylwin, ya en 1974, “dejemos que los militares hagan el trabajo sucio… los extremistas nos iban a matar a todos”. El mismo que hasta hoy nos impide salir a la calle a exponer nuestras demandas, mientras la izquierda se adueña de ella, vocifera, amenaza y destruye, mientras “la derecha se pone a temblar”.

          Sí, tenemos miedo. También tenemos la razón. Pero no nos atrevemos a defenderla públicamente. Y por eso nos rodeamos de consejeros, directores, conferencistas, columnistas y asesores de izquierda (bien pagados) para poder sobrevivir. Porque basta que la izquierda salga a la calle para que nos pongamos a temblar. 

domingo, 8 de mayo de 2016

La Contradicción Vital de los Chilenos


          La decisión de Büchi de trasladarse a Suiza no ha dejado indiferente a nadie. El término “contradicción vital” ha sido recordado en todos los comentarios, pues lo acuñó él mismo cuando en 1989 renunció a su candidatura presidencial, para posteriormente retractarse y volver a postular.

Büchi fue entonces candidato del oficialismo porque encabezaba las encuestas de popularidad. Ningún político, partiendo por Aylwin, se le acercaba, a fines de 1988. Encabezaba los sondeos porque era un técnico de excelencia, independiente, informal, joven, con pelo largo y que se iba en micro al Ministerio de Hacienda, al cual accedió por méritos. Y también era popular porque tenía a la economía creciendo al diez por ciento y había disminuido el desempleo a la mitad.

          Pero como candidato se transformó en otra persona. Se tornó “políticamente correcto”. Como lo habría hecho cualquier político de derecha, hoy y siempre (por desgracia), “se corrió hacia el centro” y designó como generalísimo de su campaña a un personaje opositor al Gobierno Militar, Sebastián Piñera. Pero éste lo volvió loco con un despliegue de actividades y declaraciones que no se condecían con el pensamiento ni la personalidad de Büchi y finalmente éste, metido en una camisa de fuerza, sin poder ser él mismo, renunció. Más tarde, ante la evidente falta de otro postulante con posibilidades, accedió a volver a ser candidato. Pero ya era demasiado tarde y como nunca pudo volver a ser el mismo que había encabezado las encuestas y accedió a seguir siendo “políticamente correcto”, perdió ampliamente con Aylwin.

          Hoy se va porque el que sufre una contradicción vital es todo el país. Y Büchi se ha dado cuenta antes que casi todos los demás. Él fue uno de los principales artífices del modelo de libertades que catapultó a Chile al primer lugar de América Latina. Pero, la verdad sea dicha, ese modelo hace a unos muy desiguales con respecto a otros, en términos económicos. Sin embargo, les da libertad a todos y genera prosperidad para todos. Por ejemplo ¿alguien podría creer hoy que los dirigentes del brazo armado comunista, bajo el Gobierno Militar, en los ’80, pudieron crear un colegio y administrarlo? Pero fue así: el “Colegio Latinoamericano de Integración”. Porque la libertad precisamente garantizaba el pluralismo, incluso bajo reglas autoritarias, y existiendo ella nadie tiene que depender del Gobierno para ganarse la vida.

          Pero este exitoso modelo implica una contradicción vital: ¿recuerdan ustedes que en la última elección presidencial la candidata de izquierda ganó con el 62 por ciento, versus el 38 por ciento de la de derecha? Bueno, en el conjunto de comunas del oriente de Santiago (Providencia, Vitacura, Las Condes, La Reina, Lo Barnechea) el resultado no sólo fue el opuesto, sino que la candidata de derecha obtuvo más del 80 por ciento de los votos y la actual gobernante el 20 por ciento. Y en esa zona está radicada la mayor parte de la riqueza del país.

          Ésa es una contradicción vital, porque en una sociedad libre hay una minoría que gana mucho, vive de manera diferente, se avecinda en ghettos con sus iguales y se nos demanda aceptar eso como algo no sólo normal, sino conveniente. Pero la mayoría lo repudia.

La mala noticia es que tal rasgo resulta esencial para el éxito del modelo, es decir, para que la sociedad libre sea próspera y todos en ella vivan cada vez mejor. Si queremos prosperidad para todos, debemos aceptar que el uno por ciento sea desigual y viva en ghettos. Porque ese uno por ciento es el único que “sabe cómo hacerlo”. Si lo perseguimos, se acaban el bienestar y la prosperidad. Y como ahora lo estamos persiguiendo, ambos se están acabando. El socialismo funciona hasta que se le termina la plata del uno por ciento. Büchi se dio cuenta y se fue. Y supongo que otros también lo han hecho o lo harán. Por eso la cosa está peor.

