sábado, 22 de agosto de 2026

CARLA FERNÁNDEZ ESCRIBE A MAQUIAVELO

Niccolò:

Esta vez no llamo a la puerta de un santo.

A los santos se les pide un milagro. A ti se acude por un motivo

menos piadoso. Las cuatro sílabas de tu apellido, con los siglos, dejaron

de designar a una persona y pasaron a nombrar un método:

"maquiavélico", el rótulo con que se bautiza la frialdad calculada, el

dominio sin piedad. Se busca, en fin, al único a quien nada de cuanto un

Estado hace con sus condenados podría escandalizar. Al autor que cada

tirano guarda en el velador.

La divisa con que te resumen —"el fin justifica los medios"—

nunca salió de tu pluma. No figura en El príncipe ni en lugar alguno de

tu obra: la acuñaron después, para tener a mano un veredicto portátil. Lo

tuyo fue algo más incómodo y más exacto: que en las acciones de los

hombres, y sobre todo de los príncipes, si guarda al fine —se mira el

resultado—. De acuerdo. Mirémoslo. Cuando lo obtenido es un

moribundo en su celda, tu regla no exculpa a quien manda; lo desnuda.

La leyenda miente de raíz, y tu propia vida fue la primera en

desmentirla.

Antes de ser un insulto fuiste un servidor público. Catorce años en

la República de Florencia: secretario de la segunda cancillería,

secretario de los Diez que conducían la guerra y la diplomacia. El poder

no lo aprendiste en los libros; lo miraste de frente. Negociaste ante el

rey de Francia, ante el emperador, ante el papa. Seguiste a César Borgia

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por la Romaña y registraste, sin apartar la vista, la mañana en que aquel

duque exhibió a su lugarteniente, Remirro de Orco, partido en dos sobre

la plaza de Cesena, un cuchillo ensangrentado al lado. Aquel pueblo

amaneció —son tus palabras— "satisfecho y atónito" a la vez.

Conociste el teatro del castigo mucho antes de teorizar sobre él. Lo

llamaste un "espectáculo feroz" y consignaste su eficacia. Por páginas

así te llaman monstruo; por páginas así conviene leerte, porque nadie

describió mejor la maquinaria desde adentro.

Desconfiabas de los mercenarios, que pelean por la paga y

desertan por la paga, y armaste en su lugar a los ciudadanos.

Administraste dineros del erario y saliste sin fortuna: de tu honradez,

afirmaste, daba fe tu pobreza. Nada del cínico de la caricatura: un

patriota y un republicano, formado al servicio de un orden político que,

mudada la mano que lo regía, después habría de devorarte.

La República cayó en 1512. Los Medici regresaron tras el saqueo

de Prato, donde tu milicia se desbandó ante el asalto español. Y bastó

que, en febrero siguiente, figurara tu nombre garabateado en un papel

—una lista de unos veinte nombres vinculada a la conjura de Boscoli y

Capponi— para que el nuevo régimen de la ciudad a la que habías

servido no perdiera un minuto. Sin prueba. Sin más vínculo con la

conjura que la tinta de ese renglón. La culpa por asociación: un invento

que no ha envejecido.

Vino la cuerda: el tormento que alza al preso por los brazos atados

a la espalda y lo suelta a medio caer, hasta descoyuntarlo. Seis veces lo

soportaste, sin confesar. Desde la celda le enviaste a Giuliano de'

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Medici un soneto que aún se conserva: sei tratti di fune in su le spalle —

seis tirones de soga sobre los hombros—, y anotabas, con sorna dolida,

que así se trata a los poetas. A los cabecillas los decapitaron; a ti te salvó

el azar de un cónclave, la amnistía con que se festejó la elección de un

papa nuevo, un Medici. Y tú, cuyo apellido el mundo escupe como

sinónimo del oficio del verdugo, fuiste entonces quien quedó

suspendido de esa cuerda.

Después, el destierro. Una granja en el campo toscano, la

estrechez, el tedio. De día cazabas tordos y jugabas, entre disputas a

gritos, con el carnicero y el molinero de la taberna; de noche —lo

contaste en la misiva más célebre que desterrado alguno haya escrito—

te despojabas de la ropa embarrada, vestías panni reali e curiali, paños

dignos de una corte. Entrabas a conversar con los antiguos en tus libros;

durante cuatro horas no temías la pobreza ni la muerte. En aquel

escritorio compusiste el opúsculo que habría de condenarte y de hacerte

inmortal. Te habían quitado el cargo, el sueldo, la ciudad. La dignidad

no supieron confiscarla, y el régimen, en tanto, te daba por acabado.

Nada de esto se cuenta para compadecerte: lo habrías detestado.

Tampoco para levantarte un pedestal. Redactaste líneas que todavía

hielan la sangre y elogiaste espantos con pulso de cirujano; no hace falta

absolverte para escucharte, ni convertirte en mártir para reconocer lo

que te hicieron. Basta mirarte sin recortes. Así, sin absolución y sin

bronce, comprendes como ninguno lo que vengo a denunciar.

