jueves, 23 de febrero de 2017

El Momento Estelar de Aylwin


          La política es el arte de la contradicción. Aylwin ha pasado a la historia como un político que administró ese arte como nadie. Su hija ha sido impedida de viajar a Cuba porque allá los opositores al régimen comunista iban a homenajear a su padre como un gran demócrata, que lo fue. Pero también fue un gran favorecedor de los comunistas, como pueden acreditarlo en Chile las decenas de miles de beneficiarios de pensiones, salud y educación gratis e indemnizaciones millonarias que le granjearon al extremismo armado la Comisión Rettig creada por Aylwin, y la sucesión de leyes complementarias en su beneficio y en perjuicio de los militares, que él impulsó.

          La historia exhibe a dos Aylwines, como puede verse en filmaciones de YouTube cuando Aylwin I dice en 1973 que los militares sólo se anticiparon al autogolpe de Allende para instalar una dictadura comunista y Aylwin II, veinte años después, cuando afirma que jamás dijo eso y que sólo lo supo “cuando salió el libro ese o el documento (sonrisa irónica) que publicó el gobierno militar denunciando ese plan”.

          La política consiste en contradecirse: la UDI defenestró en 2013 a su candidato presidencial Laurence Golborne porque le descubrieron unos pocos millones de dólares en un paraíso fiscal, pero va a proclamar en 2017 como su candidato presidencial a un personaje que tiene 1.800 millones de dólares en paraísos fiscales, como ha debido confesar después de que una querella comunista lo puso en evidencia. Pero a la UDI eso ya no le importa y se va a contradecir de todas maneras.

          Aylwin I defendía en 1973 a los militares de la crítica de haber sido muy duros con los subversivos cuando ya se había producido la mayor parte de las muertes que hubo entre ese año y 1990, pero no obstante eso Aylwin II los sentó en 1990 en el banquillo de los acusados ante el país y el mundo por esas mismas muertes, y le escribió una carta a la Corte Suprema para que no se les aplicara la amnistía en forma inmediata en los procesos, como ordena el código, lo que desencadenó después un torrente de condenas ilegales contra ellos.

          Y Aylwin I defendía a los militares porque él había sido, en cierto modo, gatillador del pronunciamiento de 1973, cuando les comunicó al general Arellano y al Comité de los 15 generales deliberantes, a través del hijo de aquél, que no iba a haber ninguna posibilidad de entendimiento político con Allende. (Ver libro “De Conspiraciones y Justicia”, de Sergio Arellano Iturriaga).

          Pero el verdadero momento estelar de este complejo personaje se produjo, a mi juicio, en el Estadio Nacional al pronunciar el discurso con que asumió la Presidencia de la República en 1990 y llamó a la reconciliación nacional. Él quería que la hubiera y lo dijo, pero cuando mencionó la “reconciliación entre civiles y militares” y los comunistas presentes en el estadio lo hicieron objeto de una sonora rechifla, y él replicó enérgica y casi violentamente a gritos: “Sí, señores, entre civiles y militares”, todos los que conocemos a los democratacristianos supimos o debimos saber que los militares estaban ya condenados. Ése fue el momento estelar en que Aylwin resolvió retroceder ante el comunismo, someter a los militares a juicio, ocultar los crímenes de la extrema izquierda y sus 423 víctimas, colgárselas a los militares o a una difusa “violencia política” y, en fin, hacer cualquier cosa menos pelear con los comunistas, a los cuales llenó de plata, de granjerías y de la facultad de administrar justicia a su gusto y perseguir, condenar y denostar a todos los militares posibles hasta terminar con ellos condenados ante la historia si están muertos o atados con una cadena a la cama de un hospital si están presos y enfermos o condenados a más de cien años de presidio contra todas las normas de un debido proceso si han cometido la insolencia de seguir vivos y sanos.

          El momento estelar de la gran traición de Aylwin tuvo lugar esa noche de marzo de 1990 en el Estadio Nacional.

La derecha está demasiado moribunda como para recordarlo y entenderlo, tanto que ha pasado a ser “centroderecha” y a tener la misión de “reivindicar el legado de Aylwin”, como dice Allamand en su último libro, cosa que ella hará apoyando como candidato presidencial a un émulo de Aylwin en la traición a los militares, como es Sebastián Piñera.