¿Difícil de tragar? Por supuesto. ¿Quién se atreve a decir que la desigualdad es una condición necesaria para que existan libertad y progreso? Bueno, entre nosotros se ha atrevido Axel Kaiser, en su libro “La Tiranía de la Igualdad”. Pero lamentablemente el público lector de libros es una minoría tan exigua como el uno por ciento de los más pudientes. El mensaje no llega a la masa. Nadie que aspire a ganar una elección puede defender la desigualdad. Y por eso Sebastián Piñera declaró, siendo Presidente, que la desigualdad en Chile es escandalosa e intolerable. Y, de hecho, se distinguió por “tomar las banderas del adversario” aumentando el tamaño del Estado, creando ministerios y aumentando impuestos. Y lo va a volver a hacer, si es elegido.

          Entonces Büchi ha visto que casi treinta años después de haberse enfrentado a una contradicción vital que le impedía ser candidato, porque le exigía caer en lo que no creía, ahora ve que la receta es, gane quien gane, algo en lo cual tampoco cree: un país que para ser más igualitario cercena libertades y crea incertidumbre. Y por eso ha renunciado a vivir, trabajar y producir acá. Evidentemente, otros hacen lo mismo, ¿pues de qué otra manera explicar que el país crezca cada vez menos y la inversión sea cada vez menor?

          Porque tenemos, como país, una contradicción vital.

jueves, 5 de mayo de 2016

Los Que Se Quedan y Los Que Se Van


               Ahora que Büchi ha resuelto residir afuera, han salido a la palestra varios personajes para tranquilizarnos y asegurarnos que no se van a ir, aunque no nos daríamos cuenta si lo hicieran. Ése es el problema del país: se van personas como Büchi, esenciales en la generación de lo que tenemos, del cambio positivo de Chile registrado en las últimas décadas, y se quedan personajes autocalificados de ejemplares y patriotas que, si por algo se han distinguido, es por haberse opuesto a todo lo que Büchi propició y ayudó a concretar, y que, precisamente, ha sido lo que “cambió de pelo” a Chile. 

          Y si es por vivir aquí o afuera, para el país habría sido preferible que Michelle 2.0 y todas sus añoranzas de reproducir acá otra RDA hubieran resuelto continuar en Nueva York, a que adoptaran la lamentable decisión de venirse a destruir el modelo que Büchi fue esencial para diseñar. En el fondo, él se ha ido porque el país se ha vuelto loco para mal y Michelle 2.0 y los suyos lo están transformando en un lugar indeseable.

Al propio tiempo, seguramente él se ha dado cuenta de que existen grandes posibilidades de que, a raíz del desastre gestado por MB 2.0, sobrevenga la reelección de Piñera, que en estos días se incorpora con entusiasmo a “la última locura de Mel Brooks”: una Constitución redactada ¡por todos los chilenos! Eso va a ser lo que, cuando yo era niño, los mayores llamaban “una merienda de negros”, sin ánimo de ser racistas, sino de reflejar lo que habían visto ellos y sus antepasados.

Desde que empezaron a hacerse constituciones, por los Founding Fathers en los Estados Unidos o sujetos de excepción como Juan Egaña en Chile, ésa ha sido una tarea de las mentes más selectas e ilustradas o de comisiones de notables. Acá ahora se le entrega a las masas. Mientras menos selectas e ilustradas, mejor. Pocas ganas dan de seguir viviendo en un país así. Y si se van los que se horrorizan ante eso y se quedan los que avivan la cueca, entonces a nadie puede extrañar que los individuos superiores, ésos cuya presencia es bienvenida en todas partes y que fueran el motor del progreso de acá, elijan un destino mejor.
          
         Tanto ha perdido la cabeza el país que se ha puesto a liberar a los presos de mayor peligrosidad. El doble parricida de Rancagua acaba de obtener su libertad condicional, beneficio con el cual ni siquiera pueden soñar personas decentes como los Presos Políticos Militares, a los cuales se les ha pagado su triunfo sobre el terrorismo armado de izquierda, que nos iba a imponer una dictadura comunista (Aylwin), condenándolos contra toda noción de derecho. Los “sicólogos” socialistas les niegan a los PPM beneficios carcelarios que corresponden hasta a los peores reos porque, dicen, “no muestran señales de arrepentimiento”. ¿Cómo las van a mostrar si desde un principio se han declarado inocentes y han sido condenados por “presunciones” truchas fabricadas por los jueces de izquierda? Tendrían que mentir para dar en el gusto a los sicólogos marxistas.