Defiendo a quienes envejecen y mueren tras las rejas de mi país,

en causas que, por una regla de vigencia temporal, siguen sometidas a

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un procedimiento ya reemplazado: un rito escrito, secreto en su fase

sumaria, donde un mismo juez instruye, acusa y falla. Aprenden los

rostros de sus bisnietos por fotografía. Lo que padecen no lo suavizo

con eufemismos: es la muerte previsible y evitable de ancianos bajo

custodia estatal, la extinción lenta entre muros. El daño no lo inflige el

tiempo, que carece de voluntad; lo inflige quien lo administra. El poder

que los retiene se cree duro, realista, implacable: se cree, en una palabra,

maquiavélico. No te ha leído.

Trazaste una línea que tus imitadores ignoran. Distinguiste la

crueldad bien usada de la mal usada: la primera se ejerce de una vez, por

necesidad, y se agota; la segunda se agranda a medida que dura. No

hago mía esa distinción. La vuelvo contra quienes la invocan. Aun

medida con tu vara, la que cae sobre mis defendidos es crueldad mal

usada: no un golpe, sino un desgaste suministrado gota a gota, década

tras década, contra quienes agonizan. Enseñaste que le iniurie si

debbono fare tutte insieme —las ofensas, todas juntas— y que los

favores, en cambio, debían dosificarse. Aquí se perfeccionó la fórmula

inversa: la ofensa interminable, la clemencia jamás.

Hay en tus páginas una advertencia que debería desvelar a

cualquier autoridad: el bien concedido a destiempo, arrancado por la

necesidad, no se agradece, porque se juzga forzado. Ahí cabe toda la

causa. No es raro que, cuando por fin se dicta el fallo que dispone la

libertad o el traslado, el preso ya se apague o ya no esté; y la tutela tardía

no redime: certifica que arribó después de aquello que debía impedir.

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Formulaste además la regla de oro del manual: ser temido puede

convenir; ser aborrecido, nunca, porque el odio es lo único que ningún

trono resiste. Sostuviste que los hombres olvidan antes la muerte del

padre que la pérdida del patrimonio; imagina entonces qué rencor

siembra quien despoja a un anciano de lo poco que aún conserva —las

visitas, la honra, la casa donde alguien le cierre los ojos—. Quien lo

borra de la mesa familiar, quien lo deja consumirse entre rejas, cosecha

justamente ese odio del que, según tu aviso, ningún dominio sale

indemne. Y lo cosecha a cambio de nada: ningún fin legítimo de la pena

exige que un anciano agonice entre rejas, y un cuerpo que apenas se

sostiene difícilmente amenaza a nadie.

Añadiste que a un príncipe no le hace falta poseer todas las

virtudes: le basta aparentarlas. Esa lección sí fue aprendida. Se aparenta

justicia: se exhiben códigos y comisiones; se prometen condiciones

dignas sobre el papel. Pero tú mostraste cómo mirar la verità effettuale

della cosa —la verdad efectiva de las cosas—, no su figuración; y esa

verdad no habita en el expediente, sino en el catre, en la enfermería sin

médico de guardia, en la respiración que se acorta. Reconocerías el

truco al primer vistazo: fuiste tú quien retrató el disfraz de la virtud

sobre la sustancia del abandono.

El balance, dicho en tu propia moneda, resulta demoledor. En los

Discursos sobre la primera década de Tito Livio sentenciaste que un

príncipe sciolto dalle leggi —exento de las leyes— es más ingrato, más

voluble y más imprudente que el pueblo al que gobierna. Así funciona

este engranaje: ni siquiera acierta a ser lo que finge. Feroz sin cálculo,

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severo sin provecho, temido tal vez y repudiado con certeza, todo para

nada. Reprueba el examen del autor cuyo nombre cree encarnar. Mal

maquiavelismo: la saña torpe que despreciaste.

No comparo la soga con la demora: comparo la lógica que las

vuelve posibles, el instante en que se deja de ver a la persona y se ve

apenas un renglón en una lista, un uniforme, un expediente. Mis

defendidos conocen ese instante. No vengo a zanjar en esta carta la

disputa sobre el pasado —no es esa la cuestión—; sostengo algo

anterior a ella: ninguna condena autoriza a administrar una agonía.

Cambiar la forma de cumplirla no borra la condena ni extingue la pena.

Impide que su ejecución imponga una muerte que la sentencia no

ordenó. Lo que está en juego no es un favor, sino dos exigencias

elementales: un proceso con garantías y, para quien se apaga, una forma

de cumplimiento compatible con la dignidad, bajo techo propio.

He aquí la diferencia. De un altar se esperan milagros; de ti, un

espejo. Santo no fuiste —el encargo te daría risa— y sabías, mejor que

cualquier confesor, que ese aparato no responde ante el cielo sino

ante sí mismo. Por eso no se pide intercesión: se pide tu mirada, esa

lucidez sin ternura que rehúsa la palabra amable y le arranca la máscara

a la razón de Estado. Y a quien la misericordia no ablanda, quizá lo

avergüence todavía su reflejo.