          El no-viaje de Mariana a la isla no tiene que ver con la verdad histórica ni con la deuda que el comunismo tiene con Aylwin II, sino con los problemas internos de allá, donde hay una dictadura que sabe muy bien cómo impedir que sus opositores se manifiesten públicamente y conciten la atención de la prensa internacional. Pero ha servido para rememorar una vez más el doble papel que jugó un político de renombre y el momento estelar de su carrera en que decidió prestarle un servicio invaluable a la causa del comunismo internacional, que sus representantes en Cuba hoy no parecen interesados en agradecer.

8 comentarios:

  1. Si cuando se refiere a Aylwin como un "gran demócrata", sugiere que la democracia actual es solo el papel de regalo que envuelve todas las heces que constituyen casi toda la política chilena, de acuerdo. Tanto la Campaña del NO como la de Aylwin conocieron interesantes "aportes" internacionales. El autoritarismo del Gobierno Militar era respetuoso de la Constitución y de las aspiraciones chilenas de desarrollo y prosperidad, pero la actual corrección política progresista es totalitaria y ya no se basa en las leyes, sino que se alimenta del analfabetismo histórico y político chileno. Aylwin y sus piruetas son serviles a la destrucción del país.

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  2. Aylwin fue una hiena politica. Por sus obras los conocereis, y este fue el caso.

    Lo de Mariana, fue solo una cucharada de su propia medicina.

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  3. A pesar que la DC.,se ha ahogado en el estiercol comunista muchas veces, y sigue al lado del mismi estiercol, uno termina convencido que a estos hueones les gusta tanto el billete y el poder que no pueden parar de seguir comiendo mierda.

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  4. No cabe duda que Patricio Aylwin fue uno de tantos politiqueros que pedían a gritos la intervención militar que sacó al país de un descalabro orquestado por el comunismo internacional, y que luego de que la herida fue saneada y el cáncer marxista extirpado en casi su totalidad, se ufanó de que las Fuerzas Armadas no les hayan entregado el poder en bandeja de plata y se hayan quedado por 17 años en el poder, tiempo largo pero suficiente para cimentar las bases del Chile nuevo que construyeron junto a ellos, millones de chilenos, a excepción de los que huyeron del país como ratones, que se escondieron bajo las sotanas de los curas y de los que les dieron de su medicina luego del Pronunciamiento Militar.

    Aylwin fue el fiel reflejo de un político tradicional que sería capaz de mentir a la ciudadanía con promesas vagas, y de gobernar para los de su conglomerado y no para todos los ciudadanos. Es cosa de reflejar la solicitud de permiso en la Parada Militar de 1990, en la que el General Carlos Parera no pidió permiso, sólo rindió honores ante su persona en su calidad de Presidente de la República, y de los diversos roces con el Presidente Pinochet (como Comandante en Jefe del Ejército) ante los hallazgos de osamentas de prisioneros de guerra fusilados en Pisagua y en otros puntos del país, ocasión en la cual se develó la cantinela del informe Rettig y de la descabellada persecución al mundo militar, que prosigue hasta nuestros días.

    Su hija Mariana reveló hace muy poco que si su partido (Democracia Cristiana) y el de su padre seguía estrechando lazos con el Partido Comunista, estaba dispuesta a renunciar a su militancia en él. Como proclamaron a candidata a la Presidencia de Chile a la senadora por Magallanes Carolina Goic, es el momento de que reflexione y decida de antemano si renuncia a la Falange o no, debido a los varios roces que existen entre ellos y los comunistas, que se avivaron aún más con la fallida visita a Cuba de Mariana Aylwin en un homenaje que la disidencia anticastrista hizo a su fallecido padre.

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  6. I

    Hablar de Aylwin y su subida al poder en 1990 a costa de mentiras a su propio partido (lo que es muy raro en un DC) me lleva a un año muy particular y sensible de mi vida, no por los acontecimientos políticos que se venían dando desde 1988, sino que por los míos propios. En efecto, ese famoso discurso en el Estadio Nacional que, según vi meses después, hizo que le desenrollaran la bandera a lo largo de la cancha de fútbol, yo estaba en otra, en luna de miel.