Entonces tenemos un penal lleno de caballeros ancianos, muchos enfermos, no delincuentes, espectáculo que ha horrorizado al pastor de la Iglesia Anglicana que hace poco los ha ido a visitar (cfr. “Chile Informa”, 28.04.16). El trío de mujeres odiosas del país, Michelle Bachelet, Javiera Blanco e Isabel Allende, está desesperado porque esos presos políticos mantienen un penal limpio, ordenado y disciplinado y porque atienden a sus camaradas que están paralíticos o han perdido la razón y, además, porque no agreden a los gendarmes. Por supuesto que gozan de un “privilegio” que no tiene el resto de la población penal: viven entre personas decentes y no están rodeados ni amenazados por otros delincuentes. ¡Señoras guardianas del odio: si quieren tener más penales como ése, consigan con su justicia de izquierda que siga metiendo presas a más personas que nunca han sido delincuentes! Mientras tanto, que entre la justicia de izquierda y el gobierno sigan liberando a parricidas, asesinos y reos rematados. ¿Está o no loco el país?
         
          Pero, como afirmé en anterior columna, para todos los efectos prácticos este gobierno desastroso ya terminó. A estas alturas del próximo año ya nadie va a estar hablando de él. Y un año pasa volando. Por suerte, va a continuar vigente la misma Constitución que ha presidido las últimas décadas, que han sido las más prósperas de la historia del país. La mala noticia es que tiene muchas perspectivas de ser elegido un Presidente que destruyó al sector político que en mala hora lo apoyó. Además, persiguió a los PPM, triplicando su número. Y tiene una gran fortuna disponible para ser gastada en la finalidad que más lo motiva, la promoción de sí mismo. Por añadidura, cuenta con la mejor generalísima de campaña que era dable imaginar: Michelle Bachelet, promotora de las mayores locuras contrarias a la estabilidad y el progreso. Porque, de ser su generalísima, lo es, como que una mayoría dice: “Con tal de que no siga adelante el programa devastador, que venga otro gobierno de signo opuesto, por ruin que sea, pero que detenga esta retroexcavadora que no dejará piedra sobre piedra”.
          
          Fortuna y generalísima son, pues, la gran ventaja de Piñera. Además de que a él se le perdona todo. El otro día un importante personaje dictaminó: “Andrés Velasco perdió su oportunidad al cobrar veinte millones de pesos por su almuerzo con Penta”. Las sociedades de Piñera han extendido boletas a varias empresas por $340 millones, no correspondientes a almuerzo alguno ni a ningún servicio efectivo; están metidas en uno de los forwards objetados de Penta; además, ejecutivos de Piñera en Chilevisión, por orden de sus empresas, extendieron boletas por otros $280 millones a varias sociedades anónimas que creían estar contribuyendo a la campaña presidencial; y, por último, dos sociedades suyas offshore aparecieron entre los Panama Papers. Y él sigue de candidato tan campante. Y ni siquiera he mencionado “El Prontuario de Piñera” (cfr. comentario de Teresa Marinovic en Bío Bío TV). Todo eso se perdona, pero no el almuerzo de $20 millones de Velasco en Penta, donde Velasco habló y cobró por lo que dijo, lo cual es perfectamente lícito, pero el establishment dice que por eso no tiene posibilidades como candidato, y unge a Piñera. ¿O éste lo tendrá sobornado?
          
         A todo esto, visto ese predicamento, Piñera debe haber reforzado sus posibilidades al saberse que puso la primera piedra del puente Cau Cau (profusamente fotografiado, filmado, televisado e informado) en noviembre de 2011. Después incrementó su mérito y puso ambos brazos del puente al revés, lo que originó obras de reparación que significaron un sobrepeso que quebró un soporte del puente en enero de 2014, dejando “los brazos de Piñera” levantados como monumento a su “gobierno de excelencia”. Perdidos US$31 millones. Una razón más para que el país lo reelija en 2017…
         
        Y la masa, la garra blanca, los de abajo y similares, preparan otra Constitución en la esperanza de poder quedarse con lo de los demás, sin pagar; los peores asesinos salen en libertad condicional y gente correcta, hoy anciana, que derrotó al terrorismo, vive resignada entre rejas y sin esperanza de libertad; y todos, buenos y malos, presencian danzas de millones que se pierden en obras innecesarias y escándalos que no entienden, mientras los que podrían poner remedio a todo eso, porque son los mejores, atemorizados por la barbarie y la vociferación, reúnen lo que han ganado y se van. Y mientras tanto el Gran Impune se prepara para volver al poder. Ésa es la perspectiva que tenemos hoy.

          Pese a la cual yo también me voy a quedar. Por lo que eso pueda valer.