Moriste rechazado por la República restaurada, sospechoso ahora

de haber servido a sus adversarios: la rueda completa. Pocos meses

antes le confiaste a un amigo que amabas a tu patria más que a tu alma:

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amo la patria mia più dell'anima. Esa es la frase que merece

sobrevivirte, no la del monstruo que inventaron.

Hay una ironía final que reúne tu vida y la causa en una sola

imagen. Florencia te sepultó sin honores. Doscientos sesenta inviernos

más tarde, la misma ciudad te alzó un monumento de mármol en Santa

Croce y grabó encima: TANTO NOMINI NULLUM PAR ELOGIUM,

ningún elogio está a la altura de tan gran nombre. Llegó el elogio. Llegó

al polvo. Llegó más de dos siglos y medio después de la soga, del

ostracismo, de las noches en el escritorio, de todo cuanto un hombre

vivo pudo recibir y no recibió.

Eso combato. No la condena: el reloj, y detrás del reloj la mano

que lo deja correr y a esa espera la llama justicia. No la celda, sino la

muerte lenta en que desemboca.

Que este Estado no haga con los mayores de mi patria lo que

Florencia hizo con su secretario. Que no aguarde a que sean piedra para

descubrir que fueron humanos. Mis defendidos no disponen

de doscientos sesenta años. Ni de dos. Que el Estado disponga hoy una

forma de cumplimiento compatible con su edad y su salud; de lo

contrario, el elogio póstumo no será desagravio, sino la confesión de

una crueldad que pudo evitarse. Que sea, siquiera una vez, menos cruel

que el maquiavelismo que invoca sin haber leído a Maquiavelo.

Toca despedirse, Niccolò, y hay una deuda rara: vine buscando

una leyenda negra y encontré a un servidor triturado por la maquinaria

que describió. No sales de esta carta con aureola ni con corona de

espinas: sales como fuiste, lúcido y magullado, con el ingenio intacto y

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el decoro a resguardo, como aquella noche en tu escritorio. Me llevo tu

lección; no acepto tu destino.

Y quede dicho, para que nadie alegue no haberlo oído: mientras un

anciano agonice entre muros ajenos, mientras se vista de prudencia la

demora y de orden la desidia, habrá quien se plante frente a la autoridad

para exigirle —jamás para implorarle— que cumpla lo que juró. Porque

hacer esperar a quien se está muriendo no es vencerlo: es abandonarlo

lejos de los suyos, y eso, mientras haya voz, no sucederá en silencio.

Los que hoy gobiernan proclaman la humanidad en cada tribuna y la

dejan apagarse, sin escándalo, lejos de toda mirada: han refinado la más

callada de las traiciones,

Carla Fernández Montero.







3 comentarios:

  1. Uffffff....otra cartita tan cursi y zalamera como inútil

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  2. Don Hermógenes,
    Disculpe que hable de otro tema:
    Está muy preocupante la relación entre EE. UU. y su histórico aliado Canadá.
    Los canadienses deben saber que los vecinos están incrementando las exportaciones en forma exponencial gracias al fracking system lo que ha hecho que las importaciones de crudo desde Canadá vayan mermando poco a poco. Se puede apreciar en este gráfico (El 62% de las importaciones de crudo viene de Canadá y el 7% de México):
    EE. UU. importa más petróleo crudo del que exporta, pero la brecha se ha reducido en los últimos años
    Las negociaciones fueron abruptamente interrumpidas hoy.
    Chile debería sacar algo en limpio sobre esto.

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  3. Hermo le pregunte a AI y solicite un comentario a la Carta de la Sta Fernadez

    La carta es una pieza retóricamente brillante y políticamente incisiva: usa a Maquiavelo no como ícono del cinismo, sino como testigo incómodo para desnudar la contradicción entre el discurso humanitario del Estado y la realidad de una ejecución penal que convierte la vejez y la enfermedad en una segunda condena. Su fuerza está en la precisión con que desmonta la leyenda del “maquiavelismo” (la cita de la divisa falsa, la reconstrucción biográfica del torturado y desterrado) y en cómo vuelve esa misma lógica contra quienes se creen realistas: si el fin justifica los medios, un moribundo en celda no es prueba de firmeza, sino de torpeza y crueldad mal usada. Quizás su único flanco es que, al apelar a la “verdad efectiva” maquiaveliana, da por sentado que el lector compartirá su diagnóstico de que no hay fin legítimo alguno en mantener a esos ancianos presos; para un adversario, ahí está el punto discutible. Pero como ejercicio de escritura política y jurídica, es notable: convierte un expediente penitenciario en un espejo del poder y logra que la pregunta por la dignidad suene menos como súplica moral y más como verificación de coherencia interna del Estado.

    Que te parece.....


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