    Si se pusiese hacer un resumen de la evolución de Chile desde el 11 de marzo de ese año hasta hoy, más o menos esto es lo que este ciudadano ratón de cola larga pero sin el virus comunista del hanta, ha podido observar en una sóla frase:

    Ese fue el día del comienzo del fin, fue el punto de inflexión y fue el inicio de la decadencia nacional.

    Por dónde se le quiera ver.

    ¿Qué de bueno le han traído a Chile cualquiera de los seis gobiernos de izquierda que ha tenido?

    Seamos justos, sólo dos cosas y ninguna de ellas mínimamente vital para el progreso del ovis-homo-zombi-chilensis: La ley 3A de telecomunicaciones (el famoso multicarrier de Frei) en 1994 y el sistema ese que uno es dueño de su número de teléfono pa’siempre y cuyo nombre rebuscado socialista me olvidé, además de poder llamar a Condorito a Cumpeo como llamada local.

    ¿La globalización y la inserción de Chile bajo el mismo Frei Jr. en el “concierto” mundial?

    La mayor de las trampas marxistas es eso de la globalización y que no puedo explicar acá. Me di cuenta de ello hace cuatro años estudiando la ciencia del cambio climático, ex calentamiento global. Sólo vean cómo Inglaterra con el Brexit y Trump en sólo un mes de gobierno están haciendo añicos a ese fraude socialista que se colgó del concepto tecnológico del término nacido de la revolución de las telecomunicaciones y del milagro de las exportaciones japonesas en los 80 para usarlo con miras a un gobierno global y el término del sistema de libre mercado en el mundo.

    Entonces, para retomar el círculo virtuoso de la prosperidad y bajar impuestos a los niveles anteriores al 11 de marzo de 1990, cuando Chile se encumbraba como volantín chupete, eliminar regulaciones y burocracias que sólo sirven para crear empleo inútil en el Estado, terminar con la falacia de los “derechos sociales” que lo único que logran es destrucción, huelgas, pérdida de competitividad, desempleo y una creciente e ilimitada sensación de carencia, y una mega cirugía de by-pass gástrico al “Aparat”, es hoy algo impensable sólo verificable en un sueño.

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  7. II

    Por ahí se debe empezar, en el sentido contrario de lo que vienen haciendo los seis gobiernos de la Concertación (desde luego, incluido el de Piñera). Para ello no basta con elegir a un Presidente de derecha, lo que de por sí es una utopía pues en Chile la derecha se murió hace muchos años: hay que reemplazar el Parlamento completo, de arriba hasta abajo y cambiarle su color rojo.

    Con un gobierno revolucionario de extrema izquierda, con un Congreso ídem, con todos los medios ladeados a la izquierda, con una derecha muerta, inexistente o “arrepentida” en que la oposición murió en los ’90 y con una Justicia de extrema izquierda benefactora delictual y prevaricadora que viola sistemáticamente las leyes y la Constitución para poner tras las rejas a militares en retiro basando sus fallos en ficciones jurídicas, difícil es volver a tener esperanzas para con la patria.

    Peor aún, el chileno es un ejemplar practicante del slogan “si no puedes con el enemigo, únete a él”, ¿o no RN y UDI?

    Que este gobierno terminó de hecho, es un hecho, pero hasta el 11 de marzo del próximo año puede aún hacer muchísimo daño el que deberá heredar el pobre ave que le toque gobernar este desastre de “cuasi-nación” (ya no tiene fronteras, ni soberanía pues nos gobierna un perico llamado Peter Sutherland desde su escritorio en la ONU, ni tampoco es ya más un Estado de Derecho).

    Más aún, hay algunos daños que serán “ad-eternum”. Uno de ellos es la ratificación del Tratado de París pues aquel no tiene cláusula de salida (cómo sí lo tiene el Protocolo de Kyoto en su cláusula 27). Con esa cadena perpetua efectiva, sobrevendrá, sí o sí, la maldición final para nuestra agonizante economía —el impuesto Cap&Trade— que la ONU tan generosamente ya le entregó a M. Bachelet el año 2014.

    Sólo un año queda, pero aún un enorme camino por recorrer… al despeñadero.

    Y ahí te quiero ver Chile lindo.


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  8. Los zarpazos de Aylwin, señor Pérez de Arce!

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