Creo que hasta yo, en un rapto de triunfalismo post-triunfo de Kast, los anuncié. Pero no van a poder ser.
En 1985 teníamos de presidente a Pinochet y de ministro de Hacienda a Hernán Büchi. Ambos consiguieron del Poder Legislativo, la Junta de Gobierno, leyes para reducir el impuesto a las empresas a 10 %, crearon el Fondo de Utilidades Tributables, FUT, que significaba cero impuesto para lo que se reinvertía en las empresas. Había un Estatuto del Inversionista Extranjero, DL 600, que garantizaba invariabilidad tributaria.
Todas eran "inyecciones a la vena" para la inversión en la economía, que además comenzaba a recibir los fondos previsionales, que antes de la reforma de Jose Piñera los políticos dilapidaban a su amaño.
O sea, se transformó un país en que la plata se botaba, como por lo demás volvió a serlo y lo es hoy, en otro en que la plata se ponía a producir y crear riqueza y empleo. La cesantía disminuyó de 11 a 5 por ciento entre 1985 y 1990.
En 1985, además, terminaba una década de reformas aperturistas, que los Chicago Boys introdujeron en el país socialista y arruinado de 1973: se había abierto la economía al exterior, rebajando los aranceles; se había establecido algunos sectores en que el Estado bonificaba al inversionista, por ejemplo, en la plantación de bosques. Muchos agricultores expropiados habían recuperado sus tierras y muchos asignatarios de tierras de la ruinosa Reforma Agraria obtuvieron títulos de dominio, contradiciendo al DC-marxista Jacques Chonchol y generalizando así la producción frutícola de exportación.
Hubo avatares severos antes, como el "tratamiento de shock" recomendado por Milton Friedman a Pinochet en 1975 y que debió a llevar a cabo contra viento y marea el bi-ministro Jorge Cauas. Pero eso redituó: ya en 1977 el país crecía al 7%, como había predicho el gurú.
Vino la "crisis de la deuda" en los 80 y muchos dijeron: "hasta ahi no más llegó el milagro chileno".
Pero no: la economía creció 6,4 % promedio entre 1985 y 1989, y en este último año aumentó 10,6 %.
Pero no olvidar lo que se sembró años antes: hubo vocación privatizadora, como no la hay hoy. Se vendieron empresas estatales de electricidad, gas, teléfonos, al capital privado y dándole facilidades, a través de CORFO y usando fondos de retiro, a particulares de adquirir acciones. Como si hoy la CORFO prestara plata a chilenos para comprar Codelco y ENAP, lo que sería una gran cosa e hizo Pinochet como presidente, pero no parece que hará Kast.
Los grandes inversionistas tenían el incentivo de comprar pagarés de la deuda externa chilena en Nueva York a mitad de precio y después usarlos para la adquisición de empresas estatales. El Estado los recibía a su valor par. Por eso junto con privatizar se redujo la deuda externa.
Los mejores 30 años de la historia de Chile se gestaron a partir de esa gran base previa de medidas liberalizadoras radicales. Pero llegó la izquierda y el estatuto del inversionista extranjero que le garantizaba invariabilidad tributaria, fue derogado por Bachelet II, que odiaba el alto crecimiento capitalista y admiraba y admira a la Alemania socialista de Hönecker que abatía a los que pretendían escalar el Muro.
Hubo problemas intermedios graves, como la "crisis de la deuda" de los 80, cuando los inversionistas y prestamistas extranjeros, que habían traído más de US$ 4 mil millones en 1981, redujeron en pánico ese flujo bruscamente a menos de la cuarta parte, US$900 millones, en 1982 y, todavía más en 1983, a US$376 millones. Pinochet entonces decidió pedir las renuncias a los Chicago Boys. Llegaron radicales a las carteras económicas, persiguieron a los Chicago Boys. Pero el mismo Pinochet describió todo eso, después, como "un juego de piernas" y en 1985 restableció a los Chicago, encabezados por Büchi, que no era Chicago pero coincidía con ellos. Y ahí se desató "el milagro chileno" mundialmente admirado.
El inglés Niall Fergusson dijo en su libro "The Ascent of Money" que "los militares chilenos fueron los primeros; Reagan y Thacher vinieron después", en atreverse a liberar completamente la economía.
Y así en 2000 Chile desplazó a Argentina del primer lugar de Sudamérica en PIB per cápita.
Por supuesto, corrió mucha agua bajo los puentes y hubo avatares increíbles en tantos años: un día me llamó el presidente de los agricultores para decirme que cesaba la transmisión de mi programa diario por la SNA porque los trigueros partidarios de aranceles altos a la importación de trigo no querían que yo elogiara los aranceles bajos de los Chicago Boys. Me echó la misma radio que me llevó a ser diputado en 1973 y a impulsar el Acuerdo de la Cámara del 22 de agosto de ese año para poner término a la dictadura de Allende. No dije nada.
Pero así es la vida. Todo fue para mejor hasta 1988, donde influyó el millonario cohecho extranjero a favor del No, bajo el falso nombre de "Endowment for Democracy", porque también iba a haber democracia plena si ganaba el Sí. La plata dio vuelta al electorado chileno y consiguió llevar a la centroizquierda al poder.
Quedamos entregados a las manos que finalmente nos han traído hasta acá, en que lo único seguro es que tenemos un Estado elefantiásico que no deja crecer, políticos sobrepagados que no dejan privatizar y un gobernante resignado a allanarse a todo eso y a hacer honestos esfuerzos por llegar a crecer 4 por ciento. Es su techo. Es lo que he llamado en X "un piñerismo sin piñera". Que ni siquiera indulta a los presos políticos, pero, a diferencia de Piñera, tampoco los persigue.
Así es que ni soñar por ahora en "los segundos mejores 30 años de la economía nacional."
"Para otra vez será".